Capítulo Diecisiete
E l despacho de Gonzalo estaba en una segunda planta de la calle General Castaños, a cinco minutos andando de los juzgados y a treinta del Tribunal Supremo, lo cual, según el propio Gonzalo, era una metáfora perfecta de su carrera: cerca de donde se trabaja, lejos de donde se decide.
Mateo subió por las escaleras porque el ascensor llevaba averiado desde marzo. En la puerta, una placa de latón que necesitaba un trapo: Cifuentes Carvajal, abogado. Sin asociados, sin web ni pretensiones. La clientela de Gonzalo llegaba por recomendaciones y se quedaba por resultados.
Marisa, la secretaria, casi sesenta años, gafas de leer colgando del cuello con un cordón de cuentas de colores, lápiz detrás de la oreja, levantó la vista del ordenador al verlo entrar. Lo conocía desde que Gonzalo abrió el despacho.
—Buenos días, Mateo. Gonzalo está al teléfono con un magistrado. Pasa.
—¿Cómo está hoy?
—Como siempre. Cabreado y feliz a la vez. —Lo miró por encima de las gafas—. Le toca una semana difícil, pero aún no lo sabe.
Mateo abrió la puerta del despacho despacio.
Gonzalo estaba sentado tras un escritorio que en algún momento había sido de su padre, un letrado reconocido y ordenado, y que ahora estaba atestado de expedientes.
En una esquina un cenicero atiborrado de colillas.
Detrás, Gonzalo con un cigarrillo apretado entre los labios y unas gafas de aumento que lo hacían ver más viejo con apenas treinta y cinco años. O tal vez era la naciente calvicie.
La pared del fondo tenía dos cosas: un diploma de la Universidad Complutense adornado con abundante polvo, y un póster del Alfa Romeo Spider del 67 al que Gonzalo le rezaba más que al Cristo de Medinaceli.
Hablaba por teléfono. En voz baja, lo cual con él era una señal engañosa.
—Su Señoría, con todos los respetos, el perito que ha designado está más cocinado que el roscón de mi madre.
Y mi madre era pésima cocinando. —Pausa—.
No, Señoría, no le falto el respeto. Le faltaría el respeto si le dijera lo que pienso.
—Otra pausa. Gonzalo le hizo un gesto a Mateo de que se sentara en la butaca frente al escritorio—.
Pues envíeme el escrito y le contesto antes del jueves. Cuídese. Un beso a Carmen.
Colgó. Tiró el bolígrafo sobre la mesa.
—Estás hecho una mierda.
—Buenos días a ti también.
—No, te lo digo en serio. —Se inclinó hacia adelante para apoyar los codos sobre el escritorio—. Tienes cara de no haber dormido en una semana.
Mateo se recostó en la butaca tras estrecharle la mano a su amigo.
—Bueno, antes de meternos en el lío del divorcio, dime una cosa. ¿Quién es?
—¿Quién es quién?
—Mateo. Llevo veinticinco años conociéndote. Has cabreado a Daniela tanto que las revistas de chismes te han hecho papilla con esa mujer con la que te fuiste de viaje. En la foto se veía de espalda y el bikini negro le quedaba divino.
Mateo apretó la mandíbula.
—Eso no viene al caso.
—Todo viene al caso. Yo defiendo lo que me cuentas y lo que no me cuentas. Y lo que no me cuentas es lo que me jode el caso en la primera vista. ¿Quién es?
Silencio.
—¿Bárbara Sandoval? —preguntó Gonzalo con malicia—.
¿Inés Ferraz y Quiroga? Está buenísima y lo mejor recién divorciada.
Con las tetas hechas. ¿Carlota Vall-Llosera, la presentadora?
Está libre, lo dijo en ¡Hola! el mes pasado.
Y esa siempre te ha tirado los tejos y tú siempre el hombre de familia que no cruza la línea ni se mete en un colchón ajeno.
—Ninguna de ellas.
Gonzalo lo miró. Tres segundos. Luego se echó a reír. Una risa corta, seca, como tos.
—Hostia, Mateo. No me digas que te fuiste con un hombre.
—Eres un gilipollas.
—¿Griega? Las griegas son uff. Increíble.
—Puertorriqueña.
—¿Dónde queda eso?
—No seas cabrón. Sabes que es en el Caribe.
—¿Es guapa?
—¿Por qué tenemos esta conversación de mierda si vine a hablarte de MI divorcio?
—Porque todo influye. Daniela va a usar ese viaje en tu contra. ¿Tienes una relación con esa mujer?
—No, todo se quedó en Santorini.
—¿Qué significa eso? ¿Tan mal fue?
—No tengo manera de contactarla.
Gonzalo levantó su móvil.
—Este aparato es para podernos comunicar.
—Pusimos reglas de no compartir información personal.
—Uyyy, qué excitante. ¿Te oyes? Suenas a Pablito Calvo en Marcelino, pan y vino . ¿”Pusimos reglas”? ¿Qué eres, un crío de doce años?
—Gonzalo.
—¿Es guapa al menos?
—No vamos a hablar de eso.
—Contesta, que esto forma parte del expediente. Aunque tampoco hace falta: se te nota en la cara..
—Es guapísima.
—Eso, siempre es eso. —Aplastó el cigarrillo en el cenicero y encendió otro. Le dio una calada larga. Soltó el humo hacia el techo—. ¿Cuántos años?
—Treinta.
—Treinta. Boricua. La fantasía caribeña del chef madrileño.
—Negó con la cabeza. Tiró el boli—. Bueno.
Vamos a trabajar con lo que tenemos. Cuéntame lo que de verdad pasa con Daniela.
