Lo que pasa en Santorini Capítulo Veintiséis #2
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Capítulo Veintiséis #2

Daniela ya estaba allí, sentada, con un abrigo que le quedaba grande y las manos alrededor de una taza que no bebía. Más delgada. Sin una gota de maquillaje, sin la armadura. Cuando lo vio llegar con las flores, algo se le movió en la cara y bajó la vista hasta la taza.

—Has venido.

—Claro que he venido. —Dejó las rosas sobre la mesa, entre los dos—. ¿Cómo estás?

Daniela tardó en contestar. Movió la taza un centímetro sobre la mesa de hierro y la volvió a poner donde estaba.

—Me levantan a las ocho —dijo—. Desayuno con gente que no conozco. Hablo cuando me toca hablar y me callo cuando le toca hablar a otro. —Otro centímetro—. Hace veinte días que no bebo. Es lo único que sé decirte con seguridad.

—Daniela…

—Y me dicen que lo diga en voz alta cada mañana si quiero ponerme bien.

Y lo digo. —Levantó la vista un segundo, lo justo—.

Hay mañanas que me lo creo. Hay otras que no me lo creo y lo digo igual.

Duermo sola, en un cuarto que no es mío, y me da una vergüenza horrible.

—Volvió a la taza—. No sé si voy a poder, Mateo.

Te lo digo a ti porque a ti ya no te puedo mentir.

Mateo no supo qué hacer con eso. En quince años nunca le había oído decir no sé .

—Pues sigue diciéndolo —contestó al fin—. Aunque no te lo creas. Para eso estás aquí.

Se quedaron callados. En la mesa de al lado, una mujer hacía un puzle sola.

—Mi padre no ha venido —dijo Daniela.

No era un reproche. Era una constatación, y dolía más dicha de aquella forma.

—La vergüenza —dijo Mateo, sin saña—. Y el qué dirán.

—El qué dirán —repitió ella, y por un instante asomó la antigua Daniela, la irónica, antes de apagarse—. Toda la vida pendiente de eso. Mira de qué me ha servido.

Se quedaron callados otra vez. Del otro lado del jardín llegaba el ruido de alguien barriendo hojas.

—Perdóname. —Lo dijo agarrando la taza con las dos manos, como si fuera a caerse de ella—. Por los dos años. Por todo lo que dije de ti delante del juez. Por dejarte ser el malo de una historia que escribí yo.

Mateo no respondió enseguida. Asintió despacio, una vez, y se quedó con aquello sin soltarlo todavía. Aprendía algo en ese silencio: que perdonar a destiempo no perdona nada.

—Hay otra cosa. —Daniela sostuvo su mirada, y por primera vez no había nada de la antigua en ella—. Fui yo. Lo de esa mujer, tu nueva pareja. La denuncia a inmigración.

El jardín siguió igual de quieto, pero a Mateo se le cerró algo en el pecho. No fue rabia, no de la caliente. Fue el frío de entender.

Durante semanas ni siquiera se lo había preguntado.

Había supuesto que era Alejandro, porque Alejandro era el que llamaba, el que amenazaba, el que tenía esa clase de cara.

Y no. No había sido un arrebato, ni un grito, ni un hombre con antecedentes.

Había sido una llamada hecha a sangre fría, con un número marcado a propósito, sabiendo lo que le caería encima a la mujer que él quería.

Sabiendo, incluso, que podían echarla del país.

Apretó los dientes. La miró en silencio, y le dejó —quizá por última vez— el espacio para decirlo todo.

—Lo hice por rabia —continuó Daniela—. Porque te estaba perdiendo. Porque no soporté que hubiera otra vida donde yo no estuviera. —Tragó saliva—. Y porque soy capaz de hacer cosas muy feas.

—Lo sé —dijo él. Y lo dejó ahí, sin adornarlo, porque era verdad y porque hacía falta que ella lo oyera dicho.

A Daniela se le llenaron los ojos de lágrimas.

—No te lo digo para que me perdones. Entiendo si no quieres. —Más firme ahora, aunque le temblaba la barbilla—. Te lo digo porque si de verdad quiero salir de aquí distinta, no puedo seguir mintiendo. Ni a ti, ni a mí.

Y fue ahí, después de lo peor y no antes, cuando Mateo encontró dentro lo que había venido a darle.

No rabia ni amor: esa ternura rara, sin nombre, que se le tiene a la persona con la que uno pasó un tercio de su vida.

Una casa que ya no es la tuya, pero por cuyo portal pasas y todavía sabes en qué piso vivías.

—Ya te he perdonado, Daniela. —Lo descubrió al decirlo—. Lo de José Luis. Lo de los dos años. Lo que dijiste delante del juez. Eso me lo hiciste a mí, y no lo quiero cargar más, porque llevarlo encima me estaba pudriendo a mí también.

Y en cuanto lo dijo, se oyó. Pudriendo.

La misma palabra. La misma que le había escupido a aquella mujer en el ático de Chamberí, el día que volvió de Santorini, con la cara a centímetros de la suya y una maleta en la mano: mientras tú te pudres aquí sola.

Se lo había dicho él. Y semanas después ella había marcado un número.

No lo dijo en voz alta. No era el momento de descargarse él, ni de repartir culpas a una mujer que llevaba veinte días intentando recuperarse.

Se inclinó un poco hacia delante.

—Lo otro no.

Daniela levantó la cara.

—Lo otro no me lo tienes que pedir a mí.

—Mateo no levantó la voz; no le hizo falta—.

A Vicky la esposaron por tu culpa. Se pasó tres días en un calabozo sin cordones en los zapatos y sin saber si al día siguiente la metían en un avión.

Eso no me lo hiciste a mí. —Una pausa—. Yo no puedo perdonártelo, Daniela. No es mío para perdonarlo.

Daniela abrió la boca. La cerró.

Y no dijo que lo sentía, ni que lo entendía, ni ninguna de las cosas que se dicen para cerrar una frase así. Se agarró a la taza con las dos manos y asintió una vez, despacio, como quien firma algo.

Mateo se puso de pie.

—Cuídate, Daniela. Que te recuperes.

Ella asintió, sin poder hablar, y se limpió con el dorso de la mano.

—Dale un beso a la niña. —Se le quebró—. Y no le digas que estoy mejor, porque no lo sé. Dile solo que la quiero.

Mateo cruzó el jardín con el sol de otoño en la nuca. Fuera lo esperaba su coche, su ciudad, su vida nueva y una mujer sin miedo que le había dicho que llevara flores.