Lo que pasa en Santorini Capítulo Veinticinco
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Capítulo Veinticinco

A esa hora, Pan Bendito olía a merluza rebozada y a aceite recalentado.

Matilda freía con la autoridad de quien lleva una vida en la cocina, una mano en la cadera, regañando en voz baja a la sartén. Sardina vigilaba el ritual desde la silla de al lado, gordo y naranja, la cola moviéndose despacio.

—Como te pille trepando a la encimera, te juro que te como yo a ti, gato.

Sardina parpadeó. Llevaba tres semanas comiendo espinas de pescado en aquella cocina y no se había muerto. Las amenazas de Matilda iban a la carpeta de cosas que los gatos no piensan obedecer.

Vicky se rio bajito, masticando. Le faltaba el sofrito de Zulma —el de Bayamón, con ajos y pimientos del país—, pero estaba buena. Era comida de te quiero, criatura, come . Llevaba meses comiéndola y siempre le sabía a milagro.

—¿Se deja comer? —preguntó la vieja.

—Está rico —dijo Vicky con la boca llena.

—Habló la que tiene un novio chef. —Bufó la vieja.

El teléfono vibró encima del mantel de hule.

Vicky lo miró sin tocarlo. Llevaba toda la semana entrenando ese músculo nuevo: mirar la pantalla sin dejar que la mente se adelantara. Cada vibración era una hipótesis. Mateo. Cayetana. Gonzalo. Extranjería.

Era Alejandro.

“Estoy en el callejón, al lado del contenedor de basura. Tienes diez minutos para bajar. Si no bajas, subo yo, y te juro que a la vieja y al gato me los llevo por delante, y a ti te dejo tirada en el Manzanares”.

Llevaba semanas sin atreverse a poner un pie en este barrio, y ahora estaba abajo, en el callejón, esperando.

Vicky sintió un zumbido en el oído y, detrás de eso, el vértigo: el que empieza en el estómago y se sube a la garganta como un nudo.

Leyó el mensaje una segunda vez, y en la segunda lectura el miedo se le puso frío.

Ya no era ella la que le preocupaba. Era la vieja friendo merluza a dos metros, y el gato naranja en la silla, y, sobre todo, era esa palabra, “subo”, que significaba que él estaba dispuesto a entrar en aquella casa si ella no se movía. No iba a dejar que entrara.

—¿Pasa algo, niña?

Matilda la miraba con el trapo en la mano y esa cara de quien lleva toda la vida leyendo a la gente por encima de las gafas.

—Nada, Matilda.

—Mira que llevamos un rato juntas y todavía no aprendo a creerte.

—Es trabajo. Cosas de Verso.

—Ajá.

—De verdad.

Vicky se levantó. Apagó la pantalla y se guardó el teléfono en el bolsillo de atrás, como si esconderlo borrara el mensaje. Anudó la bolsa de basura que esperaba junto a la nevera y la levantó.

—Voy a bajarla. —Alzó la bolsa—. Huele a pescado, mañana esto es un criadero de moscas.

—¿A estas horas?

—Subo rápido.

La vieja refunfuñó algo sobre la terquedad y se volvió para lavar los platos.

E l contenedor estaba a unos treinta metros de la entrada del edificio, en la esquina, debajo de un poste de luz que llevaba meses parpadeando.

El callejón olía a humedad y a comida descompuesta.

Pan Bendito a las once de un miércoles eran dos persianas a medio bajar y un televisor gritando dentro de alguna casa.

Vicky salió a la calle con la bolsa en la mano y no tuvo que buscarlo. Alejandro estaba donde había avisado que estaría, recostado contra un BMW negro, un cigarrillo a medio fumar entre los dedos, como si la noche fuera suya y ella llegara tarde a una cita que había puesto él.

Cruzó esa distancia sin apurar el paso. El corazón le golpeaba con fuerza, pero las piernas la llevaron firmes hasta quedar frente a él, y, ya delante, levantó la tapa, lanzó la bolsa, la oyó caer y soltó la tapa, sin dejar de mirarlo en ningún momento.

—Aquí me tienes —dijo, y la voz le salió más firme de lo que sentía.

—Mi dinero.

—No lo tengo. —Sostuvo el aire un segundo—. Me lo debías, Alejandro. Dos años de mentiras. Considéralo la factura.

Él avanzó un paso. Ella retrocedió medio.

—No me hables como si fueras alguien.

—Es que soy alguien —dijo ella.

—Tú eres lo que yo diga que eres.

Vicky pensó en insultarlo. Pero él estaba furioso, y era de noche, y en aquel callejón solitario ella llevaba todas las de perder.

—Quiero mi dinero.

—No lo tengo.

—Vicky.

—No. Lo. Tengo.

La agarró del pelo. El tirón le echó la cabeza atrás y la cachetada le llegó a la boca antes de que el resto del cuerpo entendiera lo que pasaba. Sabor a cobre, rápido, donde el diente le abrió el labio por dentro.

Algo en ella se despertó. Era Bayamón, el patio de la parcela, y Zulma diciéndole a chancletazos: como yo me entere de que te dieron, yo soy la que te voy a dar a ti. Eran tres años de Madrid tragando mierda con una sonrisa.

Lo primero, le mordió la tetilla a través de la camisa estampada. Le clavó los dientes con toda la furia que tenía, y cuando él se echó atrás, aullando, le metió un rodillazo en los huevos que lo dobló en dos. Y cuando lo tuvo doblado, otro en la cara.

—No me vas a joder más, pendejo.

Vicky retrocedió tres pasos con el labio goteando y el pecho subiéndole tan alto que le dolían los hombros. Buscaba algo: un palo, una piedra, lo que fuera. La tapa del contenedor le pareció pesada y suficiente. La agarró.

