Lo que pasa en Santorini Capítulo Veintiocho #2
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Capítulo Veintiocho #2

N ico llevaba toda la mañana repitiéndose que él no era de los que se emocionaban en las bodas.

Las bodas, para él, eran un trámite caro con buena barra libre.

Se había puesto la única chaqueta decente que tenía, había escondido el casco de la moto detrás de un seto para que su madre no lo viera, y se había sentado en primera fila con la firme intención de aguantar el día a base de ironía.

Le duró hasta que su hermano salió bajo el arco.

(Hay hombres a los que solo se les ve el alma una vez en la vida. A Mateo se le veía entera, ahí plantado, sudando como un pavo. Y su hermano pequeño, que se había jurado no sentir nada, sintió de todo.)

—Como llores, te envío a casa—le susurró a Gladys, que ya estaba llorando.

—Cállate, Nicolás.

—Que se te corre todo.

—Que te calles. —Le apretó la mano sin dejar de mirar a su hijo mayor—. Y dame el pañuelo, que tú no lloras, pero lo llevas.

Nico le dio el pañuelo.

Hizo lo de siempre cuando algo le tocaba por dentro: buscar dónde posar los ojos para no quedarse en el sitio incómodo.

Barrió las sillas. La abuela de Axel, tiesa como un palo, dándose aire con un abanico negro de luto reciclado para la ocasión.

La madre de la novia, una señora que había llegado fingiendo ser duquesa y que ahora lloraba con una honestidad que la hacía mil veces más señora de lo que pretendía.

Al lado de ella, una mujer mayor, bajita, con cara de juez de instrucción, que no lloraba ni pensaba llorar y que parecía estar tomando nota de cada centímetro de la finca para un informe pendiente.

Y entonces sus ojos llegaron a la tercera silla de la izquierda y se quedaron ahí, clavados, como un imbécil.

Alfonsina.

La había visto cuatrocientas veces. A las ocho en punto, ni un minuto más, con su traje sastre y su moño tirante y su carpeta, dirigiéndolo todo con la calma de un controlador aéreo. La conocía de memoria. Creía conocerla.

Pero aquella tarde Alfonsina llevaba el pelo suelto.

Suelto, joder. Negro, hasta los hombros, como si nunca lo hubiera tenido recogido, como si el moño fuera el disfraz y esto la verdad. Y los labios rojos. Rojo de los que se ven desde la última fila. Rojo de los que arruinan a un hombre.

Nico tragó saliva.

Y ahí estaba, el muy bocazas, perdido por la única mujer que jamás le había reído una gracia.

—Cierra la boca, hijo —le dijo Gladys sin mirarlo, secándose los ojos—. Que se te van a meter las moscas. Y deja de mirarla como un bobo.

—No estoy mirando nada.

—Claro que no.

En la otra punta, del lado de la novia, un matrimonio de ancianos que su hermano le había presentado como “los de Santorini”.

Se llamaban Antonio y Marisol. Tenían las manos entrelazadas sobre el regazo de él, dos raíces viejas que ya no sabían cuál era de quién, y miraban llegar a la novia y se decían cosas al oído, bajito, y sonreían como sonríe la gente que ya ha vivido entero lo que los demás apenas empiezan a vivir.

Nico apartó la vista deprisa. Aquello le tocaba un sitio que prefería no auscultar.

Pero el cuadro no estaba completo, y todo el mundo lo supo a la vez, porque por el pasillo lateral, muy concentrada, con el ceño fruncido de pura responsabilidad y un cojín en las dos manos como quien transporta algo radiactivo, apareció Gisela.

Llevaba los anillos.

Caminaba despacio, mirando el cojín, mirando el suelo, mirando el cojín, y cuando pasó por delante de la primera fila levantó la cabeza, vio a Vicky al fondo y se le olvidó por completo el protocolo.

—¡Vicky! —dijo, en voz alta, con esa franqueza suya que no admite ensayo—. ¡Te ves bonita! ¡Hueles a flores!

Una risa recorrió las sillas, suave, de las que humedecen los ojos.

—¡Y traigo los anillos! —añadió, levantando el cojín por encima de la cabeza para que constara—. ¡No se me cayeron!

—No se te cayeron, mi amor —le dijo Mateo desde el arco, con la voz quebrada—. Lo hiciste perfecto.

Gisela asintió, profundamente de acuerdo con esa evaluación, y fue a colocarse al lado de su padre, vigilando el cojín.

Y ya estaban todos. Cada uno en su sitio. El cuadro entero, esperando.

Fue entonces cuando Gonzalo Cifuentes, el abogado, se aclaró la garganta, abrió una carpeta de cuero, y sonrió con una sonrisa que, a Mateo, que lo conocía desde el colegio, le dio mala espina.

—B uenas tardes a todos —empezó Gonzalo, paseando la mirada por las sillas con la calma de quien está acostumbrado a hablar en sitios donde la gente se lleva mal—.

Antes que nada, una aclaración técnica, que para algo soy abogado: estos dos ya están casados.

Firmaron el martes, en mi oficina, con dos testigos y mucho menos romanticismo del que ven ustedes aquí.

—Hizo una pausa—. Así que lo de hoy no tiene ningún valor legal.

Lo de hoy es lo otro. Lo que de verdad cuenta.

Lo que no firma nadie, lo real, fuera del protocolo.

