Lo que pasa en Santorini Capítulo Veintidós #2
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Capítulo Veintidós #2

L a casa prestada era una finca de un amigo en las afueras de Boadilla, a unos veinticinco minutos del centro y estaba preparada como para una boda chiquita: velas por todas partes, la mesa armada con mantel y todo, las flores de Alfonsina presidiendo el centro.

Vicky se había bajado del Uber a una calle de distancia y había hecho el último tramo a pie, en lo oscuro, como habían acordado: nada de coches dejándola en la puerta, nada de rastros.

La discreción era el precio de aquello, y ya se había acostumbrado a pagarlo.

Cuando entró y lo vio todo, tuvo que tragarse el nudo que se le subió a la garganta.

Nadie le había preparado nunca algo así. Nadie.

Mateo estaba en la cocina, removiendo algo que olía a gloria. Vicky dejó el bolso en una silla y fue derechita a abrazarlo por la espalda, la mejilla pegada entre sus omóplatos.

—Matilda me dio hasta las doce —dijo.

—Pues que te vaya sacando la maleta al pasillo. —Mateo no se volvió; siguió removiendo—. Porque esta noche tú duermes conmigo.

Ella sonrió contra su espalda, con esa malicia que él ya le conocía y que lo desarmaba entero.

—Eso habrá que verlo.

—Eso está visto. —Metió la cuchara en la salsa, se volvió a medias y se la acercó a la boca—. Prueba.

Vicky probó. Cerró los ojos. Hijo de puta, hasta cocinando es insoportable de bueno.

—Está pasable —dijo.

—Mentirosa.

—Que un hombre cocine así debería ser ilegal. Como yo.

Se rio de su propio chiste —de los que solo se atrevía a hacer con él— y Mateo la miró con una cara que no tenía nada de chiste, y por un segundo a Vicky se le olvidó respirar.

Cenaron. Hablaron de todo y de nada, pisándose las frases, peleándose por la última copa de vino, planeando sitios a los que algún día, si la vida les daba permiso, irían. Y en la sobremesa, con la botella ya por la mitad y las velas a media asta, a Vicky le sonó el teléfono.

Lo miró. Se le escapó la sonrisa.

—Te lo dije. —Se lo enseñó a Mateo—. Es Matilda, para recordarme que a las doce el carruaje se me vuelve calabaza y a mí se me cae un zapato.

Mateo se rio. Vicky contestó, todavía sonriendo.

—Dime, acá Cenicienta, que ya voy de cami...

Se le congeló la cara.

Al otro lado, Matilda lloraba.

—Hija, tu gato. Tu gato, no lo encuentro por ningún lado. He mirado en todas partes, Vicky, te lo juro.

En ese segundo, antes incluso de sentir miedo, Vicky volvió a oír otro llanto, muy antiguo: aquella noche que salió por la puerta de servicio de La Tinta, con los pies molidos y olor a cerveza en las manos, y escuchó un gemido agudo, como de bebé, junto al contenedor de la basura.

La caja de cartón, la manta sucia, y dentro, esa pelota naranja que apenas abría los ojos y se caía de lado cada vez que intentaba caminar.

Fue amor a primera vista. Desde entonces, Sardina y ella eran un paquete indivisible: el gato que la había acompañado cuando lo de Mario la dejó hecha polvo y cuando la tristeza de estar lejos de casa pesaba tanto que no podía ni respirar.

El estómago se le revolvió. Y antes de pensarlo, antes de tener una sola prueba, el nombre le subió por la garganta como bilis:

Alejandro.

El hijo de puta había cumplido su promesa.

—Voy para allá ahora mismo —logró decir—. No te muevas, Matilda. Ahora voy.

Alejandro.

Tenía que ser él. Ya se lo había advertido. ¿Quién más se iba a meter con un gato más que para hacerle daño a ella?

Escribió a uno de los números desde los que Alejandro le había escrito antes. Le ardían los pulgares:

“Como le hayas tocado un pelo a mi gato, te juro por mi madre que te guindo de los huevos en la Puerta de Alcalá. Devuélvemelo. ¡Ya!”

Los tres puntitos aparecieron enseguida. Desaparecieron. Volvieron. Y entró la respuesta, corta, sin un signo de más:

“Yo no tengo a tu gato”.

Vicky soltó el aire, pero antes de que pudiera guardar el teléfono, entró el segundo mensaje.

“Pero tú a mí no me amenazas, Victoria. Se te olvida lo que me debes y con quién estás jugando. Anda con cuidado, que a mí la paciencia se me está acabando. Tic Tac”.

Se le puso la piel fría y, por un segundo —solo un segundo—, sintió moverse aquella arena vieja debajo de los pies.

Pero detrás del miedo le venía siempre la rabia, pisándole los talones, y contestó sin pensarlo:

“Tú a mí ya no me das miedo, pendejo”.

Bloqueó la pantalla. Lo metió en el bolso de un golpe. Y volvió a lo único que le importaba en ese momento, que era encontrar a su gato, sin dedicarle a aquel hombre ni un pensamiento más.

Mateo ya se había puesto de pie.

—¿Qué ha pasado?

—Sardina. —Le temblaba la voz—. Se ha salido. O se lo han llevado. Es Alejandro, Mateo, estoy segura, me dijo que me lo iba a quitar y...

—Tranquila. —Le tomó la cara con las dos manos—. Lo vamos a encontrar. Los gatos se escapan porque sí, porque no, y por si acaso también. No te montes la película todavía.

Mateo agarró las llaves, y dejaron la cena a medio recoger, las velas todavía encendidas, las flores de Alfonsina presidiendo una mesa vacía.

