Capítulo Veintiséis
E ran más de las dos de la madrugada, y hacía dos semanas de lo de Daniela, cuando empezaron los golpes en la puerta..
Vicky no dormía. Llevaba un rato mirando el techo bajo de aquel cuarto prestado, con Sardina hecho una rosca caliente contra su costado, ronroneando con la conciencia tranquila de quien no debe alquiler.
Los golpes la enderezaron de un tirón. Alejandro, pensó, antes de que la cabeza le recordara que llevaba varias semanas durmiendo en un calabozo. El cuerpo tarda más que la cabeza en procesar las cosas.
Tres, cuatro golpes más, secos, y luego una voz que arrastraba las sílabas como quien arrastra los pies.
—¡Yaya! Yaya, abre, que estoy hecho polvo. Que se acabó, yaya. Que se acabó de verdad esta vez.
Cuando Vicky salió al pasillo, Matilda ya estaba allí, en bata de boatiné, descorriendo el cerrojo con esa lentitud digna de las dos de la mañana.
—Pero ¿qué horas son estas, criatura? —La puerta se abrió y Matilda se quedó mirándolo de arriba abajo, una ceja en alto—. Madre mía. Vienes hecho un cuadro.
Axel llenaba el umbral con toda la elegancia de un naufragio. La camisa de vestir por fuera del pantalón, un mechón pegado a la frente, los ojos brillantes y rojos, y un aliento que olía a media bodega de Madrid y que entró en el piso antes que él
—Estoy hecho un cuadro porque la vida es una obra de arte trágica, yaya.
—Se le quebró la voz a mitad de frase y aun así no perdió la pose; señaló al aire con un dedo, como si declamara para un palco lleno—.
Me ha dejado. Carlos Matías Heredia. Se ha quedado con ella.
Con la mujer. Con la casa, con el perro y con la vida de verdad .
Y a mí me ha apartado como quien guarda el abrigo cuando se acaba el invierno.
—Anda, pasa, que vas a despertar a todo Pan Bendito —dijo Matilda, y lo metió al apartamento de un tirón.
Axel entró tambaleándose, dio dos pasos y se desplomó en el sofá del salón con la mano en la frente, como si se tratara de una diva agotada al final del tercer acto.
—Cinco años, yaya. Cinco. Y siempre lo mismo: “todavía no, Axel; cuando los niños sean mayores, Axel; no es el momento, Axel”. —Se rio, una risa fea, mojada—. El momento. El momento era él teniéndolo todo y yo esperando las migas. Y ahora resulta que el momento ha llegado… para arreglar con ella.
Vicky se quedó en el marco de la puerta de su cuarto, descalza, con los brazos cruzados a la altura del pecho, sin atreverse a entrar del todo.
Conocía a este Axel solo de oídas: el que se rompe.
El de siempre era el que sostenía a los demás, el que aparecía con el coche y un plan y una broma; el que la había recogido a ella su regreso de Santorini cuando no tenía a nadie ni a nada en esta ciudad.
Verlo así, deshecho en el sofá de su abuela, le apretó algo en el pecho.
Matilda no dijo nada. Se sentó a su lado despacio, con el crujido de sus muchos años, y le tomó la cabeza y se la apoyó en el hombro. No le soltó un discurso. Solo lo meció, con una mano en la nuca, como se mece a un niño que ha tenido una pesadilla.
Y Vicky entendió que Matilda estaba consolando desde dentro.
Le había oído la historia una sola vez, a media voz, una tarde de esas en que las personas mayores sueltan la verdad sin avisar: un hombre que era de otra, un amor que le costó los mejores años, una mujer joven esperando una promesa que nunca llegó.
Matilda sabía exactamente la forma de lo que su nieto tenía clavado, porque ella había llevado esa misma astilla mucho tiempo. No hacía falta que lo dijera.
Axel lloró un rato así, sin pose ya, con la cara escondida en la bata de su abuela, mientras ella le pasaba la palma por la espalda y chasqueaba la lengua.
—Ea, ea. Llora lo que tengas que llorar, mi niño, que para eso está la yaya.
Cuando se le acabaron las lágrimas y empezaron los hipidos del sueño borracho, Matilda le dio un beso en la coronilla y se levantó con esfuerzo, apoyándose en el brazo del sofá.
—Yo ya no doy para más, que son horas de muertos. —Miró a Vicky, que seguía en el quicio, y le hizo un gesto con la barbilla hacia el bulto del sofá—. Cuídamelo tú, niña. Y dale un vaso de agua, que mañana va a querer morirse otra vez, pero de la cabeza.
Se arrastró pasillo adentro en sus zapatillas, y la puerta de su cuarto se cerró con un clic suave.
Y entonces se quedaron los dos.
Vicky se acercó por fin. Le puso el vaso de agua delante —que él no tocó— y se sentó en el reposabrazos. No supo qué decir, así que no dijo nada muy grande; dijo lo único que era verdad.
—Estoy aquí, Axel.
Él levantó la cara y le dedicó media sonrisa torcida.
—Mírate. La que llegó a Madrid sin saber ni coger el metro, consolando al pobre Axel. —Le tembló la barbilla—. ¿Tú sabes lo ridículo que es esto?
—Sé exactamente lo ridículo que es —dijo ella—. Yo lloré contigo por menos.
