Lo que pasa en Santorini Capítulo Catorce
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Capítulo Catorce

E l despacho de Mateo en el segundo piso de Ática era el único lugar del restaurante que no parecía diseñado para impresionar a nadie.

Con S. La mejor reseña que había recibido en su vida.

Había una ventana que daba al callejón trasero y otra interior, tipo claraboya, desde la que podía ver la cocina de abajo.

Su cocina. Tres estrellas Michelin. La que lo había puesto en el mapa, después de ser un destacado alumno de Berasategui, y le había pagado este despacho, el ático de Chamberí, los otros cuatro restaurantes y la úlcera de estómago que lo acompañaba desde los veintiocho.

Cinco restaurantes. Ática aquí, en el corazón de Madrid, la joya de la corona.

Verso, el bistró de Malasaña, más informal, pero con lista de espera de tres semanas.

Raíz, en Chamartín, cocina de temporada.

Brisa, en el Born de Barcelona. Y Mareas, en el puerto de Valencia, que había abierto hacía dos años y ya empezaba a dar beneficios.

Más el de San Sebastián, que Nico estaba montando y que todavía no tenía nombre ni permisos ni chef contratado ni nada que no fueran dolores de cabeza.

Ciento veinte empleados. Seis cartas diferentes. Un programa de televisión que estrenaba en septiembre. Y un matrimonio que se caía a pedazos.

Todo eso gestionaba Mateo Rey de Francisco.

Y a las ocho de la mañana de un martes de agosto, el chef con tres estrellas Michelin estaba sentado en su despacho jugando al solitario en el ordenador. Algo mucho menos tóxico que un trago de whisky a esa hora para adormecer su estado de ánimo.

Llevaba cuarenta minutos. Había ganado dos partidas y perdido siete.

No le importaba. El solitario tenía la virtud de mantener los ojos ocupados mientras el cerebro se iba a Santorini, a un mirador sobre el Egeo, a unas manos que le acariciaban el pecho, a una voz que le decía que te den, Mateo y a una mujer que a estas alturas probablemente ya estaba cruzando el Atlántico de vuelta a su isla.

Vicky .

No sabía su apellido. No tenía su número. Solo sabía que vivía en Madrid, que quería irse a Puerto Rico, y que besaba como si el mundo se fuera a acabar.

Hizo clic. Perdió otra partida.

—Joder —murmuró.

A las ocho la puerta del despacho se abrió sin que nadie llamara y Alfonsina Reyes, su asistente por los pasados tres años, entró como siempre: como si el edificio le perteneciera y todos los demás estuvieran de visita.

Veintiséis años. Traje sastre gris que parecía planchado con precisión milimétrica.

Moño apretado contra la nuca con la exactitud de un nudo quirúrgico.

Medias de nailon, zapatos ejecutivos cerrados, poco maquillaje.

Una carpeta bajo el brazo izquierdo, un café en la mano derecha —para ella, no para él, porque Alfonsina no era camarera de nadie— y una expresión que decía “sé exactamente lo que estás haciendo y me parece patético”.

Miró la pantalla con cara de que objetaba la actuación del chef.

—Solitario —dijo. No era una pregunta.

—Buenos días a ti también, Alfonsina.

—Has perdido otra vez. Se nota en la cara. —Dejó la carpeta sobre el escritorio y se sentó en una de las sillas de visitas sin esperar invitación—. ¿Empezamos o quieres perder otra partida?

Mateo cerró el solitario y se recostó en la butaca tras el escritorio.

—Dispara.

Alfonsina abrió la carpeta. Mateo a veces pensaba que esa carpeta era una extensión de su cuerpo, como las garras de un ave rapaz.

—A las nueve, reunión con Pereira, el de Distribuciones Atlántico. Quiere renegociar el precio del rape y de la lubina. Dice que los costes de transporte han subido un dieciocho por ciento.

—¿Un dieciocho? Se lo está inventando.

—Probablemente. Pero es el único proveedor que nos garantiza género fresco en menos de doce horas. Si lo perdemos, la carta de Mareas se resiente. Yo le contra ofertaría un doce por ciento de subida y tres meses de exclusividad. Le sale mejor que buscarse otro cliente.

Mateo asintió. Alfonsina era bastante joven y negociaba como si llevara cuarenta años en el Mercado Central.

—A las diez, reunión de staff. Hay un problema. —Hizo una pausa que en ella era señal de que lo que venía era gordo—. Tomás ha dimitido.

—¿Tomás? ¿Tomás de Verso?

Asintió.

—Dejó una carta encima de la barra ayer a las once de la noche y se fue —le explicó ella—. Ni aviso previo ni preaviso ni hostias. Se ha ido a un gastrobar en Ponzano que le ofrece más pasta y menos horas. Lo sé por uno de los cocineros. Nunca falta quien se le va la lengua.

—Hostia puta.

—Sí. Así que no hay chef en Verso y hoy hay treinta y dos reservas para la cena. —Lo miró directamente—. Tienes que cubrir tú el turno de tres a diez.

—Alfonsina, no puedo estar en la cocina de Verso y...

—No hay nadie más. Roberto está de baja, Lucía cubre Raíz, y no voy a llamar a un interino de agencia para un restaurante con lista de espera. Eres tú o cerramos esta noche. Y no vamos a cerrar. ¿Verdad?

Mateo se frotó la cara con las manos.

—Vale. ¿Qué más?

—A las once, reunión con los de la productora.