Y antes de que me cuentes una bonita historia: yo te conozco desde que comías bocadillos de Nocilla en el patio del Pilar.
No te vas dos semanas a Santorini a follarte a una desconocida si en casa todo va bien. Así que dispara.
Mateo respiró hondo.
—Daniela me está siendo infiel desde hace dos años.
Gonzalo levantó las cejas. Pero no dijo nada.
—Con un primo mío. José Luis. Hijo de la hermana de mi madre.
Las cejas subieron más.
—Lo sé desde hace tres semanas.
Gonzalo cerró los ojos.
—Joder.
—Un domingo cualquiera. En casa de mi tía.
Paella, vino, sobremesa larga. Daniela no estaba: había llevado a Gisela a un cumpleaños.
Y de pronto José Luis me pidió salir a la terraza.
—Pausa—. Pensé que quería hablarme de algo del trabajo, una tontería cualquiera.
Cerramos la puerta corredera y me lo soltó.
Dos años follándose a mi mujer. Que ya no podía más con la culpa. Que necesitaba contarlo.
—¿Eso te dijo? ¿“Necesitaba contarlo”?
—Eso me dijo. Como si la víctima fuera él.
—Mateo negó con la cabeza—. No le pegué.
No sé cómo, pero no le pegué. Apuré la copa, me dije: “no le partas la cara aquí, que están los críos, que está tu madre”, entré al salón, me despedí de mi tía con dos besos y me fui al apartamento, recogí lo que pude y salí.
Dormí dos noches en el despacho hasta cuadrar lo de Santorini.
Tuve que poner un mar en medio porque no sé qué hubiera sido capaz de hacer.
—¿Y Daniela?
—Esa noche me llamó cuatro veces. Le respondí al cuarto intento. Le dije que sabía. Lloró. Me pidió perdón. Me dijo que se había acabado hacía meses, que José Luis era un mentiroso, que no le hiciera caso. Mentira sobre mentira. Le colgué.
—Hostia puta.
—El matrimonio iba mal hacía mucho tiempo, pero me quedé por Gisela. Pensé que con paciencia se arreglaban las cosas, pero las peleas eran cada vez peor.
—¿Y por qué no te fuiste antes?
—Por todas las gilipolleces que uno se dice a sí mismo cuando no quiere divorciarse de una mujer enferma.
—¿Enferma cómo?
—Daniela ha estado ingresada varias veces por depresión. La primera, justo después de tener a Gisela. La segunda, hace tres años. Y desde hace año y medio bebe. Mucho. Empezó con una copa de vino con la cena. Ahora va por un litro de ginebra a la semana. Otras veces vino.
Gonzalo se quedó muy quieto. Esa quietud suya de cuando alguien le estaba dando, sin saberlo, todas las cartas.
—¿Lo del primo lo puedes probar?
—No lo voy a usar ante un juez.
—¿Cómo cojones quieres salir de todo esto bien, Mateo?
—Por eso acudo a ti. Ahora la situación que más me preocupa es que Daniela se niega a las relaciones paterno-filiales.
Gonzalo cogió el intercomunicador.
—Marisa, dile a Hortelano que cancele lo de las cuatro. Tengo que presentar un recurso de emergencia y no podré llegar a tiempo. Reprograma.
Colgó.
—Hoy mismo entra el recurso. Esto cambia el panorama, Mateo. Pero. —Levantó un dedo—. Tu suegro va a hacer todo lo posible por joder este proceso.
—¿Le tienes miedo?
—No le tengo miedo ni al diablo.
Gonzalo soltó una carcajada. Esta vez sí, una de verdad.
—Bueno, miento. —Lo pensó—. Le tengo miedo a mi suegra.
—¿Cuál suegra? Te divorciaste hace cuatro años.
—Y todavía tengo pesadillas con la vieja Sofía. —Se puso muy serio—. Tanto que no me pienso casar nunca más. Nunca. Aunque me lo pida la Reina de rodillas, con el cetro en una mano y un cheque en blanco en la otra. Nunca. Que me cuelguen antes que volver a tener una suegra.
Mateo se rio. Por primera vez en una semana.
—Esa risa —dijo Gonzalo, señalándolo con el dedo—. Esa es la que te hace falta. ¿Eh? Esa risa te la sacó la puertorriqueña.
Mateo dejó de reírse.
—No empieces.
—Ya empiezo, ya. —Se reclinó—. Mateo, mira.
Yo soy abogado de divorcios, no consejero matrimonial.
Lo que tengas con la boricua es asunto tuyo.
Pero como amigo, no como abogado, te digo una cosa: un polvo es un polvo.
Para enamorarse hace falta tiempo, papeleo —en tu caso buenas capitulaciones— y al menos haber visto a la persona en su peor momento.
Lo que tú tienes son dos semanas en una isla paradisiaca, mucho vino, buen sexo y la ilusión de que eso es la realidad.
Con una mujer que probablemente también te dio su mejor versión, pero no es la realidad.
Eso no es amor. Eso es publicidad de Iberostar y ganas de follar.
—Ya. Eso me dije yo también.
—Mateo. —Gonzalo se inclinó otra vez—. Te lo digo como amigo.
Esa mujer no existe ahora mismo. Ahora mismo existe Gisela.
Existe tu divorcio, tu suegro intentando destruirte en los tribunales, tu programa de televisión que estrena en unas semanas.
Resuelve esto primero. Y si después de todo eso la boricua sigue en tu cabeza, vas a buscarla.
Pero primero ordena lo que tienes encima que de por sí ya es gordo.
—Llevo una semana buscándola y no he dado con ella, Gonzalo.