Lo que pasa en Santorini Capítulo Veintidós #3
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Capítulo Veintidós #3

E l informe del detective tenía catorce páginas, y Daniela Sáenz de Tejada Montalvo se las había aprendido de memoria como quien estudia el expediente de un enemigo.

Una floristería a tres calles de Gran Vía. Y no una cualquiera: Bloomingdale, la casa que montaba los centros de mesa en los cumpleaños de doña Mencía de Borbón y de medio Madrid de alcurnia, a la que se llamaba para una boda como Dios manda.

Que la querida de su marido se escondiera precisamente ahí, a un paso de su propio mundo, casi rozándolo sin que nadie lo supiera, le revolvía algo que prefería no mirar de frente.

Una tal Victoria de los Ángeles Ruiz Castellano, treinta años, puertorriqueña.

Una dependienta. Sin contrato fijo. Sin permiso de residencia.

Sin papeles, en una palabra: una ilegal.

Piel tostada por el sol —lo que en sus círculos se consideraba una mujer de piel morena clara que se mira con cierta sospecha buscando origen y estirpe—, pelo rizado para colmo, sin una sola gota de la sangre que se exigía en los salones a los que ella, Daniela, había pertenecido toda la vida.

Todo lo contrario de lo que un Sáenz de Tejada habría aprobado jamás.

Y por eso la había dejado Mateo. Por eso le iba a quitar a su hija el padre.

Rebajarse así , pensó mientras empujaba la puerta de cristal y sonaba una campanilla ridícula. Mira que hay maneras de perder la cabeza, pero rebajarse hasta esto, Mateo. Te desconozco.

—Buenos días —canturreó, con la sonrisa puesta de las visitas que no son lo que parecen.

Detrás de ella entró su hermana Covadonga, condesa consorte de Valdecañas desde que se había casado con aquel conde de papel y de deudas, envuelta en lino color hueso y un perfume que llegó antes que ella.

—Cuánto tiempo sin pisar yo una tienda —dijo Covadonga, paseando la mirada por el local con el gesto de quien hace un favor enorme con solo estar de pie en ella.

Detrás del mostrador, Vicky levantó la vista.

Y el corazón le dio un vuelco que no le subió a la cara de milagro.

La conocía. Claro que la conocía. Le había visto la cara en cien fotos a las tres de la mañana, en esas noches en que el teléfono se le iba solo a buscar el nombre de Daniela, a torturarse con la mujer perfecta, rubia, alta, delgada, sin una onza de grasa sobrante, una mujer de revista, con la que Mateo había estado quince años. La esposa. La madre de la niña. Ella.

Vicky tragó. Notó el temblor empezándole en las manos y se las metió un segundo debajo del mostrador para dominarlo. Después sonrió, profesional, impecable, como le había enseñado Cayetana.

—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarlas?

Cayetana, ya se había materializado a su lado en el mostrador, como siempre que olía problemas o dinero, vigilante como un águila vieja.

Y Xavi que hoy, por una vez en su vida, estaba espabilado.

—Estamos mirando —dijo Daniela—. ¿Me atiende usted?

No era una pregunta. Era una orden. Quería verla de cerca. Quería entender por qué su marido había perdido la cabeza por una mujer como aquella.

Vicky salió de detrás del mostrador con un porte aprendido a los ocho años en la academia de modelaje Refiné, que Julio, su papá, le pagó con mucho sacrificio de chofer de la Goya. Se recordó de su instructora con voz serena y firme: “Victoria, erguida, mete la barriga, un pie tras otro”.

—Claro. Estas peonías acaban de llegar esta mañana, si busca algo para una mesa…

Se volvió hacia el cubo de los lirios para alcanzar un tallo. Y en ese gesto, al darle la espalda, sintió los ojos de Daniela bajándole por la nuca, por la cintura, hasta el final.

Daniela no quería mirar, pero miró. Y lo entendió, aunque no pensara aceptarlo nunca.

Por eso, pensó, con una mezcla de asco y de algo más feo que el asco.

Todo por un culo caribeño. Pero qué básicos son los hombres, por Dios.

Toda una vida, una familia, un apellido, ¿y lo tira por esto?

¿Dónde se revolcarán? ¿En ese barrio inmundo, en un colchón en el suelo?

Se miró un segundo de reojo en el espejo de la pared —recta, plana, perfecta, una tabla de planchar con perlas— y apartó la vista, porque la comparación le picó donde no podía rascarse.

Mateo ha perdido la cabeza. Eso es. La ha perdido.

—¿Sabes? —dijo Covadonga, hojeando un ramo con dos dedos—. Una empieza a entender por qué la gente de cierto nivel ya no baja al centro. Esto está lleno de… variedad.

—La variedad es lo que mantiene los negocios abiertos, señora —contestó Cayetana, dulce como el merengue—. Si solo entrara la gente de cierto nivel, habría cerrado en el ochenta y seis.

Covadonga abrió la boca y no encontró nada que decir.

Daniela dejó de fingir.

—Supongo que sabes quién soy.

Vicky la miró. No contestó. Apretó el tallo de la peonía hasta que el verde le manchó los dedos.

—Soy la esposa de Mateo Rey de Francisco. La madre de su hija. —Cada palabra caía como una piedra pulida—. Y tú eres la cualquiera con la que se acuesta cuando se aburre.

—Señora —empezó Cayetana.

