Lo que pasa en Santorini Capítulo Diecisiete #4
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Capítulo Diecisiete #4

—Esto es amor —le dijo Nico a Mateo, con la boca llena, señalando a su madre—. Esto. Apréndelo.

Y por una vez, en mitad de aquel desastre, Mateo pensó que su hermano tenía toda la razón del mundo.

E l mensaje llegó por WhatsApp una noche a mitad de la semana, escueto y sin saludo: “Mañana a las ocho. Bar del Ritz. Conviene que hablemos”.

Don Ignacio Sáenz de Tejada no preguntaba si a uno le venía bien.

Los hombres como él no preguntaban: convocaban, y el resto del mundo reorganizaba su agenda.

El bar del Ritz a las ocho de la noche era penumbra dorada, terciopelo y un pianista tocando algo discreto para nadie.

Olía a dinero viejo y a flores caras. Mateo, que se había pasado quince años construyendo restaurantes para gente que olía así, lo reconoció enseguida: era el perfume del poder que no necesita demostrarse.

Don Ignacio ya estaba sentado en la mejor mesa, la del rincón, de espaldas a la pared, desde donde se ve entrar a todo el mundo y nadie te ve a ti. Una copa de vino blanco delante de él.

Setenta años llevados con la serenidad del que nunca ha pasado frío.

Traje gris marengo de los que no gritan lo que cuestan, un sello de oro en el meñique, gafas de montura finísima y el pelo blanco peinado hacia atrás con una raya que parecía trazada con regla.

La calma absoluta de quien jamás ha tenido que repetir una orden.

—Mateo. —No se levantó. Señaló la silla de enfrente con la mano—. Siéntate. Te he pedido un Macallan. Sé que te gusta.

—Don Ignacio. —Mateo se sentó. No tocó el vaso.

—Tienes mala cara. —El viejo lo estudió por encima de las gafas—. Aunque, dadas las circunstancias, es comprensible.

—¿Para qué quería verme?

—Directo. Bien. —Don Ignacio sonrió, y la sonrisa no le llegó a los ojos—.

Me gusta la gente que no me hace perder el tiempo.

Es la única cosa que el dinero no compra.

—Hizo girar la copa por el tallo, despacio—.

Gisela me preguntó ayer por ti. Por qué papá no duerme en casa.

Diez años, ya ves, y entiende más de lo que creemos.

Esa niña es lo único bueno que ha salido de todo esto, y no me gustaría verla en medio de un circo.

Ahí viene. Mateo había visto a este hombre operar en cenas, en bodas, en funerales. Conocía esa manera de empezar siempre por la criatura, por lo tierno, por lo que no se puede discutir, para que cuando llegara el cuchillo ya no supieras de dónde había salido.

—En eso estamos de acuerdo —dijo Mateo—. No quiero a Gisela en ningún circo.

—Estupendo. Entonces nos entenderemos. —Don Ignacio se inclinó un milímetro—.

Estas cosas, Mateo, se arreglan entre personas civilizadas.

Sin ruido. Un divorcio de mutuo acuerdo, discreto.

Daniela conserva la custodia de la niña, tú un régimen de visitas razonable, y cada uno sigue con su vida.

Es lo único que pido. Por el bien de todos.

—Por el bien de su apellido, querrá decir.

Un silencio. El pianista cambió de canción.

—No te confundas conmigo. —La voz seguía siendo suave, pero algo se le había enfriado debajo—.

Yo presido la Sala Primera del Tribunal Supremo.

¿Sabes lo que significa eso? Que mi nombre no puede aparecer en algunas páginas.

Y mira por dónde, ya ha aparecido. —Sacó el móvil, lo dejó boca arriba sobre el mantel sin encenderlo, como una carta sobre la mesa—.

El escándalo ya salió en la prensa, hijo.

Fotos tuyas del verano, una mujer morena, misteriosa, dos semanas fuera.

“El chef de las tres estrellas y su amor secreto”.

Lo han publicado dos revistas y un programa de la tarde.

¿Tú sabes el daño que eso le hace a una familia como la mía?

Se detuvo.

—Y lo más sencillo, créeme, es que la versión que ya corre se quede como está.

—Don Ignacio abrió las manos, magnánimo—.

Que fuiste tú. Que hubo una mujer en Grecia, una calentura de verano.

