Lo que pasa en Santorini Capítulo Catorce #2
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Capítulo Catorce #2

Mateo negó con la cabeza, pero se le escapó media sonrisa. Nico era un desastre andante, pero era también el único que lo hacía reír cuando todo se iba a la mierda.

—¿Qué? ¿Has venido solo a acosarla o tienes algo útil que decirme?

Nico se puso serio. O lo que pasaba por serio en él, que era básicamente dejar de sonreír durante diez segundos seguidos.

—San Sebastián. El tema de los permisos está jodido, Mateo. El Ayuntamiento nos tiene parados. Sin la licencia de actividad no puedo firmar con la empresa de instalaciones y se nos va el calendario a tomar por culo. Necesito que muevas tus hilos.

—Ya lo hice. Llamé al despacho de Carrasco ayer. Su relaciones públicas me dijo que el hermano del diputado trabaja en el Ayuntamiento. Van a ayudarnos.

—¿Y te fías?

—No me fío de nadie. Pero es lo que hay.

—Vale. —Nico se cruzó de brazos—. Confío en ti. Aunque últimamente tu juicio está un poco nublado.

—¿A qué te refieres?

—A que vienes moreno de Santorini, con ojeras de tres días, y jugando al solitario a las ocho de la mañana.

—Lo miró directo tras ojear la pantalla—.

¿Qué coño te pasó allí? Porque el irresponsable del dúo de los hermanos Rey soy yo.

Tú eres el tío de familia, negocios, estudios, contactos, serio, limpio.

Mateo se quedó callado un momento. Miró la pantalla del ordenador, donde el solitario seguía abierto como una acusación.

—Conocí a alguien en Santorini.

—¿Una tía?

—No, un delfín. Pues claro que una tía, imbécil.

—¿Y?

—Y nada. —Se recostó en la silla—. Al final del viaje se acabó. Cada uno por su lado.

Nico lo estudió con esos ojos que, debajo de toda la fachada de cínico, veían demasiado.

—Hostia. ¿Casada igual que tú?

Mateo negó.

—Te dejó loco, ¿verdad?

—Loco es poco.

—¿Cómo se llama?

—Vicky. Puertorriqueña. Y antes de que preguntes, no. No tengo su número. Ni su apellido. Ni una hostia.

—¿Por qué cojones no te quedaste con su número?

—Ella puso reglas. Nada de apellidos, nada de teléfonos, nada de fotos. Lo que pasara en Santorini se quedaba en Santorini. Un paréntesis limpio.

—Al carajo las reglas, Mateo. Si una tía te deja así, te quedas con su puto número, aunque tengas que tatuártelo en el brazo.

—Es mejor así. Estoy complicadísimo. Con Daniela, con el divorcio, con Gisela...

—Complicadísimo vas a estar cuando pasen los días y la extrañes como un loco. —Nico se inclinó hacia él—. Eres tonto del culo. Lo sabes, ¿no?

—Gracias por el apoyo fraternal.

—No estoy para apoyarte. Estoy para decirte la verdad. —Se levantó del escritorio—. Cuando las mujeres te dicen una tontería como “no voy a darte mi número” uno insiste. ¿Sabes qué es lo peor? Que esa tía está en algún sitio de Madrid pensando que eres un gilipollas cobarde.

La frase le pegó a Mateo en un sitio que no esperaba. Directo al centro del pecho, donde todavía le dolía.

—No es tan simple.

—Nunca es simple. Pero los simples son los tíos como tú que dejan escapar a la mujer que les vuela la cabeza por miedo a complicarse la vida.

—Caminó hacia la puerta. Entonces se giró con esa sonrisa de quien acaba de recordar algo importante—.

Alfonsina está loca por mí. ¿Viste? Se volvió a cambiar el perfume para impresionarme.

Mateo lo miró con una mezcla de lástima y diversión.

—¿Y si te dijera que creo que tiene un pretendiente que le envía flores?

La sonrisa de Nico se congeló.

—Que te jodan, Mateo.

—A las diez te quiero en la reunión de staff.

—Intenta no perder más partidas de solitario. Das penita.

Y salió del despacho dando un portazo que hizo temblar el diploma de la Escuela de Hostelería.

Mateo se quedó solo. Miró el dibujo de Gisela en la pared. El señor con cabeza enorme y la sartén gigante. «PAPÁ COSINA #1».

Abrió el cajón de la mesa, sacó el teléfono, y buscó en Google: “vuelos de Madrid a San Juan Puerto Rico”. Doscientas treinta opciones. Tres aerolíneas. Casi tres millones de personas en la isla.

Y una sola Vicky. Tal vez sería interesante cruzar un océano.

Cerró el navegador. Abrió el solitario.

Perdió otra partida.

V icky se despertó con el olor a café y el sonido de la radio.

No la radio de Santorini, con su música griega y el rumor del mar de fondo. La radio de Matilda: Radio Nacional de España, las noticias de las siete, volumen de una señora que ya no oye como antes pero que jamás lo admitiría.

Sardina dormía acurrucado en el hueco de sus rodillas, donde se había instalado anoche como si fuera su derecho contractual. Vicky lo apartó con cuidado, se puso las chanclas y salió al pasillo.

La cocina de Matilda era pequeña, inmaculada, con un hule de cuadros sobre la mesa, una cafetera italiana burbujeando en el fogón y un crucifijo sobre la puerta que vigilaba que nadie hiciera nada indebido en su jurisdicción.

Matilda estaba sentada a la mesa con una bata de estar en casa, el pelo blanco recogido en su moño eterno y una tostada con aceite de oliva en la mano.