Una risa cómplice recorrió el jardín. Mateo respiró, aliviado. Va bien , pensó. Va a portarse bien.

Lo que Mateo ni nadie sabía es que el abogado ya se había bebido tres whiskies.

—Yo conozco a Mateo desde que teníamos nueve años —siguió Gonzalo, y se le encendió en los ojos una lucecita que Mateo conocía de toda la vida y que nunca, jamás, había anunciado nada bueno—.

Nueve años. Imagínense que par de chavales éramos.

Y déjenme decirles que el hombre serio, el chef de las tres estrellas, el de los restaurantes, no siempre fue este caballero impecable que ven hoy.

Yo me acuerdo, por ejemplo, cuando teníamos veinte años y había una chica que se llamaba Cynthia y que estaba —Gonzalo se interrumpió a sí mismo para dibujar en el aire, con las dos manos y una solemnidad de catedrático, dos curvas generosísimas a la altura del pecho— excepcionalmente dotada, y que una noche...

Mateo abrió los ojos.

No dijo nada. No podía decir nada, porque tenía a media familia mirándolo y a la otra media grabando.

Pero abrió los ojos de un modo muy concreto, los clavó en su amigo del alma, y empezó a hacerle con ellos todo un discurso: cállate, cállate ahora mismo, Gonzalo, te lo pido por mi madre que está ahí sentada, no sigas, no se te ocurra seguir, recuerda que yo sé lo de Ibiza, cállate.

Gonzalo, que llevaba veinte años traduciendo a Mateo, captó el mensaje completo. Y, como buen abogado, calculó al instante el coste de continuar.

—...Eso es algo que no viene a cuento —concluyó, suave, cerrando la frase como quien cierra una puerta sin que se note el portazo—. Olvídense de Cynthia. Cynthia no existe.

Pero el daño estaba sembrado, porque Carmen ya se había inclinado hacia Zulma y le susurraba “¿quién es Cynthia?”, y Zulma, sin mover un músculo, no supo qué contestar.

Fue Axel quien salvó el día.

Se levantó de su sitio con la majestuosidad de quien lleva toda la mañana esperando su momento y por fin lo tiene, se llevó una mano al corazón, y declaró con voz de cierre de telenovela:

—¡Y por eso, queridos todos, hoy no celebramos al crápula de veinte años, sino al hombre que tengo el honor de apadrinar! —Giró hacia Gonzalo con una sonrisa de seda—. Continúe, letrado. Pero por donde toca.

Aplausos. Gisela aplaudió más fuerte que nadie, aunque no había entendido del todo qué pasaba, porque le había gustado que el señor hablara con energía.

Gonzalo, agradecido, recogió el hilo por donde tocaba.

—Los anillos —dijo.

Y ahí Gisela se puso de pie como un resorte, porque esa era su parte, la parte para la que se había preparado, y avanzó con el cojín en las dos manos y la lengua un poco fuera de pura concentración. Se plantó entre los novios. Miró los anillos. Miró a su padre.

—Uno es para ti —le informó, por si acaso— y el otro es para ella. No te equivoques.

—No me equivoco, mi amor.

—Porque son distintos. —Señaló—. Mira bien.

—Miro bien.

Mateo tomó el anillo pequeño. Le temblaba la mano, a él, que partía un lenguado en dos sin mirar.

Le levantó a Vicky los dedos, despacio, y al deslizarlo se le escapó lo único que fue capaz de decir delante de toda aquella gente, en voz tan baja que solo lo oyeron ella y Gisela, pero, por desgracia para la compostura general, el micrófono de la carpeta de Gonzalo estaba abierto:

—Llevo meses preparando un montón de frases bonitas y se me han ido todas. Solo me queda esta: gracias por tomar aquel avión.

A Vicky se le rompió algo bueno por dentro.

Le puso ella el anillo a él. Pensó que no podría decirle nada, pero al final con un hilillo de voz dijo:

—Gracias a ti por no darte por vencido ante esta mujer tan terca.

Mateo le sonrió. Solo a ella.

—Por el poder que me conceden las leyes de este país —dijo Gonzalo, cerrando la carpeta—, los declaro marido y mujer. —Sonrió—. Bésala, Mateo. Que llevas muchos meses esperando esto.

Y Mateo la besó, y el jardín entero se puso de pie, y Julio gritó algo en boricua que ninguno de los españoles entendió, pero que sonó exactamente a alegría.

L a fiesta ya había arrancado cuando Julio pidió silencio golpeando una copa con un tenedor —demasiado fuerte, como hacía todo—, se puso de pie, y por primera vez en su vida tuvo lo que llevaba esperando sin saberlo: una copa en la mano y a todo el mundo callado.

—Bueno —empezó, y carraspeó—. Yo no soy de hablar mucho.

Zulma soltó un resoplido que se oyó a tres mesas.

—Está bien, sí hablo mucho. Pero hoy voy a tratar de hablar poco, que aquí cada uno habla un español distinto y no quiero que se me pierda nadie. —Señaló al grupo de los españoles—. Ustedes, los de aquí, si no me entienden algo, le preguntan a mi hija después, que ella ya aprendió a traducir.

Risas.

—Primero, gracias. Gracias por recibirnos como nos recibieron, y gracias a este muchacho —apuntó a Mateo con la copa— que cocina mejor que mi mujer. Que Zulma no se entere.

—¡Julio!