Lo que pasa en Santorini Capítulo Diecisiete #2
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Capítulo Diecisiete #2

—Pues espero que no la encuentres hasta después del divorcio para que no me jodas el proceso metiendo otro frente. Y no hagas locuras que le den comida a la prensa, por favor.

Cogió de nuevo el bolígrafo. Apuntó algo en el margen del expediente.

—Ahora hablemos del recurso.

Mateo asintió.

V icky iba agarrada a la barra con las dos manos, como si el vagón del metro fuera a frenar de golpe y a tirarle encima toda la mala suerte que cargaba en pleno verano. Matilda, a su lado, leía los anuncios del techo con la calma de quien ya ha enterrado a un marido y a media vecindad.

—No pongas esa cara de velorio —dijo la vieja sin mirarla—. Que vas a pedir trabajo, no a confesarte.

—Es que... lo de los papeles, Matilda. Si la señora se mete en un lío por mi culpa...

—A Cayetana no le va a pasar nada. —Por fin la miró, por encima de las gafas—. Esa mujer es más astuta que cualquiera. ¿Crees que eres la primera que contrata bajo esas condiciones?

Matilda bufó.

La floristería estaba en una calle estrecha que moría en Gran Vía, encajada entre una mercería y un portal con solera.

BLOOMINGDALE, en letras doradas un poco desgastadas sobre el cristal, y debajo, en cursiva: “Flores desde 1985. Calidad y servicio de primera”.

Más de cuarenta años surtiendo de flores lo mismo a una boda en una finca de las que salen en las revistas que al entierro de un vecino del barrio.

Cuando entraron el olor le llegó antes que la imagen: un golpe de rosa, eucalipto y agua fresca que la hizo respirar hondo por primera vez en todo el día.

Y entonces salió Cayetana Ramírez.

Setenta y tres años llevados como una bandera. El pelo blanco, cortísimo, peinado con una precisión que no admitía discusión. Un collar de perlas de tres vueltas, una blusa color crema y una sonrisa que se le encendió entera al ver quién cruzaba la puerta.

—¡Matilda! —Le tomó las dos manos—. Mira tú, bajando del cielo de Carabanchel para visitarme.

—Vengo por necesidad, no por gusto —respondió Matilda, dejándose abrazar con la rigidez de un poste—. Que sabes que esta no es mi ruta.

Cayetana soltó una carcajada limpia. Después se giró hacia Vicky y la repasó de arriba abajo, sin disimulo, pero sin malicia, como quien sabe distinguir una flor buena de una que solo aguanta dos días en el jarrón.

—Así que tú eres la boricua.

—Victoria. Vicky. —Le tendió la mano—. Mucho gusto, señora.

—Cayetana. La señora era mi suegra, que en gloria esté, y que se quede allá. —Le estrechó la mano con firmeza—. Matilda me lo ha contado todo, querida. Todo. —Un silencio breve, cargado—. Y lo de los papeles también.

A Vicky se le bajó el estómago a los pies.

—Señora, yo no quiero...

—Lo que tú quieras me lo dices trabajando. —Cayetana levantó una mano—. Aquí han pasado por esa puerta muchas mujeres que llegaron a Madrid sin nada más que las ganas. Yo fui una de ellas. —Miró a Matilda de reojo—. Las dos lo fuimos. ¿Verdad, Mati?

Matilda asintió. Estaba recorriendo la floristería.

—Así que vamos a lo práctico que no tenemos tiempo que perder —resolvió Cayetana.

Le tendió las condiciones como quien tiende un ramo: de martes a sábado, de ocho a seis. Y cuando hubiera evento, boda o gala, Vicky se quedaría hasta que la última flor estuviera en su sitio. El pago mínimo, en mano, todos los sábados, en efectivo.

—Aquí se empieza por abajo, que es donde se aprende —añadió—. Barrer, cambiar el agua de los cubos, mantener limpios los cristales. Las flores vienen después, cuando te las ganes. ¿Te parece bien?

—Está perfecto —dijo Vicky, y lo dijo en serio, sonriendo.

Cayetana le devolvió la sonrisa. Sacó de detrás del mostrador una camisa doblada, azul, con el logotipo de la tienda bordado en el pecho.

—Tu talla, calculo. Póntela. A partir de ahora eres la cara de Bloomingdale y la cara de Bloomingdale no anda con una blusa cualquiera.

—Bueno —cortó Matilda—. Yo me vuelvo, que a esta hora ponen mi programa y no me lo pierdo por nada. —Señaló a Vicky con el dedo—. Tú pórtate bien.

Vicky asintió con una sonrisa.

—Me la cuidas —le dijo a Cayetana.

—Por supuesto. Cuenta con ello.

Y se fue, con su paso corto y su autoridad de general, dejando a Vicky con la sensación rarísima de que el suelo, por fin, no se movía.

Media hora después, Vicky estaba en la acera, con un cubo de agua y jabón a los pies y el limpiacristales en la mano, sacándole brillo al escaparate.

La camisa azul le quedaba un poco grande.

No le importó. Dentro, Cayetana tarareaba algo mientras armaba un arreglo de peonías que iba directo a la esposa de un médico que cumplía años, y por la calle estrecha entraba un sol tibio que olía a pan de la panadería de enfrente.

Pasó un tipo. Bajó el ritmo. La miró de arriba abajo con esa cara de los que se creen un regalo.

