Capítulo Veinticuatro
V icky oyó su nombre y lo primero que sintió no fue alivio. Fue el deseo, agudo y absurdo, de volverse invisible, de hundirse en aquella silla hasta desaparecer de su vista.
Porque era Mateo quien estaba en la puerta. Y Mateo no tenía por qué estar allí. Eso era lo que Vicky tenía clavado en la cabeza.
Lo miró apenas un segundo, lo justo para confirmar lo que ya sabía por la voz, y bajó los ojos.
No era capaz de sostenerle la mirada. Él seguía ahí parado, con ese aire de venir de otro mundo, uno donde la gente reservaba mesa en su restaurante con meses de antelación y lo paraba por la calle para pedirle una foto.
El chef de las tres estrellas, el de la televisión, plantado en una sala de paredes desnudas que olía a desinfectante y a café recalentado.
Aquel hombre no encajaba en aquel lugar, y verlo allí fue lo que terminó de hundirla.
—Vete. —Le sorprendió que la voz le saliera entera—. Mateo, vete, por favor. Tú no tienes nada que hacer aquí.
No era orgullo. Era otra cosa. Lo último que le quedaba limpio era no salpicarlo a él, no arrastrar su nombre —ese nombre que medio país conocía— al barro en el que ella se había metido sola.
Él no se movió hacia la puerta. Dio un paso hacia la mesa, despacio, como si ella fuera algo que pudiera quebrarse, y arrastró la otra silla para sentarse enfrente. No de pie, mirándola desde arriba como la habían mirado todos desde que la detuvieron. A su altura.
—No me voy a ninguna parte —dijo con firmeza y con aquella voz grave que ella tanto amaba.
Y ese gesto, que tendría que haberla consolado, le apretó algo en el pecho.
Porque ella ya había hecho las cuentas, y sabía cómo terminaban estas cosas.
La iban a meter en un avión. La iban a mandar de vuelta, y todo lo que había empezado a levantar en Madrid —el cuarto en casa de Matilda, la floristería, él— se quedaría de este lado del mar mientras ella aterrizaba en San Juan con las manos vacías y la cara de haberlo perdido todo otra vez.
No iba a poder resolver esto. Lo presentía con una certeza fría, como se presienten las cosas que ya han pasado.
—Si me llevan… —empezó, y tuvo que tragar antes de poder seguir—. Mateo, si me llevan… —No pudo completar la frase porque el llanto se lo impidió.
Mateo se levantó. Rodeó la mesa, se puso en cuclillas a su lado y le recogió las lágrimas con el pulgar, despacio, antes de que terminaran de caer.
—Escúchame. —Le tomó la cara con las dos manos y la obligó con suavidad a mirarlo—.
Que no. ¿Me oyes? Que no te van a llevar a ninguna parte.
Voy a remover cielo y tierra. Voy a llamar a quien haga falta, voy a pagar lo que haga falta, y no va a quedar puerta en este país que yo no toque hasta que salgas de aquí.
—Olvídate de mí, Mateo. Si todo esto sale a la prensa te voy a perjudicar. Mejor no vengas más.
—Eso a mí no me lo pidas, anda. Voy a sacarte de aquí.
Vicky abrió la boca para contestarle, para decirle que no se hiciera el fuerte, que ni con todo su dinero y todas sus estrellas se arregla un papel que dice que una no existe. Pero detrás de él la puerta ya se había abierto.
—Se acabó —dijo el funcionario desde el umbral—. Tiempo.
Mateo no se movió enseguida. Le apretó las manos una última vez —esas manos que ella había tenido todo el rato quietas sobre las rodillas, como una niña castigada—, se inclinó hasta acercarle los labios al oído y se lo dijo bajito, solo para ella:
—No te voy a soltar, Victoria. ¿Me oyes? No te voy a soltar.
Le dio un beso corto en los labios.
Después se incorporó. Y fue él quien dejó que se lo llevaran primero.
L ograron que saliera de la comisaría un jueves. Tres días, que parecieron semanas interminables, temiendo que aquello desatara una batalla complicada, y al final todo se había resuelto en una ventanilla.
Gonzalo ganó con una palabra que ella tuvo que buscar después: proporcionalidad. Lo que quería decir que la expulsión se volvió una multa. Una sola palabra que la libraba de un avión de regreso a casa.
—Comparecencia cada dos semanas, y no debes faltar a ninguna —dijo Gonzalo, ordenando los papeles—. Con la multa, y no con una expulsión, el arraigo sigue en pie. Cumples dos años y peleamos la residencia. Paso a paso, Vicky.
Mateo esperaba un paso atrás, las manos en los bolsillos. Cuando la funcionaria deslizó el papel con la cifra final, se acercó y pagó. Mil euros, sin preguntarle nada ni mirarla. Firmó, se guardó el recibo en el abrigo, como si pagara un café.
Y eso fue lo que se le quedó atravesado a Vicky.
No la cantidad que pagó: la facilidad con la que aquel hombre podía resolverle la vida.
Pensó que lo mismo había hecho Alejandro cuando la invitó a vivir en su apartamento y al día siguiente él mismo fue y recogió lo poco que ella tenía en la pensión de Malasaña.
Y ella, por pensar que era un gesto de protección, lo permitió.
Al final aquello se convirtió en control, manipulación y pura traición.
