Lo que pasa en Santorini Capítulo Veintitrés
75%

Capítulo Veintitrés

L a cortina de aluminio subió con el mismo escándalo de siempre, ese traqueteo de tren viejo que a las ocho de la mañana ya ni oía. Llegaba una hora antes que nadie desde el primer día, porque las peonías no esperan y porque a Cayetana le gustaba encontrarse la tienda hecha.

Vicky empujó hasta arriba, se sacudió el frío del metal de las palmas y respiró el olor a agua verde y tallo cortado que salía de dentro. Su olor. El de un sitio que ya sentía suyo, aunque no lo fuera.

Todavía le duraba la risa por dentro. Mateo había colgado hacía media hora, desde San Sebastián, con esa voz de arena que se le metía debajo de la piel: “Tengo que dormir dos horas antes de que lleguen los albañiles, cariño” y ella se había reído sola en el metro como una idiota.

Metió la llave en la segunda cerradura. Había que pasar las peonías a la cámara antes de que el día las abriera del todo, y revisar el pedido del bautizo de las doce que Cayetana quería listo antes de…

—¿Victoria Ruiz Castellano?

No era una voz de cliente. Los clientes no sabían su nombre entero. Casi nadie sabía su nombre entero.

Se volvió. Dos hombres. Uno con una chaqueta oscura y la cara de quien ya ha hecho esto mil veces; el otro, más joven, miraba el escaparate como si las flores le interesaran de verdad. Detrás, en doble fila, un coche con el motor encendido.

—Documentación.

El miedo la paralizó y la voz se le atascó en la garganta, pero aun así se esforzó por disimular. Apretó las llaves en la mano.

—La tengo en casa —dijo, y supo, mientras lo decía, que daba igual. Que el pasaporte azul guardado en un cajón de Pan Bendito no era el papel que ellos querían, y que, aunque lo trajera no cambiaría nada.

El mayor ni pestañeó.

—Acompáñenos.

Lo dijo con una educación rara, sin levantar la voz, como quien pregunta la hora.

Y eso fue lo peor: que no hubo gritos, ni esposas todavía, ni nada de lo que una se imagina.

Solo un señor con chaqueta pidiéndole por favor que se subiera a un coche, delante de la tienda donde trabajaba, a las ocho y diez de la mañana.

—¡Vicky!

Xavi venía por la acera con el casco de la moto colgando del brazo y un café en la mano, y se quedó clavado a tres metros, mirando a los dos hombres, mirándola a ella, sin entender.

—Tía, pero… ¿qué has hecho? ¿Qué has hecho que te llevan?

Nada. No le salió la palabra. La tenía entera en la boca — nada, Xavi, no he hecho nada —, pero el chico la miraba con esos ojos de susto, ya medio convencido de que sí, de que algo habría, porque a la gente no se la lleva la policía por nada.

Y Vicky entendió, en ese segundo, que no había forma de explicárselo.

Que la explicación no cabía en la acera.

Se había juntado gente. No mucha: un par que de pronto ya no tenían tanta prisa, una señora con el carrito de la compra, el del quiosco asomado por encima de los periódicos.

Nadie se acercaba. Solo miraban, y empezaban a hablarse bajito entre ellos, como se habla delante de algo que no se acaba de entender.

El teléfono empezó a vibrarle en la mano. Se encendió la pantalla: MATEO. Llamando. Llamando.

El joven le tendió la mano, paciente.

—El teléfono.

Lo soltó. Lo vio desaparecer dentro de una bolsa de plástico con una etiqueta mientras la pantalla seguía latiendo, MATEO, MATEO, hasta que la bolsa se cerró y no se vio nada más.

—Xavi. —Le salió la voz firme, no supo de dónde—. Dile a Cayetana que lo siento. Las peonías están sin pasar a la cámara, y el pedido de las doce está en el cubo azul, díselo. Que lo siento mucho.

—Vicky, qué dices, qué…

—Agárralas.

Y le tiró las llaves. Volaron en un arco corto sobre los tres metros de acera, dieron una vuelta en el aire —la llave grande, la pequeña, el llaverito de plástico que le había regalado Matilda—, y Xavi las atrapó contra el pecho con las dos manos, el café estrellado a sus pies, sin haberlo decidido.

Fue lo último que hizo con las manos libres.

Mientras el hombre mayor la giraba hacia el coche, le llegaron las voces de alrededor. No se las decían a ella; se las decían entre ellos, por encima de su cabeza, como si no estuviera allí.

—Mira, otra mora. Que la manden a Arabia.

—¿Qué mora ni qué mora? Si va sin pañuelo. Esa es sudamericana, de las que vienen de okupas a quitarnos el trabajo.

No los corrigió. No pensó en que se equivocaban de país, de continente, de mujer. Pensó en Bayamón. En su madre tendiendo la ropa en el patio con la radio puesta, en su padre con la taza de café en la mano esperando para apostar a los caballos. ¿Cómo carajo les voy a explicar esta mierda?

