Lo que pasa en Santorini Capítulo Veintidós
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Capítulo Veintidós

Para las diez y cuarto Vicky ya estaba sentada en el sofá.

Que estaba ansiosa por el estreno de Mateo no lo iba a reconocer ni bajo tortura.

Había fregado temprano para tener todo hecho.

Se había puesto el pijama bueno —el que no tenía manchas de lejía—.

Había ahuecado los cojines como quien espera visita y hasta había encendido el televisor con diez minutos de adelanto, “no fuera a ser que se cortara la señal justo a esa hora”.

Matilda salió del pasillo arrastrando las chanclas, la miró a ella, miró el televisor ya encendido, y sonrió con toda la malicia de una vieja que ha vivido demasiado.

—Te veo muy entusiasmadita con el chef.

—Estamos conversando. No hay nada oficial. —Vicky se hizo un ovillo en su esquina del sofá—. Él tiene sus líos y yo los míos.

—Ojalá todos los líos de la vida fueran así, hija. —Matilda se dejó caer a su lado y se relamió sin ningún disimulo hacia la pantalla—. Porque está para comérselo.

—Matilda, por Dios.

—No seas boba, Vicky. La vida no le da a uno oportunidades así todos los días. ¿Qué hombre con fama y dinero se planta en Pan Bendito a las once de la noche, en un tercero sin ascensor, para traerle una caja de chocolates a una mujer? Dime tú.

Si supieras, Matilda, que el chocolate ni lo abrimos , pensó Vicky, y se le subió el calor por el cuello.

Sardina escogió ese momento para aterrizarle en el regazo de un salto, acomodarse como un emperador y mirarla con esos ojos de juez. Vicky le rascó detrás de la oreja por hacer algo con las manos.

Entonces salió él. Mateo en chaquetilla de chef blanca, las tres estrellas bordadas al pecho, la cocina detrás reluciendo como un quirófano caro. “La alta cocina ya no es un secreto” , dijo la voz en off, y el plató se llenó de aplausos. A Vicky se le secó la boca de golpe.

No era añoranza. La añoranza es para lo que no se tuvo. Y ella lo tuvo —lo tuvo entero en una cama de Pan Bendito con una almohada en la cara para no despertar al barrio—. Era otra cosa, una cosa rara y caliente que le subía del estómago: ese de la tele es mío y no lo sabe ni Dios.

Sardina levantó la cabeza. En cuanto la voz de Mateo salió por las bocinas del televisor, el gato erizó el lomo entero, clavó las orejas hacia atrás y le bufó a la pantalla con todo el odio de su corazoncito de macho destronado.

—Pero ¿a este qué le pasa? —se rio Matilda.

Hasta tú sabes , pensó Vicky, y tuvo que morderse el cachete por dentro para no soltar la carcajada.

En la pantalla, Mateo cortaba un pescado con una calma de monje. Hablaba bajito, serio, esa voz que ella conocía de noches y de otras cosas también, la que le susurraba guarradas en plena intimidad.

—A un buen producto —decía— se le trata con respeto. Con paciencia. No hay que tener prisa. Hay que esperar a que esté en su punto, sin forzarlo, hasta que él solito te pida que lo tomes.

A Vicky se le encendieron las orejas. Será descarado.

El teléfono le vibró contra el muslo. Lo desbloqueó con el pulgar, pegándolo al cuerpo para que Matilda no le viera la pantalla.

Mateo: ¿Estás viendo cómo hablo de respetar el producto?

Vicky apretó los labios. Escribió rápido, con el teléfono medio escondido bajo el brazo de Sardina:

Vicky: Eres un descarado. No sabes de respeto.

Mateo: A ti la otra noche no te respeté muchísimo y no me has dejado de dar las gracias.

Vicky: Te juro que te bloqueo.

Mateo: Mentirosa. Si me tienes guardado con corazón.

No lo tenía guardado con corazón. Lo tenía guardado como “Mateo Amor ”. Pero el muy sinvergüenza no tenía por qué saberlo.

Vicky: ¿No estás en vivo? Porque te veo aquí cortando un pescado con cara de santo.

Mateo: Eso está grabado hace dos semanas, boba. Ahora mismo estoy en la suite del hotel, en calzoncillos, viéndome a mí mismo y pensando guarrerías contigo. Es un poco triste, la verdad.

Vicky se tapó la boca con la mano. Los dos viéndolo a la vez, cada uno en su sitio, como llevaban tres noches: ella en Pan Bendito, él en un hotel de lujo, los dos pegados al mismo aparato hablando bobadas hasta quedarse dormidos con el teléfono en la oreja.

Así había sido toda esa semana, imposible.

Él no había podido volver —el estreno, los permisos de San Sebastián que no acababan de soltar, un lío gordo en Mareas, en Valencia, que casi le hace coger un AVE de madrugada— y aun así no había fallado una sola noche.

Llamaba tarde, con la voz cansada, y se quedaban ahí, en la línea, contándose la vida.

Y se habían contado la vida de verdad. Ella ya sabía cómo se había hecho chef: que con dieciséis años entró a fregar platos en un asador de mala muerte de Carabanchel solo para no estar en casa, y que un viejo cocinero gallego lo agarró y le enseñó a respetar un caldo como quien reza.