—Alfonsina pasó una página—. Siguen nerviosos.

El artículo de La Liebre Digital les ha puesto histéricos.

Quieren saber si hay más mierda escondida que pueda salpicar al programa antes del estreno.

Les he dicho que no, pero no se fían de mi palabra. Se fían de la tuya.

—Pues les digo lo mismo que tú y nos ahorramos la reunión.

—La reunión es a las once, Mateo. En el canal. Punto.

—Vale.

—Siguiente. —Otra página—. San Sebastián. Los permisos siguen atascados en el Ayuntamiento. Nico me llamó ayer para decirme que sin la licencia de actividad no puede firmar con los instaladores y el cronograma se va a la mierda.

—Eso ya lo estoy gestionando. Llamé al relaciones públicas de Carrasco, el diputado. Me dijo que el hermano trabaja en el Ayuntamiento de San Sebastián. Que nos ayuda.

Alfonsina levantó una ceja.

—¿Carrasco? ¿Desde cuándo tienes tú contacto con el despacho de un diputado?

—Desde que necesito permisos y los canales normales no funcionan. Le hice un favor para un imprevisto en la boda de su hija. Me debe una.

—Ya. —Lo apuntó en la carpeta—. Me consigues el contacto del relaciones públicas para hacer seguimiento.

—Se llama Sotomayor. Te paso el correo.

—Siguiente —continuó Alfonsina, inmutable—. Daniela ha llamado dos veces esta mañana preguntando si estás aquí.

El nombre cayó en el despacho como un cubo de agua fría.

—Dile que me fui a Marte.

—Muy gracioso, Mateo. Y muy maduro.

—Alfonsina, no quiero hablar con ella. Ni hoy ni mañana ni el mes que viene. Si vuelve a llamar, no estoy. Si se presenta, no estoy. Si manda un abogado, no estoy.

—Entendido. ¿Algo más?

—Sí. —Mateo se inclinó hacia adelante—. De todo lo que tengo en agenda, necesito un hueco para hablar con Gonzalo. Tal vez a las tres.

—A las tres estarás cubriendo la cocina de Verso. Imposible.

—Pues mañana. Me urge empezar con lo del divorcio.

Alfonsina lo miró un momento. Dejó el bolígrafo sobre la carpeta, que en ella era como soltar un arma.

—¿Puedo decirte algo?

—¿Desde cuándo pides permiso?

—¿Por qué no buscas solucionar con terapia antes de ir al abogado?

—Porque los cuernos no se resuelven con terapia, Alfonsina.

Alfonsina se quedó muy quieta. Bajó la voz.

—Ah. Entonces los rumores son ciertos.

—¿Qué rumores?

—De que tienes una amante. —Lo miró con una mezcla de decepción y ofensa profesional—. ¿Pero cómo no me voy a enterar si manejo tu agenda? Prácticamente controlo hasta cuándo te duchas. ¿Cómo pudiste engañarla sin que yo lo supiera?

Mateo la miró un momento. Y a pesar de todo, a pesar del desastre de su vida y del solitario y de las ojeras y de la boricua que no podía sacarse de la cabeza, soltó una risa corta. Amarga. Seca.

—Porque el cornudo soy yo, Alfonsina.

El silencio que siguió fue de los que pesan. Alfonsina abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir. En tres años trabajando para Mateo, en tres años de agendas, llamadas, crisis de proveedores y cenas de prensa, era la primera vez que no tenía absolutamente nada que decir.

Antes de que pudiera recuperarse, la puerta del despacho se abrió de par en par.

—Llegó la cosa más bella de Madrid, joder —dijo desde la puerta.

Nicolás Rey de Francisco entró como entraba siempre: sin llamar, sin permiso y sin pedir disculpas.

Treinta y dos años. Metro ochenta y cinco de sonrisa canalla, pelo castaño revuelto que no se peinaba por principio, y una mandíbula que era idéntica a la de su hermano mayor pero usada para fines bastante menos nobles.

Llevaba una camiseta de Metallica desgastada que decía Master of Puppets , unos vaqueros rotos en la rodilla, y una cazadora de cuero oscuro que probablemente costaba más que todo el atuendo junto pero que él llevaba como si la hubiera encontrado en un contenedor.

Era, objetivamente, uno de los hombres más guapos que Alfonsina había visto en su vida. Y lo odiaba con cada fibra de su moño apretado.

—Buenos días, familia —dijo Nico, dejándose caer en el borde del escritorio de Mateo como si fuera el sofá de su casa—. Alfonsina, boquita de piñón estás radiante.

—No me digas así.

—Hueles diferente. ¿Has cambiado de perfume o de champú?

—Ni lo uno ni lo otro —respondió ella, recogiendo la carpeta y poniéndose de pie—. Y quita el culo del escritorio, que ahí hay documentos.

—Si quieres que me quite, vas a tener que quitarme tú.

—Eres un impresentable.

—Soy encantador. Admítelo.

Alfonsina apretó la carpeta contra el pecho como un escudo y se dirigió a la puerta con la dignidad de una emperatriz abandonando una sala de plebeyos.

—A las nueve, Pereira —le dijo a Mateo sin girarse—. No llegues tarde.

Salió y cerró la puerta con un clic preciso que era más elocuente que un portazo.

Nico la miró irse con una sonrisa de idiota satisfecho.

—Un día de estos me va a decir que sí.

—Lleva tres años diciéndote que no. No sé cómo guardas esperanzas ahí.

—Eso es porque está madurando su respuesta.