Capítulo Veintisiete #4
—Nadie lo entiende, mi amor. Se vive. Cuando vayamos a Puerto Rico lo entenderás.
Mateo apagó el motor frente a la casa y se quedaron un momento en silencio, mirándola.
La casa. Un chalé con las ventanas iluminadas en una urbanización tranquila a las afueras, lo bastante lejos de Madrid para tener un jardín y el cielo entero, y lo bastante cerca para que Mateo pudiera plantarse en cualquiera de sus restaurantes en media hora.
Lo habían elegido juntos. Era la primera cosa que Vicky elegía en tres años que no fuera un cuarto alquilado o una cama prestada.
—¿Sabes una cosa? —dijo ella, sin moverse—. Yo llegué a este país con una maleta y una mentira de un tal Mario. Y mírame. Mírame, Mateo.
Él le tomó la mano por encima de la palanca de cambios.
—Te miro todo el rato. Es lo único que sé hacer bien.
Entraron. La casa estaba a medio montar todavía, con cajas en los pasillos y cuadros de Gladys apoyados contra las paredes esperando un clavo, pero ya era suya.
Y, en mitad del salón, sobre la única caja que importaba —la del equipo de música, naturalmente—, Sardina los esperaba como un emperador que ha tomado posesión de un territorio nuevo y ha decidido que le parece aceptable.
Ni se levantó. Solo entornó sus ojos amarillos, los miró a los dos, y volvió a dormirse, dejando claro quién mandaba en aquel chalé.
—Tu gato ya ha decidido cuál es su sitio —dijo Mateo.
—No es mi gato. Es el rey. Nosotros solo pagamos la hipoteca.
Mateo abrió una botella de vino —de la buena, que para eso era lo único que había desempaquetado— y se sentaron en el suelo, entre las cajas, con la espalda contra el sofá nuevo que todavía tenía el plástico.
Hacía dos meses que Mateo había firmado el divorcio. Dos meses que, por fin, era un hombre libre. Y allí estaba, en el suelo de su casa nueva, la víspera de volver a casarse, mirando la copa con media sonrisa.
—Dos meses libre y mañana me caso otra vez —dijo—. Cualquiera diría que no aprendo.
—Cualquiera diría que eres feliz —dijo Vicky.
—Eso también.
Ella apoyó la cabeza en su hombro. Por la ventana se veía el jardín oscuro. La casa entera olía a cartón, a pintura fresca y a algo nuevo que todavía no tenía nombre.
—Qué raro —dijo Vicky en voz baja—. Estar quieta. No tener miedo de nada.
—Acostúmbrate —dijo él, y le besó el pelo—.
Casi se me olvida. —Mateo fue hasta la caja del correo amontonado junto a la entrada y volvió con un sobre se levantó—.
Esto llegó la semana pasada, mientras estábamos en la inauguración de Nico en San Sebastián, y con el lío de la boda no te lo había dado. Es para ti.
Vicky lo cogió. Grueso, con su nombre completo impreso —Victoria de los Ángeles Ruiz Castellano— y, en una esquina, el membrete de la escuela de cocina más prestigiosa de Madrid. Se le subió el corazón a la garganta.
—Mateo. —Tragó saliva—. Tengo que decirte una cosa.
Apliqué. A la escuela. Hace unas semanas, y no te dije nada.
—Lo miró casi pidiendo perdón—. No quería entrar por ser tu novia, ni por tu apellido, ni por tus tres estrellas, ni por una llamada tuya.
Quería entrar yo. Por mérito propio, o no entrar.
Mateo no dijo nada. Solo le hizo un gesto con la barbilla: ábrelo.
Vicky rasgó el sobre con dedos torpes, desdobló la carta, y la leyó una vez sin enterarse de nada, de los nervios, y otra vez despacio.
La habían admitido.
Ella. Victoria de los Ángeles, de las Parcelas VanScoy, ilegal hasta hacía nada, florista de una tienda a tres calles de la Gran Vía. Admitida en la mejor escuela de cocina de la ciudad. Por su cuenta. Por su mano.
—Lo conseguiste tú sola —dijo Mateo, y en su voz había algo que ella no le había oído nunca: un orgullo limpio, del que no compite—. Yo no he movido un dedo. No sabía que quisieras incursionar en la cocina.
—Jaime una noche me dijo que tenía buena mano.
Mateo sonrió.
—De eso puedo dar fe yo y mi cuerpo.
Vicky captó la insinuación y le pegó un manotazo mientras se reía.
—Así que no te casas con la novia del chef. —A Vicky le temblaba la voz entre la risa y el llanto—. Te vas a casar con una próxima colega.
—Con una rival —la corrigió él—. Que Dios nos pille confesados.
La tomó de la cintura y la besó.
Vicky cerró los ojos. Hacía unos meses atrás no tenía papeles, ni casa, ni a nadie; dormía con un ojo abierto por si Alejandro aparecía.
Y ahora estaba en el medio de su propia casa, con una medalla que había sido de la abuela de Mateo colgándole del cuello, una carta de admisión en sus manos, a unas horas de casarse.
Le había costado años aprender a decirlo. Ahora le salía solo.
—Te quiero, Mateo.
—Lo sé. —Y, antes de que ella protestara, añadió, riéndose—: Y yo a ti. Desde un baño de avión.
Sardina los miraba desde su trono con los ojos entornados y las orejas atentas porque odiaba el ambiente cursi que impregnaba en aquella casa.
(Hay quien dice que el amor es encontrar a tu media naranja. Mentira. El amor es encontrar a alguien dispuesto a comprar un chalé con jardín para que tu gato tenga dónde reinar. Lo demás son cuentos).