Lo que pasa en Santorini Capítulo Veintiocho #4
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Capítulo Veintiocho #4

—Llegamos, porque yo también cometí muchos errores hasta que llegaste tú —dijo, contra su camisa.

A unos metros, apoyado en una columna con una copa que no se estaba bebiendo, Nico llevaba toda la noche librando una guerra perdida.

Había intentado de todo para no mirarla. Había hablado de fútbol con un primo que no entendía nada. Había salido a fumar. Había vuelto. Y Alfonsina seguía ahí, con el pelo suelto y los labios rojos, riéndose con Gladys de algo, ajena por completo al desastre que estaba causando.

—Ve —le dijo su madre al pasar, sin detenerse, sin mirarlo.

—No sé de qué me hablas.

—Nicolás. Llevas mirándola desde la ceremonia. Ve, o te juro que voy yo y se lo digo por ti.

Así que Nico fue.

Cruzó el jardín repasando mentalmente todas las frases ingeniosas que tenía en el arsenal, todas las que le habían funcionado mil veces con mil mujeres, y cuando llegó frente a Alfonsina abrió la boca para soltar la primera y no le salió ninguna.

—¿Bailas? —fue lo único que consiguió.

Alfonsina lo miró de esa manera suya de controladora aérea, evaluando la maniobra.

—Pensé que ibas a soltarme una de tus gracias.

—No me queda ninguna.

—Eso sí que es nuevo.

Bailaron. Mal, porque Nico estaba demasiado ocupado en no decir una tontería, y poco a poco se fueron desplazando, sin acordarlo, hacia el borde del jardín, hacia la terraza, donde la música llegaba más baja y la noche de mayo traía una brisa limpia.

Ahí Nico se detuvo. Y por una vez en su vida, el irresponsable del dúo de los hermanos Rey dijo exactamente lo que pensaba, sin chiste delante para protegerse.

—Llevo mucho haciéndome el gracioso contigo porque eres la única mujer que no me ríe las gracias.

Y al principio me jodía. Y luego me di cuenta de que me venía a Ática bien temprano solo para verte llegar a las ocho en punto.

—Tragó—. No sé hacer esto sin un chiste, Alfonsina.

Es la primera vez que lo intento en serio.

Así que dime algo, lo que sea, antes de que me arrugue y te suelte una gilipollez.

Alfonsina no dijo nada.

Lo agarró por la corbata, tiró de ella hacia abajo con una precisión de quien por fin ejecuta un plan largamente organizado, y lo besó ella a él, en la terraza, dando el paso que el muy cobarde nunca se habría atrevido a dar.

Dentro, sin enterarse de nada, el jardín entero seguía bailando.

A l final de las bodas siempre llega el momento en que la fiesta tiene que soltar a los novios. Ese momento llegó cuando ya nadie sabía si lloraba de alegría o estaba a punto de desmayarse por el cansancio.

Los sacaron entre dos hileras de invitados y una lluvia de pétalos que Cayetana y Xavi habían preparado en cestos.

“Pétalos, nada de arroz, que el arroz atrae a los ratones y da mucho trabajo recogerlo”, había decretado la florista.

Vicky cruzó ese pasillo de la mano de Mateo, riéndose, con varios pétalos enredados entres los rizos.

Así iban quedando atrás: Julio, con la mano todavía en el bolsillo de la camisa, encima del corazón, donde guardaba el beso; Zulma, llorando ya sin disimulo de duquesa, hecha por fin la mujer de Parcelas VanScoy que siempre había sido; Carmen, que no aplaudía, pero asentía, que en ella era casi una ovación, archivando la última imagen para Bayamón; Gisela, agitando el cojín vacío de los anillos por encima de la cabeza, gritando “¡adiós, Vicky, adiós!” sin que nadie la mandara a callar; Matilda, del brazo de Gladys, las dos diciéndose por lo bajo cosas de madres ; Cayetana, con un cesto vacío en la cadera y las perlas de tres vueltas, mirando su arco de flores como se mira lo único que una sabe hacer bien; Axel, derrumbado del todo, llorando con una belleza trágica que ni en las  mejores telenovelas, abanicándose con la mano; y Nico, al fondo, con la corbata floja y Alfonsina a su lado, mirando a su hermano marcharse con una sonrisa que no escondía nada.

—¡Cuídate, hermano! —gritó Nico—. ¡Y cuídala, que aquí la familia de ella tiene gente hasta en Entrevías!

—¡Eso ya me lo dijeron! —contestó Mateo desde la puerta del auto—. Yo tengo dos socios en Pan Bendito si la cosa se sale de control.

El auto los esperaba con un cartel torcido de "RECIÉN CASADOS" que había colgado Axel, y una ristra de latas atadas atrás que había colgado Nico.

Mateo le abrió la puerta a Vicky y antes de subir, ella se giró una última vez hacia el jardín entero, hacia toda esa gente que era su familia —la de aquí y la de allá—, y se llevó las dos manos a la boca y les mandó un beso a todos a la vez.

Después subió. Mateo dio la vuelta, se sentó al volante, la miró.

—¿Lista?

—Estoy lista desde el baño de un avión —dijo ella.

Y el auto arrancó entre aplausos, latas y pétalos, calle abajo, hacia donde iban.

Adónde iban, eso no se lo dijeron a nadie.