Capítulo Dieciocho #2
A las ocho de la mañana ya era el tema del primer café.
En las barras se decidió, entre sorbo y sorbo, que aquello era (a) una campaña de un perfume, (b) el tráiler de una serie, (c) una app de citas, (d) una secta, o (e) teoría defendida con el dedo en alto por un señor en una cafetería de Malasaña: “una tapadera del Gobierno para distraernos de lo de verdad”.
Cada barra tenía su experto, y cada experto, su certeza absoluta.
A las nueve, #SeBuscaAVicky era trending topic nacional.
Para las diez había adelantado al fútbol, a la previsión de lluvia y a un concejal que dimitió esa misma mañana y pasó a la historia sin que nadie se enterara, el pobre.
Las redes echaban humo: hilos que reconstruían el caso como si fuera un crimen, mapas de Santorini, listados de vuelos de agosto, y la teoría —según el día y la cuenta— de que Vicky era una espía, una heredera, una novia fugada o una concursante de un reality que todavía no se había estrenado.
Y, cómo no, aparecieron las Vickys.
Medio Madrid descubrió esa mañana que conocía a una Vicky, que era una Vicky, o que estaba dispuesta a serlo con tal de salir en la tele.
Tres mujeres distintas dieron entrevistas jurando ser la Vicky; una de ellas no había salido de Carabanchel en su vida, pero argumentó, muy digna, que “Santorini suena a sitio donde una podría haber estado”.
El número de la valla —que alguien marcó por curiosidad, otro por negocio y otro por aburrimiento— no dejó de sonar en toda la mañana: cientos de llamadas, una pisándole los talones a la otra.
Vickys verdaderas, Vickys falsas, Vickys que ni se llamaban Vicky, pero por si las moscas.
Las cadenas montaron especiales en directo desde la Gran Vía.
Un reportero, micrófono en mano y la valla de fondo, frenaba a los transeúntes: “¿Es usted Vicky? ¿Conoce a alguna Vicky? ¿Qué cree que pasó en Santorini?”.
Una señora con el carrito de la compra le contestó que ella a Santorini no iba ni, aunque se lo regalaran, con la de playas que hay en España y lo que cuesta el avión.
Para el mediodía no quedaba en Madrid tertuliano sin teoría, y cada cual especuló lo que quiso.
Bonifacio del Olmo, experto en todo desde 1998, sentenció en el matinal de más audiencia, dedo en alto: “Esto, amigos míos, es ingeniería emocional. Detrás hay una empresa, y esa empresa nos está estudiando”. Nadie se atrevió a preguntarle estudiando para qué.
La influencer Yésica del Río subió un vídeo lagrimeando: “No soy yo… pero hubiese querido ser yo, y eso me ha removido por dentro un montón”. Tres marcas le escribieron en la primera hora.
Maribel Santoro, reina de la crónica rosa, abrió su programa prometiendo “la exclusiva del verano” y rellenó cuarenta minutos sin tener absolutamente nada, que para eso es una profesional.
Y, como era inevitable, la cosa llegó a la política.
En una rueda de prensa en Moncloa —convocada para hablar de algo muchísimo más serio y muchísimo más aburrido—, un periodista coló la pregunta: que si la dichosa valla de la Gran Vía era una campaña institucional del Gobierno.
El presidente Sánchez, que no tenía la más remota idea de qué le estaban hablando, hizo lo único sensato: sonrió, dijo que “se estudiará con el rigor que merece cualquier asunto de interés ciudadano” y no contestó nada.
La oposición, por si acaso, exigió que sí contestara.
La respuesta oficial llegó seis horas después en un comunicado de seis líneas que no decía absolutamente nada, redactado por alguien que cobra muy bien justo por eso.
Y mientras la ciudad entera gritaba, especulaba, llamaba y retransmitía, en una sola oficina de Madrid, en los altos de un distinguido restaurante, las únicas tres personas que sabían exactamente quién había puesto la valla, por qué, y a quién buscaba, no dijeron ni una palabra.
Ni una. El que tuvo la idea, el que la defendió como si fuera suya, y la que les había advertido a los dos de que esto pasaría exactamente así, contemplaban el teléfono de prepago sonar, y sonar, y sonar, con la cara de tres personas que ya no pueden bajarse del tren en marcha.
(Permíteme una precisión, que el detalle es lo mío.
De las —pongamos— seiscientas treinta y siete llamadas que entraron antes del mediodía, ni una sola fue de ella.
Normal: la única Vicky que importa en toda esta historia se pasó la mañana a tres calles de su propio nombre escrito en letras de cuatro metros, tratando de aprender la diferencia entre un ranúnculo y un clavel, o entre una monstera y un eucalipto azul.
Anótalo, que rara vez falla: cuando una ciudad entera se pone a buscar a alguien a voz en grito, la persona en cuestión casi siempre está más cerca, más tranquila y bastante peor peinada de lo que nadie imagina) .
E l reparto de la una de la tarde era grande.
Un arreglo de peonías, rosas de jardín, ranúnculos, ruscus italiano y eucalipto del tamaño de un niño de seis años, para la recepción de un hotel a unas calles.