—Hijo de la gran pu…

Alejandro escupió en el suelo saliva con sangre. Levantó la mano a modo de tregua.

Y en ese momento, del otro lado del callejón, aparecieron dos linternas de teléfono.

—Eh.

Una sola palabra. pero dicha con la entonación exacta que tienen los hombres de un barrio cuando han decidido, sin hablarlo, que algo no va a pasar.

Eran Fitu y Paco, los que vendían enfrente del edificio, las capuchas a medio poner.

Caminaban como camina el que no necesita correr.

La luz de los teléfonos alumbró primero a Vicky —pelo revuelto, labio abierto, mano aferrada a la tapa— y luego a Alejandro —el escupitajo, agarrándose los huevos y la cara aruñada.

—¿Pero este tío de qué va? —dijo Fitu, como si comentara un partido.

—Mira que venir al barrio a hacer el imbécil —añadió Paco—. Poco mundo tiene.

Alejandro intentó decir algo que seguramente empezaba por “oye, esto es un asunto mío”, pero no llegó a la coma. Paco le metió el primer puño en la nariz y Fito el segundo en el costado, y Alejandro se dobló por segunda vez.

Ya no fue Bayamón: fue Pan Bendito, que es otro idioma con la misma raíz.

Dos hombres pegándole a un tipo que no es del barrio.

Alejandro se levantó como pudo, agarrándose el costado, con la nariz soltando un hilo oscuro, y empezó a retroceder hacia su auto. No dijo nada. Miraba a Vicky, que seguía con la tapa en la mano.

—Largo —dijo Paco—. A tomar por el culo. Gilipollas.

Alejandro se metió en el auto y arrancó.

—Suéltala, cariño —le dijo Fito a Vicky, señalando la tapa—, que el tío ya entendió.

Vicky la soltó. Notó que la mano le temblaba.

—¿Puedes caminar?

Asintió.

—Pues vamos, que Matilda se va a morir cuando te vea.

Caminaron los tres hacia la entrada del edificio, Vicky en medio.

Nadie habló. Ni chistes, ni un comentario de más.

Solo el sonido de las zapatillas sobre el cemento y el latido en las orejas de Vicky.

Cada pocos pasos, una gota de sangre caía sobre la sudadera vieja que se había puesto para bajar la basura.

Subieron los tres pisos, ella agarrada al pasamanos.

La llevaron hasta la puerta.

—Pero ¿y esto? —dijo la vieja cuando abrió la puerta.

—Abuela, tranquila, el tipo se llevó la peor parte —dijo Paco.

—Chicos, gracias, de verdad —dijo Vicky.

Fitu y Paco hicieron una señal con la cabeza y se perdieron por las escaleras.

—¡ Ay, Virgen santa! —decía Matilda tras de Vicky cuando entraron—. ¡Pero qué te han hecho! ¡El labio! ¡Niña, que estás sangrando! ¡Siéntate! No, no te sientes, ven aquí, déjame ver…

—Estoy bien, Matilda.

—¡¿Bien?! ¡Bien dice! ¿Te atracaron? ¿Te quitaron algo? ¿Te hicieron daño? ¿Quién fue?

—No fue un atraco, Matilda. —Vicky se pasó la lengua por el labio roto—. Fue Alejandro. Pero él también recibió lo suyo.

—¡Esto se acaba hoy, Victoria, hoy!

—Me lavo y ya está.

Matilda la dejó ir al baño porque no se le ocurrió otra cosa que hacer, pero la siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró.

Vicky se encerró, abrió la llave y se miró en el espejo.

El labio, abierto por dentro; un hilito de sangre que el agua se llevaba y volvía.

Se mojó la cara, se mojó la nuca. Se agarró al borde del lavabo y, por fin, dejó que el cuerpo hiciera lo que no le había permitido en el callejón: temblar.

Le temblaron las manos, las rodillas. Se sentó en el borde de la bañera y respiró hasta que el nudo en la garganta aflojó un poco.

Cuando salió —no supo cuánto después—, Matilda ya no estaba sola en la cocina.

Contra la encimera, con el abrigo todavía puesto y las manos metidas en los bolsillos como si tuviera miedo de sacarlas, estaba Mateo.

Mierda , pensó Vicky. Mierda. Mierda. Mierda.

Hizo la cuenta en un segundo. Mientras ella se encerraba en el baño, Matilda había agarrado lo había llamado; tenía el número de Mateo guardado desde los días de la detención, de todas las veces que la vieja y él se habían llamado para coordinar entre los dos lo que Vicky no podía resolver desde una comisaría. Claro que lo había llamado.

—No debiste llamarlo.

Lo dijo mirando a Matilda.

—Y yo te dije que tú a mí no me das órdenes en mi casa. —Matilda se sacudió el delantal—. Alguien te tiene que entrar en razón, Vicky. Y a mí ya no me hacen caso.

Se fue, dejándolos solos con la merluza, la sangre y el silencio.

Vicky se quedó mirando la puerta cerrada porque mirar a Mateo era empezar a deshacerse.

—Vicky…

—Estoy bien.

—Tienes el labio…

—Estoy bien.

—Vicky.

—Estoy. Bien.

Mateo respiró. Sacó la mano del bolsillo y la levantó despacio, como quien la levanta delante de un caballo que no conoce y no sabe si va a morder.

Vicky no se movió.

Él le rozó el labio con el pulgar, sin tocar la sangre, solo el aire al lado del labio. El gesto le dolió más que la cachetada. Después bajó la mano por la mejilla y la dejó en el cuello, justo donde le latía el pulso. Vicky sintió cómo la respiración se le acomodaba alrededor de esa mano.