Capítulo Veintisiete #2
—¡Pero mira este lugar, nena! —Julio, el padre de Vicky, abrió los brazos como si fuera a abrazar el comedor entero—.
¡Esto parece un museo! Oye, ¿y aquí dónde se sienta uno?
Que yo tengo un hambre que estoy bizco —Localizó a Mateo de inmediato, cruzó la sala, lo abrazó y le estampó dos palmadas en la espalda con un apretón de mano de un hombre que siempre ha jugado pelota.
A Mateo casi le descolocan dos vértebras—.
¡El yerno! Mira qué grande. Oye, ¿tú juegas pelota? Con ese tamaño tú das pa’ primera base.
—Mucho gusto, don Julio —dijo Mateo sonriendo—. No, yo no soy muy deportista que digamos.
—Lástima, porque estatura y cuerpo tienes.
—Julio. —La voz de Zulma llegó tres pasos por detrás, baja, tensa, de dientes apretados—. Compórtate.
Y la madre de Vicky lucía transformada. Mateo, que había visto fotos, esperaba a una señora; lo que llegó fue una duquesa.
Espalda recta, bolso colgado del antebrazo como había visto hacer a las señoras de la tele, y una manera de hablar lentísima y archirrefinada, midiendo cada palabra para que no se le escapara ni una sola sílaba de Parcelas VanScoy. Todo medido.
—Encantadísima —le dijo a Mateo, tendiéndole la mano como quien ofrece a besar un anillo—. Qué establecimiento tan… exquisito. Verdaderamente exquisito.
—El gusto es mío, señora.
Mateo le estrecho la mano con galantería.
—Zulma, por favor, puede tutearme. —Y, al sentarse Julio de golpe en la primera silla que encontró, sin más, sin esperar a nadie, a Zulma se le rompió un segundo la porcelana —: ¡Julio, por Dios, que no estamos en el balcón de casa!
—Carraspeó, recompuso la duquesa—. Disculpa. Mi esposo es muy… espontáneo.
Detrás de ellos entró la artillería pesada.
Titi Carmen no entró: hizo acto de presencia.
Avanzó por el comedor despacio, como una inspectora de hacienda con perlas, registrándolo todo —el techo, las copas, los manteles, el precio probable de las cortinas—, y Mateo entendió, sin que nadie se lo dijera, que cada detalle de aquella noche estaba siendo archivado con precisión notarial para ser desplegado, dentro de unas semanas, en alguna marquesina de Puerto Rico, ante un público familiar entregado al chismerío.
—Mjm. —Carmen pasó un dedo por el respaldo de una silla, lo miró, no encontró polvo, pareció casi decepcionada—. Bonito. —Una pausa larga, evaluadora—. Carito, me imagino, ¿ah?
—Titi —suplicó Vicky, apareciendo con dos botellas de vino.
—Yo no he dicho nada, mija. Digo que es bonito. —Pero los ojos de titi Carmen ya habían fichado a Mateo de arriba abajo, y Mateo sintió que le faltaba media nota en algún examen que no sabía que estaba dando.
—Mucho gusto, yo soy Carmen.
Mateo le extendió la mano.
—Bienvenida, señora —dijo el chef tratando de que su voz no se escuchara un poco entrecortada.
—Carmen, dime Carmen. Pronto vas a ser mi sobrino.
Mateo le sonrió, pero se acordó de las advertencias de Vicky: “A titi Carmen hay que quererla, pero a distancia”.
Gladys, la madre de Mateo, fue la primera en tender el puente. Se acercó a Vicky, le tomó la cara con las dos manos y la miró con una ternura que no necesitaba traducción.
—Así que tú eres la que tiene a mi hijo así de bobo. —Le dio dos besos—. Gracias, niña. Hacía años que no lo veía con esa cara tan risueña.
Y a Zulma, que se había acercado en guardia, lista para defender su pedigrí inventado, Gladys la desarmó en tres segundos:
—Zulma, ¿verdad? Ven, siéntate conmigo, que las madres en estas cosas somos las únicas que sabemos lo nervioso que está todo el mundo.
Zulma, por primera vez, soltó los hombros.
A Mateo le habría dado tiempo a respirar si no hubiera sido por Axel, que se había lanzado sobre la madre y la tía de Vicky como un misionero sobre almas que salvar.
—Titi Zulma. Titi Carmen. —Les besó la mano a las dos, divo pero contenido, encendiendo justo lo necesario—. Permítanme decirles que de dónde sale esta familia tan elegante es un misterio que pienso investigar a fondo esta noche.
Titi Carmen entrecerró los ojos, lo examinó, y emitió su primer veredicto positivo de la velada:
—Este muchacho sí que sabe. Creo que me vas a caer bien.
Mateo buscó a Matilda con la mirada y la encontró exactamente donde esperaba: en un rincón, en su silla, ajena al huracán, con cara de quien ha visto pasar demasiadas cenas como para emocionarse por esta.
No saludaba, no sonreía, no pensaba moverse.
Hasta que Vicky se le acercó, le puso una copa de vino en la mano, se inclinó y la besó en la mejilla.
—Espero que te guste mi familia.
—Si te tuvieron a ti han de ser buenas personas.
Y entonces, solo entonces, a Matilda se le escapó una sonrisa pequeña, terca, de las que valen el doble por lo que cuesta sacárselas.
