Lo que pasa en Santorini Capítulo Diecinueve
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Capítulo Diecinueve

L os pasillos de Plaza de Castilla olían a edificio antiguo y limpiador de suelo en medio de gente esperando lo peor.

Mateo llevaba quince años entrando en sitios donde lo recibían como a un rey —cocinas, platós, salones con tres estrellas colgadas de la puerta—, y aquella mañana, por primera vez en mucho tiempo, era un hombre más en una fila, con una carpeta bajo el brazo y un nudo que no se le iba ni con café.

Gonzalo caminaba a su lado como un perro que ha olido sangre.

—Tenemos a José Luis —dijo, sin molestarse en bajar la voz, ajustándose el gemelo—.

Dame tres semanas. Pongo el informe del detective encima de la mesa de la jueza y te acabo el caso antes de Navidad, con todo tu patrimonio intacto.

Esta no se queda con nada. Y de paso le borramos esa cara de mártir que va a poner ahí dentro.

—No.

—Mateo.

—He dicho que no. —Se detuvo en mitad del pasillo—. No voy a ganarme a mi hija contándole al mundo con quién se acostó su madre. El día que Gisela lea un periódico, no va a leer eso. De mí no lo va a leer.

Gonzalo lo miró como se mira a un cliente empeñado en perder.

—Eres de los pocos hombres de Madrid que entra en un divorcio con la mejor carta y la deja boca abajo encima de la mesa. —Suspiró, se abrochó la corbata—. Allá tú. Reviento a los abogaduchos sin hacerle daño a ella.

De eso no tenía ninguna duda , pensó Mateo. Para todo lo demás, Gonzalo era un hijo de puta. Lo había visto en acción durante una demanda que Mateo tuvo que interpuso por cobro de dinero hacía unos años.

La sala era pequeña, de luz blanca y mala, de esas que envejecen a todo el mundo diez años.

Daniela ya estaba dentro cuando entraron, sentada muy recta, flanqueada por dos letrados que Mateo conocía por su notoriedad: de los que cobran por hora lo que un cocinero por semana, de los que su suegro tenía como sus “matones”.

Don Ignacio no había venido . No hacía falta.

Estaba allí igual, en aquellos dos trajes oscuros, en el bufete que pagaba, en el aire de la sala.

El presidente de la Sala Primera no se presentaba a una vista de medidas provisionales como quien no quiere la cosa; mandaba a sus perros y se quedaba en casa.

Ella llevaba un traje sastre blanco. Givenchy —doce años casado le habían enseñado a reconocer de un vistazo la ropa que costaba como un coche—. Blanco. Cómo no. El color de la inocencia, puesto encima de la única persona de aquella sala que tenía algo que esconder.

Y, aun así —lo pensó igual— estaba guapa.

Siempre había estado guapa. Quince años atrás le bastaba verla cruzar un patio para perder el hilo de lo que estuviera diciendo, y el cuerpo, traidor, todavía guardaba memoria de aquello, aunque la cabeza ya no quisiera saber nada.

Daniela le sostuvo la mirada un segundo, lo midió de arriba abajo —el traje, la corbata, la calma— y torció apenas la boca. Soberbia hasta siendo culpable.

—En pie —dijo el secretario.

La jueza entró sin prisa, una mujer de unos cincuenta que no parecía tener tiempo para el teatro de nadie, y desde el primer minuto quedó claro que la sala era suya y de nadie más.

Empezaron ellos. Uno de los letrados de Daniela se levantó, se abrochó un botón y desplegó el retrato: el señor Rey de Francisco era un hombre admirable, sin duda, un chef de prestigio internacional, pero precisamente por eso un padre ausente; cinco restaurantes, un programa de televisión a punto de estrenarse, viajes, guardias hasta la madrugada.

Una niña con necesidades especiales —recalcó la palabra como quien deja caer una moneda— necesitaba estabilidad, rutina, una madre presente.

La señora Sáenz de Tejada llevaba años entregada a esa rutina.

Entregada. Mateo apretó los dientes y no dijo nada. Sabía quién llevaba a Gisela a la logopeda los martes. Sabía quién se aprendía los nombres de todos los terapeutas y quién no se sabía ni el horario. Pero callar también era pelear, y él había venido a pelear callando.

Entonces se levantó Gonzalo.

No subió la voz. No hizo aspavientos. Le hizo una sola pregunta al letrado, con esa amabilidad suya que era el filo de un cuchillo:

—Una curiosidad, letrado. Esa rutina admirable de la señora… ¿la ejecuta ella, o la ejecutan las dos personas de servicio que figuran en la nómina del domicilio? Porque tengo aquí los contratos. —Levantó un folio, sin enseñarlo del todo—. Si quiere, los leemos.

El letrado titubeó medio segundo. Medio segundo en una sala así es una eternidad.

—Mi… mi representada coordina personalmente…

—Coordina. —Gonzalo saboreó la palabra—.

Coordinar lo hace también el que organiza una boda.

Yo le preguntaba quién está. ¿Quién firmó el último informe del colegio?

¿Quién acudió a la última revisión médica?

Tengo las fechas, señoría, y tengo quién estaba en cada una.

