Capítulo Dieciséis
L a Tinta estaba igual que siempre.
El letrero viejo, que pedía a gritos un cambio y que los dueños se negaban a tocar por pura economía.
La barra de madera rayada donde Vicky había servido tragos durante casi tres años.
El olor inconfundible de lunes por la mañana: desinfectante y cerveza rancia.
Por mucho que limpiaras, ese olor a tugurio no se iba.
Vicky entró a las once de la mañana. Rafa, uno de los dueños, limpiaba el piso con la precisión de un hombre que llevaba años afanado con el mismo suelo—Rafa.
Él levantó la cabeza. La reconoció al instante y su cara hizo algo que Vicky no esperaba: se contrajo. Como cuando alguien ve llegar a la persona a la que no sabe cómo darle una mala noticia y el cuerpo reacciona antes que la boca.
—Vicky. Joder. —Dejó la fregona apoyada contra la barra—. No sabía que habías vuelto.
—Hace unos días. —Intentó sonreír—. Necesito currar, Rafa. El mismo turno de antes si puede ser. De seis a cierre.
Rafa se secó las manos en el delantal. Luego se las volvió a secar, aunque ya estaban secas. Luego miró el suelo y se rascó la barbilla.
—Vicky, tía, no puedo.
—¿Cómo que no puedes? Cuando me fui me dijiste que necesitabas personal para agosto. Que volviera.
—Ya, pero eso fue antes.
—¿Antes de qué?
Rafa la miró. En sus ojos había algo que a Vicky le revolvió el estómago. No era rechazo. Era miedo.
—Estuvo aquí —dijo él, bajando la voz, aunque no había nadie más en el bar—.
Tu ex. Alejandro. Se presentó con uno de sus colegas, ya sabes, de los que no sonríen nunca.
Le dijo a Óscar que si te daba trabajo iba a tener problemas.
No especificó qué tipo de problemas, pero con ese tío no hace falta especificar.
Vicky sintió el frío en el estómago.
—Rafa, Alejandro y yo ya no somos pareja...
—Vino la semana pasada. —Rafa dio un paso atrás involuntario, como si la cercanía de Vicky pudiera traerle lo que estaba intentando esquivar—. Le preguntó a Óscar si habías aparecido. Le dijo que si te veía lo llamara. Le dejó su número.
El silencio se llenó con el zumbido del frigorífico de las cervezas.
— Óscar es un buen tío, Vicky, pero tiene una hija y un alquiler de dos mil euros en Lavapiés. No va a jugársela. Y yo tampoco. Estamos en una situación complicada. ¿Sabes? Lo siento.
Vicky lo miró un momento. Rafa no le sostuvo la mirada.
—Cuídate, Rafa.
Salió del bar antes de que su cara la delatara. Empujó la puerta y el sol de agosto le cayó encima como un insulto.
M adrid en agosto era una ciudad a medio abandonar. Persianas bajas, carteles de CERRADO POR VACACIONES, el calor subiendo del asfalto en oleadas visibles.
Vicky caminaba sin rumbo, dejando que las piernas decidieran mientras la cabeza hacía cuentas que no cuadraban. Y entonces lo vio.
Un andamio contra la fachada de un edificio de cinco plantas, en construcción.
Dos operarios en lo alto desenrollando una lona enorme.
Un tercero abajo gritándoles instrucciones.
La parte inferior ya estaba pegada: fondo negro mate, elegante, el logo de Antena 3 en una esquina, y debajo, en letras limpias: ESTRENO — 18 SEPT 22:30h.
En la otra esquina, un hashtag: #LaMesaDelRey.
Otra valla publicitaria en plena Gran Vía. Vicky siguió caminando. Pero los operarios estiraron el segundo paño y algo la hizo detenerse.
A la izquierda de la lona, un plato de alta cocina contra el fondo negro. Minimalista, con un rojo intenso que explotaba contra la oscuridad. El tipo de plato que cuesta ciento ochenta euros y se come en tres bocados. A la derecha, un hombre.
Chaquetilla de chef blanca, impecable. Pose segura, mirando a cámara con una intensidad que Vicky sintió en el estómago antes de procesar con la cabeza. Una sonrisa de confianza. Leve. Controlada. La sonrisa de alguien acostumbrado a que lo miren.
Los operarios alisaron los últimos pliegues con el rodillo y el título apareció completo, enorme, de punta a punta de la valla:
LA MESA DEL REY
Debajo, en letras más finas:
“La alta cocina ya no es un secreto”.
Debajo:
Mateo Rey de Francisco
Y junto al nombre, tres estrellas doradas. Michelin. Como una sentencia.
Vicky se quedó clavada en la acera.
Porque esa mandíbula la conocía. La había besado. La había mordido. Había apoyado su cara contra ella en la cubierta de un velero mientras el Egeo se oscurecía debajo.
Y esa sonrisa en la valla, la de un chef famoso y seguro de sí mismo, ella la había visto de otra forma: torcida, medio arrogante, a centímetros de su boca, después de hacerle el amor.
La alta cocina ya no es un secreto.
Se le secó la boca. No de golpe. Primero fue un hormigueo en los labios. Después la lengua se le pegó al paladar. Después tragó y no había nada que tragar.
Chef. Tres estrellas Michelin.
