Capítulo Veintiuno
L a cocina de Ática llevaba media hora muerta. Los últimos cocineros se habían ido con su “hasta mañana, chef” y él se había quedado en la barra del comedor vacío, con la chaquetilla de chef blanca puesta y un vaso que no se rellenaba solo, porque era él quien lo rellenaba.
El primer whisky fue para pensarlo. El segundo, para reunir el valor de hacer lo que ya había decidido. El tercero —ese ya iba sin coartada— para marcar.
En la pantalla del teléfono, el contacto nuevo lo miraba como un reto: Victoria de los Ángeles Ruiz Castellano .
Seis palabras que dos días antes no existían y que ahora le pesaban en el pecho como una losa.
Pasó el pulgar por encima del nombre. Victoria.
La mujer que durante dos semanas enteras no había querido decirle ni cómo se llamaba, y resulta que se llamaba así, con un nombre largo y serio de mujer a la que uno no le hace daño.
Marcó.
Un tono. Dos. Tres. Buzón.
—Vicky. Soy yo. —Carraspeó—. Bueno, ya sabes quién soy. Llámame.
Colgó. Se sirvió otro dedo. No te ha dado tiempo ni a coger el teléfono. Volvió a marcar.
Buzón otra vez.
—Soy yo otra vez. No es que esté pesado. Es que... bueno. Llámame.
A la quinta llamada ya no dejaba mensajes coherentes. A la séptima se rio solo en mitad del recado. A la novena se le había olvidado lo que iba a decir y lo único que le salió fue su nombre, dos veces, en voz baja, como si rezara.
A la doce, el whisky le había soltado del todo la lengua y la vergüenza.
—Victoria. —Apoyó la frente en la mano—. Mírame, le estoy hablando a una máquina. Yo. Tres estrellas Michelin. Hablándole al buzón de voz de una mujer que me mandó a la mierda con todo el derecho del mundo. Joder.
Marcó la trece.
E n Pan Bendito, en una habitación pequeña con olor a la lavanda de doña Matilda, el teléfono de Vicky vibraba sobre la mesita por décimotercera vez. Un número que no tenía guardado. Un número que no conocía.
Y a Vicky, cuando un número desconocido la llamaba de noche, solo se le venía un nombre a la cabeza.
Alejandro.
Se quedó muy quieta, mirando la pantalla encenderse y apagarse, con esa frialdad que le subía por la espalda cada vez que el cuerpo se acordaba solo de que había un hombre buscándola por diecisiete mil euros y por puro rencor.
No contestes. Si contestas, sabe que el número sigue vivo.
Dejó que muriera. Volvió a sonar. Lo dejó morir otra vez. Y otra. Y otra.
Pero los desconocidos peligrosos no dejan mensajes de voz, y este había dejado varios.
Le dio al primero con el pulgar tembloroso, preparada para lo peor.
Y lo peor no era Alejandro.
—Vicky. Soy yo. —Una pausa, un carraspeo—. Bueno, ya sabes quién soy. Llámame.
Se le cortó el susto en seco.
Le dio al segundo, ya con otra cara. Al tercero —el del “le estoy hablando a una máquina, yo, tres estrellas Michelin, hablándole al buzón de voz…”— Vicky ya no tenía nada de miedo. Vicky se estaba encabronando por segundos.
—Será sinvergüenza. —Miró a Sardina, que la observaba desde la almohada con el desprecio profesional de los gatos—. ¿Tú oíste a este? Borracho me llama el muy descarado. Y yo no le di mi número.
¿Entonces cómo lo tiene?
Esa era una buena pregunta y no era el momento de hacérsela, porque el teléfono volvió a vibrar —la decimocuarta— y a Vicky se le había acabado del todo la paciencia.
Contestó para cantarle las cuarenta.
—Mira, no sé cómo carajo conseguiste mi número, pero son las diez de la noche, estás borracho, y yo no soy una de tus…
—Vicky. —Y ahí, en cómo dijo su nombre, estuvo el problema.
Porque Mateo Rey de Francisco tenía la voz tomada.
Por el whisky, por la hora, por lo que fuera.
Y esa voz —ronca, baja, raspada por dentro— no le llegó a Vicky por el oído.
Le llegó por otro sitio. Le llegó directa a la memoria del cuerpo, que es la peor de todas porque no atiende a razones ni a listas.
Esa voz ya la había oído así antes.
La había oído en su cuello, a treinta y cinco mil pies de altura, en el espacio imposible de un baño de avión.
“Nos van a pillar”, le había dicho aquel desconocido con esa misma voz raspada, una mano en su boca y la otra en sitios donde un desconocido no tiene por qué llegar en las primeras horas de conocerse.
Nos van a pillar. Y ella, que en tierra firme era una mujer con dos dedos de frente, en aquel cubículo diminuto había decidido que la vergüenza es la excusa de las cobardes.
Cerró los ojos. Mala idea. Con los ojos cerrados la voz tenía las manos libres.
—Vicky, ¿estás ahí?
—Estoy. —Tragó—. ¿Qué quieres, Mateo?
Pregunta estúpida, Victoria. Ya sabes lo que quiere.
Lo difícil es lo que quieres tú. Porque lo que quería ella, en ese preciso instante, traidora de sí misma, era que ese hombre siguiera diciendo su nombre con esa voz hasta el fin de los tiempos.
Apretó las piernas debajo de la sábana como quien cierra una puerta de la que ya se escapó la cordura y el recato.
