Capítulo Dieciséis #2
Lloró como lloran las mujeres cuando ya no pueden más.
Feo. Ruidoso. Con el cuerpo entero sacudiéndose, tratando de ahogar los sollozos contra la tela para que Matilda no la oyera desde la cocina, para que nadie en el mundo se enterara de que Victoria de los Ángeles Ruiz Castellano se había vuelto a enamorar de un mentiroso y le había salido peor que las veces anteriores.
(Sardina se quedó en su pecho. No se movió. Aguantó los temblores, los espasmos, el ruido ahogado de un corazón que se rompe por segunda vez en la misma temporada. Porque dicen que los gatos son fríos, pero cuando hace falta su calor hacen lo que mejor saben hacer: acompañar sin juzgar).
M atilda llamó a Axel a las seis de la tarde.
—Tu amiga lleva encerrada desde las doce. Solo se oyen sollozos y el gato maullando. No ha querido comer. Creo que no está bien.
Axel no necesitó más. Veinte minutos después estaba en el portal de Pan Bendito, con el pelo todavía mojado de la ducha.
Matilda le abrió la puerta con esa eficiencia de vieja madrileña que no pierde el tiempo en saludos.
—Pasa. Está en la habitación. No ha salido ni para ir al baño.
—¿Te ha dicho algo?
—A mí no me dice nada. Llegó al mediodía, dijo que iba a descansar y se metió en el cuarto. Desde entonces, sollozos. Y el gato no ha parado de maullar.
Axel caminó por el pasillo. Cuando llegó a la puerta pegó la oreja a ver si escuchaba algo, pero no se oía nada. Ni sollozos ni maullidos. Solo ese silencio espeso que viene después de llorar mucho, cuando el cuerpo ya no tiene con qué.
Tocó con los nudillos.
—Criatura. Soy yo.
Nada.
—Vicky, abre o tiro la puerta y eso no nos conviene porque Matilda nos tira por el balcón.
Pasos. El cerrojo. La puerta se abrió.
Y Axel, que había visto a Vicky después de cada desastre de su vida —después de la noche de la alemana y el sofá—, no estaba preparado para esto.
Tenía los ojos hinchados hasta el punto de que apenas se le veía el iris.
La nariz roja. El pelo pegado a la cara con sudor y lágrimas.
La camiseta arrugada y manchada de rímel.
Y una expresión que Axel solo le había visto una vez: la noche que subió un piso con Sardina en el transportín y el corazón hecho trizas.
Pero aquella vez había rabia, una mujer que acababa de pillar a su prometido con otra y que tenía ganas de incendiar el mundo.
Esto era diferente. Se trataba de una mujer derrotada.
—Joder —dijo Axel.
—No digas nada.
Entró. La habitación olía a encierro, a sudor y a gato.
Sardina estaba sentado en la almohada con la actitud ofendida de un miembro de la realeza al que han despertado de la siesta.
Cuando vio a Axel maulló una vez —un maullido que podía ser de reconocimiento o de queja por las condiciones del alojamiento— y volvió a tumbarse.
Axel se sentó en la cama. Los muelles protestaron. Se recostó contra la pared, estiró las piernas, y esperó.
Porque conocía a Vicky. Sabía que no había que preguntarle. Había que esperar a que soltara. Como un grifo que gotea: si lo fuerzas se rompe, si lo dejas acaba saliendo solo.
Tardó dos minutos.
—Ya sé quién es —dijo Vicky, mirando al techo.
—¿Lo encontraste por fin?
—Se llama Mateo Rey de Francisco y es chef.
Axel se incorporó de golpe.
—¿Mateo Rey de Francisco? ¿El chef? ¿Me estás diciendo que ese es el hombre de Santorini? Criatura, he comido en Ática. Lo sigo en Instagram.
—Ese es el hombre de Santorini. Hoy vi su cara en una valla publicitaria del tamaño de un edificio mientras caminaba por la Gran Vía.
—Joder, Vicky... Sí, está por estrenar un programa. Incluso, le estoy ayudando con unos permisos para un restaurante nuevo que está por abrir en San Sebastián. ¿Recuerdas cuando llegaste de Santorini, cuando te traje por primera vez aquí? La llamada que entró fue de él.
Vicky intentó recordar, pero como estaba tan atribulada no recordaba ese detalle.
Ella se sentó en la cama, con las piernas cruzadas, agarrándose los tobillos como si necesitara sostenerse de algo.
—Y lo peor, está casado, Axel. Y tiene una hija con síndrome de Down.
Axel no reaccionó como ella esperaba. No puso cara de sorpresa. No dijo “joder”. Se quedó muy quieto, como alguien que acaba de confirmar algo que ya sospechaba.
—Lo sé —dijo—. He visto las fotos en el Instagram de él. Las sube a menudo.
El silencio que siguió fue peor que cualquier grito.
Porque eso significaba que la información estaba ahí. Pública. Para cualquiera que tuviera un teléfono y la curiosidad de mirar. Todo el mundo podía saberlo. Axel lo sabía. Medio Madrid lo sabía.
