Lo que pasa en Santorini Capítulo Veinte
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Capítulo Veinte

L as ocho en punto, y Alfonsina ya estaba plantada frente al escritorio con la tableta en la mano y esa puntualidad suya que no admitía discusión. En Ática, a esa hora, todavía olía a café recién hecho y a suelo fregado de madrugada.

—Nico ha cogido el primer vuelo a San Sebastián, a pelearse con los permisos del local —leyó—. Ya era hora de que se fuera a trabajar y dejara de meterte ideas raras en la cabeza.

Lo dijo sin levantar la vista, algo en cómo apretó la palabra Nico no se le escapó a Mateo. Lo dejó pasar. Tenía la cabeza en otra parte; la había tenido toda la noche, despierto, mirando el techo, viendo una y otra vez a una mujer entre peonías que fingía no conocerlo.

—Hablando de ideas raras —dijo—, ya es hora. Cancela todo hasta el mediodía.

Se levantó. Descolgó la chaqueta de cuero del respaldo.

—Mateo. —Alfonsina pasó el dedo por la pantalla—. Hoy tienes a Zayas a las diez: la promoción de Verso y la reestructuración de la cocina de Valencia. Llevas tres semanas posponiéndolo.

—Si el chef no está bien, el negocio no está bien. —Ya tenía las llaves del coche en la mano.

Alfonsina bajó la tableta. Lo miró por encima de las gafas con la franqueza que solo se permitía cuando no había nadie más delante.

—¿En serio vas a buscarla? —dijo—. No la vi nada contenta ayer. Si fuera al revés, habría salido corriendo hacia ti: besos, abrazos, la escena entera. Esa mujer estaba seca. Como si no te conociera.

—No la conoces. Así es ella. —Mateo se detuvo en la puerta—. Y sí. Voy a buscarla.

Alfonsina suspiró, y por debajo del suspiro asomó algo que en ella era casi ternura.

—Ve a complicarte la vida. —Volvió a subir la tableta—. Yo aquí te espero para ayudarte a arreglarla.

L a Floristería Bloomingdale olía a agua, a tallo cortado y a esa humedad verde que salía de la cámara. Cayetana Ramírez lo reconoció antes de que él terminara de cruzar la puerta. Se le iluminó la cara como a quien le llega la Navidad en agosto.

—Pero bueno. —Se llevó una mano al pecho—. Si usted es… usted es el de la valla. El chef. El de la televisión.

—Culpable. —Mateo le tendió la mano con una de esas sonrisas que llenaban reservas con tres meses de antelación—. Mateo. Y permítame: qué flores más bonitas tiene aquí, señora…

—Cayetana. Cayetana Ramírez. —Se la estrechó como si le entregaran un galardón—. Encantada. Pero encantadísima.

Detrás del mostrador, un chico de diecinueve con los auriculares puestos levantó la vista, lo miró de reojo y, muy despacio, como quien no quiere perderse nada, se los quitó.

—No quiero robarle mucho tiempo, Cayetana. —Bajó la voz, con una urgencia de buenos modales—. Busco a Vicky. ¿Está?

—Claro que está. —Cayetana giró el cuello hacia el fondo sin perder la sonrisa—. ¡Xavi! Dile a Vicky que salga, que la busca… —volvió a mirarlo, encantada de pronunciarlo— Mateo Rey de Francisco.

Xavi se tomó su tiempo en moverse. Y en ese rato, Cayetana ya tenía el teléfono en la mano.

—Una fotito. Para mis redes. Que no se lo va a creer nadie.

—Faltaría más. —Mateo se acercó, le pasó el brazo por los hombros para que entraran los dos en el encuadre y le regaló la sonrisa entera.

Cayetana contempló la pantalla embelesada, como quien acaba de pescar un tesoro.

Vicky salió de la trastienda secándose las manos en el delantal. Al verlo se quedó de piedra —medio segundo— y se le fue el color de la cara.

—El señor pregunta por ti. Dice que se conocen. —Cayetana los miraba a uno y a otro como en un partido de tenis—. No me habías contado nada, niña.

—Cayetana. —Mateo no apartó los ojos de Vicky—. ¿Habría algún sitio donde Vicky y yo podamos hablar un momento a solas? Será solo eso. Un momento.

A Cayetana le faltó tiempo.

—Mi despacho. Ahí no los molesta nadie. —Y bajando la voz, a Vicky, con un guiño—: Tú tranquila.

