Lo que pasa en Santorini Capítulo Veintiuno #3
70%

Capítulo Veintiuno #3

Le sacó la camisa por encima de la cabeza —los botones podían esperar al juicio final— y le bajó por el pecho con la boca, besándolo, mordiéndolo despacio, mientras él cerraba los ojos y echaba la cabeza atrás.

Le soltó el cinturón. Le bajó el pantalón.

Lo acarició por encima del bóxer y lo oyó tragar saliva.

—Joder, Vicky. —Apenas un hilo de voz—. Cómo extrañé esto.

—¿Por eso fuiste capaz de poner un cartel en Gran Vía?

Para cuando terminó la pregunta, Vicky ya estaba de rodillas, y tenía la boca llena de él.

—Por esto iría al mismísimo infierno. —Le hundió los dedos en los rizos, no para guiarla, sino para mirarla, para no perderse aquel espectáculo ni un segundo—. Dios, eres la mejor.

Lo llevó casi hasta el borde. Y justo cuando lo sintió a punto de cruzar, él la detuvo. Le tomó la cara entre las manos y la hizo levantarse.

—Espera. —Le quitó la camiseta del pijama sin dejar de mirarla, como si desenvolviera algo que llevaba semanas mereciéndose—. Eres tan hermosa.

Le devoró las tetas como un desesperado, y Vicky tuvo que clavarse los dientes en el labio para que no se le escapara el gemido que lo habría echado todo a perder con la abuela a unos metros de pared.

La recostó en la cama. Le quitó el pantalón, la ropa interior, y se echó hacia atrás un instante para mirarla entera.

—Mi Vicky.

Ella sonrió.

Entonces empezó a bajar —el cuello, el centro del pecho, el vientre—, hasta el monte de Venus, donde se entretuvo, jugando, rozando, prometiendo sin darle lo que ella se moría por recibir.

—Mateo, por Dios. —Un suspiro estrangulado, las dos manos agarradas a las sábanas—. No me hagas esto. Te necesito.

Y entonces sí. Le abrió las piernas y le dio, por fin, el placer que ella le estaba exigiendo con todo el cuerpo, hasta que Vicky tuvo que aplastarse una almohada contra la boca para no despertar a nadie en tres pisos a la redonda.

No bien terminó de temblar, él ya estaba listo, encima de ella, buscándole los ojos.

—¿Segura?

—Sí, segura.

Y se entregaron los dos a un frenesí que tuvieron que sujetar con los dientes y con las manos y con la boca del otro, conteniendo cada sonido, riéndose sin aire de lo absurdo de tener que hacer el amor en silencio sepulcral porque a unos pocos metros dormía una señora de ochenta y pico de años.

Después, cuando todo se aquietó, Mateo la atrajo contra su pecho. Le apartó un rizo de la cara. Tardó en hablar, y cuando lo hizo, no quedaba en su voz ni rastro de bravata.

—Vicky, te quiero.

Y ahí se quedó la frase, sola, sin red, esperando.

Vicky lo miró. Quiso decírselo. Lo tenía en la garganta, completo, verdadero.

Pero las desilusiones le habían ido quitando la fe a cucharadas, y la última se la había llevado entera, así que no le salió.

En su lugar lo besó, despacio, y le acarició la cara con una ternura que decía lo que la boca todavía no se atrevía.

—¿Por qué no llamaste cuando puse el cartel?

Ella guardó silencio.

—Acababa de descubrir que eras casado y que tenías una hija.

—Estamos en proceso de divorcio.

—Pero está ella, tu hija, te necesita.

Mateo se giró y se apoyó en el codo para mirarla. Le acarició el pecho.

—Gisela es mi vida y siempre me tendrá. Estoy luchando por la custodia compartida.

—No quiero ser el pretexto para que dejes a tu familia, Mateo.

Él sonrió con un gesto triste.

—La verdad es que me fui a Santorini antes de cometer una locura. Hacía tres días que, en medio de una comida familiar de domingo en casa de mi tía, mi primo me pidió hablar en privado. —Mateo se detuvo—. Me confesó que hacía dos años se acostaba con mi mujer.

Vicky lo observó con sorpresa. Le acarició el rostro.

—Mateo…

—Nosotros no estábamos bien. Sobrevivíamos por Gisela, pero esa fue la estocada final a algo que ya estaba roto hacía tiempo.

Yo, al igual que tú, pensaba que si tomaba la decisión de separarme le hacía daño a Gisela.

Pero los niños, aunque tengan una condición como la que tiene mi hija, perciben todo.

Y lo mejor es cortar ahora y no arrepentirnos después.

—¿No hay oportunidad de que puedan…?

—Ni lo menciones. Yo no soy un santo, ya debes saberlo, pero cuando me casé con ella hice un enorme esfuerzo por respetarla. Jamás falté a nuestro matrimonio y sin sonar pedante, oportunidades no faltaron. Así que no, no hay nada que arreglar.

Mateo le acarició la nariz.

—Y tú no eres la causa ni la excusa. Tú eres lo mejor que me ha sucedido en mucho tiempo.

A Vicky el “y tú eres lo mejor” se le quedó atragantado en la garganta, pero se lo demostró cuando le besó el centro del pecho justo en el corazón.

