Lo que pasa en Santorini Capítulo Diecisiete #3
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Capítulo Diecisiete #3

En el silencio que vino después —la tele lejana, el ronroneo del gato, su propia respiración demasiado rápida— la verdad se le coló por debajo de la puerta igual que la luz del salón.

Estaba sola. Sin papeles. En una cama que no era suya, en un país que no se la estaba poniendo fácil, con menos de doscientos euros y un hombre peligroso que sabía exactamente en qué cuarto dormía.

Abrazó a Sardina más fuerte de lo que el gato habría permitido despierto. El animal protestó con un maullido de fastidio, se reacomodó y siguió durmiendo.

Esa noche no durmió tan rápido.

E l piso de su madre estaba en Chamberí, en una de esas calles con árboles viejos y porteros que saludan por el apellido.

Mateo se lo había comprado cuando Ática consiguió la segunda estrella; ella había protestado tres semanas seguidas —que para qué, que ella estaba bien donde estaba, que el dinero se gasta mejor en otras cosas— y después lo había llenado de lienzos hasta convertir el salón en un estudio.

Olía, como siempre, a trementina y a eucalipto fresco con lavanda.

Nico ya estaba allí. Cómo no. Despatarrado en el sofá, las piernas cruzadas sobre la mesa de centro de cristal —la buena, la que su madre había heredado de la abuela Pilar—, una cerveza en la mano y los ojos clavados en el partido del Atleti. Ni se molestó en levantarse.

—Hermano —saludó Nico.

Mateo miró las suelas de las botas de su hermano sobre el cristal y algo muy antiguo se le tensó en el pecho.

A él, a los ocho años, su madre le había dado un grito que todavía recordaba por dejar un vaso de agua sin posavasos en esa misma mesa.

A Nico le servía las cervezas y le retiraba los pies con una caricia, como si fuera un gato al que no se le riñe porque total para qué si lo va a volver hacer.

(Mírate, Mateo. Treinta y cuatro años, tres estrellas Michelin y todavía te duele que a tu hermano le dejen los pies donde a ti te costaban un grito.

Es ley de madre y no la vas a cambiar: al formal lo quieren; al golfo lo quieren y encima lo perdonan.

El que sostiene la casa nunca es el que recibe la manta.

Pero tú sigue sosteniendo, anda, que alguien tiene que sostener).

—¿No hay nadie en esta casa que cocine? —dijo Mateo, dejando la cazadora en una silla—. ¿O llevan dos horas mirándose las caras con hambre?

—Te estábamos esperando a ti —respondió su madre desde la puerta de la cocina, secándose las manos en el delantal—. Para qué voy a cocinar yo teniendo un hijo con estrellas Michelin.

—Ese de ahí también es tu hijo. —Mateo señaló el sofá con la barbilla.

—Ese no distingue una cebolla de una pelota de golf.

—Te oigo —dijo Nico, sin apartar la vista del partido.

—Es que quería que me oyeras.

Mateo se metió en la cocina. Pequeña, de azulejo antiguo, sin un solo cuchillo decente y con una sartén que pesaba lo que un coche.

Abrió la nevera, hizo inventario en tres segundos —huevos, unos pimientos, chorizo del bueno— y empezó.

No era la carta de Ática. Era mejor porque aquí no tenía que demostrarle nada a ningún crítico.

Solo darle de comer a su madre y a su hermano.

Ella se quedó rondándolo, claro. Corrigiéndolo.

Que si poco aceite, que si esos pimientos los cortaba ella más finos, que si su abuela les echaba un diente de ajo.

El chef con tres estrellas Michelin asintiendo a todo como un aprendiz en su primer día, porque a una madre no se le discute en su cocina, aunque te paguen por discutir en cinco.

Porque no importa que hayas trabajado en Mugaritz o que hayas sido pupilo de Martín Berasategui en Lasarte-Oria, una madre tiene una sabiduría ancestral para la cocina que no admite discusión.

Cuando todo estuvo listo, comieron en la mesa pequeña, los tres apretados, con el partido todavía sonando bajito en el salón y Nico levantándose cada dos minutos a gritarle al árbitro algo sobre su familia.

—Siéntate, Nicolás, que la comida se enfría —dijo su madre.

—Es que ese hombre está ciego, mamá. ¿No ves?

—Pues mira, igual que tú con la vida. —Le dio un golpecito con la cuchara en la mano cuando fue a robar de la fuente antes de tiempo—.

Treinta y dos años. Treinta y dos. Con la moto, los conciertos y las niñas esas que cambias como de camiseta.

¿Cuándo vas a sentar la cabeza, hijo? Que yo a tu edad ya los tenía a ustedes dos dando guerra.

Ya Mateo tenía once años y tú nueve. Dos hombrecitos.

—Y mira qué bien te salió el experimento —dijo Nico, abriendo los brazos—. Uno con estrellas y otro guapísimo. Doña Gladys, usted es una mujer muy afortunada.

—El guapo eres tú, supongo —dijo Gladys ocultando una sonrisa.

—Mamá, por favor. No me hagas elegir entre la verdad y tus sentimientos.

Mateo se rio a su pesar. Era imposible no hacerlo. Nico era un desastre con patas, pero era el único que conseguía descongelarlo cuando todo se le había helado por dentro.

