Lo que pasa en Santorini Capítulo Quince #2
48%

Capítulo Quince #2

Mateo chocó su vaso con el de Nico. El whisky ya le nublaba los ojos.

—Ponme otro —le dijo al camarero.

—Mateo, ya llevas cuatro.

—Pues que sean cinco.

—Que sean seis. Que mañana vas a necesitar la resaca para recordar por qué tienes que buscarla.

A las dos y media, Mateo ya no podía mantener una conversación coherente. Hablaba de Vicky, de Santorini, del juego solitario, de los calcetines, de las fresas cortadas en forma de corazón, y en algún momento se le quebraron los ojos y Nico supo que era hora de irse.

Pagó la cuenta. Ayudó a su hermano a levantarse del taburete, lo sostuvo por la cintura, y lo sacó del bar medio a rastras mientras la pelirroja los miraba con una mezcla de curiosidad y decepción.

Cuando llegaron al hotel Nico cargó a Mateo por el pasillo, le sacó la tarjeta del bolsillo, abrió la puerta, y lo dejó caer en la cama como un saco.

Le quitó los zapatos. Le echó la manta por encima. Le dejó un vaso de agua y dos ibuprofenos en la mesita.

Mateo murmuró algo contra la almohada que sonó a “Vicky” o a “whisky” o a las dos cosas.

—Mañana te sentirás como la misma mierda —dijo Nico desde la puerta—. Pero al menos tendrás un plan.

Apagó la luz y cerró la puerta.

En el pasillo, sacó el teléfono y abrió Instagram. En el buscador escribió: “Victoria Puerto Rico Madrid”.

Más de cinco mil resultados.

—Joder —murmuró.

Y empezó a buscar.

A la mañana siguiente Vicky le enseñó el mensaje a Axel.

Él lo leyó. Lo releyó. Se quitó las gafas, se las volvió a poner, y dijo exactamente lo que ella sabía que iba a decir:

—Ni de coña vas sola.

—No me va a hacer nada en medio del Retiro a las cinco de la tarde. Está lleno de gente.

—Me da igual. Voy contigo.

—Axel...

—No es negociable, Vicky. Voy contigo o llamo a la policía. Tú eliges.

—La policía me deporta.

—Pues voy contigo. Me siento en un banco a veinte metros con un café y el periódico. Si el tío se pasa, estoy ahí en diez segundos.

—¿Por qué voy, Axel? —preguntó ella, más para sí misma que para él—. ¿Por qué no lo bloqueo y ya?

—Porque eres de Bayamón y las de Bayamón no se esconden. —La miró—. Y porque necesitas cerrarle la puerta en la cara para poder seguir adelante.

A las cuatro y media Axel pasó a buscarla en el Volkswagen.

E l Parque del Retiro a las cinco de la tarde de un agosto madrileño era un horno con árboles.

El estanque grande brillaba bajo un sol que no tenía piedad, los turistas se amontonaban en las barcas de remos chocándose entre sí con la gracia de coches de choque acuáticos, y los vendedores ambulantes ofrecían agua a dos euros la botella con la convicción de que el calor justificaba cualquier precio.

Vicky caminó por el paseo principal con unas gafas de sol y el pelo recogido, sintiendo el sudor bajarle por la espalda.

Detrás de ella, a unos veinte metros, Axel la seguía con un café helado, unas gafas de sol y un periódico doblado bajo el brazo, como si fuera un agente del CNI con un presupuesto muy limitado.

—¿Me verá? —le había preguntado antes de separarse.

—Axel, llevas una camisa de lino azul celeste. Te ve hasta el ciego del quiosco.

—Esa es la idea. Que el cabrón sepa que no estás sola.

Lo vio antes de que él la viera a ella.

Alejandro estaba sentado en un banco junto al estanque.

Pelo rapado a los lados con la parte de arriba apenas más larga, barba de tres días que le oscurecía la mandíbula, un arete de oro en la oreja izquierda que no debería quedarle bien, pero le quedaba de puta madre, y una camisa estampada en rojo y negro abierta lo suficiente para enseñar la cadena de oro y los pectorales que mantenía como si su vida dependiera de ello.

Brazos cruzados con tatuajes de signos tribales, piernas abiertas, ocupando espacio como si el banco fuera suyo y el parque también.

Miraba el teléfono con esa postura de hombre que quiere que lo miren sin parecer que quiere que lo miren.

Guapo. De esa guapura oscura, valenciana, que la había seducido en La Tinta hacía dos años. Brazos gruesos, piel morena, ojos que prometían problemas y cumplían.

(Ese hombre es Miguel Ángel Silvestre tan peligroso como en Sky Rojo y tan sexy como en Velvet. Si no sabes de lo que hablo, doña lectora, búscalo en Google).

Se acercó. Él levantó la vista.

—Vicky. —dijo con una sonrisa melosa. Esa sonrisa que antes le parecía encantadora y ahora le parecía la de un vendedor de coches usados—. Estás guapa. Santorini te sentó bien.

—¿Cómo sabes que estuve en Santorini?

—Sé muchas cosas. —Se levantó del banco. Era alto, pero no como Mateo. Nadie era como Mateo—. Sé que estás en Pan Bendito, en casa de una vieja. —Ladeó la cabeza—. Siéntate. Hablemos como personas civilizadas.

El estómago de Vicky se contrajo. Sabe dónde vivo. Ha estado vigilándome.

—Prefiero estar de pie. Dime qué quieres. Tengo prisa.

Alejandro dio un paso hacia ella. Vicky no retrocedió.

Él miró de reojo hacia los lados: una familia con niños a diez metros, una pareja haciéndose fotos, un runner con auriculares.

Móviles por todas partes. Vicky vio cómo calculaba, cómo medía el terreno, y eso le dio más miedo que un golpe.