—¿Qué tengo de especial? —preguntó ella.

Normal en una mujer que ha recibido mentiras y engaños en todas sus relaciones.

—Todo, Vicky. Eres inteligente, valiente, no te dejas joder, me retas, eres terca, loca, divertida y follas como nadie.

—Entonces, al final es solo sexo.

—Bueno… cincuenta porque eres extraordinaria y cincuenta porque eres una amante increíble. Todavía recuerdo que me dejaste seco en Santorini, me dejaste temblando, mujer, con el sirope para las tortitas.

Vicky le pegó un manotazo en el hombro, pero sonreía.

—Oye que no cualquiera pone un letrero en Gran Vía por una chica que no sea increíble. Estoy loco por ti, Victoria de los Ángeles.

—Odio mi nombre completo, así que no me llames así.

—A mí me enamoró desde que lo supe.

Volvió a besarla.

—Nunca más me mientas —murmuró ella contra sus labios—. Y nunca más me dejes, Mateo.

—Nunca, cariño.. —Le sostuvo la mirada un segundo entero, y por ese segundo Vicky casi le creyó del todo. Luego le sonrió con todo el descaro del mundo—. ¿Cómo voy a abandonar yo a la mujer con las mejores tetas y el mejor culo de Madrid?

Vicky le estampó la almohada en la cara.

Se rieron —tapándose la boca, muertos de la risa y del miedo a despertar a la abuela—, dos clandestinos en una cama prestada de Pan Bendito, mientras desde su jaula Sardina los observaba con el desdén de quien ya lo había visto todo y no pensaba comentar nada.

(Y así, queridas, es como una boricua que había jurado no volver a creerle a ningún hombre se dejó hacer el amor en casa de la abuela por un chef de tres estrellas con el juicio de un adolescente).

A las dos de la mañana, el hombre de las tres estrellas Michelin, el del cartel de Gran Vía, el del Porsche color vino, salía del cuarto de Vicky casi de puntillas para no hacer ruido, con los zapatos en una mano, la camisa abrochada a la mitad y mal, y una cara de delincuente juvenil que a Vicky le daba unas ganas horribles de reírse en voz alta justo en el único momento de la noche en que no podía.

—Chist. —Le señaló el suelo—. La tabla esa cruje. Pisa por la orilla.

Mateo pisó por la orilla como un ladrón en una peli muda. Desde su jaula, Sardina seguía la operación con los ojos entornados, tomando notas para el informe.

Lo llevó de la mano hasta la puerta, descalza, conteniendo la risa, rezando para que Matilda durmiera el sueño de los justos. En el recibidor, Mateo soltó por fin los zapatos, la agarró por la cintura y la pegó a él como si no acabaran de pasarse media noche pegados.

—Ha estado increíble —le susurró—. Y ya quiero repetir.

—Mateo, por favor.

—Cien besos por cada día que llevamos sin vernos. —Le fue dejando uno en la sien, otro en la mejilla, otro en la comisura—. Me los debes.

—Exagerado.

—Me los debes —repitió contra su boca.

Le acarició el culo con toda la malicia del mundo y sonrió, sin preocupación, como si Pan Bendito fuera suyo y ella también.

—Me estoy quedando en un hotel con una cama king . —Subió las cejas—. Y tú sabes todas las cosas que se pueden hacer en una cama como la de Santorini.

—Vete, Mateo. Siempre pensando en sexo.

—¿Tú no?

Vicky abrió la boca para mentir. La cerró.

—Claro —dijo él, encantado de la vida.

—Vete, que Matilda se puede despertar.

—Escápate conmigo. —Lo dijo en serio, de pronto, con los ojos brillándole en la penumbra—. Venga. Ahora mismo.

—Ay, sí. —Vicky puso los ojos en blanco—. Como si estuviéramos para escaparnos. Tú con el lío de la custodia de tu nena, el divorcio, el programa. Y yo con mi ex loco y los diecisiete mil euros que le tengo que dar en una semana.

La sonrisa de Mateo se borró un grado.

—Te dije que eso no es problema.

—Y yo te dije que es MI problema.

—Tus problemas son los míos, Vicky.

Y lo dijo tan sin pensarlo, tan de verdad, que a Vicky le dieron ganas de creérselo —y eso, justamente eso, era lo más peligroso que le había pasado en toda la noche, y mira que había pasado de todo—.

Así que hizo lo único que sabía hacer cuando un hombre se le metía demasiado adentro: le pasó la mano por la entrepierna, despacio, y lo besó hasta dejarlo sin argumentos.

—Que descanses, Mateo.

Él se rio bajito contra sus labios, derrotado y feliz, recogió los zapatos del suelo y se encaminó a la escalera en calcetines, con la camisa todavía mal abrochada y el pelo de cualquier manera.

Vicky se quedó en la puerta.

Se quedó mirándolo bajar, tramo a tramo, hasta que el último rizo de aquel desastre de hombre desapareció por el hueco de la escalera y solo le llegó, desde abajo, el eco de una puerta de portal y un silencio nuevo.

Entonces, sola, en pijama, a oscuras, se permitió la sonrisa que llevaba toda la noche guardándose.