Lo que pasa en Santorini Capítulo Quince
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Capítulo Quince

M ateo se quedó con la camiseta de algodón que llevaba y se puso la chaquetilla de chef blanca. Entró a la cocina de Verso como quien vuelve a casa después de un viaje largo.

La cocina de un restaurante a las tres de la tarde es un organismo vivo.

Los fogones encendidos, el ruido del extractor, los gritos de “marchando”, el olor a mantequilla dorada y a verduras que llevas horas reduciéndose.

Seis cocineros en sus puestos, cada uno en lo suyo, moviéndose entre las estaciones con la coreografía precisa de quien sabe que un segundo de más arruina un plato.

Mateo se ató el delantal, se lavó las manos, y ocupó la estación central.

—Buenas tardes. —Su voz cambió. Ya no era el tío del solitario ni el marido que huía de Daniela. Era el chef—. ¿Qué tenemos?

—Treinta y dos cubiertos para esta noche y las órdenes sueltas —dijo Laura, una chica de Bilbao con trenzas y tatuajes, que llevaba dos años en Verso y que algún día iba a tener su propio restaurante—.

El rape está fresco, el pato llegó esta mañana y el postre está montado.

El problema es la salsa del bogavante. Tomás la hacía con un toque de...

—Azafrán y naranja —completó Mateo—. Lo sé. Yo le enseñé la receta.

Laura sonrió.

—Me alegro de verte aquí, jefe.

—Yo también me alegro de estar aquí con ustedes.

Y era verdad.

Por primera vez en días, Mateo no estaba pensando en Daniela, ni en el abogado, ni en la productora, ni en el juego de solitario. Estaba pensando en la textura de una salsa, en el punto exacto de sal, en el tiempo de cocción de un rape que tenía que quedar jugoso por dentro y crujiente por fuera.

Esto era lo suyo. Lo único que nunca le había mentido.

Empezó a cocinar y la cocina entera se ajustó a su ritmo. Más rápido, más preciso, más exigente. Corregía platos con un vistazo, probaba salsas con la cuchara de madera, ajustaba tiempos de horno sin mirar el reloj porque lo llevaba en la piel.

A las seis tarareaba. A las siete bromeaba con el equipo. A las ocho le cambió la guarnición al pato porque “las patatas están tristes, ponle boniato asado con romero, que tiene más personalidad”. A las nueve la cocina funcionaba como un reloj suizo y Mateo sonreía por primera vez en una semana.

Laura lo miraba de reojo mientras emplataba.

—¿Qué? —preguntó él, pillándola.

—Nada. Que se nota cuando estás contento.

—Estoy en mi cocina. Siempre estoy contento en mi cocina.

—No siempre. El año pasado cuando viniste a cubrir a Marcos parecías un funeral andante.

—El año pasado no sabía lo que era estar jodido de verdad. —Le guiñó un ojo—. Ahora lo sé. Y en comparación, cocinar es el puto paraíso.

A las diez menos cuarto, con los últimos postres saliendo y la cocina empezando a aflojar, la puerta de servicio se abrió y entró Nico con la cazadora de cuero, una sonrisa como si fuera viernes por la noche y un casco de moto bajo el brazo.

—Hermano. —Se apoyó en la encimera como si fuera la barra de un bar—. Llevas siete horas aquí metido. Hueles a bogavante y a tristeza. Hoy nos vamos de copas y de putas.

Laura levantó la vista del emplatado con expresión de “este tío no cambia”.

—De copas te lo acepto —dijo Mateo, quitándose el delantal—. Ir de putas nunca me ha gustado.

—Eres un soso. La mitad de los chefs de Madrid se gastan la propina en puticlubs.

—Pues yo me la gasto en whisky. Que es más barato.

Nico soltó una carcajada.

—Pues whisky. Pero me cuentas lo de la tal Vicky con lujo de detalles.

Mateo lo miró.

Nico le dio una palmada en el hombro.

—Venga, que conozco un sitio.

A la misma hora, tres barrios más al sur, Vicky estaba en la cama del apartamento de Matilda con Sardina hecho una rosca a su lado y el televisor del salón sonando a lo lejos.

Matilda veía las noticias de las diez con el volumen de quien considera que las noticias son más importantes que el sueño de los demás.

Había hablado con su madre un par de minutos para que se tranquilizara y ahora miraba el techo. Trescientos cuarenta euros. Ni para la mitad de un vuelo le daba. Atrapada era poco.

El teléfono vibró.

Número desconocido. WhatsApp.

“Mañana en el Retiro, junto al estanque grande, a las 5. Ven sola. Si no vienes, iré por ti. Sé que Axel te esconde y sé dónde. No me hagas ir a buscarte. Se acabó el juego, Alejandro”

El estómago se le contrajo como un puño.

Llevaba días esperando este momento y temiéndolo al mismo tiempo. Sabía que la enfrentaría. Porque Alejandro era de los que no paraban hasta conseguir lo que querían, y lo que quería eran sus diecisiete mil euros o el control sobre ella. Preferiblemente ambos.

Miró el mensaje. El cursor parpadeando sobre el teclado. Podía bloquearlo. Otro número más a la lista. Pero bloquearlo no lo hacía desaparecer. Solo lo cabreaba más.

Si no voy, es capaz de venir. Si voy, al menos le veo la cara y sé a qué atenerme.

No respondió. Dejó el teléfono en la mesita y se quedó mirando el techo otra vez. Sardina ronroneó en sus rodillas, ajeno a todo.

Difícil conciliar el sueño.

E l bar se llamaba El Naufragio —muy apropiado para el estado anímico de Mateo— y estaba en una bocacalle de Malasaña que olía a cerveza derramada y a decisiones cuestionables.