Porque un hombre que calcula es un hombre que espera el momento adecuado.

—Te quiero a ti —dijo, bajando la voz—. Eso es lo que quiero. Que vuelvas a casa conmigo. Y me olvido del robo.

—Eso no va a pasar.

—¿Por qué no? Lo nuestro funcionaba.

Vicky lo miró y se preguntó: ¿Cómo pude considerar tan siquiera casarme con este hombre?

Le dio miedo la respuesta, pero la tenía.

Alejandro había llegado a su vida en un momento de mucha vulnerabilidad.

Vivía en una pensión en Malasaña, sobrevivía a duras penas con el sueldo de La Tinta y se sentía sola.

Él supo llevarla, hacerse disponible, fingir que le preocupaba y la fue llevando hasta querer atarla mediante un matrimonio, pero Vicky había aprendido en los pocos días que vivió en Santorini lo que era el amor verdadero.

—Lo nuestro funcionaba para ti, Alejandro. Para mí era un desastre.

—No digas eso. —Otro paso. Más cerca. La voz se volvió espesa, oscura—. Extraño tu boca, bebé. Nadie me lo hacía como tú.

Intentó tomarla por la barbilla, pero Vicky lo esquivó.

El asco le subió por la garganta. Así hablaba. Así había hablado siempre. Como si ella fuera un servicio que él contrataba con cumplidos.

—Se acabó, Alejandro.

—Nada se acaba hasta que yo digo que se acaba.

Él la agarró. Rápido. Las dos manos en sus brazos, atrayéndola contra su pecho. Vicky sintió su colonia —cara, fuerte, la misma de siempre— y por un segundo el cuerpo le respondió con un escalofrío que no era de deseo sino de miedo.

—Suéltame —dijo.

—Escúchame primero.

—Suéltame, Alejandro.

Él acercó la boca a su oído. Su aliento caliente contra su piel. Habló despacio, como quien tiene todo el tiempo del mundo.

—Quiero mis diecisiete mil euros. Y los quiero ya. —Pausa—. Porque si no, voy a ir a buscar a tu gatito naranja a ese piso de mierda donde vives. Y no va a ser bonito.

Volvió a mirar de reojo. Las familias. Los móviles. Los testigos. Y Vicky entendió: no era que no quisiera hacerle daño. Era que no podía. No aquí. No ahora.

El miedo se evaporó. Lo que quedó fue algo más antiguo, más caliente, más de Bayamón. Vicky se soltó de un tirón. Lo empujó con las dos manos en el pecho y él trastabilló hacia atrás.

—Alejandro —dijo, y su voz sonó a algo que él no conocía. A una mujer que ya no le tenía miedo—. Si a Sardina le pasa algo, ya yo no tengo nada que perder. Te voy a dejar sin huevos. ¿Me oíste?

—¿Me estás amenazando?

—Tómalo como quieras.

—Voy a hacer que te deporten.

—Haz lo que quieras.

—Quiero mis diecisiete mil euros y el anillo de compromiso.

Vicky soltó una risa que no tenía nada de graciosa.

—¿Sabes qué, Alejandro? Fui a que me valoraran tu anillo de diamante. El de tres mil quinientos euros. El de la joyería de Gran Vía. ¿Sabes cuánto vale? Ciento cuarenta euros. Es circonia. Bisutería. Un fraude, como tú.

La cara de Alejandro se convirtió en un poema. Tres segundos de desconcierto que intentó disimular y no pudo.

Vicky se dio la vuelta. Caminó tres pasos. Se giró, le sacó el dedo del medio con toda la elegancia de una mujer de Parcelas VanScoy, y siguió caminando.

—¡Esto no se queda así, Vicky! —gritó él a sus espaldas—. ¡Me vas a devolver cada puto euro!

Ella no se giró.

Alejandro se quedó de pie junto al banco, rojo de rabia, con la mandíbula apretada.

Y entonces, desde algún lugar del cielo de Madrid, una paloma que pasaba por encima del estanque grande del Retiro decidió que había encontrado su objetivo.

La cagada le cayó directamente en el hombro de la camisa estampada. Un churretón blanco y verde que se extendió por la tela como una medalla de deshonor.

Alejandro bajó la mirada. Vio la mancha. Levantó la vista al cielo.

—¡Me cago en la puta!

A veinte metros, en un banco junto a los rosales, Axel bajó el periódico y sonrió.

Vicky llegó hasta él con las piernas temblando, pero la cabeza alta.

—¿Estás bien? —preguntó Axel.

—Sí.

—¿Qué te dijo?

—Lo de siempre. Que quiere el dinero, si no hará que me deporten. Que sabe dónde vivo.

Axel dejó de sonreír.

—¿Sabe dónde vives?

—Sabe lo de Pan Bendito. Ha estado vigilándome, Axel.

Axel se quitó las gafas. La miró con una seriedad que Vicky pocas veces le había visto.

—Eso cambia las cosas, Vi.

—Lo sé.

—Pero no se atreverá a buscarte allí. Voy a tener que hablar con los guardaespaldas del edificio —dijo Axel en referencia a los dos tipos que vendían droga frente al piso de su abuela.

Silencio. El ruido del parque llenando el espacio entre los dos.

—Vamos —dijo él, pasándole el brazo por los hombros.

Caminaron juntos hacia la salida del parque, con el sol de la tarde cayendo entre los árboles y la certeza de que aquello no había terminado.

Porque Alejandro no era de los que se rendían y Vicky lo sabía.

Pero por ahora, caminando junto a Axel bajo los árboles del Retiro, se permitió un segundo de victoria.

Le había dado la cara. No había temblado. No había cedido.

Por ahora eso bastaba.