Se despejó aquel pensamiento cuando firmó el papel. Las manos le temblaban un poco. Por un lado, estaba contenta porque se quedaba en España, pero su mente no dejaba de calcular la nueva deuda que tenía. Ahora eran dos deudas a dos hombres: diecisiete mil a Alejandro, mil a Mateo.
Salió a la calle libre, con la sensación rara de que la habían reclamado en una ventanilla, como quien recoge un paquete.
E l domingo Vicky recuperaba la rutina mientras se permitía creer que la vida pensaba portarse bien con ella.
Llevaban toda la mañana en la suite del Wellington, ella enredada en una sábana que olía a él, Mateo de pie junto al ventanal con una taza de café en una mano y el teléfono en la otra.
—He visto una casa en Chamberí —dijo él, sin apartar los ojos de la pantalla del teléfono.
A Vicky se le movió el suelo. No el de la suite: el otro, el de adentro, esa arena floja que se le metía bajo los pies cada vez que un hombre juntaba en una misma frase las palabras nosotros y futuro.
No fue la palabra casa lo que la alertó. Fue la facilidad con la que él le ofrecía una casa entera, como si un techo fuera una cosa para decidir un domingo a la ligera. Esa manera de que otros le resolvieran la vida de un plumazo la conocía desde niña.
Tenía diecisiete años el verano que se propuso juntar para irse seis semanas a tomar un curso de inglés en una universidad de Estados Unidos.
Su mamá puso el grito en el cielo: “Nena, ¿tú sola sin conocer a nadie en esa universidad?”, pero Vicky se emperró.
Se pasó desde febrero hasta mayo vendiendo Avon de casa en casa y secando greñas con el blower en la marquesina, a doce dólares, metiendo cada billete arrugado en una lata de galletas.
Y la noche en que contó todo lo que tenía, la noche en que supo, ella solita, que lo había logrado, llegó su papá y le puso el dinero completo en la mano —todo, limpio, sin un solo billete doblado.
Le dijo bajito: “Que tu mai no lo sepa, nena. Te vas, pero con una condición: que la titi Rosa se vaya contigo”.
La tía Rosa, solterona y chaperona oficial por excelencia.
Vicky no fue a ninguna universidad aquel verano.
Siempre habría un Julio en su vida, un comodín que le resolviera. Así que desistió, como desistía siempre, como aquel día en que hizo una maleta, se largó del país sin pedirle permiso a nadie y terminó con un océano de por medio y muchos problemas.
—Tiene una planta entera, con una terraza que te mueres —insistió Mateo—. Podemos ir a verla el martes. Le digo a Alfonsina que coordine una cita.
—¿Para qué? —preguntó, ligera, como si no se le hubiera disparado el pecho.
—Para vivir juntos. —Mateo dejó la taza—. Tú y yo, Vicky. No quiero que sigas durmiendo en esa cama individual con el muelle ese que se te clava en la espalda.
—A mí me gusta esa cama.
Mentía, y los dos lo sabían. El resorte la martirizaba cada noche, se le enterraba entre las costillas como un dedo terco.
Entonces, se levantó, se enrolló mejor la sábana y se agachó a recoger la ropa del suelo para no tener que mirarlo.
—Y parece que se te olvida que tú todavía estás casado —añadió.
—Eso es papeleo.
—Sí, todo es papeleo para ti. —Le salió más áspero de lo que quería. —Dinero que paga un hospital, una multa en inmigración, dinero que resuelve—. Suavizó su reacción, todavía de espaldas—: No corras, Mateo ¿quieres? Déjame ir a mi paso.
Mateo la miró un segundo de más. Ese segundo en el que ella siempre temía que se le viera todo por dentro, que se diera cuenta de que estaba hecha de huidas y de miedos.
Pero él no insistió. En cambio, asintió, dejó la taza sobre la cómoda y, al pasar por su lado camino del baño, se inclinó y le dejó un beso en el hombro desnudo.
—A tu paso —dijo él.
Y Vicky respiró.
Y se odió un poquito porque ya se estaba acostumbrando a que él se le metiera en su vida y eso la aterraba. Sabía cómo empezaba un hombre: a ofrecer, luego a dar y al final a controlar. Lo había vivido con sus exparejas y no quería que lo de ella con Mateo terminara igual.
Se quedó ahí, con la ropa apretada contra el pecho, con la determinación de que esta vez se iba a levantar por sus propios pies. Nadie tendría que rescatarla nunca más.
E l restaurante todavía no tenía nombre, pero ya daba guerra.
Olía a pintura fresca y a aserrín. Había cajas de azulejos apiladas contra una pared, un rollo de plástico cubriendo lo que algún día sería la barra, y en el centro de todo Alfonsina dirigía a dos operarios y al propio Nico con la voz de quien llega siempre a las ocho en punto y no perdona que el resto del mundo no haga lo mismo.
—Te he dicho mil veces que esto se confirma por escrito —le ladraba a Nico, blandiendo el teléfono—. La entrega no ha llegado porque nadie la confirmó.
—Y yo te he dicho mil veces que te relajes, fiera —contestaba Nico, encantado de la vida de hacerla rabiar—. Ya llegará.
—La barra, ¿al final roble o mármol? —preguntó uno de los operarios.
—Mármol —dijo Alfonsina.
—Roble —dijo Nico, a la vez.