Por la barra, mientras tanto, Nico ya no era Nico. Nico era un apéndice de Alfonsina: le llevaba la carpeta, le sostenía el teléfono, saltaba a colocar sillas a la mínima orden, todo con una diligencia de becario enamorado que tenía a media familia de Vicky observándolo con interés antropológico.
—Ese muchacho está embelesao —diagnosticó Zulma por lo bajo.
—Embelesao es poco —remató titi Carmen, archivándolo también.
Y, en el centro de todo, donde más ruido había, estaba Gisela.
La niña, que en su casa de Chamberí solo conocía el silencio, había encontrado el paraíso: una familia ruidosa, cálida, que hablaba toda a la vez, que se reía fuerte, que la consentía sin pedir permiso.
Y fue titi Carmen —la dura, la que todo lo criticaba— quien la sentó en su regazo y se puso a enseñarle un juego antiguo con las palmas de las manos.
Al fin a la tía se le ablandó la cara por primera vez en toda la noche.
Gisela se reía con esa risa redonda suya, encantada de haber caído de pronto en un mundo donde sobraba la gente.
Mateo se quedó un segundo quieto en mitad de su propio restaurante, con una familia entera desbordándose por las costuras de su comedor perfecto, y buscó a Vicky.
La encontró riéndose con su padre, con una copa en la mano, en medio de los dos mundos que ella creía que nunca iban a caber en la misma habitación.
Y pensó que todo aquello valía la pena.
El trío arrancó entonces el primer bolero, suave, como había ordenado Alfonsina. Julio dio una palmada de gusto.
—¡Ahora sí, coño! —rugió—. ¡Esto ya es una fiesta! Yerno, ¿y la comida pa cuándo?
Mateo respiró hondo. Había llegado el momento del cocido.
Y de titi Carmen.
M ateo había cocinado para inspectores Michelin, para dos ministros, para la boda de la hija de un jeque árabe en Dubái y para una infanta. Nunca, en toda su vida, había sudado como sudó sirviendo aquel cocido.
Lo sacó él mismo, sin camareros, en la fuente de barro de su abuela, y lo presentó con la solemnidad de quien defiende una tesis doctoral.
—Es un cocido madrileño —explicó—. Se come en tres vuelcos. Primero la sopa, luego los garbanzos con la verdura, y al final las carnes. Es… es lo que se come en las casas, los domingos.
Julio ya tenía la cuchara en la mano antes de que terminara la frase.
—¡Pues a mí lo de los domingos me encanta! —Probó el caldo y cerró los ojos—. ¡Ave María, nene! ¡Esto sabe a casa de mi abuela! Zulma, prueba esto.
—Estoy probándolo, Julio, con calma, que no estamos en una competencia. —Zulma sorbió una cucharadita minúscula, meñique en alto, y emitió un veredicto de embajadora—: Delicado. Muy delicado el caldito.
Y entonces habló titi Carmen.
No probó nada todavía. Primero inspeccionó. Acercó el plato, lo olió, hundió la cuchara, la levantó a contraluz como quien examina una prueba pericial.
—¿Y esto qué lleva?
—Gallina, hueso de jamón, morcilla, garbanzo…
—Mjm. —Probó. Un sorbo. La cara, de piedra. Otro sorbo. La cara, de granito—. ¿Y dices que esto lo come la gente todos los domingos?
—Eso he dicho, sí, señora.
—Mjm.
Mateo notó que se le secaba la boca. Aquella mujer tenía la misma expresión que uno de los inspectores la noche que le dieron la tercera estrella, solo que aquel inspector, al menos, parpadeaba.
Llegó el segundo vuelco. Los garbanzos, las papas, el repollo, la zanahoria.
Julio se servía como si fuera a haber escasez.
Gladys charlaba con Zulma, que poco a poco iba soltando la duquesa y riéndose más alto de lo que pretendía.
Axel les rellenaba el vino a las titis y les hacía la corte.
Gisela, en su sillita entre el bullicio, le daba de comer garbanzos a un Nico que se había sentado a su lado porque Alfonsina se lo había ordenado.
Matilda comía en silencio, en su mundo, feliz a su manera terca.
Y titi Carmen seguía juzgando.
Pinchó un garbanzo. Lo miró. Lo comparó, Mateo lo supo, con sesenta años de habichuelas guisadas en su propia olla. Se lo comió. No dijo nada. Pinchó otro.
Cuando llegó el tercer vuelco —la carne, el chorizo, la morcilla desplegados en la fuente—, Mateo ya se había rendido por dentro. He perdido. Cocino para reyes y he perdido contra una tía de Bayamón. Se sentó, se sirvió por no estar de pie, y esperó la sentencia como se espera el granizo.
Titi Carmen masticó despacio el último bocado. Dejó el tenedor. Se limpió la comisura con la servilleta, sin prisa, alineó la servilleta junto al plato, y por fin levantó la vista y miró a Mateo a los ojos.
La mesa entera, sin ponerse de acuerdo, bajó la voz.
—Mira, m'ijo. —Carmen hizo una pausa de tribunal—.
Esto que tú haces no es como lo de allá.
A esto le falta achiote, le falta un poco más de sofrito, le falta unas cuantas yucas, le falta una cabeza de ajo y un poquito de condimento.
—Otra pausa. Mateo se moría—. Pero está bueno.
—Y entonces, lo impensable: titi Carmen casi, casi, sonrió—.
Tú tienes mano. Eso se ve. A ti lo que te falta es que alguien te enseñe lo que es comer de verdad.
Así que cuando vayas a Puerto Rico te voy a enseñar a hacer pasteles.
Se hizo un silencio.