Lo que pasa en Santorini Capítulo Dieciocho #3
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Capítulo Dieciocho #3

Las letras se le habían metido en el pecho como un cristal. Del tres al diecisiete de agosto. Sus fechas. Las suyas, exactas, las que solo dos personas en el mundo conocían. Y su nombre, el suyo, en letras de cuatro metros, colgado encima de Madrid para que lo leyera media ciudad.

Mateo.

No había foto, no había firma, no hacía falta.

Le tembló todo. Le temblaron las manos sobre el volante, le tembló la mandíbula, le tembló hasta el pelo.

El semáforo se puso verde y ella no se movió. Detrás empezaron a pitar.

—Vicky. —Xavi ya no se reía—. Vicky, que es verde, tía.

—Conduce tú. —Le salió en un hilo—. No me siento bien.

—¿Qué?

—Que conduzcas tú, coño.

Vicky clavó el pie en el freno, tiró del freno de mano y, sin importarle los bocinazos que ya empezaban a multiplicarse detrás como una jauría, se soltó el cinturón. No había tiempo para bajarse a la calle a la altura de Zara; un municipal los vería en tres segundos.

—Pásate para acá. ¡Ya! —le ordenó, encogiéndose y a la vez que se trepaba por encima de la palanca de cambios hacia el asiento del copiloto.

Xavi, que por una vez en su vida no discutió, ni regateó, ni soltó una gracia, reaccionó con la agilidad de sus diecinueve años. Saltó entre los dos asientos delanteros, esquivando el freno de mano y metiendo sus largas piernas en el hueco del conductor casi a la vez que Vicky salía de él.

—¡Avanza! —gimió Vicky, hundiéndose en el asiento del copiloto y tapándose la cara con las manos temblorosas.

—Que voy, que voy.

Xavi agarró el volante, pisó el embrague a fondo y metió primera justo cuando un conductor les adelantaba por el carril del bus insultándoles a gritos por la ventanilla.

Con una seriedad nueva, rarísima en él, Xavi soltó el freno de mano y arrancó.

Condujo despacio, con los ojos fijos en el asfalto, concentrado en no dar frenazos para salvar el arreglo y, sobre todo, para no empeorar las cosas.

Condujo en silencio las tres manzanas que faltaban hasta el hotel.

Mientras Xavi bajaba el arreglo y se perdía en la recepción, Vicky se quedó en la acera, de espaldas a la furgoneta, y sacó el móvil del bolso con dedos que no le obedecían.

Cuarenta y una llamadas perdidas. Todas de Axel.

Marcó.

—¡¿DÓNDE COÑO ESTÁS?! —La voz de Axel le reventó en la oreja antes del primer tono completo—.

¡Llevo llamándote desde las siete de la mañana, Vicky!

¡Las SIETE! ¿Tú sabes lo que está pasando ahí fuera?

¡Está España entera buscándote! ¡Sales en la tele, hay un hashtag, hay una señora jurando que eres tú!

¡Ese hombre ha colgado la Gran Vía entera por ti, por Dios bendito!

—Lo sé. —Le salió muerto—. Acabo de verlo.

—¡Pues entonces llámalo! —Axel cambió de octava, ya en modo telenovela de sobremesa—.

Tienes el número. Lo marcas, le dices “aquí estoy”, y se acabó la novela.

Vicky, ese tío te está buscando, ha alquilado la fachada de un edificio .

¡Un edificio! ¿Tú sabes lo que cuesta? ¿Sabes la cantidad de mujeres que… ?

—No.

—¿Cómo que no?

—Que no, Axel. —Cerró los ojos en mitad de la acera—. No lo voy a llamar.

—Pero ¿por qué no, criatura?

—Porque no. —Y lo dijo de una manera que hasta Axel, que no se callaba ni debajo del agua, se quedó mudo un segundo entero—. Ya te dije mis razones.

—Vicky… —La voz se le ablandó de golpe—. Vicky, ¿estás bien?