Miró a Vicky por encima de la taza de café con la expresión de alguien que ya lleva dos horas despierta y considera que el resto del mundo es un atajo de vagos.

—Buenos días —dijo Vicky.

—El café está en la cafetera. La leche, en la nevera. El azúcar no lo uso porque me mata, pero hay un bote en la alacena de arriba. Las tostadas te las haces tú, que yo no soy tu criada.

—Gracias, Matilda.

—Y si quieres fruta hay un plátano. Está un poco negro, pero se come.

Vicky se sirvió el café, se hizo una tostada y se sentó frente a la anciana. Comieron en silencio. Matilda untaba su tostada con la solemnidad de un acto litúrgico. De vez en cuando miraba a Vicky de reojo, como evaluando si esta inquilina imprevista iba a ser un problema o una compañía aceptable.

—¿Dormiste bien? —preguntó al cabo de un rato.

—Sí. La cama es cómoda.

—Es la cama donde murió mi marido. —Lo dijo con la misma naturalidad con la que había dicho lo del plátano negro—. Hace catorce años. Que en paz descanse.

Vicky se quedó con la tostada a medio camino de la boca.

—Pero el colchón lo cambié —añadió Matilda—. Que no soy animal.

Terminaron de desayunar. Vicky fregó los platos sin que nadie se lo pidiera y Matilda asintió con una aprobación mínima que probablemente era el equivalente de una ovación en su vocabulario emocional.

—La basura —dijo Matilda, señalando una bolsa junto a la puerta.

—La bajo.

—Antes de las nueve. Que el camión no espera.

Vicky agarró la bolsa y bajó las escaleras.

Eran las ocho y cuarenta. Pan Bendito a esa hora olía a café y a pan tostado que salía por las ventanas abiertas, y desde algún piso se oía el informativo de la tele compitiendo con la radio de Matilda en una guerra de frecuencias que con toda probabilidad llevaba décadas.

En el portal, los dos tipos de anoche ya estaban en sus posiciones, como centinelas de un ejército que no figuraba en ningún registro oficial. Uno fumaba. El otro miraba el móvil. Vicky pasó junto a ellos con la bolsa de basura y les dedicó un asentimiento de cabeza.

—Buenos días —dijo.

El que fumaba la miró con una sonrisa lenta.

—Buenos días, guapa.

El que miraba el móvil levantó la vista un segundo.

—Buenos días.

Vicky dejó la basura en el contenedor, se sacudió las manos y volvió a subir.

Parcelas VanScoy versión europea , pensó. Diferentes acentos, misma fauna .

De vuelta en la habitación, revisó el móvil. Dos mensajes de su madre, el primero a las tres de la madrugada hora de Madrid, que allá serían las nueve de la noche:

“Victoria llámame cuando puedas. Ya no sé si ya saliste de Grecia o si te vendieron en el mercado negro. Tu padre dice que exagero, pero yo le digo que las noticias no mienten. LLÁMAME”.

El segundo, veinte minutos después:

“He hecho un rosario por ti. Si no me llamas mañana le digo a Junior que llame a la embajada o a esa gente de Juana Matos, que algo podrán hacer para encontrarte”.

Vicky sonrió. El dramatismo de su madre era insuperable. Tecleó rápido:

“Mami estoy en Madrid, llegué bien. Te llamo más tarde. No llames a Junior ni a la embajada ni a los de Juana Matos ni al Mossad. Estoy bien. Te quiero. Besos a papi”.

Enviar. Doble check azul en tres segundos. Su madre nunca dormía.

La respuesta llegó de inmediato:

“GRACIAS A DIOS y a la Virgen del Carmen. Llámame hoy SIN FALTA o me da algo”.

Vicky dejó el teléfono en la cama y miró a Sardina, que se había trasladado a la almohada y la observaba con la superioridad moral de quien nunca ha tenido que huir de nada.

—Escúchame bien —le dijo, señalándolo con el dedo—. No puedes salir de esta habitación. ¿Me oyes? Ni al pasillo, ni a la cocina, ni cerca de los geranios. Si Matilda te encuentra en su sofá, nos bota a los dos.

Sardina bostezó.

—Lo digo en serio.

Otro bostezo.

Vicky abrió la maleta y buscó el calcetín con el anillo. Lo sacó, lo sostuvo un momento. Con esto salgo de aquí. Hoy lo empeño, compro el pasaje a Puerto Rico, y antes de que acabe la semana estoy en Bayamón .

Se duchó rápido —No quedaba agua caliente porque Matilda ya la había gastado, y se contuvo el grito cuando el agua fría le golpeó la espalda——, se cambió con lo más discreto que tenía, y guardó el anillo en el bolsillo interior del bolso.

Antes de salir, pasó por la cocina. Matilda estaba viendo un programa de cocina en la tele del salón, uno de esos concursos donde la gente lloraba por un soufflé. Vicky sospechó que Matilda no lo veía por las recetas sino por el placer de criticar a los concursantes.

—Matilda, voy a salir a hacer unas gestiones.

La anciana la miró.

—Espera. —Se levantó del sofá con una agilidad que desmentía sus ochenta y tantos años y fue a su dormitorio. Volvió con unas gafas de sol grandes, de esas que se usaban en los ochenta, y una pañoleta de flores—. Toma. Ponte esto.

—Matilda, no hace falta...

—Mucho cuidado, no te vayas a encontrar con ese ex tuyo, que ya Axel me ha contado un poco lo sinvergüenza que es y que te quería retener a la fuerza. —Le puso la pañoleta en las manos con autoridad—. Los tíos no saben cuándo parar.