—Se volvió hacia la jueza con una media sonrisa de hombre que no necesita ganar a gritos—. Lo sometemos por escrito.

El segundo letrado intervino para tapar al primero y se metió él solo en la siguiente trampa.

Gonzalo los fue llevando, uno y otro, de pregunta en pregunta, hasta el punto exacto en que los dos mejores abogados de Madrid empezaron a cuestionarse entre ellos, a mirarse, a buscar en sus carpetas algo que no estaba.

Trescientos euros la hora cada uno , pensó Mateo, y los tiene tartamudeando .

Y todo —esa fue la parte que le encogió algo por dentro— sin tocar a José Luis. Gonzalo no necesitó la bomba. Le bastó la verdad pequeña, la de los martes en la logopeda, para desmontar la grande.

Daniela dejó de sonreír. No mucho. Lo justo para que Mateo, que la había visto sonreír durante quince años, lo notara: aquel gesto mínimo de quien descubre, demasiado tarde, que el color blanco no la cubría tanto como pensaba.

Lo miró otra vez. Y esta vez no había soberbia.

Había, por un instante, la chica del patio.

Mateo le sostuvo la mirada y no sintió rabia, ni triunfo, ni nada que pudiera decirse en voz alta delante de una jueza.

Sintió, más que ninguna otra cosa, una pena enorme y vieja por los dos.

Mira en lo que nos hemos convertido. Mira lo que hay que pasar. Ella bajó los ojos primero.

Cuando le tocó a él, Mateo no habló de Daniela. No habló de televisión, ni de estrellas, ni de quién había roto qué. Habló de una sola persona.

—Yo no he venido a quitarle nada a nadie, señoría —dijo, con la voz tranquila de quien ha ensayado mil veces para no temblar—. He venido por mi hija. Pido custodia compartida. Pido estar. Lo demás me da igual.

La jueza lo miró por encima de las gafas un momento más largo de lo que miró a nadie aquella mañana.

No resolvió el fondo —no era el día, no era la vista—, pero dictó medidas provisionales. Y entre ellas, lo único que Mateo había ido a buscar: un régimen de relaciones paterno-filiales provisional. Días. Tardes. Un puente hasta la siguiente batalla.

No era ganar. En aquellos pasillos nadie ganaba. Pero era poder ir a buscar a Gisela el sábado y con eso le bastaba.

Gonzalo le puso una mano en el hombro al salir.

—Te lo dije. Sin la carta buena. —Y, más bajo, casi con cariño de perro fiero—: Pero como esa mujer se ponga digna otra vez, la saco. Tú avisa.

Mateo no contestó. Miró el sobre con las medidas dentro, el papel todavía caliente de la impresora del juzgado, y pensó que en algún lugar de Madrid una niña de diez años estaba dibujando un PAPÁ COSINA, con la S donde va la C…

, sin saber que su padre acababa de pelear media mañana, en silencio, por el derecho a recogerla el fin de semana.

(Quince años de conocerse. Doce de casados. Resumidos en una carpeta. Y lo más cruel, créeme, no es que el amor se acabe. Es sentarte enfrente de la persona por la que un día cruzaste un patio sin respirar, y darte cuenta de que ya solo se hablan por boca de otros) .

E l Retiro a media tarde era otro país. Hacía unos días Mateo había estado en una sala de luz fea peleando por su hija sin apenas poder nombrarla; ahora la tenía de la mano, tirando de él hacia el estanque, y el mundo había vuelto a tener color.

—¡La barca, papá! ¡La barca! —Gisela señalaba los botes de remos con esa manera suya de querer las cosas con todo el cuerpo, sin descuento, sin la prudencia que el resto del mundo aprende a base de golpes—. ¡La de rayas! ¡Esa!

—Esa, entonces.

No había en el mundo un “no” que Mateo pudiera sostenerle más de tres segundos, y los dos lo sabían.

Pagó, se subieron, y él remó hacia el centro del estanque mientras ella metía la mano en el agua y se reía de su propia mano, del frío, de los patos, de un señor que pasaba en otra barca con cara de funeral.

La risa de Gisela no se parecía a ninguna otra: empezaba en alguna parte honda y le salía por toda la cara, contagiosa, escandalosa, sin guardarse nada para después.

La miró reír con la cabeza echada hacia atrás y el sol pegándole en los ojos, y por un segundo Mateo no estuvo en el estanque del Retiro.

Estuvo once años atrás, en una consulta de paredes blancas, oyendo a una médica elegir las palabras con cuidado. Trisomía. Síndrome de Down. La médica hablaba de probabilidades, de pruebas, de opciones, y Mateo solo era capaz de mirar la mano de Daniela apretando la suya hasta hacerle daño.

Lo que vino después no se lo deseaba a nadie.

Daniela —veinticuatro años, una carrera por delante, un padre que lo medía todo en titulares— se vino abajo despacio, como se vienen abajo las casas que parecen firmes: primero una grieta, después el silencio, después meses sin levantar las persianas.

El miedo se le metió dentro y no encontró la salida.

Terminó en la consulta de un psicólogo dos veces por semana, y Mateo aprendió aquel año que se puede querer a alguien y verlo hundirse a la vez, y no poder hacer nada más que estar.