Capítulo Veinticinco #3
El tribunal le había concedido la custodia compartida tres días antes, y este era su primer sábado de los de verdad: el primero que le tocaba por derecho y no por permiso, sin tener que pedirlo, sin que nadie le hiciera el favor.
Llevaba en la cabeza un plan ridículo y perfecto —churros, el Retiro, los patos del estanque, dejar que la niña le pintara las uñas si le daba la gana— y se descubrió tarareando en un semáforo, idiotizado, con la mañana entera por delante.
Aparcó frente al edificio. El ático lo había pagado él, hasta el último euro.
En el divorcio, Gonzalo le había dicho que peleara por la propiedad, que era suya y que podía probarlo, y Mateo le había contestado que no.
Que se quedara Daniela con las paredes. En aquel ático estaba el cuarto de Gisela, el del techo lleno de estrellas que brillaban en la oscuridad, el suelo donde había dado sus primeros pasos.
Él se quedaba con la niña. Daniela, con la casa. Le pareció el único reparto decente.
Consuelo le abrió antes de que llamara. Y algo en la cara de esa mujer —que llevaba quince años abriendo aquella puerta y nunca se permitía un gesto— le borró a Mateo la sonrisa.
—Buenas, Consuelo. ¿Está lista la…?
—¡Papá!
Gisela cruzó el recibidor a la carrera y se estrelló contra sus piernas. Mateo la levantó en volandas, le hundió la nariz en el cuello y la niña rio con esa risa suya, redonda, que le arreglaba a él cualquier día. Olía a champú y a galleta.
—Hola, preciosa. ¿Lista para la aventura?
Gisela asintió con toda la cabeza. Y entonces, con la naturalidad con que se dice que ha salido el sol, anunció:
—Mamá duerme y no abre la puerta cuando llamo.
Mateo no movió un músculo de la cara. Por dentro, algo frío le bajó por la espalda.
—¿Ah, sí? —dijo, y la dejó despacio en el suelo—. ¿Y la señora, Consuelo?
—No ha salido de la habitación desde anoche, señor. —La mujer bajó la voz, retorciéndose las manos—. Llamé un par de veces… No quise molestar.
No quise molestar. Como si pudiera, ella, una empleada, irrumpir en el dormitorio de la hija del presidente del Tribunal Supremo. Mateo entendió en un segundo todo lo que esa frase callaba.
Se agachó hasta la altura de Gisela y le sonrió como si no pasara nada en el mundo.
—Oye, ¿sabes qué? Papá va a saludar a mamá un momento, y luego tú y yo nos vamos. Vete con Consuelo un momento, que seguro tiene galletas.
—¿Las de chocolate? —La niña ya tiraba de la mano de la empleada.
—Las de chocolate —prometió él.
Esperó a oír la puerta de la cocina. Luego cruzó el salón.
El dormitorio principal estaba al fondo del pasillo, tras una puerta blanca que él había cruzado durante doce años. Llamó con los nudillos.
—Daniela.
Nada.
—Daniela, soy yo, Mateo. Abre.
Ni un ruido. Bajó la mano al picaporte: la puerta cerrada por dentro.
Y supo, sin pensarlo, lo que tenía que hacer, porque aquella puerta se había cerrado muchas veces a lo largo de los años y él había aprendido pronto el truco.
Buscó una moneda en el bolsillo, la encajó en la ranura de la cerradura antigua, giró. El pestillo cedió con un clic.
—Daniela…
La habitación estaba en penumbra, las cortinas corridas a media mañana, la cama deshecha y un olor espeso a ginebra y a descuido flotando en el aire cerrado.
Sobre la mesilla, una copa a medio beber y un frasco de pastillas abierto que Mateo no quiso mirar de cerca.
No le hizo falta. Lo entendió todo de golpe.
—Daniela —repitió, y la voz le salió rota.
La encontró en el baño. Metida en la bañera vacía, sin agua, en bata, dormida allí dentro como un pájaro que se hubiera dejado caer. El maquillaje corrido, una zapatilla puesta y la otra no.
Mateo se arrodilló y le pasó la mano por la mejilla, por el hombro, la zarandeó con cuidado primero y con miedo después.
—Daniela. Daniela, mírame.
Ella entreabrió los ojos. No estaba inconsciente; estaba muy lejos, muy mareada, arrastrando las palabras desde el fondo de un pozo.
—Mateo… —Una sonrisa torcida, terrible—. Déjame morirme.
