Capítulo Diecinueve #2
Él lo llevó distinto, o a lo mejor solo lo escondió mejor.
Pasó noches enteras delante del ordenador, con la casa a oscuras y Daniela por fin dormida, leyendo todo lo que encontraba: foros, estudios, asociaciones, testimonios de padres que escribían a las tres de la mañana como él.
Muerto de miedo. No iba a mentirse a sí mismo: estuvo aterrado, de ese terror frío que no se cuenta en las cenas.
Pero en algún momento de alguna de aquellas noches tomó una decisión y no la soltó: viniera lo que viniera, lo iba a enfrentar.
Esa niña iba a tener un padre entero, no uno a medias asustado.
Y entonces nació.
Se la pusieron en los brazos en un paritorio de Madrid, una mañana de otoño, un peso mínimo y caliente que olía a algo que él no tenía con qué comparar, y todo lo demás —los foros, las probabilidades, el miedo de un año entero— se apagó de golpe, como cuando alguien por fin baja el volumen de una habitación que llevaba meses gritando.
La miró. Ella abrió un ojo, después el otro, con una calma que a él le pareció un milagro, y Mateo entendió, sin necesidad de pensarlo, que jamás en su vida había estado tan seguro de nada.
El amor le había ganado al miedo por goleada. Y no había vuelto a perder ese partido.
A Daniela el miedo la ingresó tres meses después de aquella mañana de otoño, y él no supo verlo hasta mucho después, porque estaba demasiado ocupado siendo feliz.
Y, sin embargo, había una segunda certeza que le quemaba por dentro desde Santorini, y esa no dependía solo de él.
En algún punto de aquella misma ciudad andaba una mujer cuyo nombre había mandado pintar en una fachada de Gran Vía —el ridículo más caro y más feliz de su vida—, y el teléfono de prepago no paraba de sonar: voces que juraban llamarse Vicky y no lo eran, periodistas, bromistas, alguna pobre desquiciada.
Y ni una sola vez, ni una, era ella. Había puesto Madrid del revés para encontrarla, y Madrid se la había tragado.
¿Dónde estás? A Gisela había podido cargarla en brazos el día que le ganó al miedo; esta otra certeza, de momento, solo sabía arderle en el alma.
—¡Papá, no remas! —Gisela le tiró agua, y el Retiro volvió.
—Perdón, jefa. Ya remo.
Remó. La llevó hasta la orilla de los patos y de vuelta, le compró un helado de fresa que terminó casi entero en la camiseta, le señaló los titiriteros y se sentaron en el suelo a ver una función de la que Gisela se rio más fuerte que ningún niño.
Mírala , pensó. Lo que más miedo nos dio resultó ser lo mejor que hemos hecho.
La gente que aún hablaba de su hija con la voz bajita, con esa pena prestada, no tenía ni idea. No habían visto esa risa.
Por eso, esa mañana, se había tragado la verdad en aquella sala. Por esto. No iba a convertir a Gisela en munición de un divorcio. No iba a hacerle eso a la niña que le había enseñado que el amor podía ser más grande que cualquier cosa que uno temiera.
Fue ella quien rompió la tarde, sin saberlo, con la naturalidad con la que los niños dicen las cosas que parten a los adultos por la mitad.
—Papá. —Lamía el helado, mirando el agua—. ¿Esta noche duermo en tu casa?
Mateo tardó un segundo de más en contestar. Un segundo entero.
—Esta noche no, mi vida. Pero falta poco.
—¿Cuántos días es poco?
—Pocos días. —Le limpió la fresa de la barbilla con el pulgar—. Los voy a contar contigo, ¿vale? Uno por uno.
Gisela asintió, satisfecha con eso, porque a los diez años “pocos” todavía es una promesa que se puede sostener con las dos manos. Volvió al helado. Para ella el problema estaba resuelto.
Para él, no. Porque “pocos” era exactamente lo que un juzgado le había concedido aquella mañana —días sueltos, tardes contadas, un calendario en lugar de una vida— y porque devolverla esa noche, dejarla en un portal que ya no era el suyo y verla entrar sin él, iba a doler igual que dolió la primera vez y que todas las veces.
La devolvió a las ocho, como decía el papel.
Pero no bajó Daniela. Bajó la niñera, Consuelo —uniforme, una prisa amable— a buscarla al portal, como quien recoge a la hora convenida un paquete que no puede esperar.
