Lo que pasa en Santorini Capítulo Veintitrés #4
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Capítulo Veintitrés #4

—No tengo mucho que decirles. —Se hizo un silencio raro, ese de cuando un cazado decide hablar—. Pero ya que se han molestado en venir hasta aquí, les voy a dar algo, y luego me dejan en paz.

Tragó. Buscó la cámara que tenía más cerca y le habló a ella, como si detrás estuviera Madrid entero.

—La señorita Victoria Ruiz Castellano es una persona a la que aprecio enormemente.

Una mujer que lleva tres años en este país, levantándose cada mañana antes que ustedes y que yo, trabajando en una floristería, ganándose la vida con las manos.

Tres años en los que España se ha aprovechado muy a gusto de su trabajo.

Y hoy, ese mismo país, la trata como a una delincuente.

—Dejó caer la frase y la dejó pesar—. No lo es.

No le ha hecho daño a nadie en su vida. Es una mujer buena que, por lo enredado, por lo lento y por lo burocrático de los papeles en este país, no ha podido regularizar su situación.

Eso es todo lo que ha pasado aquí. Nada más. Y, créanme, no hay más.

Un periodista, joven, hambriento, oliendo la sangre, se coló entre dos compañeros:

—Chef, hay quien especula que fue usted quien alquiló el espacio de la Gran Vía para aquel cartel anónimo, el de Santorini, el de la tal Vicky. —Dejó el nombre suspendido en el aire, como un anzuelo—. ¿Tiene algo que decir a eso?

Mateo perdió el hilo medio segundo. Aquel cartel era lo más suyo y lo más secreto que tenía, lo último que esperaba oír en boca de un desconocido. Pero se rehízo.

—No sé de qué me habla.

—¿La señorita Ruiz es su pareja, entonces?

Y ahí Mateo sintió el filo bajo el pie. Un sí la marcaba para siempre. Un no era una traición que no estaba dispuesto a firmar. Así que no hizo ninguna de las dos cosas.

—Pero qué pregunta es esa. —Y dejó asomar media sonrisa, la justa, la de quien controla la sala—. Yo todavía sigo casado con Daniela.

No dijo sí. No dijo no. Dijo exactamente lo que tenía que decir para que cada cual entendiera lo que quisiera entender, y para no faltarle a nadie a la verdad mientras se la guardaba entera.

—Cuando tenga algo más que contarles —añadió, ya girándose hacia la puerta—, Alfonsina los convoca y se lo cuento con gusto. Buenas tardes. Y gracias.

Alfonsina ya le tenía la puerta abierta y el cuerpo puesto de pantalla entre él y las cámaras.

Antes de entrar, Mateo oyó todavía el griterío a su espalda, las preguntas que ya no iba a contestar, y por un segundo, uno solo, pensó en lo absurdo de todo aquello: que él estuviera ahí, dando la cara ante media España, por una mujer que aún no le había dicho “te quiero”.

Entró. La puerta cortó el ruido de golpe.

Dentro olía a lo que huelen estos sitios. Y en algún lugar de aquel edificio estaba ella.

N o lo dejaban pasar. Era el chef de las tres estrellas, era el de la tele, era el que acababa de soltar un discurso en la acera, pero ahí dentro no era nadie: no era su marido, ni su padre, tampoco su hermano.

Mateo llevaba veinte minutos quemándose por dentro sentado en una silla de plástico cuando Alfonsina se acercó con el teléfono pegado a la oreja y una expresión nueva.

—Es Axel. —Le tendió el aparato—. Dice que esperes, que no te muevas. Que está haciendo gestiones con Carrasco.

No supo qué llamada se hizo, ni a quién, ni qué dirección se dio sobre qué mesa. Solo supo que veinte minutos después un funcionario, con cara de no estar de acuerdo, masculló un “cinco minutos, ni uno más, y porque me lo mandan”, y le hizo una seña con la cabeza para que lo siguiera.

El pasillo era largo. A Mateo se le hizo eterno. Se le iba el corazón como cuando decoraba un plato a contrarreloj con el restaurante lleno, solo que mil veces peor, porque esto no se podía repetir si salía mal.

El funcionario abrió una puerta.

Y mientras lo seguía por aquel pasillo interminable, Mateo entendió, con un asco nuevo, lo que acababa de pasar: que Axel se había estrellado contra ese mismo cristal, que doña Matilda llevaba cuatro horas sentada en un banco de la acera con un bocadillo de tortilla en el regazo, y que él estaba entrando porque un diputado había cogido el teléfono.

Al entrar la encontró con las manos sobre las rodillas como una niña a la que han castigado.

Le habían quitado los cordones de las zapatillas y eso fue lo que más le dolió a Mateo porque sabía lo que significaba.

Y el pelo, ese pelo, que él siempre le había visto suelto, salvaje, vivo, que olía a vainilla y fresa, y al que le había hundido la cara una noche en una cocina de Pan Bendito, se lo había recogido en una trenza.

Una trenza apretada, hecha con los dedos para tener algo que hacer con las manos en las horas muertas.

Levantó la vista. Y al verlo, lo primero que le cruzó la cara no fue alegría, ni alivio. Fue vergüenza. La vergüenza pura y dura de la mujer entera reducida a un expediente. Bajo la vista.

Mateo se quedó en la puerta. Tres estrellas Michelin, quince años en los fogones más duros de Europa, un discurso entero ante las cámaras, y de pronto no le quedaba en la boca ni una sola palabra que sirviera.

Sí, le quedaba solo una.

—Vicky...