Lo que pasa en Santorini Capítulo Veintiuno #2
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Capítulo Veintiuno #2

Se les fue la sonrisa de la cara a los dos a la vez. Un coche así en el barrio, a estas horas, no traía nada bueno. O era la pasma de paisano, o era alguien con un problema muy gordo, o era alguien que estaba a punto de tenerlo.

La puerta del coche se abrió.

Y entonces, del cochazo color vino, salió un tío enorme con chaqueta de cuero, recién afeitado, oliendo a gloria, con una caja de bombones con lacito en la mano.

Fitu entornó los ojos.

—Paco.

—¿Qué?

—Que ese es el de la tele.

—¿Qué de la tele?

—¡El chef! ¡El de los pucheros, el de las estrellas, el de La Mesa del Rey ! ¡Que es el cocinero ese, hostia, que sale en la valla de Gran Vía!

Se acercaron los dos a la vez, ya sin pizca de alarma, con esa alegría incrédula del que ve a un famoso de carne y hueso plantado en su acera de toda la vida.

Porque una cosa había que reconocer en Pan Bendito: que problemas había muchos, pero una celebridad bajándose de un Porsche en tu portal, eso no pasaba todas las noches.

Eso era un acontecimiento. Eso había que celebrarlo.

—¡Tú eres el de la tele! —Fitu ya le tenía la mano agarrada—. ¡Que eres tú! ¡Macho, que cocinas de puta madre, que mi madre está esperando que estrenen el programa!

—El mismo. —Mateo se rio, encantado, y le devolvió el apretón de mano—. ¿Qué tal, jefe?

—¿Una foto? Una foto, anda, una sola, que no me lo va a creer nadie.

—Las que quieras.

Y ahí fue cuando aquello se desmadró. Porque Paco ya estaba llamando a un primo, y el primo a otro, y Fitu, que no era tonto, sacó la cabeza hacia las ventanas del bloque y berreó hacia arriba con toda la potencia de sus pulmones:

—¡MARI! ¡MARI, BAJA, QUE ESTÁ EL CHEF DE LA TELE EN EL PORTAL! ¡EL DE LAS ESTRELLAS! ¡BAJA, CORRE!

Se encendieron luces. Se abrieron ventanas. Doña Maruja, del quinto, asomó la cabeza con los rolos puestos, vio lo que vio, y bajó los cinco pisos en un tiempo que ya quisieran muchos de veinte años. Y detrás de Maruja medio bloque, en chanclas, en bata, con el teléfono ya en alto.

Y Mateo, en su salsa. Porque por mucha estrella Michelin que tuviera, Mateo Rey de Francisco había crecido en un barrio que no era tan distinto de este, y sabía exactamente cómo se le da la mano a la gente, cómo se le pregunta a una señora por sus rodillas, cómo se posa para la foto pasándole el brazo por encima al chaval que tiembla de la emoción.

Firmó una servilleta. Firmó un brazo enyesado.

Le prometió a doña Maruja una receta de cocido que “la suya seguro que es mejor, doña Maruja, no me sea modesta”. Maruja casi se desmaya.

—Oye, una cosa. —Mateo aprovechó un hueco entre foto y foto y bajó la voz—. Voy al tercero C. A casa de Matilda. Estoy buscando a una chica morena, pelo rizado.

Fitu y Paco se miraron.

—Hombre, claro —dijo Paco, como quien dice una obviedad—. Si la conoce todo el barrio. Maja la chica. Vicky se llama.

—Sí, ella —dijo Mateo y se quedó mirando el Porsche—. Tengo preocupación por el coche

—Déjelo, déjelo, que yo se lo vigilamos. —Paco escupió a un lado, solemne—. A usted hoy no le tocan ni el retrovisor, palabra. Y suba que le acompaño, que el portal tiene su truco.

Y así fue como el chef de las tres estrellas Michelin subió a casa de doña Matilda escoltado por Paco, el del punto, con una caja de bombones de chocolate de setenta euros en la mano y medio barrio haciéndole fotos desde el rellano.

Paco llamó al timbre por él. Dos toques largos, código de confianza.

Se oyeron unos pasos arrastrados al otro lado. El ruido de un cerrojo. Otro. Una cadena.

La puerta se abrió. Y doña Matilda, con bata, levantó la vista hacia el hombre altísimo, recién afeitado, oliendo a gloria bendita, que llenaba el marco de su puerta con una caja de bombones con lacito.

Lo miró de arriba abajo. Despacio. Como se mira lo que no se espera y, una vez visto, no se quiere devolver.

—Ay. —Se llevó una mano al pecho—. Ay, madre del amor hermoso.

Por poco se cae de culo.

E l bloque entero en Pan Bendito seguía vibrando.

Vicky lo notaba desde su habitación, a oscuras, sentada en el borde de la cama con el corazón haciéndole cosas raras: voces en el rellano, risas, alguien que gritaba desde una ventana que bajara, que era el de la tele . Y por encima de todo aquello, los nudillos de doña Matilda contra su puerta.

—Nena. —La voz de la vieja, entre el apuro y la guasa—. Nena, sal, que tienes visita. Y una visita que no se va, hija mía, que ya le he hecho hasta café.

No.

No, no, no. No es capaz.

Fue capaz.

Salió en pijama, descalza, con los rizos hechos un desastre y la dignidad colgando de un hilo, y allí estaba.

En el sofá de flores de Matilda, llenando el salón entero, recién afeitado, oliendo a una colonia que no tenía nada que hacer en Pan Bendito, con una tacita de café con borde dorado sostenida entre dos dedos como si fuera lo más natural del mundo.

—Hola, Vicky.