El despacho era un cuartito sin ventana: una mesa con facturas, un calendario de un mayorista holandés y el olor dulzón de las flores colándose por debajo de la puerta.

Vicky entró primero y se fue hasta la pared del fondo, lo más lejos que cabía.

Mateo cerró. El silencio se puso espeso, de los que pesan.

—Vine porque ayer no pudimos hablar. —Buscó sus ojos—. No sabes lo feliz que me hace haberte encontrado.

Vicky se cruzó de brazos a la altura del pecho, como quien levanta un muro con lo que tiene a mano.

—Mateo, no te hagas historias donde no las hay. Santorini fue un paréntesis.

Él dio un paso. Despacio.

—No creo. Fue muy real, y los dos lo sabemos.

—¿Real? —Una risa sin gracia—. Real fue que me dejaras plantada. Que no fueras capaz ni de llevarme al aeropuerto.

—Me acobardé. —La voz se le quebró por la mitad—. Pensé que era demasiado complicado, que tú y yo…

—¿Y cuándo pensabas decirme que eras casado? ¿Que tenías una hija? —Le tembló la voz en hija , y se odió por ello.

—Estoy en proceso de divorcio, Vicky. —Tragó—. Sé que te mentí en todo. Pero al principio eras una desconocida, y después… las reglas las pusiste tú. Nada de nombres, nada de vidas, nada de después. Las pusiste tú.

—Qué conveniente. —Los ojos le brillaban de rabia—. Ahora resulta que la culpable soy yo, de que un hombre casado se acostara conmigo.

Mateo apretó la mandíbula. Y entonces, porque estaba dolido y porque la estaba perdiendo, jugó la única carta que le quedaba.

—¿Y tú? ¿Tú me has dicho toda la verdad?

—Avanzó otro paso—. Porque tienes un ex que te llama para cobrarte no sé qué dinero.

En Santorini silenciabas el teléfono cada vez que vibraba; creías que no me daba cuenta.

Y ese uniforme de florista que llevas puesto no es precisamente el de una mujer que da cursos de marketing por internet.

—Vete a la mierda.

Vicky se lanzó hacia la puerta. Él la atajó —le tomó el brazo, sin apretar, más súplica que fuerza—, y ella se puso rígida, dio un tirón y se soltó como si le quemara. Mateo abrió la mano al instante y la levantó, rendido, pidiendo perdón sin decirlo. Pero ya había soltado la pregunta:

—¿Cuándo me vas a decir tu verdad?

Y esa fue la chispa. Porque a Vicky el miedo se le había vuelto rabia hacía mucho, y la rabia, cuando le llegaba al tope, no sabía callar.

—¿Quieres mi verdad? —Se le quebró la voz y siguió igual—.

Llevo tres años en España. Ilegal. Tengo un ex narco al que le robé diecisiete mil euros y que me anda buscando, y no precisamente para que volvamos.

Y sí: hasta el día antes de Santorini servía copas en un bar de Malasaña.

Esa soy, Mateo. Esa es la mujer que dices que te hace tan feliz.

Mateo se quedó sin aire. Se le notó cada palabra cruzándole la cara.

—Vicky…

—No. —Negó con la cabeza, ya sin gritar, que era peor—. No hay un después para lo nuestro. No lo hay. No me busques más.

Y salió. Mateo no la siguió. Se quedó en el cuartito de las facturas, con el olor dulzón de las flores colándose por debajo de la puerta, tratando de ordenar todo lo que acababan de echarle encima. No era fácil. Nada de aquello era fácil.

V icky llegó a la trastienda justo antes de que se le saltaran las lágrimas, y menos mal, porque se le saltaron todas de golpe.

Se metió entre los cubos de agua y los rollos de papel y lloró como no se permitía llorar desde hacía años, con la mano sobre la boca para que no la oyeran, el cuerpo entero temblando.

Del otro lado oyó a Cayetana acompañar a Mateo a la salida —“que vuelva cuando quiera, que aquí siempre hay flores”— con esa voz de azúcar que les ponía a los clientes.

Oyó la campanilla de la puerta. Y enseguida los pasos de Cayetana acercándose al mostrador, y su tono cambiando de azúcar a cuchillo:

—Xavi.

—¿Qué?

—Lo que ha pasado hoy aquí dentro no ha pasado. Como se te escape una sola palabra en ese grupo de WhatsApp tuyo, o donde sea, te pongo de patitas en la calle, y de paso llamo a tu madre y le cuento por qué. ¿Nos hemos entendido?

