Capítulo Veintitrés #3
—Lo malo es que, justo por tener pasaporte y poder volar a su país sin líos, pueden firmarle una orden de expulsión rapidísimo.
Y eso, Mateo, no es solo que la metan en un avión.
—Gonzalo bajó la voz, y fue peor que si la hubiera subido—.
Una orden de expulsión lleva detrás una prohibición de entrada.
No a España. A todo el espacio Schengen.
Tres años. Hasta cinco, si se ponen finos.
Mateo se quedó con la llave del coche a medio girar.
—Repíteme eso.
—Que si la expulsan, no es que se vaya. Es que no puede volver. Ni a verte, ni a trabajar, ni de turista. Años. ¿Lo entiendes ahora? Por eso hay que pararlo antes de que firmen nada. Una vez firman, todo se complica diez veces.
Mateo cerró los ojos. Vio la cara de Vicky en el avión, hacía un mes, sin nombre todavía; vio las reglas que ella misma había puesto, lo de no hablar del después. Y ahora el después era esto: un papel que podía borrarla de su vida con una firma.
—Páralo —dijo—. Lo que cueste. Me da igual lo que cueste.
—Voy para allá cagando leche. No soy familiar, pero soy su abogado, y a mí ese cristal me lo abren. Voy a ver yo primero qué le han abierto y a quién hay que joder. Tú ven, pero ven entero, que como me llegues histérico no me sirves. ¿Cuándo aterrizas?
—En cuanto haya un vuelo. Esta noche estoy ahí.
—Pues nos vemos esta noche. Y, Mateo. —Gonzalo, antes de colgar, con la voz otra vez un poco suya—. Tranquilo. Setenta y dos horas son muchas horas para un hijo de puta como yo.
Colgó. Mateo se metió en el coche, llamó a Alfonsina para que le consiguiera un vuelo, y mientras la voz de su asistente le recitaba horarios miró por el parabrisas el mar gris de San Sebastián y pensó, con una claridad que le dio vértigo, que por esa mujer estaba dispuesto a quemarlo todo: el restaurante, el estreno, el nombre, lo que hiciera falta.
Que el miedo, aquel miedo nuevo, le había enseñado en una llamada lo que tres estrellas no le habían enseñado en quince años.
Que a Victoria de los Ángeles Ruiz Castellano no la echaba de su vida ni el Reino de España.
Arrancó.
L a sala era poco más que una mesa, dos sillas y una ventana con barrotes que daba a un patio interior donde no había nada que mirar. La trajeron a empujoncitos secos, ni brutos ni amables, con una actitud de funcionario que ha hecho esto diez mil veces, y la sentaron.
El hombre que la esperaba no era policía. Eso se notaba a un kilómetro: el traje bueno, el maletín, la manera de estar sentado como si la silla fuera suya y la sala también.
—Victoria Ruiz Castellano. —No era pregunta—. Gonzalo Cifuentes. Soy abogado. Me manda Mateo.
A Vicky le tembló algo por dentro al oír ese nombre dicho en aquel sitio, entre los barrotes y el olor a lejía, como si el mundo de allá afuera pudiera colarse de contrabando. Le costó encontrar la voz.
—Gracias. —Tragó—. Gracias por venir.
Gonzalo, que estaba acostumbrado a que la gente en aquella silla empezara llorando, exigiendo o mintiendo, levantó una ceja.
—¿Y Mateo? ¿Ya lo sabe?
—Se enteró en San Sebastián casi al mismo tiempo que yo. Las malas noticias vuelan. Viene para acá ahora mismo.
—Pero si está lejos...
—Estaba. A estas horas está metido en un avión, créeme.
—Gonzalo abrió el maletín, sacó un cuaderno y fue al grano—.
Escúchame bien, que te voy a explicar dónde estás metida sin paños tibios ni hostias, porque te conviene entenderlo.
Lo que tienes encima no es un delito. Eso, lo primero y que te quede grabado: estar sin papeles en España es una falta administrativa, no eres ninguna criminal.
Te han abierto un expediente de expulsión.
Por ley, pueden retenerte aquí un máximo de setenta y dos horas, y en ese plazo deciden: o una multa, o proponerte para expulsión.
—¿Y si me expulsan? —La voz le salió pequeña.
—Ahí está lo serio, y por eso no voy a perder ni un minuto.
Si llegan a firmar una expulsión, no es solo que te manden de vuelta a tu país.
Es que no podrías volver a poner un pie en España, ni en casi toda Europa, durante años.
—Lo dejó caer y enseguida cambió el tono—.
Pero escúchame también lo otro, que es igual de verdad: hay por dónde pelear.
Tienes pasaporte, llevas tres años aquí trabajando, tienes arraigo, tienes a gente que responde por ti.
Salida hay, Victoria. Lo que hay es que ganarle a un reloj. ¿Me sigues?
—Le sigo.
Se miró las manos un momento, las uñas comidas hasta donde se podía. Y entonces, casi sin atreverse:
—¿Le puedo hacer una pregunta?
—Claro. Soy tu abogado, para eso estoy.
—Si me deportan... —le costó arrancar— en el mismo vuelo, ¿me dejarían llevarme a mi gato? Es que no tiene a nadie. Depende de mí por completo. Si me voy y lo dejo aquí, no sé qué va a ser de él…
No pudo terminar la frase.