Estas cosas se perdonan. Eres un hombre, por Dios.

¿A quién le extraña que un tipo con tu éxito tenga un desliz?

Lo asumes, agachas la cabeza una temporada, firmas, y en un mes nadie se acuerda.

Mi hija queda en su sitio y tú sigues con tus estrellas y tu aventura con quien sea esa mujer. Todos contentos.

Y por un instante Mateo casi se río, de pura incredulidad.

El hombre le estaba pidiendo que se declarara culpable de la traición que le habían hecho a él.

Y lo decía como quien ofrece un favor, con la tranquilidad de quien da por sentado que un hombre con éxito tiene sus deslices y que eso, total, se perdona.

La otra posibilidad ni se le pasaba por la cabeza, la de verdad.

En su mundo, las mujeres como Daniela no engañaban; los hombres como Mateo, sí.

—No pienso ponerme delante de nadie a admitir una infidelidad que no cometí.

—Mateo no levantó la voz—. Y quiero la custodia compartida de Gisela.

Compartida, no las visitas que Daniela tenga a bien concederme cuando le convenga.

—Lo miró sin parpadear—. Eso no está en negociación.

Ni por su apellido ni por la portada del ¡Hola!

Don Ignacio lo miró un largo rato. Luego se quitó las gafas, despacio, y las dobló sobre el mantel. Cuando volvió a hablar, había dejado de fingir.

—Madrid es más pequeño de lo que parece, Mateo.

El mundo judicial, sobre todo. Un procedimiento puede resolverse en seis meses o eternizarse tres años.

Un juez de primera instancia puede tener un buen día o acordarse de pronto de algún favor pendiente.

—Bebió un sorbo de vino—. Y un restaurante, un programa de televisión que estrena en septiembre, una reputación que has tardado quince años en levantar…

todo eso es más frágil de lo que la gente cree.

Bastaría un titular. Una inspección a destiempo.

Una mala racha de críticas. —Volvió a sonreír—.

No te estoy amenazando. Solo te describo cómo está el panorama.

—Lo he entendido perfectamente.

—Eso espero. Porque, además, no te conviene que esto vaya a juicio.

—Se reclinó—. Con lo que ya ha salido en la prensa, imagínate la escena delante de un juez: el chef famoso que se largó a una isla griega con una desconocida mientras su hija lo esperaba en casa.

No me hace falta dibujártelo. No tendrías nada que hacer.

Y ahí, por primera vez en toda la conversación, Mateo sintió que tenía algo en la mano. Porque el viejo hablaba desde una certeza falsa. Creía conocer la historia entera y no conocía ni la mitad.

—Su hija puede explicarle mejor que nadie los motivos de la separación —dijo Mateo.

Don Ignacio entornó los ojos.

—¿Qué insinúas?

—No insinúo nada. Daniela sabe lo que hizo.

—Daniela dice que tienes una amante y que te fuiste dos semanas con esa mujer.

Mateo sonrió. La primera sonrisa de verdad de toda la noche.

—Le tocará a usted averiguar la verdad.

Dejó que la frase se asentara. Vio, durante medio segundo, una grieta minúscula en la calma del viejo: la duda. La idea, nueva y horrible, de que quizá no conocía a su propia hija tan bien como creía. Mateo no pensaba darle más. Que tirara él del hilo. Que lo deshiciera con sus propias manos.

Se puso de pie. Sacó la cartera, dejó unos billetes sobre el mantel, junto al Macallan que no había tocado.

—La copa la pago yo. No quiero deberle nada.

Y salió del bar del Ritz sin mirar atrás, con la espalda recta y el paso firme, como un hombre que lo tiene todo bajo control.

Lo tuvo bajo control exactamente hasta que llegó al aparcamiento.

Se metió en el Porsche, cerró la puerta, y en el silencio acolchado del coche —cuero, madera, el mundo entero amortiguado al otro lado del cristal— la calma que había sostenido durante cuarenta minutos se le rompió de golpe.

Golpeó el volante con la palma abierta. Una vez. Dos.

—Joder. —La voz le salió ronca—. Hijo de puta.

Se quedó así un momento, las dos manos agarradas al volante, la frente casi tocándolo, respirando. Pensando en Gisela. En lo que aquel hombre podía hacerle. En que el único modo de ganar esa guerra era una verdad que él había jurado no usar para no destrozar a la madre de su hija.