Lo que pasa en Santorini Capítulo Veintiocho
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Capítulo Veintiocho

L a luz de la mañana entraba por los ventanales de la casa y se posaba sobre el vestido colgado de la puerta del armario, sobre el tocador lleno de potes y sobre los rizos de Victoria de los Ángeles Ruiz Castellano, que aquella mañana se negaban a quedarse quietos.

—Párate derecha, nena —dijo Zulma, dando vueltas a su alrededor con un alfiler entre los labios—. Que una novia se para derecha. No encorvá como si cargaras sacos de cemento.

—Mami, que me vas a enterrar el alfiler.

—No te voy a enterrar nada. Llevo cosiendo desde antes de que tú nacieras.

Titi Carmen estaba sentada en la butaca junto a la ventana sin decir nada.

Solo miraba. Llevaba mirándolo todo desde que cruzó el portón de la finca: el jardín, los manteles, las copas, la gente que iba y venía con cajas de flores, y lo archivaba con una precisión de notaria, cada detalle guardado para la verdadera ocasión, que no era esta, sino la fiesta familiar en Bayamón donde lo iba a soltar todo de un tirón y le iba a añadir para darle más sazón.

Así es como se cuentan los buenos bochinches en Puerto Rico.

—Lo que yo te digo —siguió Zulma, ahora ahuecándole los rizos con una ternura que le temblaba en las manos— es que esta noche tú no tienes que hacer na', nena.

Tú déjate llevar. El hombre sabe, él tiene experiencia.

Y si no es muy delicado, pues le enseñas con paciencia, que para eso tú eres una señorita decente.

—Bajó la voz, como si las paredes de la finca escucharan—.

No te dejes llevar por esas leyendas. La primera vez duele, pero no es algo que no vayas a poder soportar.

Uno soporta por ellos. Después le coges el ritmo, nena.

Carmen movió apenas la cabeza hacia la ventana.

—¿Y tú piensas que Vicky es virgen con ese chef tan guapo? Por favor. ¿En qué mundo vives?

—¡Cállate, Carmen! Mi hija es una mujer decente y se ha guardado.

(Y que virgen. Claro. Y el Titanic llegó a Nueva York.)

Vicky se miró al espejo y no dijo nada, porque qué iba a decir, y porque por dentro ya había comenzado la película de su vida.

Pasaron, en fila, como una procesión de tontos: el de la high school , que le juró amor eterno y la dejó por otra dos semanas después.

El de cuando trabajaba en Walmart de Bayamón, que la recogía en el break y resultó que recogía a tres más en distintos turnos.

Mario, el de internet, el de los contactos en Amazon que vivía en una pensión de mala muerte. Alejandro, mejor ni pensar en ese.

Y Mateo.

—Estás muy callada —dijo titi Carmen, sin moverse de la butaca.

—Estoy pensando, titi.

—Pues piensa rápido para cuando te confieses con el cura. —Una pausa exacta—. ¿O es que tampoco habrá cura?

—Es un amigo de Mateo. Abogado.

—Ajá. —Carmen volvió a la ventana, satisfecha de que el mundo siguiera siendo exactamente como ella sospechaba.

Zulma le abrochó un collar de perla y se quedó un segundo con las dos manos sobre los hombros de Vicky, mirándola. Por un momento dejó de fingir la duquesa que venía fingiendo desde el aeropuerto, se le quebró la voz y le salió, sin filtro, la mujer de Parcelas VanScoy:

—Ay, nena. Mírate.

—No empieces, mami, que se me daña el maquillaje.

—No empiezo. —Empezó—. Lo único que digo es que te fuiste con una maleta y mira dónde estás.

Tocaron a la puerta. Dos golpes, un silencio teatral, y la voz de Axel desde el pasillo:

—¿Está visible la novia o tengo que cerrar los ojos? Porque yo de mujeres no entiendo mucho, pero de vestidos sé un montón.

Detrás de él, la voz de Julio, más bajita, casi solemne para cómo era él:

—Nena, ¿ya? Que tu papá te quiere ver antes de que te vea todo el mundo.

Vicky respiró hondo. Se miró una última vez —los rizos, treinta años, la mujer entera— y abrió la puerta.

Axel se llevó las dos manos al pecho y abrió la boca para soltar alguna de las suyas, pero se calló, porque vio lo que iba a pasar antes de que pasara, y por una vez en su vida tuvo el buen tino de dar un paso atrás.

Julio se quedó en el umbral.

Él, que tenía un cuento para cada silencio, una salida para cada esquina, un chiste guardado para los velorios y para los partos, se quedó sin nada. Miró a su hija de arriba abajo, despacio, como si la estuviera reconociendo, y se le fue cerrando la garganta sin permiso.

—Ay —dijo. Y nada más, porque el resto se le quedó atascado en algún lugar entre el pecho y la boca.

Cruzó el cuarto en tres pasos y la abrazó. La abrazó completo, como abrazaba él, con las dos manos en la espalda y la cara hundida en los rizos, y Vicky sintió que el hombre temblaba un poquito y olía igualito que siempre, a cigarrillo Winston y a aftershave barato, a casa.

—Mira, nena —le dijo al oído, bajito, para que las mujeres no lo oyeran—, yo me preparé un discurso en el avión. Bien bonito. Lo tenía aquí. —Se tocó la sien—. Y se me fue completo. Lo único que me queda es que te ves igualita a tu mamá el día que me casé con ella. Pero más bonita. No le digas.