P an Bendito a medianoche tenía su propia banda sonora: una moto a lo lejos, un perro, la tele de alguien a todo volumen. Paco y Fitu estaban en sus posiciones de siempre, en la esquina, como dos centinelas, siempre en guardia por si el enemigo asomaba.

Vicky se les acercó con los ojos hinchados.

—Hola, chicos. ¿No han visto un gato naranja? Gordo, naranja, con cara de mala leche.

—No, guapa, no lo hemos visto —dijo Paco.

—¿Y no ha pasado por aquí un hombre moreno, con el pelo rapado a los lados?

Paco y Fitu se miraron. Fue Fitu el que contestó, muy serio:

—Por aquí esta noche no ha pasado ni Dios. Y un rapado de esos que tú dices... —chasqueó la lengua— no se acercaba ni de coña, guapa. Tú tranquila.

Mateo les dio las gracias con un apretón de manos que a los dos les dejó la cara de no saber si darle conversación o pedirle un autógrafo, y subieron.

Matilda abrió la puerta hecha un mar de lágrimas, en bata. Vicky la abrazó, le dijo que no era culpa suya, que los gatos son así, y empezó la cacería.

Debajo de los muebles, de las camas. Detrás de la cisterna del baño. Dentro del armario de la entrada, de la lavadora, de una olla —una olla, por Dios—. En cada rincón insospechado donde un gato resentido pudiera estar tramando una venganza.

Nada.

—Se ha salido a la calle, estoy segura —dijo Vicky, y volvió a bajar a toda prisa.

Y entonces vino lo mejor de la noche, aunque ella todavía no lo supiera apreciar.

Mateo Rey de Francisco —tres estrellas Michelin, cinco restaurantes, la cara del momento de la televisión española— estaba a las doce de la noche, de rodillas entre los arbustos del barrio más caliente de Madrid, apartando ramas con una mano y haciendo “michu, michu, michu” con una voz de lo más ridícula que jamás había usado delante de nadie.

—Gato —susurraba—. Gato, ven aquí, anda. Mira que te he traído... no te he traído nada, pero ven. Por tu madre.

Cuando por fin se rindieron y decidieron subir, lo vieron.

Sardina bajaba la escalera desde el cuarto piso.

Despacio. El rabo en alto. La cabeza erguida. Con la dignidad serena de un monarca que vuelve de un viaje diplomático y se encuentra el palacio patas arriba por su culpa, pero no piensa reconocerlo.

Vicky soltó un berrido entre el llanto y la risa.

—¿Por qué? —Se llevó las manos a la cara—. ¿Por qué me haces esto, Sardina?

Lo veía bajar y, por un instante, ya no estaba en Pan Bendito, ni con Mateo detrás ni con Matilda en el rellano: estaba otra vez detrás del bar, con el uniforme oliendo a humo, agachada frente a una caja de cartón, mirando a aquel bicho torpe y tembloroso que decidió que ella era su persona.

Aquel gato la había visto llorar por Mario, la había escuchado hablar sola en voz baja para no llamar a nadie, le había llenado de pelos y de vida cuando Madrid se le hacía enorme.

Sardina se detuvo dos escalones por encima de ella y la miró. La miró largo, fijo, con esos ojos amarillos de juez de instrucción, como diciéndole mientras me sigas desplazando por este tipo, traidora, estos sustos van a ser cada vez más frecuentes .

Vicky lo cogió en brazos y lo apretó contra el pecho, llorando de alivio sobre el pelaje naranja. Mateo, conmovido, alargó la mano para acariciarlo.

Sardina se erizó entero, echó las orejas para atrás y le soltó un bufido del infierno que significaba, sin lugar a duda: ni se te ocurra ponerme una mano encima, fantoche.

Mateo retiró la mano muy despacio.

—Me odia —dijo.

—Te odia —confirmó Vicky, hipando—. Pero no te lo tomes personal. Creo que con el tiempo llegará a quererte.

Desde el umbral, Matilda se secaba las lágrimas con el puño de la bata y sonreía.

—Lo siento, chicos. Les he aguado la noche.

—No es nada. —Vicky fue hasta ella y la abrazó con el gato y todo en medio—. No es nada, Matilda.

—Anda, pasen. —La vieja se hizo a un lado—. Este susto se cura con un vino. No tengo nada elegante para ti, chef, pero el que dejó mi difunto en el aparador servirá para tranquilizarnos a todos. Que era malo el hombre, pero buen gusto para el tinto sí tenía.

—Claro que sí —dijo Mateo—. Vamos.

M ateo caminó detrás de la vieja, de la mujer, del gato que lo miraba por encima del hombro de ella como advirtiéndole que tenía cuatro patas y siete vidas para hacerle su existencia imposible.

El amor pone a uno idiota , pensó. Idiota perdido. A las doce de la noche, en un tercero sin ascensor, a punto de tomarse el tinto malo de un muerto que no conoció, con un gato que lo despreciaba y dos centinelas vigilándole el Porsche en la calle. Y no cambiaría esa realidad por nada ni nadie.

Miró a Vicky agacharse para dejar al gato en el suelo, y se le fue la vista al mejor culo de Madrid —no había discusión posible—, y sonrió como el imbécil que Nico decía que era.

Por esta mujer, lo que sea , pensó. Si se va a la luna, le robo un cohete a Musk y la traigo de vuelta de una oreja.

Pero esa noche, todavía, había vino. Y había risa. Y estaban los tres vivos y juntos en la cocina de Matilda.

Cuatro, contando al gato. Que no perdonaba.