Pero ella ya estaba colgando.

L legó a Pan Bendito de noche, con las piernas muertas y dos bolsas de plástico que le tiraban de los brazos.

Café del que le gustaba a Matilda, del molido, no del de cápsulas que “sabe a pilas”; pan de verdad de la panadería del barrio; huevos, jamón, un paquete de galletas María; dulce de membrillo; y un par de latas de las buenas, porque la nevera de aquella mujer llevaba semanas pareciendo un anuncio de la posguerra.

Matilda salió de la cocina secándose las manos en el delantal, con sus años de curiosidad eterna.

—¿Y todo eso?

—La compra. —Vicky empezó a sacar las cosas sobre la mesa sin mirarla, porque mirarla era perder—. Estaba la nevera vacía.

Y, sin hacer ruido, dejó junto al frutero unos billetes doblados en cuatro, con una nota encima. La nota decía, en la letra apretada de Vicky: “Para la casa. No es regalo ni es caridad, es que como por tres y se nota. Y no me discutas. — Vi.”

Matilda la vio. Claro que la vio. A esa mujer no se le escapaba ni el polvo de los rincones.

—Ni hablar. —Empujó los billetes de vuelta con dos dedos, como quien aparta algo sucio—. Tú en esta casa no pagas. Faltaría más.

—Matilda...

—Que no.

—Que sí. —Vicky se cruzó de brazos—. Mira, tú me recogiste sin conocerme, con un gato y una maleta y un lío tremendo. Eso no se paga, lo sé. Pero la luz se paga, y el pan se paga. Así que, o coges ese dinero, o mañana mismo me busco una pensión y te dejo aquí sola con tus geranios.

Hubo un duelo de miradas que duró lo que dura el orgullo de dos mujeres tercas, que es bastante.

Matilda fue la primera en parpadear. Cogió los billetes, despacio, los volvió a doblar con cuidado de monja, y —para horror y delicia de Vicky— se los metió por el escote, directos al sostén, esa caja fuerte de las abuelas que no ha fallado jamás en la historia de la humanidad.

—Está bien —concedió, dándose unos golpecitos en el pecho para que todo quedara en su sitio—. Pero con esto, el sábado, te preparo yo una comida que no vas a olvidar en tu vida. Cocido. Del de verdad, del de tres vuelcos. Vas a llorar.

—No, no, no. —Vicky negó con la cabeza, y le tembló algo en la voz que no había planeado que temblara—. Eso es para ti. Para tus cosas. Para lo que tú quieras, solo para ti .

La vieja la miró un largo segundo por encima de las gafas, con esa lectura que tienen las abuelas que han visto pasar de todo.

No dijo nada. Solo alargó la mano y le dio una palmadita en la mejilla, seca y tibia, y se metió en la cocina murmurando algo del cocido y de la gente que no se deja querer.

Vicky recogió las bolsas vacías y se volvió hacia el pasillo, a su cuarto, con su gato y el silencio que llevaba todo el día necesitando.

—Sí, ya sé. —La voz de Matilda la frenó en seco—. No han parado en todo el día. En la tele, en la radio. Buscándote.

Vicky se quedó quieta, de espaldas. No preguntó cómo lo sabía. Matilda lo sabía todo.

—¿Ya lo llamaste? Dicen que ese anuncio debe haber costado mucho dinero. Debe estar desesperado.

—No voy a llamarlo, Matilda. —Habló sin volverse—. Es un hombre casado, y yo esa línea no la cruzo.

—Las malas lenguas dicen que se está divorciando.

—Pues yo no pienso ser el último empujón. —Ahora sí se giró, y tenía los ojos rojos—. Y menos cuando hay una niña especial de por medio. Esa criatura no tiene la culpa de nada.

Matilda asintió despacio, sin discutir, sin una palabra. Y Vicky se fue a su cuarto y cerró la puerta con el cuidado de quien no quiere que se le oiga romperse.