Lo que pasa en Santorini Capítulo Veintisiete
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Capítulo Veintisiete

Cinco meses después…

E ran casi la una de la madrugada y Verso olía a noche de las buenas: a mantequilla dorada, a vino, a un servicio que había salido perfecto.

Acababan de despedir un servicio privado de veinticinco cubiertos, menú degustación en cinco órdenes, y los últimos comensales se habían ido hacía un rato deshaciéndose en elogios.

El equipo había recogido, había chocado los cinco con el chef y se había marchado a tomarse la última copa en algún sitio.

Y se habían quedado los dos solos en el comedor a media luz, con las sillas ya subidas sobre las mesas menos en una.

Vicky estaba en esa mesa, con el teléfono en la mano, terminando una gestión de última hora: confirmarle a Xavi la entrega de los centros para el evento del jueves, que si las peonías no llegaban habría que cambiar por ranúnculos, y mandarle a Cayetana la foto del montaje de esta noche, porque la floristería de Bloomingdale ya empezaba a vestir las mesas de los restaurantes de Mateo.

Él estaba al otro lado, apoyado en la barra, con un cuaderno y la calculadora del móvil, haciendo cuentas de lo que faltaba para la reunión de proveedores del lunes. Las mangas remangadas, el pelo revuelto, esa concentración suya de cuando los números no le cuadraban.

—Oye —dijo, sin levantar la vista del cuaderno.

—Dime.

—Tú de gestiones sabes, ¿no?

Vicky sonrió a la pantalla.

—Me defiendo. ¿Por qué?

—Pues hazme una a mí. —Apuntó un número, lo tachó, apuntó otro—. Mira a ver qué papeles hacen falta para casarse por lo civil en Madrid y empieza a moverlos. Que yo con el papeleo soy un desastre y no quiero darle más tareas a Alfonsina.

El teléfono se le quedó a Vicky a medio camino de la oreja.

—¿Cómo?

—Lo que oyes. —Seguía con los ojos en el cuaderno, tan tranquilo, como quien encarga el pescado para el martes—. Los papeles. Para casarnos.

—Mateo. —Se le había secado la boca—. ¿Me estás…?

—No te estoy preguntando nada. —Y entonces sí, dejó el lápiz, y la miró.

Y en aquella mirada no había nervios, ni teatro, ni una rodilla a punto de doblarse; había la cosa más sencilla y más grande del mundo, una certeza lisa, sin grietas—.

Las preguntas son para cuando uno tiene dudas.

Y yo no tengo duda desde el baño de un avión y me imagino que t ú tampoc o .

Se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó algo pequeño que dejó sobre la mesa, entre los dos, con un tintineo mínimo. Una cajita de terciopelo verde.

Vicky la miró de lejos, con cierto recelo, pero no la tocó de inmediato.

—Ábrela. Es para ti.

Ella la abrió y se encontró una medalla con una flor de nomeolvides tallada en brillantes.

—Es hermosa —dijo ella cuando la sostuvo entre los dedos.

Mateo le dio la mano para que se levantara.

—Era de mi abuela Pilar —dijo—. Me la puso en la mano cuando yo tenía diecisiete años, poco antes de morir, y me hizo prometerle que la guardaría siempre. Tiene un significado muy especial para mí, Vicky. Quiero que la tengas tú.

Vicky miró la medallita. Miró al hombre. Y todo lo que llevaba meses —años— atrabancado por dentro empezó a soltarse de una vez, como un nudo que por fin encuentra el cabo.

Había aprendido a la fuerza que los hombres mentían sobre quiénes eran, que las bodas eran comedias, que a ella el amor le llegaba siempre con letra pequeña.

Se había guardado dos palabras en la boca una noche en Pan Bendito porque no se fiaba ni de su propia voz.

Y ahora un chef agotado, a la una de la mañana, entre cuentas de proveedores, le acababa de poner el resto de su vida sobre una mesa como si tal cosa.

—Eres un caso —consiguió decir, con la voz hecha un desastre—. ¿Quién pide matrimonio mandando hacer una gestión?

—Uno que está muy seguro. —Mateo medio sonrió—. ¿La haces o no la haces?

—La hago. —Se rio y se le saltaron las lágrimas a la vez—. Claro que la hago, bobo.

Se besaron con las ganas de preservar aquel momento.

—El anillo te lo doy en la boda —dijo Mateo—. Pero uno de verdad, no el de circonia.

Vicky sonrió y le dio un manotazo.

El la miró serio. Ella esperó a que soltara algo importante, él le tomó la mano con solemnidad, se la besó y luego puso la sonrisa de cabrón. Se llevó la mano de ella a la entrepierna.

—No puedo esperar por la luna de miel.

—No te emociones mucho, que todavía tienes que conocer a mi familia, sobre todo a mi tía Carmen.

(Hay quien pide matrimonio con violinistas, en un estadio, con un anillo escondido en el postre, y están los que no dudan y te lo piden sin levantar la vista de un cuaderno de cuentas, a la una de la mañana).

M ateo empujó la puerta de Ática con una bolsa en cada mano y la respiración de quien ha cruzado medio Madrid por una morcilla en pleno mes de mayo.

Porque eso era lo que llevaba: morcilla, los garbanzos buenos, el hueso de jamón que su proveedor le había guardado bajo el mostrador como si fuera contrabando.

