Capítulo Dieciocho
E l despacho de Mateo, en la segunda planta de Ática, parecía la habitación de un secuestrado a las ocho de la mañana.
Cuatro tazas de café a medio terminar, el ordenador encendido desde la noche anterior, una camisa arrugada que no se había cambiado y Nico tirado en el sofá, los pies encima de la mesa baja, comiéndose unas croquetas frías directamente de la bandeja como si fueran palomitas.
Llevaban una semana así. Buscando. Tecleando nombres, ampliando fotos de desconocidas, descartando perfiles. Y nada. Vicky no existía en internet. Era como buscar a un fantasma con un nombre tan común que devolvía más miles de resultados y ninguno era ella.
Mateo dejó de dar vueltas. Se plantó en mitad del despacho. Y lo dijo en voz alta:
—Voy a poner un anuncio en la Gran Vía.
Nico levantó la vista de las croquetas.
—¿Un anuncio de qué?
—Un anuncio para encontrarla. Una valla encima del Zara. La más grande que haya. “Si estuviste en Santorini del tres al diecisiete de agosto y te llamas Vicky, llama a este número”.
Hubo un silencio de dos segundos. Mateo se preparó para que su hermano le dijera que estaba loco como una cabra.
Nico soltó la bandeja, se levantó del sofá de un salto y abrió los brazos como si acabara de presenciar un milagro.
—Hermano. —La voz le temblaba de emoción—. Es la mejor idea que has tenido en tu vida. Y mira que has tenido pocas.
—¿Tú crees?
—¿Que si creo? —Nico ya estaba caminando por el despacho, gesticulando—.
La ponemos en la Gran Vía, gigante, que se vea desde Cibeles.
No, espera. Dos. Una en la Gran Vía y otra en Callao, por si va andando por el otro lado.
Y otra en la Castellana, por si va en coche.
Y oye, ¿por qué no metemos un dron? Conozco a un tío que tiene drones.
Le ponemos un cartel al dron y lo paseamos por todo Madrid como el del Batman.
—Nico.
—¡Y se lo vendemos a Antena 3 como teaser del programa! “El chef que busca el amor”. Audiencia disparada. Matas dos pájaros de un...
La puerta se abrió.
Mateo no necesitó mirar el reloj: Alfonsina entraba todos los días a esa hora con una precisión que hacía sospechar que llevaba un reloj atómico cosido al pecho. Traje sastre gris, moño tan tirante que parecía dolerle, una carpeta bajo el brazo y un café en su mano derecha.
Se detuvo en el umbral. Miró las tazas, la bandeja de croquetas masacrada y a Nico con los brazos todavía en el aire. Miró a Mateo, sin afeitar, con la misma camisa del día anterior.
—Buenos días —dijo, despacio—. ¿Qué desastre están armando?
—¿Desastre? —preguntó Mateo con fingida inocencia.
—Mi hermano va a poner una valla en la Gran Vía, en el edificio de Zara, para encontrar a la boricua —dijo Nico, encantado de la vida—. Y yo digo que pongamos tres y un dron.
Alfonsina no se movió. Dejó su café sobre el escritorio y abrió la carpeta. Sacó un bolígrafo. Y habló con la calma profesional de quien redacta un informe de riesgos.
—A ver si lo he entendido. —Miró a Mateo—. Tu cara lleva colgada en la Gran Vía desde hace semana y media. Una valla enorme. Chaquetilla de chef blanca, tres estrellas, “La Mesa del Rey, estreno en septiembre”. ¿Sí?
—Sí.
—Y ahora quieres poner, al lado, otro anuncio.
Buscando a “una tal Vicky de Santorini”.
—Hizo una pausa milimétrica—. Tú sabes lo que tardan en las revistas en juntar esas dos vallas, ¿verdad?
Lo mismo que yo en deletrear es-cán-da-lo.
La “amante misteriosa” de la que ya hablan, confirmada por ti mismo, en letras de cuatro metros, encima del Zara.
La productora arde. Antena 3 te llama esa misma tarde para cancelar el estreno.
Y tu suegro abre las revistas de chisme y, aunque le perjudique, sonríe, porque le has hecho el trabajo gratis.
Silencio.
—Visto así —dijo Mateo.
—Visto así no. Es así. —Alfonsina cerró el bolígrafo con un clic—. Es la peor idea que he oído en tres años trabajando aquí. Y trabajo con él, que es un desastre dando ideas. —Señaló a Nico con la barbilla.
—Oye —protestó Nico—. Solo le he dicho que pongamos un dron como el del Batman.
—¿Un dron como el del Batman, Nicolás? Has dicho eso. En voz alta. Con la boca.
—Era un concepto, Alfonsina. Que tampoco hay que ponerse así, tía.
—Es un delito contra el espacio aéreo.
Mateo se pasó las manos por la cara. Empezaba a entender que necesitaba un árbitro, no dos asesores.
—¿Pueden los dos centrarse un segundo? —Los miró, suplicante—. No les estoy pidiendo permiso. Les estoy pidiendo ayuda. Es distinto.
—Yo te ayudo —saltó Nico—. Yo estoy contigo al cien por cien. Tú dices “valla”, yo digo “¿de qué tamaño?”.
—Tú estarías con él al cien por cien, aunque dijera “vamos a robar un banco” —replicó Alfonsina.
—Depende del banco.
—Nicolás.
—Era una broma, boquita de piñón.
—¡No me llames así!
—Te queda bien.
—Y a ti te queda bien la puerta. Está ahí.