Ni siquiera baja a verla. Le dolió por Gisela mucho más que por él.
Se agachó, le dio a la niña el abrazo de los que aprietan, le dijo al oído que la quería hasta la luna y de vuelta, y la vio entrar de la mano de una mujer a la que pagaban por estar, mientras la madre no asomaba ni a la ventana.
Gisela se giró dos veces para decirle adiós con la mano llena de pegotes de helado.
Cuando la puerta se cerró, Mateo se quedó un momento más mirando el portal.
No estaba triste. Estaba seguro. Había ganado la batalla imposible once años atrás, en la oscuridad de un salón, con la única arma que le quedaba: decidir querer.
Esta otra, la de los abogados y los papeles, era más ruidosa, pero más pequeña.
B oadilla del Monte quedaba a media hora de Madrid y a un mundo entero de Pan Bendito.
La furgoneta de Bloomingdale subió un camino de gravilla entre cipreses que parecían puestos con escuadra. A media cuesta, un cartel con letras doradas anunciaba la entrada como quien no necesita levantar la voz.
—Finca El Encinar —leyó Xavi en voz alta, bajándose un auricular—. Madre mía con la fiestecita.
Porque eso era lo que Vicky tenía entre manos aquel domingo: veinte arreglos para el cumpleaños de doña Mencía de Borbón, prima del rey.
Cayetana no trabajaba los domingos —“ni por la realeza, niña; yo me divorcié tres veces justo para descansar los domingos”—, así que el encargo del año había caído en las manos de la boricua que tres años atrás todavía creía que Madrid era una idea bonita.
Un poco más adelante, un portón de hierro forjado y un guardia de seguridad que comprobó matrícula, orden de entrega y cara con la misma cortesía con que se revisa a quien no importa.
Vicky le entregó el papel con la mano más firme que pudo fingir, y el portón se abrió hacia dentro sin ruido, como si hasta las bisagras tuvieran modales.
Y entonces el jardín. Una carpa blanca grande.
Mantelería de hilo, cristalería que valía más que su sueldo, camareros de guantes blancos moviéndose como si flotaran.
Un cuarteto de cuerda afinaba en un rincón con gran solemnidad.
Todo era blanco —los manteles, las sillas, la carpa, las flores que faltaban por montar—, un blanco de fiesta cara que, a Vicky, sin pedirle permiso, le trajo otro blanco a la memoria: el de unas casas colgadas sobre un mar imposible.
Tuvo que tragar saliva y mandar el recuerdo a donde mandaba todos los recuerdos peligrosos: al fondo, con llave.
Se concentró en lo suyo. Lirios cala blancos, tiesos y elegantes como cuellos de cisne.
Rosas de jardín abiertas hasta el escándalo.
Peonías rosadas, pesadas, vulgares de tan bonitas, soltando ese perfume dulzón que se le metía a una por dentro.
Midió, cortó, montó; giró el jarrón, lo volvió a girar, buscó el ángulo en que veinte arreglos parecieran dignos de un apellido con escudo.
Xavi, los dos auriculares puestos otra vez, sostenía el rollo de cinta floral con la diligencia de un mueble bonito.
—Xavi, las peonías no se montan solas.
—Que sí, jefa, que ya voy.
No fue.
Y fue entonces, con las manos hundidas entre los pétalos y la cabeza por fin quieta, cuando lo oyó.
Venía de la zona de catering, por encima del tintineo de las copas y del violín que ensayaba: una voz que daba órdenes sin alzarse, acostumbrada a que el mundo obedezca.
—¿Y dónde está Manolo con la ensalada? Joder.
Vicky se quedó muy quieta.
Hay que decirlo despacio, porque importa: no fue miedo.
El miedo lo conocía bien; el miedo le erizaba la nuca y le decía corre.
Esto fue otra cosa. Fue un calor que le nació en el vientre y le subió por dentro hasta el pecho, una marea tibia que le secó la boca de golpe y le dejó las manos temblando sobre las flores.
Le escocieron los ojos sin que ella hubiera decidido llorar.
Le tembló el labio de abajo, ese que no había sabido controlar ni de niña.
El cuerpo entero lo reconoció —el cuerpo, que tiene memoria propia y ninguna vergüenza— antes de que la cabeza alcanzara a formar el nombre.
No. Aquí no. Él no. No puede ser él. Hoy no.