Lo que pasa en Santorini Capítulo Veinticinco #2
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Capítulo Veinticinco #2

—Dios sabe cómo me estoy conteniendo para no hacer una locura —dijo él con la voz rasposa.

Apoyó la frente en la suya. Esa cocina, de pronto, se hizo pequeña: solo dos respiraciones y el olor a merluza que aún flotaba.

Cuando habló, no se separó.

—Tú sabes lo que tienes que hacer. ¿Verdad?

Ahí estaba. Lo que Vicky llevaba toda la semana esquivando como esquivaba los números de teléfono que no conocía.

—No puedo.

—Vicky…

—No puedo, Mateo. Si voy a la policía y se ponen a investigar, sabrán lo del dinero. Sabrán… —bajó la voz—, todo lo mío. Los papeles. Me hundo yo antes que él.

Mateo le subió otra vez la mano a la mejilla y la obligó, despacio, a mirarlo.

—Escúchame. Ese hombre posiblemente tiene a media policía buscándolo. ¿Tú crees que Alejandro va a entrar en una comisaría a denunciar que le quitaste su dinero? Para tocarte a ti tendría que entregarse él. Y ese cobarde no se va a entregar.

Vicky cerró los ojos. La frente de Mateo seguía pegada a la suya.

—Yo estoy aquí, Vicky. Siempre voy a estar. No estás sola, mi amor.

La frase le cayó en el pecho como algo que pesaba y aliviaba a la vez.

S ubieron a pie, porque el ascensor del edificio General Castaños llevaba averiado tanto tiempo que ya nadie se molestaba en leer el cartel de “Fuera de servicio” pegado sobre la puerta metálica, y Vicky agradeció en silencio los dos tramos de escalera, porque al menos le daban algo que hacer con las piernas mientras la cabeza se le iba llenando de todo lo que podía salir mal allá arriba.

En el descansillo de la segunda planta solo había una placa de latón con el nombre del bufete de Gonzalo. Mateo pulsó el timbre y empujó la puerta sin esperar respuesta, con la confianza de quien lleva entrando en ese despacho desde mucho antes de que Vicky existiera en su vida.

Marisa los recibió con una sonrisa amable y con las gafas de leer apoyadas en mitad de la nariz, sujetas por un cordón de cuentas que le caía a los lados del cuello.

—Buenos días, Mateo —dijo, y se notaba en el tono que a ese hombre lo conocía desde que el padre de Gonzalo era su jefe, desde que Mateo era un crío con el uniforme del colegio.

Luego miró a Vicky, curiosa, pero sin malicia, y la mirada se le detuvo medio segundo de más en el labio antes de volver a sus ojos, aunque tuvo la delicadeza de no decir nada.

—Y tú debes ser Vicky.

—Sí —respondió ella.

—Pues pasen. Gonzalo está terminando de colgarle el teléfono a alguien con mucho poder y muy poca paciencia, así que es buen momento para pillarlo de buen humor.

Mateo le sostuvo la puerta del despacho a Vicky y la dejó entrar primero.

Dentro, todo seguía igual de desordenado: una mesa de caoba descuidada y cubierta de expedientes, códigos con las esquinas dobladas, post-its pegados unos sobre otros, un diploma de la Complutense torcido en la pared.

En una esquina de la mesa descansaba un cenicero rebosante de colillas apagadas, ilegal en un edificio de oficinas, pero claramente pertinaz.

La luz entraba turbia por una ventana con la persiana a medio bajar.

Gonzalo estaba sentado detrás del escritorio, con el teléfono pegado a la oreja y un bolígrafo girando entre los dedos.

—No, hombre, no —decía—. Si el informe fuera sólido, yo sería el primero en aplaudirte. Pero está lleno de agujeros y lo sabes.

Hubo un silencio al otro lado de la línea, y Gonzalo aprovechó para mirar a Mateo y levantar un dedo, pidiéndole un momento.

—Muy bien. Espero el escrito.

Colgó despacio, dejó el bolígrafo sobre la mesa y se quitó las gafas como si con ellas se quitara también un peso de encima.

Mateo se adelantó, lo saludó con un apretón de manos y guio a Vicky para que ocupara una de las butacas frente al escritorio.

—Hola, Vicky. ¿Cómo has estado? —preguntó Gonzalo.

—Muy bien, ¿y usted?

—Bien. Y puedes tutearme, que aquí el único que cobra por las formalidades soy yo.

Mateo ocupó la otra butaca, cerca, sin invadirla, pero lo bastante cerca para que ella supiera que estaba ahí.

Antes de que Gonzalo empezara, Vicky se pasó la lengua por dentro del labio casi sin darse cuenta, y notó el corte que se le iba cerrando en una rayita tirante, esa que solo molesta cuando la herida está ya a punto de curarse del todo.

Habían pasado unos cuantos días desde el callejón, los justos para que el labio hubiera cambiado el dolor.

Gonzalo tomó un expediente del montón, lo colocó en el centro de la mesa y lo abrió con la parsimonia del que sabe que tiene buenas noticias y no piensa malgastarlas yendo de prisa.

—Vamos a lo que importa —dijo, sin rodeos—. Alejandro fue detenido ayer por la tarde.