Y fue oír esa voz —baja, tomada, raspada por dentro— y a Vicky se le fue el suelo.

Porque su cuerpo, traidor, no la escuchó en aquel salón de Carabanchel.

Su cuerpo se fue derechito a un baño de avión, a treinta y cinco mil pies, a esa misma voz en su cuello diciéndole que no hiciera ruido.

Apretó los dedos de los pies contra el suelo frío.

Aterriza, Victoria. Que estás en casa de la abuela.

Matilda recogía ya su rebeca del respaldo.

—Bueno, yo me retiro, que ya es muy tarde para que una vieja ande fuera de su cama. —Miró a Mateo por encima de las gafas con una severidad que no se creía ni ella—. Sin travesuras.

—Palabra de scout. —Mateo alzó la mano derecha, solemne.

La izquierda se quedó muerta sobre su rodilla, sin acercarse ni de lejos a jurar nada. Vicky lo vio. Ni pal carajo va a cumplir este hombre.

Matilda cerró su puerta. Y el piso se quedó en ese silencio espeso de las casi doce la noche, con dos personas y todo lo que no se habían dicho flotando en medio.

Mateo le tendió la caja. Lazo de seda.

—Pensé que podrían gustarte.

—Estoy a dieta.

—Mentirosa. —La recorrió entera, sin prisa, con una boca que ya sonreía—. Si estás perfecta.

—Eres imposible, Mateo. —Vicky se sentó en el otro extremo del sofá, lo más lejos que la geografía le permitía—. ¿Cómo se te ocurre venir a esta hora?

—Quería verte. —Se deslizó un palmo hacia ella—. No podía dormir.

—A un mentiroso como tú no le creo ni el rosario.

—¿Tú crees que no quería verte? —Otro palmo. Su voz bajó, y a Vicky se le erizó la nuca—. Me moría por verte.

—No te atrevas a acercarte.

Mateo se detuvo. Levantó las dos manos, rendido, y Vicky respiró —error— porque entonces él inclinó la cabeza con una mansedumbre de cordero que no se la creía nadie.

—Vale. ¿Antes de irme me das un vaso de agua?

Lo miró buscándole la trampa. La trampa estaba ahí, tenía que estar ahí, un hombre así no pedía agua.

Pero se levantó igual, porque era más fácil darle agua que seguir sosteniéndole la mirada, y caminó a la cocina diciéndose que era ella la que mandaba, que en cuanto le diera el dichoso vaso lo echaba a la calle.

Estaba de frente al gabinete, con el vaso en la mano, cuando sintió esa presencia caliente en la espalda.

—Te deseo mucho.

La abrazó por la cintura y le hundió la cara entre los rizos, y Vicky cerró los ojos porque otra vez el avión, otra vez aquel aliento en su nuca, otra vez su cuerpo desertando del bando de su cabeza.

—Cómo extrañaba el olor de tu pelo, vainilla con fresa.

—Mateo, por favor.

—Por favor te pido yo.

La giró. Y le tomó la boca con una urgencia de semanas, de un hombre que había terminado solo bajo el agua fría en sus peores noches y que ahora, con ella entre los brazos, no pensaba soltarla por nada del mundo.

Vicky lo agarró de la camisa para empujarlo y se encontró, manos traidoras, atrayéndolo.

—Matilda… —alcanzó a decir contra su boca.

—Se fue a dormir.

Las manos de él ya subían por debajo del pijama, recorriéndole la piel, ahuecándose sobre sus tetas, y Vicky tuvo que morderse para no hacer un ruido que despertara a media Carabanchel.

—Te necesito.

—Es una falta de respeto que en casa de una señora tú…

No pudo terminar. Porque Mateo deslizó la mano por debajo de la ropa interior y la tocó, despacio, sin dejar de mirarla a los ojos ni un segundo.

—Estás mojada.

Vicky le cazó la muñeca. Pero él ya le buscaba el cuello con la boca, murmurándole al oído cosas que no se repiten en voz alta, frases que la estaban volviendo completamente loca.

—Tu habitación.

—No, Mateo.

La soltó. Así, de golpe. Dio un paso atrás y la miró a los ojos, serio por primera vez en toda la noche.

—¿No quieres?

Vicky abrió la boca. No salió nada. Y su silencio dijo demasiado.

Mateo asintió despacio, como quien encaja un golpe. Dejó la caja de chocolates sobre la encimera, se dio la vuelta y echó a andar hacia la puerta.

Y a Vicky se le rompió algo en el pecho — se va, lo dejo ir, otra vez yo misma cerrando la puerta — y antes de pensarlo lo tenía agarrado del brazo.

—Si no terminas lo que viniste a hacer, te mato, Mateo Rey de Francisco.

No le dio tiempo a contestar. Fue ella la que se le tiró encima, la que se trepó hasta enroscarle las piernas en la cintura, la que entre besos le iba dando indicaciones — la del fondo, esa, cuidado con la mesita — camino del cuarto.

Empujaron la puerta. Y se toparon con que Sardina era, a esas horas, rey y señor de la cama.

El gato levantó la cabeza. Vio a Mateo por primera vez en su vida. Maulló, escandalizado, dispuesto a denunciar el atropello a las autoridades competentes.

—Chist. —Vicky se llevó un dedo a los labios, colgada todavía del cuello de Mateo—. Sardina, cállate, que despiertas a Matilda.

Sardina los miró a los dos. Sopesó la situación. Y con toda la indignación de un caballero al que echan de su propia casa, se bajó de la cama, se metió en su jaula y cerró la puerta de un manotazo con la patita.

Vicky se habría reído si Mateo no le estuviera ya quitando el aire a besos.