Paredes de ladrillo, luces bajas, música de los Dire Straits sonando desde un altavoz que había conocido tiempos mejores, y una barra de madera donde los codos de mil borrachos habían dejado su marca.

El tipo de sitio donde nadie te reconoce y a nadie le importa.

Mateo y Nico entraron a las diez y media. Y a pesar de que el sitio era un tugurio, a pesar de que los dos venían de trabajar y Mateo todavía olía a cocina, las cuatro mujeres que había en la barra giraron la cabeza al mismo tiempo.

Porque los hermanos Rey de Francisco juntos eran un problema visual.

Mateo con su metro noventa, los hombros anchos y esa mandíbula que seguía siendo ridículamente perfecta incluso con ojeras.

Nico con el pelo revuelto, la cazadora de cuero y esa sonrisa de tipo que sabe exactamente el efecto que causa y le importa una mierda.

Una de ellas, pelirroja, con pinta de que llevaba ahí desde las ocho, le sonrió a Nico.

Nico le devolvió la sonrisa.

—Ni se te ocurra —dijo Mateo, sentándose en la barra—. Esta noche estás conmigo.

—Solo le he sonreído.

—Tú nunca “solo” sonríes.

—Vale. —Nico se sentó a su lado—. Pero conste que esa pelirroja tiene unas tetas de Nobel.

—Nico.

—Ya, ya. Whisky. Dos.

El camarero sirvió dos Johnnie Walker dobles. Nico levantó su vaso.

—Por las tías que nos joden la vida.

—Por las tías que nos joden la vida —repitió Mateo, y se bebió la mitad de un trago.

—Ahora cuéntame. —Nico se giró en el taburete para mirarlo de frente—. Todo. Desde el avión.

—Es largo.

—Tengo toda la noche y el bar no cierra hasta las tres. Empieza.

Mateo miró su whisky. El líquido ambarino le devolvió un reflejo distorsionado de su propia cara.

—La conocí en el avión a Atenas. Primera clase. Ella iba borracha de champán y yo de whisky. —Hizo una pausa—. Casi nos follamos en el baño antes de aterrizar.

—Hostia, esto tiene una pinta… Y yo que te hacía santo.

—La azafata nos pilló.

—Joder. —Nico se rio—. ¿Qué pasó después?

—Después resultó que estaba en mi mismo hotel. A tres pisos de distancia.

—¿Y?

—¿Y qué crees? —Mateo le dio otro trago al whisky—.

Pues que follamos. Mucho. Y bien. Muy bien.

Demasiado bien. —Bajó la voz—. Pero no fue solo eso, Nico.

Fue... fue como si alguien hubiera diseñado a una mujer específicamente para volverme loco.

Su humor. Su boca. Cómo me contestaba. Cómo me miraba cuando creía que no me daba cuenta.

—Hostia, tío.

—Se intoxicó con un queso. La llevé al hospital a las cuatro de la mañana. Le hice sopa. Le puse calcetines.

Nico lo miró fijamente.

—¿Le pusiste calcetines?

—Sí.

—Mateo, eso suena a que te enamoraste.

—No digas gilipolleces.

—¿Gilipolleces? Tú no le pones calcetines ni a Gisela cuando tiene fiebre. Se los pone la niñera. Y a esta tía que conoces hace cuatro días le pones calcetines a las cuatro de la mañana. Eso tiene un nombre.

Mateo no respondió. Pidió otro whisky.

—¿Qué más? —insistió Nico.

—Alquilé un velero. La llevé a una isla desierta. Dormimos abrazados en una cabina del tamaño de un armario y no la toqué.  —Se terminó el segundo whisky—. Y el día que se supone todo acababa tuve que irme huyendo de Santorini y no pude despedirme.

—Lo que no entiendo es por qué no te quedaste con su información.

—Reglas, las puso ella.

—Sabes que esa tía está liada. Tal vez marido, hijos.

Mateo apretó la mandíbula después de beberse el resto de su whisky y pidió otro.

—¿Por qué no le dijiste que querías seguir viéndola?

—Porque Gisela me necesita. Porque tengo cinco restaurantes. Porque Daniela me va a quitar todo y no puedo complicar las cosas más. Además, ella tiene sus propios rollos.

—Excusas.

—Razones.

—Excusas de mierda disfrazadas de razones. —Nico golpeó la barra—. ¿Sabes qué? El mayor acto de cobardía de un hombre no es huir del peligro. Es quedarse quieto cuando la felicidad está a tres metros y no te mueves porque te cagaste.

Mateo lo miró con los ojos vidriosos.

—Ya, no sabía que eres filósofo. Pena que no te lo apliques. Alfonsina es el mejor ejemplo.

—No es lo mismo, Mateo. Debes hacer algo antes de que sea tarde.

—¿Y qué hago? ¿Salgo a la calle y grito “¡Vicky!” hasta que me conteste alguien?

—Mañana me pongo a buscarla en redes. Datos. Necesito datos.

—No tengo su apellido. Solo sé que se llama Victoria, que es puertorriqueña, que vive en Madrid y que tiene un gato naranja.

—¿Un gato naranja? Eso lo subo a Twitter y en dos minutos la encuentro.

—Nico, esto es serio.

—Y yo estoy serio. —Le clavó un dedo en el pecho—. Mañana la busco. Instagram, Facebook, lo que sea. Victoria, puertorriqueña, Madrid. No puede haber tantas.

—Hay millones de personas en esta ciudad.

—Pero solo una que te hizo gritar su nombre en un mirador de Santorini. —Levantó el vaso—. Por Vicky. Que no sabe la que le espera cuando la encontremos.