Capítulo Quince #4
—Suena patético porque es patético. —Se giró hacia el ordenador y le quitó el teclado a Nico de las manos con la naturalidad de quien desarma a un niño—.
A ver, ¿qué sabemos? Nombre de pila, nacionalidad y un gato.
Sin apellido, sin ciudad concreta, sin lugar de trabajo.
¿Sabes cuántas formas hay de llamarse Victoria en internet? Buscarlo así es inútil.
—¿Y entonces? —preguntó Mateo.
—Entonces usen la cabeza en vez de los dedos.
—Alfonsina tecleó algo. Luego otra cosa.
Luego otra. Resultados, scroll, descarte.
Resultados, scroll, descarte. Lo hacía tres veces más rápido que Nico, sin comentarios sobre culos ni bigotes—.
El problema es que hay cinco mil Victorias, de las cuales al menos tres mil viven en Madrid, y sin un apellido están buscando a ciegas.
—¿Y si es Victoria a secas? Sin apellido visible.
—Peor aún. Puede usar un diminutivo, un segundo nombre, el apellido de la madre, un apodo de la infancia. ¿Sabes cuántas “Vicky” hay solo en Instagram Madrid? —Giró la pantalla hacia él—. Mil ochocientas. ¿Vas a revisar mil ochocientas cuentas una por una?
El silencio que siguió pesaba como un plato de cocido en agosto.
—Algunas tendrán foto —intentó Nico.
—Y la mitad tendrán la cuenta privada. Y la otra mitad tendrán una foto de un atardecer o un café con espuma. —Se apartó un poco—. Sin apellido, sin lugar de trabajo, sin amigos en común, esto es buscar una aguja en un pajar. No la vas a encontrar por internet.
—Bueno —dijo Nico, rompiendo la pausa—. Al menos hemos descartado a la señora del bigote y el gato.
Nadie se rio.
Alfonsina recogió su carpeta y la abrió con un clic que en ella era señal de que el recreo había terminado.
—Y ahora que hemos perdido media hora en esto, ¿podemos hablar de lo que importa?
—Pasó una página—. A las once, reunión con la productora.
Siguen nerviosos por el estreno, pero se van a grabar las promociones y tiene sesión de fotos en el canal para la publicidad que se va a montar en la ciudad.
A las dos, llamada con el ayuntamiento de San Sebastián para lo del permiso.
En esa llamada telefónica tiene que estar Nico.
—Claro, eres la puta ama de mi agenda —dijo él.
Ella lo observó por encima de sus gafas de aumento.
—Voy a ignorar lo que acabas de decir, Nicolás —dijo Alfonsina y pasó otra página—. Ha llamado la oficina de doña Mencia de Borbón.
Mateo levantó la cabeza.
—¿La prima del rey?
—La misma. Cumple años en dos semanas y quiere una celebración en la finca de su familia. Cena para ciento veinte personas. Nos quiere a nosotros. Bueno, te quiere a ti.
—¿Ciento veinte personas en dos semanas? Alfonsina, no tenemos ni chef en Verso.
—Por eso te lo digo ahora y no la semana que viene. —Lo miró directamente—. Es la prima del rey, Mateo. Si hacemos esto bien, medio Madrid va a hablar de nosotros. Si lo hacemos mal, el otro medio hablará muy mal de ti.
Nico, que llevaba un minuto inusualmente callado, aprovechó la pausa:
—Alfonsina.
—¿Qué?
—Ese traje te queda muy bien.
—¡Qué cruz! —Alfonsina cerró la carpeta—. Mateo, la oficina de doña Mencia de Borbón necesita confirmación antes de las cinco. Les digo que sí, ¿no?
Mateo miró el ordenador. La pantalla seguía abierta en Facebook, con la lista interminable de Victorias que no eran su Vicky.
—Diles que sí.
—Bien. —Alfonsina caminó hacia la puerta. En el marco se giró—. Y dejen de buscar a esa mujer en internet como dos acosadores. Si la quieres encontrar, busca un método que no implique cometer un delito contra la privacidad.
Salió. Clic preciso de puerta que no era portazo, pero lo parecía.
Nico la vio irse. Luego se giró hacia Mateo con esa sonrisa de idiota enamorado que llevaba años perfeccionando.
—¿Has visto cómo me ha mirado cuando le he dicho lo del traje?
—Te ha dicho “qué cruz”, Nico. No te hagas castillos en el aire.
—Tenía un brillito particular en los ojos.
—Tenía ganas de estrangularte. Que no es lo mismo.
—Hermano, la línea entre la pasión y el estrangulamiento es muy fina. No sabes nada de sadomasoquismo.
—Nico.
—¿Qué?
—Tienes los mismos problemas que yo con las mujeres, pero con menos autoconciencia.
—Al menos yo no busco a las mías en Facebook. —Le dio una palmada en el hombro—. Vamos a por el segundo café, anda. Que las neuronas se te están apagando. Esta noche te voy a llevar a un bar…
—No, ya vamos a parar. A este ritmo antes de que acabe la semana perderé el hígado.
—Velo por el lado amable, con whisky podrás dormir sin llorar por la tal Vicky.
Salieron del despacho. La pantalla del ordenador se quedó encendida con la lista de Victorias que no eran la Victoria que Mateo buscaba.
Y en algún lugar de Pan Bendito, a siete kilómetros de ese despacho, la Victoria que Mateo buscaba estaba sentada en una cama prestada, acariciando a un gato naranja y contando los euros que le quedaban para volver a una isla que empezaba a sentirse más lejos que nunca.
(Siete kilómetros. Eso es lo que separaba a Mateo de Vicky esa mañana.
Siete kilómetros de calles, semáforos y madrileños con prisa.
Menos que la distancia entre Ática y el aeropuerto.
Menos que el recorrido de la línea 5 del metro.
Pero cuando no sabes dónde buscar, siete kilómetros son siete mil.
Y tres millones de habitantes son tres millones de puertas cerradas).