Porque el hombre mayor ya la tenía del codo, sin brusquedad, girándola hacia el coche, y oyó el clic frío antes de sentirlo: el metal cerrándose sobre una muñeca y luego sobre la otra, las manos juntas a la espalda, como en las películas, como una…

No he matado a nadie. El corazón le latía con tanta fuerza que temió infartar. No le he hecho daño a nadie. No he…

La metieron en el asiento de atrás con la palma de una mano apoyada en su cabeza para que no se golpeara —ese gesto, ese cuidado absurdo—, y la puerta se cerró con el ruido sordo y definitivo de las puertas que no se abren por dentro.

Por la ventanilla, mientras el coche arrancaba, lo último que vio fue a Xavi. De pie en mitad de la acera, con el casco en el brazo y las llaves apretadas en el puño contra el pecho, la cortina a medio subir a su espalda, sin saber todavía a quién llamar.

N o había reloj. Fue lo primero que buscó, una costumbre tonta, y no lo encontró: ni reloj ni ventana, solo un tubo de luz blanca en el techo que zumbaba y no se apagaba nunca.

Sin la hora no sabía cuánto llevaba ahí dentro.

Podían ser dos horas. Podían ser seis. Podía ser toda una noche metida en un minuto.

Le habían quitado los cordones de las zapatillas.

Eso no se lo esperaba, aunque entendía que era para evitar la posibilidad de que se hiciera daño.

El cinturón y los pendientes también se los habían pedido, uno por uno, como si fueran armas.

Le habían tomado las huellas con una tableta, dedo por dedo, sin mirarla a la cara, y una voz cansada había leído su nombre de una pantalla, Victoria de los Ángeles Ruiz Castellano, como si fuera un número de expediente y no el nombre larguísimo que su madre había elegido pensando en una abuela y en una soprano.

El calabozo era una sala alargada con un banco corrido pegado a la pared.

Olía a desinfectante encima de algo peor, como si debajo de la lejía hubiera tristeza vieja pegada en las baldosas.

Había otras mujeres. Una dormía hecha un ovillo con la capucha puesta.

Dos hablaban bajo en una esquina, con la urgencia de quien se cuenta la vida por si no se vuelven a ver.

Otra lloraba sin ruido, con esa práctica de quien lleva mucho rato llorando y ya no quiere que se le note.

Vicky se sentó en una punta del banco y se abrazó las rodillas. Tenía las manos frías, el estómago en un puño y la sensación absurda de que, si cerraba los ojos, iba a oír a su madre, desde Bayamón, preguntándole qué carajo haces tú ahí dentro, nena.

—¿Y vos de dónde sos? —La voz salió de una esquina. Una flaca con el pelo recogido en un moño tirante, que la medía de arriba abajo como si le estuviera revisando los papeles con la mirada.

—De Puerto Rico.

La otra hizo una mueca.

—Ah. Pues ustedes con pasaporte americano no son ilegales en ninguna parte, mija. Mañana dormís en tu casa.

Y se volvió otra vez hacia la pared, como si con eso ya hubiera dicho todo lo que había que decir de Vicky.

Y lo peor era que tenía razón. Pasaporte americano.

Como si esa carpetita azul, que dormía en un cajón de Pan Bendito, la hubiera hecho a ella de verdad americana alguna vez.

Allá, en Estados Unidos, los gringos nunca la miraron como a una de los suyos; aquí los suyos tampoco la reclamaban como uno de ellos, como latinoamericana.

Ni de aquí, ni de allá. Legal en los papeles, fuera de sitio en todas partes.

Se tragó las ganas de contestar. Argumentos le sobraban, pero no tenía las fuerzas ni las ganas. Y porque, si abría la boca para explicar todo eso, igual lo que le salía no era discurso: era un sollozo.

—Déjala. —La voz vino del otro lado del banco.

Una muchacha que no llegaría a los veinte, con unas trencitas recogidas y los ojos hinchados de no dormir, pero la cara despierta, viva—.

¿Tú no ’tá viendo que la mujer acaba de llegar?

Mírale la cara, mira cómo ’tá. —Le hizo a Vicky un gesto con la barbilla—.

Vente pa’cá, siéntate aquí conmigo, que una no tiene por qué pasar esto sola.

Vicky se corrió por el banco hasta ella, pegando un poquito más el muslo al suyo de lo que hubiera hecho fuera de ahí. El cuerpo, en sitios así, agradece cualquier cosa que se parezca a calor humano.

—Altagracia. —La muchacha se señaló el pecho, como si decir su nombre fuera lo más normal del mundo en un sitio donde a nadie le quedaba ya el suyo—. Dominicana, mi amó. Del Cibao. Somos de islas hermanas. Mucho gusto.

—Encantada —le dijo Vicky con hilito de voz.

—¿Comiste algo?

Negó con la cabeza.

La muchacha se hurgó en el bolsillo del pantalón y sacó medio paquete de galletas de máquina, aplastado, y se lo puso en la mano sin preguntar.

—Cómete eso. Aunque no quiera’. Aquí el que no come se cae, y al que se cae, esto’ lo gozan. Un chin na’ má, pa’ que no se me desmaye la bori. ¿Tu ve?

Vicky miró las galletas en su mano. Eran frías, sabían seguro a plástico y azúcar rancia.

Y entonces, sin saber por qué, se echó a llorar.

Feo, con la nariz, con todo. No por las galletas, sino porque alguien le había dado algo, porque alguien había dicho “ven pa’cá” en un sitio donde lo único que había escuchado hasta entonces era “siéntese”, “espere”, “ponga las manos”.