—Cayetana, por mi vida. —Xavi, solemnísimo—. Soy una tumba. Una tumba con candado y la llave perdida.

—Más te vale.

Y en la trastienda, entre el agua y el papel, Vicky se mordió el delantal para que el llanto no hiciera ruido.

D os días llevaba Mateo respetando el “no me busques más”. Dos días que se le estaban haciendo eternos: enterrado en trabajo para no pensar, durmiendo a ratos, comiendo de pie. Y como el universo tiene un cronómetro para estas cosas, la llamada le entró en el peor momento posible.

Sala de juntas de Antena 3. Seis ejecutivos al otro lado de la mesa, el director de contenidos en el centro, y en la pantalla el cartel de La Mesa del Rey con la fecha de estreno parpadeando como una cuenta regresiva.

Tres estrellas, cinco restaurantes y su cara dependían de que aquella reunión saliera redonda.

Un paso en falso y se jodía el lanzamiento del año.

Alfonsina, a su derecha, tomaba notas con la espalda recta y un ojo permanentemente puesto en él, porque llevaba días raro y a ella no se le escapaba una.

El teléfono vibró sobre la mesa. En la pantalla: Axel Sotomayor · Relaciones Públicas de Carrasco.

El relacionista del diputado, el que les estaba destrabando los permisos del local de San Sebastián gracias a la mano que el hermano de Carrasco tenía en el ayuntamiento.

Un favor de los que no se rechazan. Pero no era el momento, joder.

Mateo se lo pegó a la oreja sin apenas separarse de la mesa, la vista clavada en las cifras de audiencia.

—Sotomayor, ahora no puedo…

—Es por Vicky. —La voz al otro lado bajó un punto—. Soy amigo de Vicky.

A Mateo se le cayó el estómago a los zapatos. ¿El de los permisos? ¿Amigo de Vicky? ¿Pero qué cojones…? No tuvo ni medio segundo para encajarlo. Seis ejecutivos y Alfonsina lo miraban. Así que hizo lo único que se podía hacer: disimular.

—Sí, claro, Sotomayor. Los permisos. Dígame. —Voz de trámite, cara de reunión.

—Perdone que me meta en lo que quizá no debo.

—Axel hablaba despacio, solemne, como quien recita un testamento—.

Pero mi amiga últimamente anda muy confundida; no sabe lo que quiere ni mucho menos dónde tiene la cabeza.

Así que sería bueno que usted tuviera su número y haga lo que sabe que tiene que hacer.

—Correcto. —Seis pares de ojos sobre él. Este hombre. Amigo de Vicky. El puto mundo es un pañuelo.

—Vicky es una gran mujer que no ha tenido buena fortuna. Pero eso imagino que usted ya lo empieza a entender.

—Así es. Exacto. —La nuez le subió y le bajó. El director de contenidos arqueó una ceja.

—Una última cosa. —Axel bajó la voz hasta el filo del melodrama—. De esta conversación, ni una palabra a ella. Nunca. Y si se le ocurre faltar a su palabra, yo lo negaré.

—Entendido perfectamente. —Mateo se aclaró la garganta. Por dentro, terremoto de grado nueve; por fuera, un hombre cerrando un trámite municipal—. Mándeme usted el contacto por WhatsApp y lo reviso.

—¿El contacto de quién? —Axel, descolocado—. Don Mateo, le estoy hablando de Vi…

—Eso es. Lo de San Sebastián. Encantado, Sotomayor. Aquí a su orden.

Y colgó.

Alfonsina lo miró de reojo, una ceja a media asta, el radar zumbando. Pero Sotomayor era los permisos, y los permisos eran sagrados, así que volvió a sus notas. Casi.

—¿Avanza lo de San Sebastián? —murmuró.

—El papeleo. Ya sabes cómo es. —Mateo le sostuvo la cara de póker.

El teléfono vibró una vez más. Un contacto entrante. Lo abrió por debajo del borde de la mesa, con el disimulo de un adolescente, y se quedó sin aire.

Victoria de los Ángeles Ruiz Castellano.

Mateo bloqueó la pantalla. Levantó la cara. Y le sonrió al director de contenidos con la calma de un hombre que lo tiene todo bajo control.

—Perdonen la interrupción. Decíamos que, con el estreno a unos días, la promoción ya va a tope en todos los frentes…

Siguió la reunión entera así: hablando de audiencias, de franjas, de redes; asintiendo en los momentos justos, brillando incluso. Por dentro se derretía como mantequilla en sartén.

Esta noche , se dijo. La llamo esta noche.