—Madre mía, morena. Con lo buena que estás y tú aquí frotando cristales. Anda, ven a frotarme a mí.

Vicky se giró despacio. No dijo una palabra, solo le clavó una mirada de las que se aprenden en Bayamón, de esas capaces de cuajar la leche, bajarle la fiebre a un enfermo y dejarle a aquel tipo el ego del tamaño de un garbanzo.

El cretino abrió la boca, no le salió nada, masculló un “qué carácter” y aceleró el paso como si de pronto tuviera mucha prisa.

Idiota , pensó.

Vicky pasó el trapo una vez más. El escaparate le devolvió su reflejo, limpio, nítido, con la camisa azul un poco grande y el barrio entero detrás.

Por primera vez en mucho tiempo, se sonrió a sí misma.

L a tele de Matilda llegaba amortiguada desde el salón: un murmullo de concurso nocturno, aplausos enlatados y la voz de un presentador que vendía lavadoras como si fueran milagros.

En su habitación, a oscuras, Vicky estaba tumbada bocarriba con Sardina enroscado contra su cadera y el móvil encendido a un palmo de la cara, única luz en todo el cuarto.

Hacía días que, impulsada por la curiosidad, se había abierto una cuenta falsa en Instagram para ver a Mateo. No debía. Lo sabía. Llevaba noches sabiéndolo y, sin embargo, el pulgar iba solo, como si tuviera vida propia y peor criterio que ella.

La cuenta de Instagram del restaurante. La de él personal. Las entrevistas, los premios, la sonrisa de revista. Y luego las fotos sueltas, las de detrás de la cámara, las que la mataban: Mateo en la cocina, sin pose, el pelo revuelto, un día cualquiera con una camisa abierta dos botones de más.

Agrandó una con dos dedos.

El cuello. El triángulo de piel. La sombra de la barba a esa hora en que un hombre deja de ser presentable y empieza a ser otra cosa.

Bajó hasta los antebrazos, esos que ella había sentido cerrarse en su espalda, y de pronto no estaba en Pan Bendito.

Estaba en Santorini, en aquella cama deshecha frente al mar, con esas manos subiéndole por los muslos sin prisa, con esa boca en su cuello diciéndole al oído cosas que todavía la despertaban a las tres de la mañana.

El calor le trepó desde el vientre, espeso, lento, y se le apretó por dentro como un puño tibio.

Se le tensaron los muslos. Cerró los ojos y dejó que el recuerdo siguiera: el peso de él encima, la manera en que la agarraba del pelo justo antes del orgasmo, el gemido grave que soltaba cuando ella le clavaba las uñas en la espalda.

La mano se le fue deslizando sola, bajo la sábana, bajo el elástico del pantalón de dormir, y se mordió el labio para no hacer ruido, porque Matilda estaba a pocos metros y porque algunas vergüenzas se llevan calladas.

Ay, Dios. Otra vez no.

Pero su cuerpo no escuchaba a la cabeza. Su cuerpo solo escuchaba el calor de la sangre y el deseo.

Y entonces el pulgar libre, ese traidor, deslizó la pantalla buscando una foto más. Una más.

La encontró. Mateo en una gala. De esmoquin. Y a su lado, con un vestido largo color hielo y una mano de manicura perfecta apoyada en su pecho, Daniela. Y delante de los dos, en brazos de él, Gisela, riéndose con esa risa que no sabe mentir.

El fuego se le apagó de golpe, como una vela bajo el agua. Sacó la mano de debajo de la sábana como si quemara. Se le subió a la garganta una mezcla de asco y rabia, y lo peor era que la rabia no iba contra él. Iba contra ella misma.

Lo estoy deseando. Y es de otra. Y yo aquí mojándome por el marido de alguien. Qué clase de imbécil eres, Victoria.

Estaba en plena flagelación cuando el móvil vibró en su mano.

Una notificación se deslizó por encima de la foto. Por una milésima de segundo —una sola, miserable milésima— el corazón le dio un brinco estúpido, esperanzado.

Pero no era él. No había manera de que fuera él porque ella impuso unas estúpidas reglas.

Las mismas que ahora te han protegido de estar en un triángulo amoroso humillante y bochornoso , pensó.

“No me olvido de tu deuda. Tic Tac, el tiempo sigue corriendo. Quiero mi dinero o tu gatito paga las consecuencias”.

Vicky se quedó muy quieta.

Miró a Sardina, que dormía contra su cadera, ronroneando bajito, ajeno a que un cabrón a kilómetros de allí acababa de usarlo como amenaza. La idea le bajó por la espalda como un hilo de hielo.

Y ahí, justo en ese punto donde a una se le seca la boca y se le cierra el estómago, donde el miedo te dice túmbate y hazte chiquita, Victoria de los Ángeles Ruiz Castellano hizo lo que llevaba haciendo desde niña cada vez que un hombre creía que la tenía acorralada:

No le dio el gusto. Abrió el teclado. No escribió ni una letra. Buscó entre los iconos, eligió y le dio a enviar.

Unas tijeras. Y dos huevos.

No hacía falta traducción. En cualquier idioma del planeta, eso significaba exactamente lo mismo.

Bloqueó el móvil y lo dejó bocabajo sobre la mesilla, con un golpe seco, antes de que pudiera vibrar otra vez.

Pero la bravuconería, como toda bravuconería, duró lo que dura.