—Niégalo. —Daniela dio un paso—. Anda, niégalo, desvergonzada. Niega que te abres de piernas para un hombre casado en cuanto te chasquea los dedos. ¿Cuánto dinero le has sacado?

El silencio de la tienda se puso espeso. Vicky no bajó la cara. Le temblaban las manos, sí, pero no bajó la cara, y eso a Daniela le sentó peor que cualquier respuesta.

—Esto es una floristería —dijo Vicky por fin, muy bajito, con todo el control que le quedaba—. Si no va a comprar, le pido por favor que… se vaya, señora.

—¿Que me vaya? —Daniela soltó una risa que no tenía nada de risa—. ¿Me echa de aquí esta ?

Covadonga, ofendida en nombre de su hermana y de su estirpe, avanzó y le dio a Vicky un empujón en el hombro, de esos pequeños y cobardes que pretenden parecer un accidente.

—Apártate, mona.

Y ahí, sin previo aviso, a Victoria de los Ángeles Ruiz Castellano se le acabó Madrid.

Se le cayó de golpe el acento neutro que tanto le había costado pulir, se le cayó la dependienta fina del “usted” y el “por favor”, se le olvidó el curso de refinamiento y modelaje.

Por debajo asomó la de siempre: la de Parcelas VanScoy, la hija de Zulma y Julio, la que se había criado a chancletazo limpio con dos hermanos varones y no le tenía miedo a nada que hablara más alto que ella. En una palabra: le salió lo boricua de Bayamón.

—¿Mona? —Se volvió hacia Covadonga tan despacio que la condesa dio un pasito hacia atrás—. A mí tú no me pones la mano encima otra vez, ¿me oíste?, que en mi barrio por menos de eso te caen encima. Que hayas nacido en cuna de oro no te da clase.

Covadonga se quedó con la boca abierta, agarrándose las perlas como si fueran un rosario.

Y entonces Vicky se volvió hacia Daniela.

Y aquí no subió la voz. Aquí la bajó —y fue mucho peor—, porque por debajo del calor de Bayamón estaba el cansancio de años.

Harta de Mario. Harta de Alejandro. Harta también de los de antes, los de la isla —los noviecitos de Bayamón, los líos de una noche, toda esa fila de hombres por los que en su día se había creído lista y había terminado siempre de tonta—.

Harta de que media humanidad creyera que podía venir a pisotearla porque no tenía un papel que la hiciera ciudadana de España.

—Yo sé la otra historia, Daniela. —Hizo una pausa mínima—. La de verdad. La que destroza la confianza de un hombre y de paso se lleva a toda una familia enredada.

A Daniela se le borró la sonrisa de golpe, como si le hubieran arrancado una máscara.

—¿De qué hablas?

Vicky no dijo más. No hacía falta. Lo vio en la cara de la otra: el cálculo rapidísimo, el repaso a todo lo que Mateo podía haberle contado a esta mujer de barrio en la cama, en las llamadas de madrugada, en la intimidad que ella, su esposa de quince años nunca había tenido.

Lo sabe. Le ha contado lo de… Y por primera vez en toda la mañana, Daniela Sáenz de Tejada no supo qué hacer con las manos.

—Fuera. —La voz de Cayetana cortó el aire como unas tijeras de podar—. Las dos. Ahora mismo, o llamo a la policía y montamos un número que les va a salir en todas esas revistas que tanto les gustan. Xavi, el teléfono.

Xavi levantó el teléfono con una solemnidad de funcionario.

Covadonga agarró a su hermana del codo.

—Vámonos, Dani. Esto no merece nuestro tiempo.

Y salieron, las dos, tan tiesas como habían entrado, aunque ya no del todo. La campanilla ridícula sonó tras ellas.

Hubo tres segundos de silencio.

—Se les cayó la pamela —dijo Xavi, dejando el teléfono—. A las dos. En la puerta. Plof.

Vicky soltó una risa floja, más de nervios que de gracia, y se dio cuenta de que estaba temblando entera.

—Disculpa, Cayetana. Te he montado un circo en plena mañana.

—¿Tú? —Cayetana se quitó las gafas y las dejó colgando de la cadenita, indignadísima—.

Tú no has montado nada, hija. Han venido ellas.

Entran aquí, no compran ni un clavel, manosean mis peonías con esos aires de señoras y encima a insultar.

—Resopló—. Mucho aguantaste. Yo, a tu edad, las hubiera mandado a tomar por culo antes de que abrieran la boca.

—Es que parecían dos verduleras —dijo Xavi, encantado de la vida.

—No. —Cayetana levantó un dedo, terminante, recolocándose las perlas con la dignidad de una reina destronada que sabe perfectamente lo que vale—. Una verdulera tiene más clase que estas dos.

Vicky se rio. Esta vez de verdad.

Pero cuando se agachó a recoger del suelo la peonía que se le había caído en algún momento en medio de todo aquello, le tembló otra vez la mano.

Porque por encima de los insultos, por encima del empujón y de la pamela y del perfume caro, había una sola cosa que no se le iba de la cabeza, una cosa que esa mujer había soltado y que Vicky había agarrado al vuelo:

Ella sabe que no tengo papeles. Lo sabe todo.

Y por primera vez en mucho tiempo, el miedo viejo —el de los controles del metro, el de los timbres a deshora, el de vivir en una ciudad que en cualquier momento podía escupirte— volvió a sentarse a su lado, muy quietecito, a esperar.