Lo que pasa en Santorini Capítulo Veintitrés #2
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Capítulo Veintitrés #2

—Ya, ya. —La muchacha le pasó la mano por la espalda, arriba y abajo, con la misma cadencia con la que una madre calma a un niño—. Suéltalo aquí adentro, que pa’fuera no te conviene. Llora conmigo, no con ello’. ¿Tú tiene quién te saque?

—No sé —dijo Vicky, y era verdad—. Me quitaron el teléfono. No me sé ningún número de memoria. Ya nadie se sabe los números.

—Alguno te sabe, bori. —La miró con una calma que no le pegaba a lo joven que era, como si hubiera aprendido a esperar dentro de cuartos como aquel—. Piensa bien, mami, siempre hay alguien.

El número apareció solo. El de la única persona en Madrid que la había recogido cuando no tenía a nadie. No el de Mateo. El de Mateo vivía dentro de una bolsa de plástico con su nombre escrito en una etiqueta.

—Sí —dijo Vicky—. Me sé uno.

—Pues ese mismo. —La muchacha le apretó la rodilla, firme—. Y cómete la galleta, que cuando te saquen pa’ avisar tiene’ que ’tá fuerte. A esto’ no se le da el gusto. ¿Tú me oíste, bori? Nosotros lo’ caribeños aguantamo’, ¿sí o no?

Vicky se río. Una risa rota, con la cara llena de mocos, en un calabozo sin reloj, en un país que con un simple sello podía decidir si se quedaba o se iba.

—Así es.

Vicky repitió el nombre en silencio, Altagracia, y esa frase, “somos de islas hermanas”, le cayó calentita en el pecho, como si por un rato corto alguien le devolviera la isla entera dentro de un calabozo.

Al fondo, una reja se abrió con un golpe de metal que se le metió en el pecho.

—Ruiz Castellano. —Un policía la buscaba con la vista por encima de las cabezas—. Si tienes a quién avisar, es ahora.

Vicky se limpió la cara con el dorso de la mano, apretó el paquete de galletas como si fuera el pasaporte, como si fuera la mano de su madre, como si fuera la llave de su puerta en Pan Bendito y se puso de pie.

E l teléfono estaba atornillado a la pared, al final de un pasillo de luz blanca, y tenía el cable corto, como si hasta el cable supiera que ahí nadie iba a quedarse mucho rato.

—Rápido —dijo el policía, y se quedó a un paso, mirando la pared con la cara de quien ya ha oído todas las conversaciones del mundo y ninguna le importa.

Vicky levantó el auricular. Le pesaba. Marcó el único número que se sabía, el de casa, el que había marcado decena de veces desde la trastienda de la floristería para avisar que llegaba tarde, y mientras sonaba se dio cuenta de que tenía la otra mano cerrada en un puño, las uñas clavadas, como si así fuera a sostenerse.

Sonó dos veces. Tres.

—¿Diga? —La voz de Matilda, recelosa con los números que no conocía.

Y a Vicky se le rompió todo por dentro y por fuera a la vez.

—Matilda. Soy yo.

—¡Niña! —El recelo se cayó de golpe—. Pero ¿de dónde me llamas, que no me sale tu...?

—Matilda, escúchame. —Le salió la voz rara, demasiado aguda, una voz que no reconocía—. Estoy en la policía. Me... me detuvieron esta mañana, en la tienda. Es por los papeles.

Silencio. Un silencio de los que pesan, al otro lado, en una cocina de Pan Bendito.

—¿Cómo que en la policía? —Y la voz de la vieja, que había aguantado un marido y una posguerra—. ¿Qué te han hecho?

—Nada. Estoy bien. —Mentira, y las dos lo sabían—. Pero me han dicho... —tragó— me han dicho una palabra. Expediente de expulsión. Matilda, creo que me quieren mandar pa’ Puerto Rico.

—Ni de coña te echan a ti de ningún lado. —Pero lo dijo deprisa, demasiado deprisa, con el miedo ya metido dentro—. ¿Dónde estás? Dime dónde estás, que voy.

—No vengas, no te van a dejar pasar. —El policía levantó dos dedos: dos minutos, menos—. Matilda, llama a Axel. Por favor. Es lo único que te pido. Llama a Axel y dile dónde estoy. Comisaría de Extranjería, en Aluche. Él sabrá qué hacer.

—Llamo a Axel, llamo a quien haga falta, llamo al lucero del alba. Tú no te me caigas, ¿me oyes? Tú aguanta, que esto se arregla.

—El gato. —Le salió sin pensarlo, una bobería en medio del derrumbe—. Dale de comer al gato.

—Que sí, mujer, que el gato está más gordo que el alcalde. Tú aguanta.

El policía dio un paso. Se acabó.

—Te quiero, Matilda.

No le dio tiempo a oír si la vieja le contestaba. La línea se cortó y el auricular volvió a su sitio, frío, y Vicky se quedó un segundo con él en la mano, como quien se aferra a lo último que le queda.

A Axel le sonó el teléfono a las once y diez de la mañana, en plena reunión, y estuvo a punto de silenciarlo.

Cuando vio que era el fijo de su abuela —su abuela, que no llamaba nunca, que decía que el teléfono era para los recados importantes o las verdaderas emergencias, no para la cháchara— se levantó sin pedir permiso y salió al pasillo.

—¿Abuela?