—¿Qué dices? Cállate. —Le pasó un brazo por la espalda—. Cállate ahora mismo.
—Soy una mala persona.
—No digas tonterías.
La incorporó. Pesaba como pesa un cuerpo que no ayuda, todo abandono, y a Mateo le costó sacarla de la bañera y cruzar con ella el dormitorio, los dos tambaleándose, hasta dejarla sobre la cama deshecha.
—Quiero morirme —murmuró ella contra su pecho.
—De eso nada. Aquí no se muere nadie.
—Mira lo que te hice. —Le agarró la camisa con una mano sin fuerza—. Dos años, Mateo. Dos años con José Luis, con tu propia sangre, y dejándote creer que el malo eras tú. No puedo con la culpa. No puedo.
Y él, sosteniéndole la cabeza para que no se golpeara, lo sintió todo otra vez de golpe: los dos años, su primo, el viaje de aniversario que al final se había cancelado.
Y, por encima, los pasados meses pintándolo de monstruo —los dos abogados del padre flanqueándola como un muro, la actuación de madre coraje entregada a una niña especial mientras a él lo dibujaban como el ausente—.
Tenía delante, por fin, la victoria limpia.
Solo tenía que ceder el sitio, dejar que la recogieran los suyos y marcharse vindicado, con la razón de su parte para siempre.
No se le pasó por la cabeza ni un segundo. A una persona que quiere morirse no se le pasan facturas.
Sacó el teléfono y marcó el 112 con el pulgar firme, mientras con la otra mano le apartaba a Daniela el pelo de la cara.
—Sí, necesito una ambulancia. —Dio la dirección, el piso—. Mi mujer ha tomado pastillas con alcohol. Está consciente, pero responde mal, está muy aturdida. —Escuchó—. Sí. Sí, me quedo con ella. Dense prisa.
Colgó. Y entonces hizo la segunda llamada, la que sabía que tenía que hacer, aunque se le revolviera todo: la casa de los padres de Daniela. Porque alguien tenía que avisar. Porque estaba Gisela. Porque, le gustara o no, esa gente era su familia.
Quince minutos después, el hombre más poderoso de la judicatura española estaba de pie en el pasillo de aquel ático, y no parecía el presidente de nada.
Don Ignacio había llegado sin corbata, con el abrigo mal puesto, el pelo blanco revuelto, y miraba la puerta del dormitorio como quien mira un sitio al que no se atreve a entrar.
Avergonzado. Perdido. Un padre y nada más.
—Puedes irte, Mateo —dijo, sin mirarlo—. La familia se encargará.
—Por supuesto que no.
—No tienes nada que hacer aquí. —Ahora sí lo miró, y buscó, por costumbre, el terreno que dominaba—. Legalmente ya no eres nada en esta casa. No tienes ninguna potestad.
Mateo se acercó un paso. Habló bajo, de usted, con una calma que asustaba más que un grito.
—No le hablo de potestades, don Ignacio. —Señaló la puerta con la barbilla—. Le hablo de que su hija ha querido morirse esta noche. Y a usted lo único que parece preocuparle es quién manda aquí y que esto no salga de estas paredes.
El viejo apretó la mandíbula.
—No la vamos a internar. ¿Me oyes? En esta familia no se interna a nadie.
—Si hace falta ingresarla para que viva, se la ingresa. —Mateo no levantó la voz—. Y no lo va a decidir usted. Tampoco yo. Lo dirá un médico. Pero le juro por mi hija que de aquí no me muevo hasta saber que Daniela está a salvo y recibe ayuda de verdad. No el silencio de siempre. Ayuda.
Don Ignacio abrió la boca para responder y no encontró con qué.
Por primera vez desde que se conocían, lo miró de otra manera —no como al advenedizo que le había estropeado a la hija, no como al villano del relato que tan bien se había aprendido—, sino como a un hombre.
Y al hombre que tenía delante le acababa de oír decir, sin teatro, lo que él, con toda su toga y todo su apellido, no había sido capaz de hacer: quedarse.
Desde la cama, débil, llegó la voz de Daniela.
—Papá…
Y el presidente de la Sala Primera del Tribunal Supremo, que llevaba toda la vida decidiendo lo que era verdad y lo que era mentira en este país, entró por fin en el cuarto de su hija con la sospecha, nueva y fría, de que llevaba mucho tiempo creyendo la historia equivocada.
Abajo sonó el portero automático. Las voces de los sanitarios subieron por la escalera.
Mateo fue a abrir.