Lo que pasa en Santorini Capítulo Diecinueve #3
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Capítulo Diecinueve #3

Pero era él. Madrid, que es enorme y que se la había tragado tres años enteros, había decidido de pronto encogerse hasta caber en un jardín de Boadilla un domingo por la mañana.

Bajó la cara a las peonías como si en el corazón de aquellos pétalos estuviera escondida la fórmula para desaparecer. No lo mires. Si no lo miras, no existe. Si no lo miras, no se va a dar cuenta de que estás aquí.

—Vicky.

La voz le llegó cerca y distinta, sin el filo de las órdenes, gastada de pronto, casi con miedo de romperse.

Levantó apenas los ojos y ahí estaba, con la chaquetilla blanca de chef y un paño todavía al hombro: la cara descompuesta, la boca entreabierta como si le hubieran quitado la frase de la lengua, los ojos llenos de algo que ella no pensaba nombrar ni bajo tortura.

Caminaba hacia ella despacio, midiendo cada paso, como quien se acerca a un pájaro para que no eche a volar, esperando una señal, una sola, de su parte.

Vicky volvió a las flores. Cortó un tallo que no hacía falta cortar.

—Vicky —repitió él.

—…

—Tú aquí —dijo, y en esas dos palabras cupo todo: el asombro, el reproche, las semanas, el mar.

—Hola, Mateo.

Seca. Plana. La voz de atender a un cliente que regatea. La voz más difícil de fingir de toda su vida, porque por debajo le hervía un coro entero gritando lo contrario.

—Vicky, te he estado buscando desde el día que llegué a Madrid. —Le costó arrancar, como si la frase pesara—. Puse un letrero en la Gran Vía.

—Lo vi. —Otro tallo. Las tijeras le temblaban; rezó para que él no lo notara.

—¿Y no se te ocurrió llamar?

Y ahí Vicky cometió el error de mirarlo de verdad.

Un segundo. El tiempo justo para que la coraza se le rajara por la mitad y se le subiera a la garganta todo lo que llevaba semanas tragándose —que sí, que se le había ocurrido, que se le había ocurrido mil veces, que tenía el número del letrero marcado y el dedo encima y no había sido capaz; que lo que no se le ocurría era cómo querer a un hombre casado sin volver a ser la idiota de siempre—, y abrió la boca para soltárselo—.

—Tenemos un problema con los tentempiés y el cóctel empieza en media hora.

Alfonsina. Moño apretado, traje sastre sin una arruga, tableta en mano, materializada entre ellos como la realidad misma, que siempre llega en el momento menos oportuno.

—Alfonsina, ahora no —dijo Mateo, sin apartar los ojos de Vicky.

—¿Y si no es ahora, cuándo? —Alfonsina siguió la línea de aquella mirada hasta la florista de las manos temblorosas, y algo se le encendió detrás de las gafas.

Lo entendió todo en medio segundo, porque Alfonsina entendía las cosas en medio segundo—.

Mal momento para tu encuentro de telenovela, chef.

Como sigamos haciendo esperar a la realeza, vamos a tener un problema cojonudo.

Mateo cerró los ojos un instante, como quien le pide paciencia a un santo que hace tiempo dejó de atenderlo.

—Me cago en la leche.

—Esa energía es la que se necesita, pero en la cocina.

Vicky no esperó a ver quién ganaba el pulso entre el amor y los tentempiés —porque la vida, al final, siempre es eso: elegir entre el amor y los tentempiés—.

Recogió las tijeras, el rollo de cinta y la poca entereza que le quedaba suelta, y empezó a retirarse entre los jarrones con el corazón golpeándole las costillas.

Pero Mateo, antes de dejarse arrastrar, hizo lo único que aún podía hacer. Le bajó los ojos al bordado sobre el pecho y lo leyó como se memoriza la matrícula de un coche que se aleja:

Floristería Bloomingdale.

Lo guardó. Vicky lo vio guardarlo, vio cómo aquellas dos palabras se le quedaban grabadas detrás de la mirada, y supo, con un escalofrío que no era del todo malo, lo que acababa de pasar. Mateo se dejó llevar por Alfonsina mirando hacia atrás hasta que la carpa se lo tragó.

Xavi apareció por fin, los auriculares colgándole del cuello, con esa puntería suya para llegar cuando ya no hace falta.

—Oye… ¿tú conoces al chef? —Entornó los ojos, y se le encendió la bombilla con el retraso de costumbre—. Espera. ¿Tú eres la Vicky que estaba buscando todo Madrid?

—Xavi —dijo ella, apretando el último arreglo contra el pecho como un escudo—, cierra el pico, que pones en juego tu descendencia. Vamos. Ya esto está.

Salieron por donde habían entrado: gravilla y cipreses, el portón, el guardia de seguridad que ni los miró.

Vicky se aferró al volante y no soltó el aire hasta que la furgoneta enfiló la carretera y El Encinar se hizo un punto en el retrovisor.

Le temblaban las manos en el volante. Le temblaba el labio.

Le temblaba, más adentro, una cosa que no pensaba confesarle ni a las peonías.

Había escapado.

(Después de semanas de intoxicarse de whisky para dormir, pagar un teléfono prepago y firmar una factura de más de ciento treinta mil euros, la vida —esa que te dije al principio que nos juega unas putadas— le traía a Vicky donde menos lo imaginó.

Decía mi bisabuela, vieja sabia, que la calabaza que está para uno, no hay ratón que se la coma).