Capítulo Catorce #3
Vicky aceptó las gafas y la pañoleta. Así que Axel le contó que Alejandro la quería retener. No lo del dinero ni lo del robo. Solo la versión limpia. El bueno de Axel, protegiendo su reputación hasta con su propia abuela.
—Gracias, Matilda.
—Y vuelve para la comida. A las dos. Ni un minuto más tarde, que el cocido no espera. Y si no llegas, llamo a Axel.
Vicky bajó las escaleras con las gafas puestas y la pañoleta en la cabeza, sintiéndose como una espía de película barata. O como la tía Carmen en misa de domingo.
En el portal, el que fumaba la vio salir y se apartó de la pared.
—Oye, ¿y no necesitas escolta?
Vicky lo miró por encima de las gafas de Matilda.
—Por ahora puedo defenderme sola.
—Pena. Porque con una tía como tú yo soy capaz de cualquier cosa.
—Seguro que sí —dijo Vicky sin detenerse—. Pero hoy no, galán.
El tipo se rio y volvió a apoyarse en la pared. Su compañero ni levantó la vista del móvil.
El primer Compro Oro estaba en Carabanchel Alto, a quince minutos andando. Letrero amarillo de neón, escaparate con relojes y cadenas de dudosa procedencia, y un dependiente con bigote fino que la miró entrar como si fuera Navidad.
—Buenos días, preciosa. ¿En qué te puedo ayudar?
Vicky ignoró el “preciosa”.
—Quiero que me valoren esto.
Sacó el anillo del bolso y lo puso sobre el mostrador. El solitario brilló bajo la luz fluorescente con esa convicción de piedra que cree ser importante.
El dependiente lo cogió. Lo miró. Sacó una lupa. Lo miró otra vez. Se lo acercó al ojo con una concentración que Vicky encontró esperanzadora.
Luego lo dejó en el mostrador y la miró con una expresión que no era de Navidad.
—Circonia.
—¿Perdona?
—Circonia. —Señaló la piedra con el meñique—. No es diamante. Es circonia cúbica. Y el engaste... —Lo giró bajo la luz—. Esto no es oro blanco. Es plata rodiada. Como mucho.
El suelo se abrió bajo los pies de Vicky.
—Eso no puede ser. Me dijeron que era un diamante de tres mil quinientos euros.
—Pues te dijeron mal. —El dependiente se encogió de hombros con la indiferencia de quien da malas noticias cinco veces al día—. Esto vale... —Calculó un momento—. Ciento treinta y cinco euros. Y estoy siendo generoso.
—¿Ciento treinta y cinco?.
—Euros. Sí.
Vicky sintió que las piernas le fallaban. Se agarró al mostrador.
Tres mil quinientos euros, diamante auténtico, comprado en una joyería de la Gran Vía, según Alejandro.
Ese hijo de la gran puta.
—No —dijo ella, recogiendo el anillo del mostrador—. Voy a buscar una segunda opinión.
—Como quieras, guapa. Pero te van a decir lo mismo.
Salió del Compro Oro con el anillo apretado en el puño y la rabia subiéndole por el pecho como ácido. Bajó al metro en la estación más cercana, sacó un billete sencillo y se montó en un vagón medio vacío rumbo a Gran Vía.
Si Alejandro decía que lo había comprado en la Gran Vía, pues a la Gran Vía iría. A una joyería de verdad. Con gente que supiera distinguir un diamante de una piedra de acuario.
La joyería se llamaba algo con apellido francés que Vicky no recordaría después.
El dependiente era un señor elegante con traje gris que la miró con educada desconfianza cuando ella puso el anillo sobre el terciopelo del mostrador.
Lo examinó con lupa, con una máquina, con otra lupa.
Mucha ceremonia para llegar al mismo funeral.
—Señora, la piedra es circonia cúbica. El metal es una aleación chapada. —Le devolvió el anillo con dos dedos, como quien aparta algo contagioso—. Nosotros no trabajamos con este tipo de piezas, pero en el mercado de segunda mano no superaría los ciento cuarenta euros.
Un euro cincuenta de metro gastado en confirmar que su exprometido era un estafador de mierda hasta para regalar anillos.
Salió de la joyería y caminó por Gran Vía sin ver las tiendas, sin ver a la gente, sin ver nada.
Solo una cifra dándole vueltas en la cabeza como una canción que no puedes dejar de oír: ciento cuarenta euros.
Eso era lo que valía su historia de amor con Alejandro.
Ciento treinta y cinco euros de circonia y mentiras.
Encontró un Compro Oro en una bocacalle. Más pequeño que el de Carabanchel, más sucio, con un tipo detrás del cristal que la miró sin interés. Puso el anillo en el mostrador.
—Ciento cuarenta —dijo el tipo sin tocarlo.
Ya no le quedaba energía para regatear con la realidad.
—Dámelos.
Dos billetes de cincuenta. Dos de veinte. Los guardó en el bolso y salió a la calle sin mirar atrás.
Vicky caminó por Madrid con las gafas de Matilda puestas y la pañoleta de flores en la cabeza, y por primera vez desde que volvió de Santorini no pensó en Mateo.
Pensó en Mario.
Mario de Valladolid, el que la enamoró por internet desde Madrid.
El que le prometió un puesto en Amazon España y la convenció de que al otro lado del Atlántico la esperaba una vida nueva.
El motivo por el que ella le dijo a sus padres que le había salido una oferta de trabajo, metió su vida en una maleta y se montó en un avión con la certeza de quien cree que el destino por fin le sonríe.
Cuando llegó descubrió que Mario era repartidor, que trabajaba cuatro días a la semana, que vivía en una pensión de mierda en Lavapiés y que su contacto en Amazon era tan real como el diamante de Alejandro.
Cuatro meses aguantó en esa pensión. Una madrugada salió con su maleta y no volvió más.
Encontró cinco noches a la semana sirviendo copas en La Tinta y con eso alquiló un cuarto que no era mucho mejor, pero al menos no tendría que compartir con un tipo que era un perdedor conformista.
Ciento cuarenta euros, más doscientos que me quedaron de los que robé. No me da ni para comprarme el pasaje.
Y esa fue la primera vez que Victoria de los Ángeles Ruiz Castellano entendió que estaba atrapada.