Vicky sintió que el cuerpo se le encogía solo, por reflejo, como si el nombre todavía tuviera permiso para hacerle daño.

—Tu denuncia activó un protocolo: se cursó una orden de arresto, lo detuvieron y lo ficharon. Entonces se dieron cuenta de que el tío tenía una orden de búsqueda y captura por tráfico de drogas y armas dictada hacía unas semanas. Se le complicó la vida.

Pasó la página y marcó un párrafo con el dedo.

—Llevaba semanas flotando en el limbo judicial. —Levantó por fin la vista hacia ella—. Hasta ayer.

—Entonces… —empezó ella, y no supo cómo seguir.

Gonzalo cerró el expediente un segundo, solo para mirarla de frente.

—Entonces, sin pretenderlo, le has puesto a un tipo peligroso delante de un juez del que llevaba mucho tiempo escondiéndose.

—Esbozó algo que en otra cara habría sido una sonrisa y en la suya era pura satisfacción profesional—.

Hay que joderse con la justicia poética: se esconde de media España por tráfico y lo acaba destapando una denuncia por amenazar a su ex.

Se recostó en la silla y tomó el cigarrillo a medio fumar que descansaba en el cenicero.

—A partir de ahora está a disposición judicial.

Se le imputan las amenazas, las coacciones y la agresión que declaraste —y al decirlo bajó los ojos un instante hacia el labio de Vicky, solo un instante— y, sobre todo, se le reactiva la causa de tráfico, que es la pesada de verdad.

Por esa, si la fiscalía hace su trabajo y no se duerme, hablamos de una condena que puede rondar los ocho años de prisión.

Ocho años.

La cifra se le clavó a Vicky en mitad del pecho, y lo curioso fue que no pensó en barrotes, ni en celdas, ni en nada de lo que sale en las películas.

Pensó, simplemente, que era mucho tiempo, que durante ocho años ella iba a poder dormir, viajar, querer a alguien y despertarse sin esa mano invisible apretándole la garganta, y que esos mismos ocho años él iba a pasarlos exactamente donde no podía alcanzarla.

Mateo, que hasta ese momento había dejado que la conversación fuera entre ella y el abogado sin meterse a hablar por ella, se inclinó un poco hacia adelante.

—¿Y qué viene ahora? —preguntó.

Gonzalo pasó otras dos hojas, marcando párrafos en silencio.

—Ahora van a pasar muchas cosas, pero la mayoría no necesitan que tú muevas un dedo —dijo, dirigiéndose otra vez a Vicky—. La fiscalía empuja el tráfico, el juzgado de violencia estudia tu denuncia, la policía entrega sus informes. Esa maquinaria gira sola.

Se apoyó con los antebrazos en el borde de la mesa.

—La parte que sí es tuya es esta: te van a citar para ratificar lo que ya declaraste, y probablemente para ampliar algún detalle. Yo voy a estar sentado a tu lado cada una de esas veces.

Vicky volvió a asentir, esta vez con la barbilla más firme.

Mateo bajó la mano hasta el borde de la butaca y buscó los dedos de Vicky, sin aspavientos, casi a escondidas. Ella dejó que se los tomara.

Gonzalo vio el gesto, porque a Gonzalo no se le escapaba un gesto en su propio despacho, pero no lo comentó. Se limitó a cerrar el expediente y a colocarlo aparte, en su propio rincón de la mesa, separado del resto del montón, como si lo ascendiera de categoría.

—Marisa les va a sacar copia de la denuncia y de las diligencias que ya están en marcha —dijo, levantándose—. Y si entra cualquier papel nuevo, por pequeño que sea, te llamo yo mismo.

Se acercó a la puerta y la abrió.

—Ya está bien de trabajo para un martes —añadió, y por un instante el cinismo se le cayó de la cara y debajo solo quedó un hombre cansado que de verdad le tenía cariño a su amigo y, por extensión, a la mujer que su amigo había elegido—.

Váyanse por ahí a vivir un poco. Dejen que el sistema haga lo suyo.

Y si el sistema se hace el tonto, ya lo empujo yo, que para eso cobro.

Vicky agradeció y después de recibir la documentación por parte de Marisa, bajó las escaleras con Mateo medio paso por detrás, atento, como si temiera que fuera a tropezar y quisiera estar ahí justo cuando ella aún no sabía que no iba a hacerlo.

La calle la recibió con el mismo cielo gris de la subida, los mismos charcos sucios en las aceras, el mismo ruido de la ciudad sonando un poco apagado, como envuelto en algodón.

Y, sin embargo, algo se había movido de sitio para siempre: la amenaza del Manzanares ya no le colgaba encima de la cabeza como una nube a punto de descargar, sino que estaba doblada dentro de un expediente, en un despacho de segunda planta donde alguien con un cigarrillo entre los dedos le había dicho, con todas sus letras, que Alejandro estaba donde le correspondía.

En algún punto entre el portal y el primer charco, Vicky se dio cuenta de que estaba respirando hasta el fondo, despacio y sin temor, como quien llevaba demasiado tiempo aguantando el aire debajo del agua y por fin, sin darse ni cuenta, había sacado la cabeza a la superficie.

E ra sábado, y por primera vez en muchos meses Mateo conducía hacia Chamberí sin un nudo en el estómago.