Se le escapó una risa de verdad, pequeña. Y luego, con la voz de un niño de cuarenta años pidiendo lo que de verdad había venido a pedir:
—¿Puedo quedarme? No quiero estar solo esta noche, Vi. No me hagas estar solo esta noche.
—Pues claro que te quedas.
—La cama es pequeña —avisó él, ya levantándose a trompicones y recuperando una pizca de su teatro—. Pero yo duermo para arriba y tú para abajo, ¿eh? Como dos señoritas decentes.
—Como dos señoritas decentes —repitió Vicky, y le pasó el brazo por la cintura para que no se fuera de bruces.
Lo llevó al cuarto medio cargándolo, lo dejó caer sobre el colchón estrecho, le quitó los zapatos buenos —porque hasta destrozado, Axel llevaba unos zapatos que costaban más que el sueldo promedio de muchos trabajadores— y lo tapó.
Él se acurrucó de lado, dándole la espalda a la pared, y antes de que ella terminara de apagar la lámpara ya respiraba hondo, vencido por el vino y por la pena.
A los cinco minutos roncaba a pata suelta.
Vicky se quedó sentada en el borde, a oscuras, con Sardina reinstalándose entre los dos cuerpos con un suspiro de fastidio por la falta de espacio.
Y por primera vez desde que pisó esta ciudad, no era ella la sostenida.
Era ella la que sostenía. La que apagaba la luz, la que tapaba, la que se quedaba despierta vigilando el sueño de otro.
Le devolvía a Axel, gota a gota, la misma lealtad con la que él la había rescatado a ella.
El teléfono se le iluminó en la mano.
Mateo.
“¿Qué haces? ¿No quieres hacer el amor por teléfono? ”
Vicky se tapó la boca para no reírse y despertar a media casa. Tecleó con los pulgares en la penumbra.
“Esta noche no puedo, galán. Ya hay otro en tu lugar”.
La respuesta llegó al instante.
“¿Sardina? Ya es mi amigo. Mételo en la jaula y portémonos mal”.
Pobre infeliz , pensó Vicky .
“No es Sardina, es Axel”.
Los puntitos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron a aparecer. Y se quedaron callados un rato largo, los puntitos de un hombre rumiando algo que no le gustaba.
Vicky puso los ojos en blanco y se le adelantó.
“A Axel le gusta lo mismo que a mí. Es gay. Así que calma tu instinto de macho ibérico. Está destrozado. Su pareja lo dejó”.
Mateo no contestó de inmediato.
“Bueno, primero derrotado por un gato y ahora derrotado por un amigo despechado. Vale, que me conformo con una foto de tus tetas.”
“Ni loca me hago fotos para tipos guarros como tú”.
“Vamos, venga, que eso me entretendría un poco”.
“Báñate con agua fría”.
“¿Sabes algo? Estoy loco por ti”.
“Estás loco de nacimiento”.
“También”.
Y, después, en su propia línea, como quien deja una llave sobre la mesa y se va antes de ver si la recoges:
“Te quiero, preciosa. Te veo mañana. Saludos a Axel”.
Vicky se quedó mirando esas dos palabras del medio, te quiero , como se mira algo bonito detrás de un cristal: sin poder tocarlo, sin poder devolverlo todavía. A su lado, Axel roncaba con la boca abierta y un brazo colgando fuera del colchón. Tecleó lo único que le salía.
“Ya está roncando”.
Apagó la pantalla. La habitación quedó a oscuras, con la respiración pesada de Axel, el ronroneo de Sardina.
Esa noche descubrió que cabía mucho amor en una cama pequeñita.
S e lo dijo a Vicky la noche antes. No para pedirle permiso —ni él era hombre de pedir permiso para hacer lo correcto, ni ella mujer de darlo—, sino porque había decidido que con Vicky no habría nunca un cuarto cerrado, ni una sola puerta que tuviera que abrir con una moneda.
—Mañana voy a ver a Daniela. Ya permiten visitas en el centro.
Hubo un silencio al otro lado del teléfono. No el silencio espeso de los celos —ese ya lo conocía él de otra vida—, sino uno corto, pensativo.
—Me parece bien —dijo Vicky—. ¿Cómo está?
—Mejor, dicen.
—Llévale flores.
Mateo se quedó parado en mitad de la suite, descolocado.
—¿Tú me estás diciendo que le lleve flores a mi mujer?
—Te estoy diciendo que le lleves flores a la madre de tu hija, que está en un sitio bien feo y triste.
—Se le notó la sonrisa en la voz, esa que él habría reconocido en mitad de un terremoto—.
Lo aprendí en la tienda de Cayetana: a una mujer siempre le alegran las flores.
No importa de quién sean. —Una pausa pícara—.
Pero amarillas, ¿eh? Las rojas son otra cosa. Las rojas no se las regalas a una ex.
Y ahí, en mitad de la suite, con el teléfono pegado a la oreja, Mateo se enamoró un poco más de la mujer que no tenía miedo.
Las compró de camino, en un puesto cerca de la clínica: un ramo pequeño de rosas amarillas, sin lazos ni envoltorio de postal. Discreto. Un detalle, no una declaración.
El centro estaba a las afueras de Madrid, un edificio bajo de ladrillo claro rodeado de un enorme jardín, con esa calma deliberada de los sitios donde se cuida lo que se rompe por dentro.
Una enfermera lo acompañó hasta una terraza al fondo, con mesas de hierro y macetas, donde daba un sol de otoño tibio y honesto.