—Quiero verte —dijo él—. Ahora.
—Estás loco.
—Voy para allá.
—Ay, sí, claro. —Soltó una carcajada que le salió más nerviosa de lo que le habría gustado—. El señorito de las tres estrellas. Va a venir a verme. A las diez y media de la noche.
—Dame tu dirección.
—No.
—Vicky.
—Que no. — Y deja de decir mi nombre así, coño, que me desarmas—.
Mira, te voy a hacer un favor. Te voy a ahorrar el viaje.
—Y aquí Vicky cometió el error táctico de su vida, porque creyó que lo estaba poniendo en su sitio cuando en realidad le estaba dando un mapa—: Vivo en Pan Bendito.
¿Tú sabes qué es Pan Bendito? Tú con tu cochecito último modelo y tu perfume de quinientos euros no llegas aquí ni con el GPS de Dios.
Tú no eres capaz de llegar a Pan Bendito.
Silencio al otro lado.
—¿Que no soy capaz?
—No. Te faltan huevos.
—Vale.
Y algo en ese “vale” tan tranquilo le puso a Vicky los pelos de punta, pero ya era demasiado tarde para detener al hombre que lo movía un espíritu competitivo.
—Buenas noches, chef.
Y le colgó. Tiró el teléfono a los pies de la cama, se dejó caer de espaldas y se quedó mirando el techo de doña Matilda con el corazón a galope y una sonrisa idiota que se borró de golpe cuando se dio cuenta de dos cosas.
Una: que le había dicho dónde vivía.
Dos: que una parte de ella, la traidora, la que seguía a treinta y cinco mil pies de altura, esperaba que el muy cabrón viniera.
—No es lo que estás pensando —le dijo a Sardina.
El gato bostezó. Los gatos nunca se complican.
M ateo se quedó mirando el teléfono con la sonrisa de un hombre al que acaban de regalarle lo que necesitaba: un sitio y un reto.
Pan Bendito.
Abrió el mapa en el teléfono y lo escribió. La pantalla se llenó de calles, manzanas, bloques y más bloques: un barrio entero desparramado por el sur de Madrid, sin la menor intención de decirle en cuál de todas aquellas ventanas dormía su boricua.
—Hostia. —Se frotó la cara—. Esto es grande de cojones.
Pan Bendito era media ciudad. Podía plantarse allí y dar vueltas hasta el amanecer como un imbécil con un Porsche, que sin un número de portal no encontraba a Vicky ni de milagro.
Y entonces se le ocurrió. Solo había una persona en todo Madrid que sabía dónde encontrarla y que —por razones que prefería no examinar a estas horas— le había jurado discreción eterna. Abrió WhatsApp.
Mateo: Axel. Necesito la dirección de Vicky. Calle y número.
Axel: ¿Don Mateo? Pero ¿usted sabe la hora que es?
Mateo: La sé. La dirección, Axel.
Axel: ? ? Ay, madre mía. Calle de Monseñor Óscar Romero, 18. Tercero C. Es la casa de mi abuela Matilda.
Axel: Esa señora es buena, pero tiene su carácter de 83 años. Ya usted sabe. Mejor vaya en UBER y mucho cuidado, don Mateo.
Axel: Y una cosa: de mí, ni media palabra. Yo a usted no le he dicho nada, que conste. Que yo de esto no sé nada y no quiero saberlo.
Mateo: No se preocupe, Axel.
Mateo guardó el teléfono. Uber. Como si un hombre fuera a una guerra en taxi.
Apagó las luces del comedor de Ática y condujo derecho al hotel —su casa desde que se rompió todo con Daniela; porque el divorcio, además de abogados, te cobra una suite con minibar y vistas a una vida que ya no es la tuya—.
Lo de no llamar la atención, en cambio, sí pensaba respetarlo a rajatabla.
Por eso, ya en la suite, se dio una ducha para bajar el whisky, se afeitó con la calma de quien tiene toda la noche, y se echó la colonia buena —la que reservaba para las ocasiones— porque uno no va a la conquista oliendo a fritanga de cocina de restaurante.
Bajó a la boutique del hotel, donde tenía cuenta abierta, y compró la única caja de chocolates que quedaba a esas horas: belgas, lazo de seda, envueltos como si fueran reliquias.
La cajera le pasó la máquina de pago con cara de circunstancias y a él le dio igual.
Setenta euros en chocolate. Por una mujer que le había colgado el teléfono.
(El cartel de Gran Vía. Los setenta euros en bombones. Querida lectora, hagamos juntas la cuenta y recemos por las finanzas de este caballero, porque a este ritmo el chef de las tres estrellas termina pidiéndole un préstamo a Matilda).
Bajó al estacionamiento, se subió al Porsche 911 GT3 —deportivo, último modelo, color vino— y enfiló hacia uno de los barrios más calientes de Madrid a las once de la noche.
Discreto total.
P an Bendito a esa hora tenía su propio ritmo, y Fitu y Paco —los que vigilaban el portal del edificio donde vivía doña Matilda— lo conocían mejor que nadie, porque para algo eran los ojos del punto.
Llevaban toda la noche en su esquina, controlando lo suyo, cuando un par de faros demasiado caros doblaron la esquina y un coche que costaba más que el bloque entero se detuvo delante del portal.
—Paco. —Fitu se incorporó—. Paco, mira eso.
—Lo veo.
—Eso es un Porsche 911.
—Que lo veo, tío.