Demasiado para ir andando, muy arriesgado para que una sola persona lo llevara en la furgoneta.
—Llévate al chico —dijo Cayetana, poniéndole las llaves en la palma con la naturalidad de quien no sabe lo que está poniendo en juego—. Y despacito, que ese arreglo vale más que tú y que yo juntas.
Vicky cerró la mano sobre las llaves y se le heló el estómago.
Conducir. Tres años en Madrid sin papeles, agachando la cabeza, haciéndose pequeña, invisible, ¿y ahora a meterse en el tráfico del centro en una furgoneta que no era suya, con un carné de otro país y de otra vida?
Si la paraba la policía, si le pedían algo, si miraban dos veces…
se jodía. Adiós floristería, adiós Matilda, adiós todo, en una sola pregunta mal contestada.
Pero necesitaba el trabajo así que tragó saliva y agarró las llaves.
El chico era Xavi: diecinueve años, el ayudante de Bloomingdale, todo extremidades demasiado largas y un móvil pegado a la cara como si fuera un órgano más.
Vago como pocos, encantador como pocos, con una labia que —intuía Vicky— le había sacado de mil líos en el colegio y le iba a sacar de mil más en la vida.
En semana y media de mandarlo a barrer, a cambiar el agua de los cubos y a no tocar las flores con esas manazas, el zángano se le había metido en el pecho sin pedir permiso, aunque la sacara de quicio. Un nene grande que se creía un hombre.
—Xavi. Atrás, con el arreglo. Y como se te caiga, te juro por mi madre que te dejo tirado en la M-30.
Xavi, que se había hecho el flojo hasta el último segundo, se subió a la parte de atrás arrastrando los pies y se acomodó contra la caja con el móvil ya encendido en la mano.
—¿Y por qué conduces tú? Yo tengo carné.
—Tú no tienes dos dedos de frente, mi amor. Aguanta eso bien y cállate.
Arrancó. Las manos se le pegaban al volante de sudor.
El centro de Madrid a la una de la tarde era un manicomio de motos, taxis y guiris cruzando por donde les daba la gana, y Vicky conducía como si llevara nitroglicerina detrás.
Cada vez que un coche patrulla se asomaba por el retrovisor se le subía el corazón a la garganta y el pie aflojaba solo.
—Coño, Xavi, aguántalo bien que se está moviendo —ladró hacia atrás, sin despegar los ojos del espejo.
—Que lo tengo, que lo tengo…
—No lo tienes un carajo. Mueve el culo y ponle la mano en la base como si fuera tu novia.
—Yo no tengo novia.
—Pues por eso. Así practicas.
Parados en un semáforo de la Gran Vía —Vicky con un ojo clavado en una pareja de municipales apoyados en las motos en la esquina de San Luis, mirando de reojo a los conductores con la libreta de multas en la mano—, Xavi se asomó entre los asientos, señaló por el parabrisas con toda la inocencia del mundo y soltó:
—Anda, mira. El cocinero ese de la tele, el de las tres estrellas. Mi madre lo va a ver. Está por todos lados últimamente.
Vicky no necesitó seguir el dedo. Sabía exactamente dónde estaba la valla. Llevaba semana y media sabiéndolo, esquivándola, bajando por esa esquina con los ojos en el suelo.
Y aun así miró.
Mateo. Su Mateo —no, el Mateo, el que nunca existió— sonriéndole a media ciudad con la chaqueta blanca impecable y las tres estrellas doradas junto a su nombre.
LA MESA DEL REY. El hombre que en Santorini le juró que jugaba en bolsa, que era un inversionista cualquiera, un tipo normal.
El que le había mentido con la misma boca con la que la besó hasta dejarla sin nombre.
—Sí —dijo Vicky, y la voz le salió rara, plana, de muy lejos—. Lo he visto.
El semáforo se puso verde. Detrás, alguien pitó. Vicky metió primera, parpadeó fuerte una sola vez y arrancó sin volver a mirar la valla, con el nudo entre las costillas apretándose tan fuerte que casi le dolía respirar. No delante del nene. No delante de nadie.
—¿Lo conoces o algo? —preguntó Xavi desde atrás, ya sujetando el arreglo de nuevo.
—¿Qué voy a conocer yo a un millonario, Xavi? Coño, agarra el arreglo.
La furgoneta avanzó otro tramo, parando y arrancando, parando y arrancando, y a la altura de Zara el atasco volvió a clavarlos en el sitio. Xavi, que ya se había olvidado del cocinero de la tele, se asomó otra vez entre los asientos.
—Hostia, ¿y esa? —Señaló con la barbilla otra valla, sin foto, sin nada: solo letras negras sobre fondo blanco—.
Esa no la había visto yo. ¿Esa qué anuncia?
—Entornó los ojos para leerla en voz alta, despacio, como un crío en el colegio —.
“Si estuviste en Santorini del tres al diecisiete de agosto y te llamas Vicky, llama a este número”.
—Soltó una risa—. ¿Pero esto qué es, una broma?
Oye… —Se volvió hacia ella, divertidísimo, sin malicia ninguna—. ¿Tú no te llamas Vicky?
Vicky no contestó. No podía.