Menos ella. Pero claro que no lo sabía, su mundo había sido La Tinta: turno de seis a cierre, barra pegajosa, cubatas a cuatro euros y propinas que algunas veces eran bastante mediocres.
No seguía chefs en redes porque NO tenía redes.
No leía revistas de gastronomía. Ni cenaba en restaurantes donde un plato costaba lo que ella ganaba en tres días.
Mateo Rey de Francisco existía en un universo que a Vicky ni le rozaba, y por eso había podido sentarse al lado de ella en un avión, mentirle sobre su vida y que ella se lo creyera como se cree a un desconocido que te dice que se dedica a algo aburrido.
—Me mintió en todo. Y yo me enamoré como una pendeja de un hombre casado con una hija que lo necesita.
Axel le agarró la mano. Se quedaron callados un momento.
—Búscalo —dijo él—. Habla con él. Tiene que haber una explicación.
—No.
—Vicky...
—He dicho que no. —Lo dijo con una firmeza que le salió de un lugar que ella no sabía que tenía—.
Esa niña lo necesita, Axel. Una niña con síndrome de Down necesita estabilidad.
Necesita a sus padres. No necesita que papá ande detrás de una mujer sin papeles que conoció en un avión. Una aventura sin pie ni cabeza.
—Pero Vicky...
—No voy a ser yo la que destruya eso. No me importa lo que sienta. No me importa que me duela. No me importa que sea el único hombre que me ha hecho sentir que valgo algo. No. Voy. A. Ser. Esa. Mujer.
Silencio.
—Mi madre me enseñó principios, aunque para muchos parezca que no los tenga. Los hombres casados no se miran, Axel.
—Criatura, estamos en 2026 y esas cosas suceden.
—No, eso no es negociable para mí.
Sardina maulló desde la almohada. Un maullido seco que sonó a aprobación o a hambre, era difícil saberlo con los gatos.
Axel se quedó un rato callado, mirando la ventana que daba al patio interior, donde alguien estaba friendo algo que olía a croquetas y un televisor sonaba a todo volumen.
Entonces habló.
—¿Puedo decirte una cosa que no quieres oír?
—¿Cuándo has pedido tú permiso para eso?
—Tú también le mentiste, Vicky.
Ella se quedó muy quieta.
—Le dijiste que dabas cursos de marketing digital.
Le dijiste que eras divorciada. No le dijiste que eras bartender, ni que estabas sin papeles, ni lo del dinero de Alejandro, ni que tu vida era un desastre igual que la de él.
—Axel la miró directamente—. Los dos jugaron el mismo juego.
Los dos se inventaron una versión más bonita de sí mismos.
La diferencia es que su mentira tenía más ceros.
Vicky abrió la boca para responder. No le salió nada.
—Así que antes de crucificarlo, piensa en eso.
El silencio se alargó hasta que se hizo incómodo. Hasta que Sardina maulló otra vez, rompiendo la tensión con esa indiferencia soberana que solo tienen los gatos y los niños pequeños.
Vicky se soltó de la mano de Axel. Se tumbó en la cama. Miró al techo.
—Me voy a Puerto Rico —dijo—. Cuando tenga el dinero del pasaje, me voy.
—Vicky...
—Hoy me rechazaron en La Tinta. Alejandro les dijo que si me daban trabajo iba a haber problemas. Tan pronto consiga un trabajo y logre juntar lo que hace falta, me voy, Axel.
Él se tumbó a su lado. Los dos mirando el techo con las grietas y el papel pintado de los años setenta.
—¿Y Sardina?
—Sardina viene conmigo. Ya averigüé. Cuesta trescientos y pico transportar un gato.
—Joder. Más caro que un pasajero.
—Casi.
Silencio. Axel la miró de reojo. Podría comprarle los pasajes, el de ella y el del gato, pero eso sería como darse un tiro en el pie. No quería que se fuera, así que esta vez no le ofreció una salida.
—¿Quieres que me quede un rato?
—Sí. Podrías haber traído unas cervezas.
—Estás en una crisis emocional. El alcohol no es la respuesta.
—Tú te tomas dos orfidales cuando tienes ansiedad.
—Eso es diferente. Eso es con receta.
Vicky soltó algo que no llegó a ser risa, tampoco era llanto. Un sonido de medio camino. El sonido de alguien que todavía no está bien pero que tiene al lado a la persona correcta.
—Vicky, no te culpo. Mateo es guapísimo.
—No justifica.
—No, pero ayuda con tu culpa.
—Eres un incorregible.
—¿Comemos? Estoy hambriento. Vamos, que la pobre Matilda está preocupadísima y eso es nuevo porque ella no es de preocuparse por nada ni nadie.
Axel se incorporó y le extendió la mano para que se levantara.
—Lávate la cara. Yo sirvo la comida.
Vicky se dirigió al baño mientras Axel caminaba a la cocina.
—¿Cómo la ves? —preguntó Matilda.
—Estará bien. Tiempo es lo que necesita. Lo mejor para el mal de amores.
—Pobre criatura.