Lo que le llegó del otro lado no eran frases. Eran trozos. La niña, la policía, los papeles, expulsión, que vayas, que tú sabes, que la van a echar. Y debajo de los trozos, una cosa que Axel no le había oído nunca a aquella mujer de hierro: el llanto.

—Abuela. Abuela, respira. Respira conmigo. —Él, que no respiraba; él, que ya estaba andando hacia el ascensor con el abrigo a medio poner—. ¿Dónde la tienen?

Se lo dijo. Axel colgó, bajó cinco plantas pensando que el corazón se le salía por la boca, y solo en el coche, parado en un semáforo de la Castellana, se metió un Orfidal a palo seco, sin agua, y esperó diez minutos en el aparcamiento a que le dejaran de temblar las manos, porque así no llegaba a ninguna parte.

Comisaría de Extranjería. Mostrador. Cristal. Una funcionaria que ni levantó la vista.

—Buenos días. Vengo por Victoria Ruiz Castellano, la han traído esta mañana. Necesito saber cómo está y qué procede.

—¿Es usted familiar?

—Soy su amigo. El más cercano que tiene en este país, de hecho, porque familia aquí no...

—Si no es familiar directo, no puedo darle información.

—Mire. —Axel se inclinó, encendió la sonrisa que le abría todas las puertas de Madrid, la voz de terciopelo con la que conseguía mesas, favores y entrevistas—. Yo trabajo para el diputado Carrasco. Seguro que entre usted y yo podemos...

—Pues dígale al diputado Carrasco que venga él, si quiere. —La mujer pasó una página—. Familiar directo o abogado. Es lo que hay.

Y ahí, en aquel mostrador, Axel Sotomayor, que había colocado a su jefe en tres portadas y desactivado dos escándalos antes del café, entendió que no era nadie.

Que toda su labia, todos sus contactos, todo su VW del año y sus trajes, no movían aquel cristal ni un milímetro.

Que del otro lado estaba Vicky, su Vicky, sentada en a saber qué banco, y que él no podía ni verla.

Salió a la calle. El aire de septiembre le pareció de pronto irrespirable. Sacó el teléfono y buscó un nombre que se había jurado no marcar nunca por una cosa así, un nombre que guardaba para los permisos y las cortesías. Lo marcó igual.

Porque había cosas que sí movían los cristales. Él no era una de ellas, pero sabía quién sí.

E n San Sebastián eran las once y media y Mateo llevaba desde las nueve y diez con un nudo en el estómago que no sabía nombrar.

A las siete y media había hablado con ella, como cada mañana, camino de la tienda; le gustaba ese ruido de fondo, el del metro, el de ella riéndose sola.

Y desde entonces, solo tenía ocho llamadas que entraban directas al buzón, y un mensaje sin doble check azul, y la sensación creciente, absurda, de tripa, de que algo iba mal.

Estaba a punto de entrar a la prueba de sala del local con Nico cuando le entró la llamada de Axel.

—Ahora no es buen momento, Axel, de verdad, te llamo en cuanto...

—A Vicky se la ha llevado la policía. —La voz de Axel salía rota, sin una gota de su teatro de siempre—. Extranjería. La tienen detenida. La quieren expulsar del país, Mateo.

El suelo de San Sebastián se movió. Mateo se apoyó en la pared con una mano. Nico le decía algo desde la puerta, algo de los manteles, y a Mateo le llegaba como debajo del agua.

—¿Dónde está?

Axel se lo dijo. Le dijo también lo del cristal, lo de que no era familiar, lo de que no podía hacer nada, y se le quebró en la última palabra, y Mateo, que llevaba toda la vida resolviendo, sintió por primera vez en años el filo limpio del miedo: el de no poder cocinarle una salida a esto.

—Voy para Madrid. Ahora mismo. —Ya estaba andando hacia el coche, dejando a Nico con la palabra en la boca y media cocina mirándolo—. No te muevas de ahí. Y, Axel... gracias. Gracias por llamarme.

Colgó y marcó a Gonzalo sin soltar el paso.

—Hombre, el novio. —Gonzalo descolgó masticando algo—. ¿Qué pasa, que ya te ha firmado Daniela?

—No es Daniela. —Mateo esquivaba coches en el aparcamiento—. Es Vicky. La ha detenido la policía esta mañana, en la floristería. Extranjería. Lleva tres años sin papeles y la quieren expulsar. La tienen en una comisaría y no dejan que nadie la vea.

—Vaya por Dios. —Y Gonzalo, que todavía no había entendido nada, soltó la coña con la boca llena—. Mira que siempre te estoy sacando las castañas del fuego, chaval. Oye, esta tía... con lo que me la estás dando por culo desde el verano, ya te digo yo que ese culo tiene que valer la pena, ¿eh?

—Gonzalo. —Mateo se paró en seco en mitad del aparcamiento—. Es la mujer que amo. No estoy en modo broma. Es importante para mí.

Hubo un silencio corto al otro lado. El de un hombre que conoce a otro desde los nueve años y que acaba de oírle algo que no le había oído nunca.

—Coño. Perdona la coña. —Y la voz de Gonzalo cambió de marcha, se volvió la del que entra a un juzgado a degollar—.

Vale. Escúchame bien, Mateo, porque esto no es como lo de Daniela, esto corre.

—Una pausa—. Tienen un máximo de setenta y dos horas.

En ese tiempo deciden qué hacen con ella.

Lo bueno: estar sin papeles no es un delito, no es una criminal, es una falta administrativa, y ella tiene pasaporte, no tiene causas penales. Eso juega a favor.

—¿Y lo malo?