Lo que pasa en Santorini Capítulo Veintisiete #3
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Capítulo Veintisiete #3

Mateo, que no entendía del todo lo que acababa de pasar, asintió educadamente, dio las gracias y buscó a Vicky con la mirada para ver si había metido la pata.

Pero Vicky tenía los ojos llenos de lágrimas y una mano sobre la boca.

Se inclinó hacia él y le susurró, temblando:

—Mateo. Mi titi Carmen no le ha enseñado a hacer pasteles ni a sus propias hijas. —Tragó saliva—. Acabas de entrar en la familia. Eso es la prueba de aceptación.

Y antes de que a Mateo le diera tiempo a emocionarse, Julio, que llevaba dos copas de vino y la felicidad de un hombre con la barriga llena, se levantó a medias, le puso una mano enorme en el hombro y selló la noche con una promesa solemne:

—¡Y nada, yerno! Pa rematar: cuando vengas a Puerto Rico, tú y yo nos vamos a beber el cañita de guayaba que tengo enterrao’ hace dos años.

Mateo parpadeó.

—¿El… qué?

—El cañita.

—¿Que está… enterrado?

—¡Hace dos años! —confirmó Julio, radiante, como si eso lo explicara todo.

Mateo se giró hacia Vicky con la cara de un hombre que necesita una traducción urgente y jurídica.

—El cañita —empezó Vicky, conteniendo la risa— es ron. Pero ron casero. Que se hace a escondidas, en el patio, y que es ilegal y te puede dejar ciego, pero que en mi familia es una tradición sagrada.

—Vale. ¿Y lo de enterrado?

—Lo entierran. En la tierra. Para que añeje.

—¿Como una barrica? —Mateo, a su pesar, sintió que el chef que llevaba dentro se despertaba con un interés genuino—. ¿En qué tipo de recipiente, con qué…?

—No, mi amor. —Vicky le puso una mano en la mejilla con infinita ternura—. En una botella vacía. Metida en un hoyo. En el patio de mi papá. Al lado de la mata de gandules.

Mateo miró a Julio, que le sonreía de oreja a oreja levantando la copa, esperando un sí.

Y Mateo, el chef de las tres estrellas Michelin, el que había servido a una infanta, alzó su copa de vino de cien euros la botella y brindó por una botella enterrada hacía dos años junto a una mata de gandules en Bayamón.

—Será un honor, don Julio.

La mesa estalló en aplausos. El trío arrancó un bolero. Zulma lloraba y reía a la vez sin acordarse ya de ser duquesa, Axel gritaba “¡familia!”, Gisela aplaudía sin saber por qué, y Vicky, en medio de los dos mundos que creía que nunca cabrían en la misma habitación, lo miraba a él.

Solo a él.

Y Mateo pensó que ninguna estrella, ninguna de las tres, valía lo que valía aquella mesa.

(Hay hombres que se pasan la vida persiguiendo estrellas, y resulta que la mayor estrella es la familia que te acepta y te deja ser.

Que tiemble la Michelin: la mejor inspectora acaba de prometer enseñarle al chef a hacer pasteles.

Si no sabes que son los pasteles de Puerto Rico…

bueno los pasteles que hacen las mujeres de Bayamón, búscalo en Internet).

E sa misma noche, en un ático de Chamberí, Daniela Sáenz de Tejada le planchaba un vestido a su hija.

Consuelo se había ofrecido dos veces. Las dos veces Daniela le había dicho que no, que gracias, que lo quería hacer ella, y Consuelo se había ido a la cocina con la cara de quien lleva quince años en una casa y todavía no sabe dónde ponerse.

El vestido era azul. Lo había elegido Gisela, un sábado, señalándolo desde la puerta de la tienda con el dedo y sin admitir discusión. Azul, con un lazo. Y Daniela había dicho que sí porque hacía siete meses se había prometido no volver a decirle que no a esa niña por cosas que no importaban.

Lo planchó despacio. No sabía planchar. Nunca había tenido que aprender, y le estaba costando media hora lo que a Consuelo le habría costado cinco minutos. Pero no la llamó para que la salvara.

—¡Mamá! —Gisela apareció en la puerta descalza, con el pijama y una cajita apretada contra el pecho—. ¡Mamá, mira lo que me ha dado papá!

—A ver.

Gisela la abrió. Dentro, sobre el forro, dos pendientes pequeños.

—Son para mañana. Me los ha dado para que me los ponga en la boda. Dice que ya soy mayor para llevar pendientes de verdad.

—Son muy bonitos.

—Son de verdad. Me lo ha dicho él.

—Ya veo que son de verdad.

—¿Me los pones?

—Estás en pijama, mi vida.

—Ya. Pero para verlos.