Y por un segundo —medio segundo, en realidad—, mientras lo decía, a Alfonsina se le escapó algo en la comisura de los labios que no llegó a ser una sonrisa, pero que tampoco era del todo el ceño fruncido.
Lo cazó a tiempo. Volvió a la carpeta. Nico, en cambio, no lo cazó, y se quedó mirándola con cara de tonto medio segundo más de la cuenta.
Mateo lo vio todo. No tenía cabeza para eso ahora.
—La voy a poner —dijo en voz baja.
Los dos se giraron.
—¿Quéeee? —dijo Alfonsina—. ¿No me has escuchado bien?
—La voy a poner. —Mateo lo sabía. Sabía que era una locura, que era caro, que era infantil, que un hombre de treinta y cuatro años con cinco restaurantes y una hija no se gasta una fortuna en un cartel para encontrar a una mujer que conoció por dos semanas.
Lo sabía todo. Y le daba igual—. He probado lo razonable.
Lo razonable no la encuentra. Me queda lo otro.
Nico abrió la boca para celebrarlo. Mateo lo paró con la mano.
—Sin drones.
—Sin drones —concedió Nico, dolido.
Alfonsina lo miró un rato largo. Mateo conocía esa mirada: era la de alguien que ha decidido que, si su jefe va a saltar por un acantilado, al menos lo va a hacer con casco y arnés.
—Vale. —Suspiró por la nariz. Pasó una hoja de la carpeta y empezó a escribir, ya en modo operación—.
Pero lo hago yo y con mis condiciones. —Levantó un dedo y miró a Nico—.
Una valla. Una. Ni dos, ni cinco, ni un dron del Batman.
—Se detuvo—. Hay un problema: en Zara no se puede.
Ese edificio no admite ese tipo de publicidad, ni por dinero ni por milagro.
Nico chasqueó la lengua.
—Todo tiene un precio.
Alfonsina ni lo miró.
Silencio.
—Ahora bien. —Pasó una hoja—. El edificio contiguo está en reformas. Andamios, lona provisional, permisos más… flexibles. Con suficiente dinero, una agencia puede gestionar una lona temporal de gran formato. Una semana. Discreta en la contratación. Lo bastante grande para que la vea media ciudad.
Nico levantó la mano.
—¿Y si la ponemos ilegal de madrugada en Zara y que aguante hasta que la quiten? Rollo acción, adrenalina, persecución policial…
—Eso dura tres horas y termina con una multa que ni tú puedes convertir en chiste —cortó Alfonsina—. Y un titular aún peor.
Nico suspiró, derrotado.
—Madrid cada día es menos Gotham.
—Una semana —dijo Alfonsina, clavando la mirada en Mateo—.
Una lona. En el edificio en obras. Sin tu nombre, sin Ática.
Número prepago. Yo filtro las llamadas. Y si en siete días no aparece, se acabó la locura porque te van a llamar quinientas Vickys, cuatrocientas noventa falsas y media docena de chaladas.
Si en siete días no aparece, desistimos de esta locura y no quiero volver a oír la palabra “valla” en mi vida.
Si esto se filtra a la prensa, yo no he tenido nada que ver y tú te lo has buscado solito.
—Cerró el bolígrafo con un clic—. Ah, y ve preparándote, porque la facturación de siete días en la valla más cara de la Gran Vía da para abrir un bistró, ese que tienes planificado abrir en Andorra.
—Qué exagerada eres —murmuró Nico.
Alfonsina giró la cabeza muy despacio y le dedicó una mirada. Una sola. A Nico se le borró la sonrisa, cerró el pico y se hundió en el sofá metiendo el cuello entre los hombros, como una tortuga que se esconde en su caparazón para no ser agredida.
Alfonsina volvió a Mateo como si su hermano no existiera.
—¿Estamos?
—Estamos. —Mateo casi sonrió—. Gracias, Alfonsina.
—No me las des. Me las vas a deber. —Recogió la carpeta, el café, y se dirigió a la puerta. Antes de salir, sin volverse—: Y, Nicolás, recoge esa bandeja. Esto es un despacho, no las gradas del Metropolitano.
La puerta se cerró.
Nico se quedó mirándola marcharse con una sonrisa boba.
—Esa mujer está loquita por mí —dijo.
—Recoge la bandeja —dijo Mateo.
(Este mensaje léelo con voz de locutor que no respira: Y aquí lo tienen, señoras y señores: un hombre con tres estrellas Michelin, cinco restaurantes y un suegro en el Tribunal Supremo, a punto de fundirse una fortuna en la valla más cara de Madrid para encontrar a una mujer cuyo apellido ni siquiera conoce.
El amor, que le ha hecho cosas peores a gente mucho más lista.
Y lo más bonito del asunto es dónde va a ir la valla: en la Gran Vía.
Porque resulta que, a tres calles de la Gran Vía, hay una boricua con un cubo de agua sucia y una camisa azul que le queda grande, sacándole brillo a un escaparate, sin la más remota idea de que la Gran Vía está a punto de amanecer con su nombre en letras de cuatro metros.
¿Te imaginas cuánto amor cabe en una valla de ese tamaño?).
M adrid amaneció ese lunes con una invitación colgada sobre la Gran Vía del tamaño de un edificio de casi cinco pisos:
SI ESTUVISTE EN SANTORINI DEL 3 AL 17 DE AGOSTO Y TE LLAMAS VICKY, LLAMA A ESTE NÚMERO.
Sin firma. Sin logo. Sin marca, sin web, sin letra pequeña. Solo la pregunta, un número de teléfono y catorce metros de fondo blanco mirando a la ciudad.
Y a Madrid no hay que darle más que eso. Una pregunta sin dueño y un lunes por delante.