Para el cocido. Él, que tenía tres estrellas y una carta donde la gente pagaba ciento ochenta euros por un plato que cabía en una cuchara, iba a darle de comer a la familia de Vicky un cocido madrileño.

De olla. De los de domingo. Porque no pensaba intentar deslumbrar a la gente de Bayamón con espumas y pinzas; pensaba darles de comer de verdad.

Y llevaba dos días más nervioso por eso que por cualquier inspección de su vida.

Levantó la vista y se paró en seco en el umbral.

Su comedor, el de las paredes color hueso y la luz medida al milímetro, el de los silencios reverentes, se había convertido en un avispero feliz.

En un rincón, Alfonsina dirigía a tres señores con guitarras como un general dirige una ofensiva.

El trío. Vicky había insistido en un trío —“mis papás no se sientan a una mesa sin que alguien cante boleros, Mateo, es la ley”—, y Alfonsina, fiel a su naturaleza, lo había convertido en una operación militar: tenía una carpeta, un horario y a los tres músicos cuadrados delante de ella como reclutas.

—El repertorio empieza suave —les decía—. Nada de subir el volumen hasta los postres. Y, por favor, nada de cambiar repertorios a última hora.

—Esa mujer da miedo —murmuró uno de los músicos.

—Esa mujer es la razón de que este sitio funcione —contestó Mateo de paso, y siguió hacia la cocina.

Pero antes tuvo que esquivar una escalera.

En lo alto de la escalera estaba Vicky, de puntillas, colocando una rama de algo verde sobre la viga, con el pelo recogido a lo loco y una hoja pegada a la mejilla.

A sus pies, Cayetana daba órdenes contradictorias mientras se hacía un selfie con el trío de fondo, y Xavi sostenía un cubo de flores con la cara del que ha sido contratado para sostener cubos y ha aceptado su destino.

—Esa rama un dedo más a la izquierda —dijo Cayetana—. No, a la derecha. No, déjala donde estaba, estaba perfecta.

—Cayetana, llevas tres “déjala donde estaba” —protestó Xavi.

—Y tú llevas tres flores puestas en toda la tarde, así que calla.

Vicky, desde arriba, vio entrar a Mateo y se le iluminó la cara entera.

—¡Llegaste! ¿Trajiste la morcilla?

—Traje la morcilla, los garbanzos y el hueso. He cruzado la M-30 dos veces. —Dejó las bolsas en una silla y la miró—. Bájate de ahí antes de que te mates, anda.

Y en ese momento, desde la barra, llegó un ruido que no era ruido: era la ausencia de ruido de alguien que lleva un rato sin hacer absolutamente nada. Mateo giró la cabeza.

Su hermano Nico estaba apoyado en la barra, con su cazadora de cuero y su camiseta de Metallica, una cerveza en la mano, y los ojos clavados en Alfonsina con una cara de bobo que Mateo no le había visto nunca.

Ni en conciertos. Ni borracho. Embelesado, esa era la palabra.

Como si Alfonsina, ladrando órdenes a tres guitarristas, fuera lo más hermoso que había pisado la tierra.

Alfonsina, sin girarse siquiera, sin levantar la vista de su carpeta, soltó:

—Nicolás, o coges una caja o coges la puerta, pero deja de mirarme como un cordero, que lo noto en la nuca.

Nico se enderezó de golpe, casi tira la cerveza, y empezó a fingir un interés repentino y enorme por una caja de copas que no tenía dónde ir.

Vicky bajó la escalera de un salto y le dio a Mateo un beso rápido, de los que saben a casa. Olía a flores y a nervios buenos.

—¿Tú estás bien? —le preguntó él—. Que llevas desde ayer en modo huracán.

—Estoy bien. Estoy nerviosa. Estoy feliz. Todo a la vez. —Le robó una aceituna del aperitivo—. Mis papás no han viajado a Madrid en su vida, Mateo. Mi mamá lleva tres días preguntándome si aquí hay arroz.

—Hay arroz. Hay cocido. Va a salir bien.

Vicky lo miró entonces con una sonrisita peligrosa, la misma que ponía justo antes de decir algo que le iba a quitar el sueño.

—Mira, el cocido le va a encantar a mi papá, que come lo que le pongas y encima da las gracias.

—Hizo una pausa, disfrutándola—. Pero a mi tía Carmen no la ha conquistado nadie en sesenta años.

Ni mi tío, que estuvo casado con ella cuarenta.

Así que tú, con tus tres estrellitas y tu cocido…

—le dio una palmadita en el pecho—, suerte ahí, mi amor.

Y se fue tan tranquila a seguir con las flores, dejando a Mateo de pie en mitad de su propio restaurante, con la morcilla en la mano y, por primera vez en muchos años, un miedo escénico de verdad.

L legaron a las ocho y media, y Ática dejó de ser un restaurante de tres estrellas para convertirse en otra cosa.

Mateo los oyó antes de verlos. Por la escalera subía un rumor que no era el de sus clientes habituales —ese murmullo discreto de cubertería y voces a media luz—, sino una marea de carcajadas, de “¡ay, bendito! Nene, deja eso. ¿Qué te pasa?”, de un acento cantarín que llenaba el hueco de la escalera como agua llenando una bañera.

Tragó saliva. Se alisó la chaquetilla. Que sea lo que Dios quiera.

El primero en entrar fue Julio.