Daniela dejó la plancha en alto. Se sentó en el borde de la cama y Gisela se paró frente a ella, quieta, con la barbilla levantada y los ojos cerrados con fuerza, como se ponen los niños cuando les va a doler algo.

Le puso ambos. Le costó, porque le temblaban un poco los dedos.

—Ya está.

Gisela salió corriendo al espejo del pasillo. Volvió a los cuatro segundos, girando la cabeza a un lado y a otro.

—¿Se me ven?

—Se te ven.

Y ahí el pensamiento le vino a Daniela. Entero, formado, redondo, con la puntería exacta de siempre: Mi amor, tú no tienes que ir si no quieres.

Solo ocho palabras. Después de eso la niña se acostaría con una piedra en el estómago, mañana estaría rara toda la mañana, Mateo lo notaría, se le dañaba el día, y no podía probar que había sido ella.

Lo sabía hacer. Llevaba doce años haciéndolo, provocando situaciones. Si era honesta, era lo único que se le daba bien.

Se agarró al borde de la cama con las dos manos. Y se dijo lo que le habían enseñado en el hospital, en voz baja, sintiéndose tan ridícula como se sentía todas las mañanas: No lo digas. Eso es todo. Ahora mismo no tienes que hacer nada más que no decirlo.

—¿Mamá?

—Nada, mi vida. —Se levantó y volvió a la plancha—. Que este lazo no me sale.

—Dile a Consuelo.

—Ya me sale a mí.

Gisela se subió a la cama, se sentó con las piernas cruzadas y se puso la cajita vacía en el regazo. Y entonces, con esa naturalidad suya que no sabe medir nada:

—Mamá, Vicky huele a flores.

Daniela no levantó la cabeza del vestido.

Un segundo. Dos.

—Ya —dijo—. Trabaja con flores.

—Y yo le estiro los rizos y suben solos. —Gisela se rio ella sola—. Los míos no suben.

—Los tuyos son lisos, mi vida.

—Ya. Eso lo dije.

Y ahí se quedó, dándole vueltas a la caja, sin la menor idea de lo que le acababa de hacer a su madre. Y así tenía que ser. Ese era el objetivo entero: que la niña no supiera nunca que había un sitio donde eso dolía.

Daniela terminó el vestido. El lazo le salió torcido. Lo colgó de la puerta del armario y apagó la plancha.

—Anda, a la cama. Y los pendientes fuera, que se duerme mal con ellos. Mañana te los pongo yo antes de que venga papá.

Se los quitó ella misma, uno y otro, y los dejó en la cajita, y la cajita en la mesilla, a mano, porque quitársela habría sido una guerra. Después la arropó. Le apartó el pelo de la cara.

—Mamá.

—Dime.

—¿Tú por qué no vienes?

Y ahí estuvo. En un cuarto a oscuras, una niña de diez años haciéndole una pregunta incómoda en su respuesta.

Daniela respiró. Contó, como le habían aconsejado.

—Porque no me toca —dijo—. Es la fiesta de papá. Yo mañana te espero aquí y me lo cuentas todo. Todo. Hasta lo que coman.

—¿Todo todo?

—Todo todo. Y si Vicky se ríe muy fuerte, también me lo cuentas.

Gisela se rio.

—Se ríe fuerte.

—Pues eso.

Le dio un beso. Apagó la luz. Cerró la puerta despacio y se quedó un momento en el pasillo con la mano todavía en el picaporte.

Después se fue al salón y se sentó en el sofá. No lloró. Eso también se lo habían dicho: que no pasaba nada por no llorar, que llorar no era una prueba de nada.

Se quedó ahí hasta las dos de la mañana, sin encender la televisión, sin poner música, sin hacer ninguna de las cosas que hace la gente para no oírse. Solo sentada. Aguantando.

Y a las dos se levantó, se lavó los dientes y se acostó, y nadie en el mundo se enteró de que aquella noche Daniela Sáenz de Tejada había hecho la cosa más difícil de su vida, que fue no decir ocho palabras.

L legaron al chalé pasada la medianoche, muertos de cansancio y de felicidad, después de dejar a Zulma, a Julio y a titi Carmen en el Airbnb que habían alquilado cerca de Ática.

Mateo todavía no se había recuperado de la cena.

—Me ha invitado a hacer pasteles —dijo, conduciendo las últimas calles con cara de hombre condecorado en una guerra que no sabía que estaba librando—. Tu tía. La que me miraba el plato como si buscara veneno. Me ha dicho que me va a enseñar a hacer pasteles.

—Te dije: o la conquistabas o no había boda. —Vicky le apretó la rodilla—. Y mi papá ya te quiere desenterrar un cañita, así que, oficialmente, eres de la familia.

—Sigo sin entender lo del cañita.