Lo que pasa en Santorini Capítulo Trece #3
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Capítulo Trece #3

Matilda la miró un momento, como evaluándola. Luego suavizó la voz un milímetro, que para una madrileña de ochenta y tantos años era prácticamente una declaración de amor.

—Axel me ha dejado lo del gato. El arenero está en el baño, junto al bidé. La comida, en la cocina. —Hizo una pausa—. La cena es a las ocho.

—No tengo hambre, doña Matilda.

—Nada de doña, eso es para las viejas. —La miró con una media sonrisa que le arrugó toda la cara—. Puedes tutearme.

—No tengo hambre, Matilda.

—Pues a las ocho hay cena igual. Luego tú verás si comes o no.

Y salió de la habitación sin esperar respuesta, dejando detrás un olor tenue a colonia de farmacia y a geranio.

Vicky se quedó sola.

Se sentó en la cama. Los muelles protestaron como si también tuvieran quejas sobre la situación.

Miró la habitación, las paredes con un papel pintado que en algún momento debió ser blanco con flores pero que ahora era un beige indefinido, la lámpara con la pantalla ligeramente torcida, la ventana por donde entraba una luz gris del patio interior.

Abrió el transportín.

Sardina salió con la cautela diplomática de un gato que entra en territorio desconocido.

Olisqueó la esquina de la cama, inspeccionó las patas de la mesita, se subió al colchón, pisó la almohada tres veces en círculo y se tumbó con la actitud de quien ha decidido que este sitio es una mierda, pero servirá mientras tanto.

Vicky lo agarró y se lo puso contra el pecho. Le besó la cabeza, entre las orejas, donde el pelo era más suave.

—He vuelto por ti —le susurró—. Pero pronto nos vamos para que conozcas a tus abuelos.

Sardina maulló. Sonó a desaprobación.

—Ya sé. A mí tampoco me emociona mucho. Pero es lo que hay.

Lo dejó sobre la cama y se agachó frente al transportín. Metió la mano en el compartimento del fondo, donde el forro se levantaba un poco, y buscó hasta que sus dedos encontraron el bulto suave de un calcetín enrollado.

Lo sacó y lo desenvolvió.

El solitario le devolvió la mirada desde la palma de su mano como un ojo frío. Tres mil quinientos euros, según Alejandro: diamante auténtico engarzado en oro blanco, comprado en una joyería de la Gran Vía.

Lo giró entre los dedos. Hacía quince días que no lo miraba. Desde la noche que lo escondió en el transportín de Sardina, envuelto en ese calcetín, y salió del apartamento de Alejandro sin mirar atrás.

Aquella noche ese anillo significaba una boda. Ochenta invitados. Un vestido con la etiqueta puesta. Una vida que iba a ser perfecta con un hombre que resultó ser una mierda.

Ahora significaba un pasaje de avión a Puerto Rico y quizás una semana de comida.

Mañana iría a un Compro Oro. De esos que había en cada esquina de Madrid, con su letrero de neón y su dependiente que miraba la joya y a ti al mismo tiempo, calculando cuánto podía joderte. No le darían los tres mil quinientos, ni de lejos. Pero le darían algo. Lo suficiente para salir de aquí.

Volvió a enrollar el anillo en el calcetín y lo guardó en el bolsillo interior de su maleta, debajo de la ropa. Mañana… mañana se ocuparía de eso.

Se metió en la cama y Sardina se acomodó en el hueco de sus rodillas, ronroneando esa vibración grave que era lo más parecido a una canción de cuna que Vicky había tenido en años.

Afuera, Pan Bendito vivía su noche. Una pareja discutiendo dos pisos más abajo, el insulto de ella más creativo que el de él.

Un perro ladrando a algo que solo él veía.

Sirenas a lo lejos, yendo hacia algún lado que no era aquí.

Y en algún momento, secos, espaciados, una ráfaga de tiros que cualquier habitante de Parcelas VanScoy en Bayamón —lugar de origen de Vicky— reconocería sin pestañear.

Vicky ni se inmutó. Había crecido con ese ruido de fondo. Diferente acento, diferente barrio, misma mierda.

Lo que no era igual, lo que no se parecía en nada a Bayamón ni a Pan Bendito ni a ningún otro sitio del mundo, era el silencio que le quedaba dentro cuando cerraba los ojos.

Porque al cerrarlos veía a Mateo. Sus manos. Su mandíbula. Esa sonrisa de cabrón que le hizo cosas que todavía le ardían por dentro. Su voz diciendo lo digo en serio . Su cuerpo contra el suyo en la cubierta del velero bajo las estrellas.

Y entonces la rabia.

Porque si hubiera sido un polvo mediocre, si hubiera sido uno más de esos españoles con su sonrisita y su descaro, podría haberlo olvidado antes de aterrizar.

Pero no fue mediocre. Fue un veinte de diez.

Fue el hombre que le hizo sopa cuando estaba enferma, que le puso calcetines cuando sentía que se moría, que le cocinó tortitas con fresas cortadas en forma de corazón como un imbécil adorable.

Y que luego no la llevó al aeropuerto.

Cobarde de mierda.

La rabia le calentó el pecho hasta que los ojos le ardieron. Pero no lloró. Ya no le quedaban lágrimas para ese hombre.

—Muérete, Mateo —murmuró en la oscuridad.

Sardina ronroneó más fuerte, como si estuviera de acuerdo.

Y así, en una cama prestada, en un piso de cuarenta metros cuadrados, en un barrio donde los tiros sonaban como música ambiental, Vicky se quedó dormida con la rabia como almohada y el fantasma de unas manos que todavía le quemaban la piel.