Sabía de Gisela más que de nadie —que dibujaba “PAPÁ COSINA” con ese, que los martes tenía logopeda y él no faltaba ni muerto, que la nena era, según Mateo, “la única persona de este mundo que me quiere sin pedirme la cuenta después”—.

Y a ella se le hacía un nudo cada vez, porque era verdad, y porque ese hombre serio de las tres estrellas se ponía tonto y blando cuando hablaba de su hija.

Y Vicky, que no le contaba su vida ni al confesor, le había contado la suya.

De Zulma y de Julio, de Junior y de Carlitos peleándose por el control remoto, de titi Carmen que opinaba hasta de cómo respiraba uno.

De los tres años de Administración de Empresas en la Univesidad de Puerto Rico que dejó botados por un trabajo que parecía buena idea entonces.

De cómo llegó a Madrid detrás de un amor que resultó ser puro embuste —no le dio todos los detalles; algunas vergüenzas se cuentan por entregas—.

De La Tinta. De Alejandro, hasta donde se atrevió y del anillo de circonia, que eso sí se lo contó entero, porque daba risa.

Y de los sitios donde algún día, si la vida les daba permiso, les gustaría ir.

—Te ríes sola —dijo Matilda sin despegar los ojos de la pantalla.

—No me río.

—Te ríes como una boba con el teléfono. Yo no estoy ciega, hija, estoy vieja, que no es lo mismo.

En la tele, Mateo emplataba algo que parecía una joya.

El jurado ponía los ojos en blanco de gusto.

Medio país, en ese mismo instante, estaba mirando a ese hombre y suspirando.

Y ni uno solo de esos millones de espectadores —ni un alma en toda España— podía sospechar que el chef de las tres estrellas tenía a su mujer en pijama, en un tercero sin ascensor de Pan Bendito y con un gato encima.

Mateo: Mañana intento escaparme. Lo juro. Te llevo a cenar a un sitio donde no nos vea nadie.

Vicky: ¿Tú escapándote? Si te reconocen hasta los gatos.

Mateo: Ese gato me tiene manía.

Vicky: Ese gato tiene buen gusto .

Sonó la música de cierre del programa. Matilda apagó el televisor con el mando a distancia apuntando como una pistola y se levantó del sofá con un crujido de rodillas y un suspiro.

—Bueno. —Se ajustó la bata de boatiné—. Me voy a la cama, que mañana hay que estar.

—Que descanses, Matilda.

La vieja se detuvo en la puerta del pasillo. Se volvió. Y miró a Vicky con una sonrisa torcida que no tenía un pelo de inocente.

—Soy vieja y zorra, Vicky, y sé de sobra que la otra noche aquí no estuvieron de manitas sudadas. —Levantó una mano antes de que Vicky abriera la boca—. No me cuentes nada, que me da igual. Pero no te culpo, hija. Ese hombre bien merece el riesgo. —Bostezó—. Me voy a la cama. Descansa.

Y se fue por el pasillo arrastrando las zapatillas, dejando a Vicky colorada hasta la raíz del pelo, con Sardina roncando en el regazo y el teléfono encendiéndose otra vez en la oscuridad.

Á tica olía a mantequilla y a final de servicio.

En la planta de arriba, Mateo repasaba por tercera vez una lista que se sabía de memoria —velas, las flores, el vino que a ella le gustaba— mientras Alfonsina, plantada en la puerta del despacho con la tablet pegada al pecho, lo miraba con la cara de quien acaba de morder un limón.

—A mí me pagan por gestionar cinco restaurantes —dijo—. No por coordinar cenas románticas.

—No te quejes. —Mateo ni levantó la vista—. A ti más que a nadie te conviene que tu jefe esté contento.

Alfonsina apretó la mandíbula con un ruido que sonó a muelas de atrás trabajando.

Desde el sofá del rincón, donde llevaba media hora despatarrado fingiendo que leía algo en el teléfono, Nico soltó una risita.

—Boquita de piñón, qué carácter tienes.

—Y tú cierra el pico —le disparó ella sin volverse—, que la mitad de las locuras de tu hermano salen de tus ocurrencias.

—Calumnias. Yo solo lo dejo ser.

—Pues a tu hermano no se le puede dejar ser. A tu hermano hay que ponerle límites bien claros.

Nico se incorporó, encantado de la vida.

—¿Pero tú le ves la cara de imbécil que tiene desde que apareció la tal Vicky? —Señaló a Mateo con la barbilla—. Míralo. Ya de tanto que la nombra hasta yo me estoy enamorando. Quiero conocerla, en serio. A ver qué le ha hecho a mi hermano, que antes era una persona bastante agria.

Mateo levantó por fin la vista de la lista y no dijo nada, porque cualquier cosa que dijera lo iba a delatar más todavía.

Tres días sin verla, atado al estreno, a los permisos de San Sebastián, a un lío en Mareas.

Tres días hablando con ella hasta quedarse dormido con el teléfono en la oreja, como dos críos.

Y esta noche, por fin, nada de despedidas a las dos de la mañana.

Nada de escabullirse de Pan Bendito como un ladrón.

Esta noche se quedaba. Esta noche amanecían juntos.

Estás como un crío. Y sonrió, porque le daba igual.

—Cierra cuando salgas —le dijo a Alfonsina—. Y gracias por las flores. Te has lucido.

Ella lo fulminó. Pero, justo antes de salir, masculló un “de nada” tan bajito que casi no se oyó.