Lo que pasa en Santorini Capítulo Quince #3
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Capítulo Quince #3

A las nueve y cuarto de la mañana de un lunes de agosto, el chef con tres estrellas Michelin y su hermano menor estaban agachados frente al ordenador del despacho como dos adolescentes buscando porno.

Solo que no buscaban porno. Buscaban a una puertorriqueña. Llevaban buscándola desde el viernes.

Tres días. Tres días de Mateo tecleando nombres en el ordenador del despacho mientras Nico le quitaba el teclado porque “tú escribes con dos dedos como un jubilado”.

Tres días de scroll infinito, de perfiles descartados, de falsas alarmas.

Sábado hasta las once de la noche. Domingo desde las diez de la mañana.

Domingo entero. Y cuando la pantalla ya no daba más, los tugurios.

Nico arrastrando a Mateo a bares de Malasaña y Lavapiés donde nadie hacía preguntas y el whisky llegaba sin hielo y sin sermón.

Mateo bebiendo hasta que la cara de Vicky se le desdibujaba lo suficiente para poder cerrar los ojos cuando se dejaba caer en su cama de hotel.

Una, dos, tres, los días que hicieran falta.

Cada mañana café, pantalla, scroll, nada.

Ahora era lunes y Mateo tenía las ojeras de un hombre que lleva casi setenta y dos horas sin dormir bien y sin encontrar lo que busca.

—Victoria Puerto Rico Madrid —tecleó Nico, inclinado sobre el hombro de Mateo, tan cerca que su aliento a café con leche le daba en la oreja.

—Apártate, que me agobias.

—Tú me agobias a mí con tu colonia de señor. Déjame escribir.

—Escribe tú, entonces.

Nico se sentó en la butaca de Mateo tras el escritorio y este se quedó de pie, con los brazos cruzados a la altura del pecho y cara de hombre que ha dormido poco y ya no le queda paciencia.

Instagram arrojó cinco mil resultados. Cinco mil Victorias en un océano de fotos de brunch, atardeceres con frases motivacionales y vídeos de gatos.

(Doña lectora, si por casualidad te llamas Vicky, este es tu momento de brillar. Ponte en contacto con Mateo. ¿Quién sabe?).

—Joder —dijo Nico—. Hay más Victorias que paellas en Valencia.

—Filtra por Madrid.

—Eso hago, genio. Pero resulta que la mitad de Latinoamérica vive en Madrid. ¿Sabes cuántas Victorias puertorriqueñas hay aquí? Más que taxis en la Gran Vía.

Mateo se frotó la cara con las manos. Estaba a punto de darse por vencido.

—Prueba con Facebook —dijo.

—¿Facebook? ¿Qué tienes, sesenta años? Nadie usa Facebook.

—Las madres latinas usan Facebook. Si su madre tiene cuenta, puede que aparezca etiquetada.

—No es mala idea. —Nico lo miró con sorpresa genuina—. A veces se te enciende una neurona.

—Que te jodan.

Nico abrió Facebook. Tecleó “Victoria Puerto Rico Madrid”. Doscientos cuarenta y tres resultados. Empezó a hacer scroll.

—¿Esta? —Señaló una foto.

—Tiene sesenta años y un bigote.

—Ya, pero tiene un gato.

—Nico, por Dios.

—¿Esta?

—Es rubia.

—Puede haberse teñido.

—Vicky no es rubia. Es morena. Pelo rizado, oscuro, largo. Ojos marrones. Piel morena clara. ¿Cuántas veces tengo que describirla?

—Hermano, la describes como si estuvieras pidiendo un plato del menú. “La quiero morena, con rizos, al punto, con guarnición de sarcasmo”.

(Dos hombres adultos. Uno con tres estrellas Michelin, cinco restaurantes y un programa de televisión.

El otro gestionando la apertura de un local en San Sebastián.

Y ahí los tienen, a las nueve de la mañana como si fueran dos abuelos aprendiendo a usar internet.

La masculinidad tiene sus momentos de gloria y este no era uno de ellos).

—Prueba Twitter —dijo Mateo.

—Se llama X.

—Me importa una mierda cómo se llame. Busca.

Nico buscó en X. Luego en TikTok. Luego en LinkedIn, que era como buscar un cóctel en una biblioteca, pero a estas alturas la desesperación mandaba más que la lógica.

Nada. Victoria era un fantasma digital.

—A lo mejor no tiene redes —dijo Nico, recostándose en la silla.

—Todo el mundo tiene redes —aseguró Mateo.

—Tú no tenías hasta que Alfonsina te obligó cuando comenzó a trabajar contigo.

—Eso es diferente.

—No es diferente. Hay gente que no vive pegada al móvil. Gente rara, como tú, pero existe.

Mateo sabía que Nico tenía razón. Podía no tener redes, o tenerlas con un nombre que él no conocía. Victoria era de los nombres que la gente acorta, cambia, disfraza. Vicky, Viki, Vic, Tori. Cualquier variación entre tantos resultados era una puerta cerrada.

Vicky, ¿dónde coño estás?

En ese momento la puerta se abrió sin que nadie llamara.

Alfonsina Reyes entró como siempre: como si el edificio le perteneciera y todos los demás fueran inquilinos morosos. Traje sastre azul marino, moño quirúrgico, carpeta bajo el brazo, café en la mano que era exclusivamente para ella.

Miró la pantalla del ordenador. Miró a Nico. Miró a Mateo. Su expresión no cambió, pero sus ojos dijeron todo lo que su boca no.

—¿Siguen en lo mismo?

—No —dijo Mateo.

—Sí —dijo Nico al mismo tiempo.

Alfonsina cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, parecía una profesora de primaria que ha descubierto a dos alumnos comiendo pegamento.

—A ver. —Dejó la carpeta en la mesa y se acercó al ordenador. Nico no se movió—. ¿Qué datos tienen?

—Se llama Victoria. Es puertorriqueña. Vive en Madrid. O vivía, no sabemos si ya se fue. Tiene un gato naranja —recitó Mateo.

—Tiene treinta años, pelo rizado oscuro, ojos marrones, metro sesenta y tantos, un culo que... —empezó Nico.

—Cállate —dijo Alfonsina—. El culo no ayuda en una búsqueda de redes sociales.

—Te sorprendería.

—No me sorprendería nada viniendo de ti. —Le lanzó una mirada que habría congelado el Mediterráneo—. ¿Apellido?

—No tenemos —dijo Mateo.

—¿Profesión? ¿Lugar de trabajo? ¿Universidad? Algo útil.

—Nada. No tenemos nada.

Alfonsina lo miró durante tres segundos con esa cara que hacía cuando un proveedor le presentaba una factura inflada.

—Es decir, que te fuiste a Santorini, te enamoraste de una mujer, no le pediste ni el apellido, y ahora pretendes encontrarla entre tres millones de personas con un nombre de pila y la descripción de un gato.

—Cuando lo dices así suena patético —reconoció Mateo.