Y, envalentonado, su hermano tiró de la cuerda.

—Además, mamá, no me des la lata a mí. —Apuntó a Mateo con el tenedor—. El que volvió rarísimo de vacaciones es este. Dos semanas en Santorini y mírale la cara: moreno, ojeras y suspirando por los rincones como un crío. Algo se trajo de Grecia, y no fueron precisamente imanes de nevera.

Mateo le sostuvo la mirada por encima de la fuente. Ni se te ocurra.

Nico levantó las manos, la viva estampa de la inocencia, y se metió media tostada en la boca. Su madre no dijo nada, pero Mateo notó cómo los ojos de ella iban de uno a otro, despacio, archivando, y supo que esa mujer acababa de guardarse una pregunta para después.

Lo que su madre no preguntó —y eso fue lo más notable— fue por qué Daniela ni Gisela estaban allí. No preguntó por qué venía solo. No preguntó por qué tenía esa cara. Una madre que no pregunta es una madre que ya sabe la respuesta y te está dando tiempo para que se la cuentes tú.

Levantaron la mesa. Nico se escabulló al balcón con la excusa de una llamada y volvió oliendo a lo que no era tabaco; su madre lo siguió con la mirada, suspiró por la nariz y no dijo nada. Era un pacto viejo entre ellos dos, de esos que no necesitan renovarse.

Mateo se quedó fregando. Su madre, al lado, secando.

—Nos separamos —dijo él, con las manos metidas en el agua, mirando un plato como si fuera lo más interesante del mundo—. Va en serio esta vez. Ya hablé con el abogado.

Su madre no soltó el plato que tenía en las manos. No se llevó la mano al pecho. No hizo ninguna de las cosas que él se había temido en el coche.

—Ya —dijo, despacio. Y luego, más bajo—: ¿Y la niña?

Ahí. Directo a Gisela. Como si el resto fuera ruido y solo eso importara.

—Custodia compartida. Estoy peleándolo.

Su madre asintió, secando un plato que ya estaba seco hacía rato.

Y Mateo, mirándola de reojo —el pelo oscuro que se teñía ella misma para ganarle a la realidad de que ya tenía cincuenta y cinco años, las manos pequeñas y fuertes manchadas siempre de algún color—, recordó por qué su madre era la última persona del mundo que iba a venirse abajo por un divorcio.

Recordó a su padre. Las maletas en el pasillo cuando él tenía doce años y Nico diez, y a su madre explicándoles con una calma terrible que papá y ella querían cosas distintas, que eso a veces pasaba, que no era culpa de nadie.

Los años de los tres solos, el olor a trementina sustituyendo poco a poco al de la colonia de su padre.

Y recordó, sobre todo, lo que vino después: la llamada, el cáncer, y a su madre —divorciada, libre, sin ninguna obligación ni terrenal ni divina— montando una cama en el cuarto del fondo y metiendo en su casa al hombre que la había dejado, al que había tenido otras mujeres, al que ya no era nada suyo en los papeles.

Lo cuidó nueve meses. Lo lavó, le dio de comer, le aguantó el mal humor de los moribundos.

Y aquel hombre se murió en sus brazos una madrugada de febrero jurando, con el último aire, que ella había sido la única mujer a la que de verdad había querido.

Mateo tenía veintinueve años entonces. Nunca le había preguntado a su madre por qué lo hizo. No hacía falta. Lo había visto.

Una mujer que es capaz de eso no se asusta de un divorcio porque entiende del amor cosas que no caben en una conversación.

—¿Te ha hecho daño? —preguntó ella de pronto, sin mirarlo, frotando una olla que no lo necesitaba.

—Da igual ya.

—No da igual. —Pausa—. Pero respeto que no quieras contármelo.

Frotó la olla un poco más. Y entonces, en voz tan baja que Mateo casi no la oyó por encima del grifo, sin volverse, sin dramatismo, como quien comenta el tiempo:

—¿Y a mi hermana? La voy a tener que mirar a la cara en Navidad como si no pasara nada.

Mateo se quedó muy quieto, con las manos en el agua tibia.

No había dicho un nombre. No había dicho nada. Y lo había dicho todo.

Él no contestó. Ella no insistió. Siguió frotando la olla, y por la línea de su mandíbula —esa que él había heredado y Nico también— Mateo entendió que su madre ya había hecho el cálculo entero ella sola, en alguna noche de insomnio, y que iba a cargar con ese saber callada el tiempo que hiciera falta, porque la herida no era solo de su hijo. Era de su sangre.

Le puso una mano mojada en el brazo. No dijo lo siento , ni ya verás como todo se arregla , ni ninguna de las mentiras amables que se dicen en estos casos. Solo apretó. Una vez. Fuerte.

Fue entonces cuando Nico entró a la cocina con los ojos un poco rojos y una sonrisa de domingo eterno.

—Madre mía, pero qué velorio. —Se coló entre los dos, abrió la nevera y habló con medio cuerpo metido dentro—.

¿Esto es por el divorcio o porque mamá te ha vuelto a corregir el sofrito?

Porque, mira, por las dos cosas se llora igual.

—Sacó un trozo de tortilla con los dedos—.

¿No hay postre en esta casa o también lo tengo que traer yo?

Su madre le dio con el trapo en el trasero.

—Que la tortilla te la comes con tenedor, animal.