Las piernas le fallaron. A tres metros había un banco municipal de esos que nadie usa en agosto. Se dejó caer en él como si le hubieran cortado los hilos. La madera ardía del sol, pero le daba lo mismo.
Sacó el teléfono. Las manos le temblaban. Le costó dos intentos desbloquear la pantalla porque los dedos resbalaban con el sudor. Abrió Google.
Escribió: Mateo Rey de Francisco.
Lo que salió le quitó el aliento. El aire se le quedó atrapado a mitad de camino entre los pulmones y la garganta y tuvo que obligarse a respirar, despacio, por la nariz, como cuando estaba a punto de vomitar en el hospital de Santorini.
Decenas de páginas que presentaban a un nombre que internet conocía mucho mejor que ella. Sabía que no era inversionista. Eso se lo había confesado él. Pero una cosa era saber que le mintió y otra era descubrir la dimensión de lo que le ocultó.
El País: “Mateo Rey de Francisco, el chef madrileño que ha reinventado la alta cocina española”.
La web de Ática: menú de degustación, ciento ochenta euros por persona.
Verso. Malasaña. Lista de espera de tres semanas.
Raíz. Chamartín.
Brisa. Barcelona.
Mareas. Valencia.
Buscó más imágenes y la pantalla se llenó de él, pero no solo de él.
Mateo en una gala, de esmoquin, con una mujer del brazo. Alta. Rubia. Elegante con una elegancia heredada, de las que no se aprenden.
Daniela Sáenz de Tejada.
Mateo y Daniela en la inauguración de Brisa, Barcelona. En un evento benéfico del Hospital Niño Jesús. En los premios de la Academia de Gastronomía.
Su esposa. Tiene esposa.
Las lágrimas empezaron a subir. Las sintió ahí, detrás de los ojos, empujando.
Pero los operarios del andamio la estaban mirando.
Uno de ellos le había dado un codazo al otro y los dos la observaban desde arriba, probablemente preguntándose por qué una mujer sentada en un banco miraba la valla publicitaria como si le hubieran dado una noticia de muerte.
Una señora con bolsas del supermercado pasó por delante y le echó esa mirada rápida que los madrileños le dedicaban a los que lloraban en la calle: compasión de medio segundo y a otra cosa.
Vicky apretó la mandíbula. Se tragó las lágrimas enteras, con sal y con rabia, y siguió mirando la pantalla. No quería, pero los dedos se movían solos, era como rascarse una herida sabiendo que va a sangrar.
Mateo y Daniela con una niña.
Tenía los rasgos inconfundibles del síndrome de Down y una sonrisa que ocupaba toda su cara. Estaba sentada en las piernas de Mateo, abrazándolo por el cuello, con una corona de flores en la cabeza. Mateo la miraba como si fuera lo más valioso del universo.
“El chef Mateo Rey de Francisco con su hija Gisela en la Feria del Libro de Madrid”.
Una niña con síndrome de Down que necesitaba a su padre en casa. No en una isla griega follándose a una bartender puertorriqueña sin papeles.
Forbes: “Los treinta empresarios gastronómicos más influyentes de España”. Número siete.
Entrevista en televisión. Mateo sentado en un sofá, la pierna cruzada: “Mi cocina es honesta. No creo en los artificios. Creo en la verdad del producto”.
La verdad. Qué palabra más hija de puta en tu boca.
Cerró el teléfono, lo metió en el bolso.
Arriba, los operarios seguían alisando la lona.
Uno de ellos dijo algo que el otro celebró con una carcajada.
El sol pegaba. Madrid seguía funcionando.
Y Vicky estaba sentada en un banco con la boca seca, las manos temblándole y la certeza de que la persona que le cosió el corazón en Santorini también tenía las tijeras.
Se levantó. Caminó hasta la boca de metro más cercana. Bajó las escaleras, pasó el torniquete, esperó en el andén mirando las vías sin verlas. Se montó en el vagón y se sentó junto a la puerta sin mirar a nadie. Apoyó la cabeza contra el cristal y dejó que el traqueteo la llevara hasta Pan Bendito.
M atilda estaba en la cocina con la radio puesta. Sonaba una copla. Olía a puchero.
—Ya llegué —dijo Vicky desde el pasillo, y su voz sonó normal.
—¿Encontraste algo?
—No. Voy a descansar un rato.
—A las dos te sirvo la tortilla.
—Gracias, Matilda, pero no tengo hambre.
Matilda levantó la vista por encima de las gafas. Esos ojos de ochenta y tres años que no necesitaban explicaciones. No dijo nada.
Vicky caminó hasta la habitación. Cerró la puerta.
Sardina estaba en la almohada. Cuando la vio entrar levantó la cabeza, maulló bajito y saltó de la cama.
Se restregó contra sus piernas, ida y vuelta, ronroneando con esa vibración grave de gato que sabe.
Después se subió a la cama, se le trepó al pecho y se quedó ahí, mirándola a la cara con esos ojos redondos y amarillos que no juzgaban, no preguntaban, no mentían.
Vicky le acarició la cabeza.
—Gordo, tú eres el único fiel. —Se le quebró la voz—. Perdona por haberte dejado esas dos semanas para irme a Santorini. Te prometo que nada ni nadie nos va a separar nunca más.
Sardina ronroneó más fuerte. Le puso una pata en la barbilla.
Y entonces Vicky agarró la almohada, se la puso encima de la cara y se quebró.