Y Gonzalo Cifuentes, que llevaba quince años viendo a la gente pelear a dentelladas por el dinero, por los pisos y hasta por los hijos, miró por primera vez a aquella mujer despeinada y sin cordones con algo que se parecía mucho a la ternura.
Porque acababa de entender, de golpe, por qué su amigo del alma estaba cruzando el país por ella.
No era solo que fuera guapa. Era que, hundida hasta el cuello en el peor mierdero de su vida, con una posible expulsión encima, con la posibilidad de no poder entrar a Europa en años, lo único que de verdad le quitaba el sueño era quién iba a cuidar de una criatura que dependía de ella.
Eso no se fingía. Eso era un alma noble, de las que ya casi no quedan.
—Victoria. —Y se le ablandó la voz sin querer—. ¿Cómo se llama tu gato?
—Sardina.
—Pues quédate tranquila, que en menos de lo que te imaginas vas a estar con Sardina. —Lo dijo con toda la convicción de un hombre que lleva la vida entera ganando—. Te lo digo yo.
Cerró el cuaderno.
—¿Algo más?
Vicky dudó. Y al final, muy bajito:
—¿Y Mateo?
—¿Qué pasa con Mateo?
—¿Cómo está él?
Gonzalo se permitió media sonrisa, la primera de toda la conversación.
—Histérico. Insoportable. Removiendo media España para llegar hasta ti. —Se puso de pie y se abrochó la chaqueta—. Así que tú aguanta, Victoria, que esto se gana. Y como no consiga que te vea en cuanto aterrice, me amarga la vida los próximos veinte años.
A la misma hora, en la puerta de la comisaría, una mujer de ochenta y tres años discutía con un funcionario de uniforme.
Matilda había salido de Pan Bendito con la bata cambiada por el vestido bueno, el de los entierros y las bodas, porque a su niña no iba a ir a verla hecha una facha.
Había cogido un autobús y luego otro, y luego había preguntado a tres personas, y había llegado con una bolsa de tela en la que llevaba una muda limpia, una manzana y un bocadillo de tortilla envuelto en papel de plata, por si a la criatura no le daban de comer.
—Que no, señora. Que no puede pasar.
—Pero si le traigo solo esto. —Matilda levantaba la bolsa con las dos manos, como una ofrenda—. Mírelo, que no hay nada malo. Un bocadillo. ¿Usted no come? ¿No tiene usted madre?
—Solo familiares directos, y con autorización. Usted no consta como nada de la detenida.
—¿Que no consto? —A la vieja le subió la voz desde un sitio muy hondo—. Esa muchacha duerme en mi casa. Le doy de cenar. Le aguanto el gato. La he visto llorar y la he visto reír. Dígame usted qué hay más directo que eso, listo, dígamelo.
El funcionario de uniforme no le dijo nada porque él solo cumplía instrucciones. Miró un punto por encima de la cabeza de Matilda, ese punto al que miran los guardias cuando han decidido que has dejado de existir, y repitió, con la paciencia de una máquina:
—Familiares directos. Apártese de la puerta, por favor.
Y Matilda, que le había plantado cara a la vida entera, se apartó. Se quedó en la acera con su bolsa de tela y su bocadillo de tortilla. No se fue. Se sentó en el banco de enfrente, puso la bolsa en el regazo, y esperó. Porque irse, eso sí que no.
E l avión tocó tierra en Madrid a las cuatro y cincuenta de la tarde y Mateo supo que algo iba mal antes de salir de la terminal, porque Alfonsina lo esperaba en la puerta con esa cara suya de las ocho en punto, la de cuando un problema tiene nombre y apellidos.
—Mateo. —Echó a andar a su lado, a paso de quien aparta multitudes para vivir—. Hay prensa en la comisaría. Bastante. Alguien ha hablado.
—¿Quién?
—Todavía no lo sé. —Pero los dos lo sabían: el detective, los abogados del suegro, una llamada en el momento justo desde un teléfono de buena familia. La clase de gente que sabe que una foto hace más daño que una demanda.
Ella guardó unos segundos de silencio para rebobinar lo que tenía que decir.
—Voy contigo.
—Tú no eres mi guardaespaldas, Alfonsina.
—Te dije que yo te sacaba de los revuelos. —Se ajustó el moño con una mano, sin parar de andar—. Esto es un revuelo. Cállate y camina.
Estaban allí como abejas sobre un panal, no buscaban miel, esta vez buscaban la exclusiva. En cuanto el coche paró frente a la comisaría se les echaron encima como las gaviotas a un cucurucho: teléfonos, micrófonos peludos, las preguntas pisándose unas a otras.
—¡Chef! ¿Es verdad que su amante es una inmigrante ilegal?
—¿Lo sabe su mujer, chef?
—¿Va a sacarla usted?
Alfonsina abrió camino con el hombro y un “paso, por favor” que no admitía discusión, y le iba diciendo a Mateo por lo bajo “no digas nada, dentro, dentro”, pero Mateo se paró en seco en mitad de la acera y levantó una mano.
Porque había aprendido una cosa en los últimos meses: que el silencio, a veces, lo llenan otros por ti. Y esa tarde no.