Vicky se rio con la nariz congestionada de lágrimas.

—No le digo.

Julio se separó, la agarró por los hombros con los brazos estirados para verla otra vez, y parpadeó rápido, dos, tres veces, como quien espanta una mosca que no existe.

—Es el polen —dijo, carraspeando, señalando con la barbilla todas las flores del pasillo—. Tanta flor junta. A mí eso me da en los ojos.

—Claro, papi. El polen.

—El polen. —Asintió, recuperando terreno, volviendo a ser él—.

Bueno. Pues vamos, que allá afuera hay un español esperando para llevarse a mi hija, y yo todavía no estoy convencido de que sepa lo que se está llevando.

—Le ofreció el brazo—. Si se porta mal, tú me avisas, que yo tengo gente en Bayamón.

—No tienes gente en Bayamón.

—Tengo a tu tía Carmen y a tía Rosa. Esas dos, junto a tu mai, son peores que los del punto de Virgilio Dávila.

Desde la butaca titi Carmen dejó caer:

—Eso es lo más cierto que ha dicho este hombre en treinta años.

E l jardín de la finca se había vestido de blanco y verde, hileras de sillas a ambos lados de un pasillo de pétalos. Al fondo, un arco de flores que Vicky misma había discutido pétalo por pétalo con Cayetana y con Xavi. Los esperaba el día más luminoso que Madrid había tenido en mayo.

El primero en entrar fue Mateo.

Entró como entran los hombres que han organizado su vida entera para no temblar y descubren, demasiado tarde, que el cuerpo no obedece.

Llevaba a Matilda del brazo —tradición española, la madrina entra con el novio—, y la anciana, que esa mañana había cambiado la bata de boatiné por un vestido azul marino y se había puesto la dentadura buena, caminaba a su lado como una reina que por fin recibe lo que le corresponde.

—Más despacio, hijo —le riñó Matilda en voz baja, sonriendo a la concurrencia—. Que tú tienes prisa y yo tengo ochenta y tres años y un juanete. Aquí la que luce soy yo.

—Perdone, Matilda.

—Y deja de sudar, que estás guapísimo y lo vas a echar a perder. —Le dio una palmadita en la mano—. Cuando te vi la primera vez en la tele pensé: este niño es demasiado guapo para ser de fiar. Y mira. Resulta que sí. Quién lo iba a decir.

La dejó en su sitio, en primera fila, junto a su madre, Gladys, que ya tenía un pañuelo arrugado en el puño.

Y entonces Mateo se quedó solo bajo el arco, con las manos cruzadas por delante para que nadie le viera el temblor, mirando hacia el fondo del pasillo.

El hombre de los carteles en Gran Vía, de los gestos enormes, del Porsche color vino. Quieto. Esperando.

Sonó la música del conjunto de violines.

Y apareció Vicky del brazo de Axel.

Axel, que se había declarado a sí mismo “el mejor padrino de la historia de las bodas” desde que aceptó el cargo, caminaba conteniendo las lágrimas con la dignidad de una gala de los Goya.

Llevaba el paso medido, la barbilla en alto, y por la comisura de la boca, sin mover apenas los labios, iba narrando.

—No mires a nadie, Vi. Mírame a mí, que soy el más guapo después de ti. Respira. Uno, dos. Si te tropiezas yo te sostengo y hacemos como que fue parte de la coreografía. —Tragó saliva—. Y no me hagas llorar, que me costó cuarenta euros este eyeliner y es de los que no aguantan nada.

—Te quiero, Axel.

—Calla. Calla ahora mismo o me derrumbo y no es el momento.

Caminaron el primer tramo así, ella sostenida por el único amigo que la había sostenido a ella cuando no tenía a nadie, hasta el punto exacto del pasillo donde esperaba Julio.

Ahí Axel se detuvo. Le tomó la mano a Vicky, se la besó como un cortesano, y se la entregó a su padre con una reverencia mínima, perfecta, de la que él mismo se sintió orgulloso el resto de su vida.

Julio la recibió. Le acomodó la mano en el brazo, le dio una palmadita encima, y echó a andar el último tramo con una solemnidad que le duró cuatro pasos.

—Mira —murmuró, sin dejar de sonreír al frente—, todavía estamos a tiempo. Tú dices la palabra y nos vamos. Tengo el carro alquilado ahí afuera. Llegamos al aeropuerto en nada.

—Papi.

—Es broma. Bueno, medio broma. —Apretó un poco el paso, después lo soltó, como si quisiera estirar el pasillo—. Carajo, nena, qué corto se hace esto. Yo pensé que iba a ser más largo.

—¿El pasillo?

—La vida.

Y ahí se le quebró, otra vez, en la última palabra, y otra vez echó la culpa al polen con la barbilla y siguió andando, porque ya estaban llegando, porque al final del pasillo había un hombre que lo miraba a él con la cara de quien pide permiso sin atreverse a hablar.

Julio se detuvo frente a Mateo. Lo miró. Lo midió por última vez, como había prometido. Y le puso la mano de Vicky en la mano, despacio, con cuidado, como quien entrega algo que se puede romper.

—Cuídamela —le dijo. Una sola palabra de las suyas, sin chiste detrás—. Que es lo único que hice bien.

Mateo asintió. No le salió la voz. Asintió otra vez, por si la primera no había contado.

Y Vicky, que había cruzado un océano por una mentira y se había quedado por una verdad, aceptó aquella mano cálida y masculina sin dejar de mirarlo a los ojos.