Lo que pasa en Santorini Capítulo Trece #2
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Capítulo Trece #2

—Señor Rey, mucho gusto. —Axel equilibró la maleta con una mano mientras hablaba con naturalidad profesional—. Claro, dificultad con un tema de permisos en San Sebastián. Creo que el diputado puede ayudar, su hermano es parte del ayuntamiento. Estará encantado.

Vicky no levantó la cabeza. Miraba a Sardina a través de la rejilla del transportín, ajena a todo lo que no fuera su propia miseria y las quejas felinas de un gato que claramente no había firmado ningún contrato para vivir en Carabanchel.

—Sí, ya tengo su número —continuó Axel—. Éxito en este proyecto y en su programa. No me lo pienso perder. Por supuesto. Le mantengo informado. Envíeme los documentos por correo a [email protected]. Estaré pendiente.

Colgó.

—Otro de los entuertos que tengo que resolver —suspiró Axel, guardándose el teléfono—. Vamos, demonia.

Agarró la maleta y caminó hacia el portal. Vicky lo siguió con Sardina en brazos, esquivando a los dos guardaespaldas improvisados, que se apartaron con una cortesía que no esperaba de dos tipos cuya profesión no figuraba en LinkedIn.

En el tercer piso, asomada al balcón entre dos macetas de geranios que parecían sobrevivir por pura terquedad y una virgen de escayola que vigilaba la calle con más autoridad que los dos tipos de abajo, una mujer menuda con el pelo blanco recogido en un moño sobre la nuca los miraba llegar con los brazos cruzados y la expresión de alguien que lleva ochenta y tantos años en este mundo y ya no tiene paciencia para tonterías.

—¡Abuela! —gritó Axel desde abajo—. ¡Ya estamos aquí!

Matilda lo miró con furia. Luego miró a Vicky. Luego miró el transportín. Su expresión no cambió en ninguna de las tres inspecciones.

—Como ese bicho me toque los geranios —dijo con voz clara que atravesó los tres pisos y el reguetón sin despeinarse—, duerme en la calle. Él y tú.

Sardina maulló. Sonó a rendición incondicional.

Axel se giró hacia Vicky con una sonrisa.

—Bienvenida a casa.

E l vuelo de Mateo aterrizó en Madrid cuatro horas después que el de Vicky.

El taxi lo dejó frente a su casa en Chamberí.

Un ático de doscientos metros cuadrados que había comprado cuando el primer restaurante despegó.

El ático donde había vivido con Daniela durante diez años, donde habían criado a Gisela, donde había creído ser feliz hasta que descubrió que todo era mentira.

Respiró hondo y abrió la puerta.

Daniela Sáenz de Tejada Montalvo, hija única de don Ignacio Sáenz de Tejada, Presidente de la Sala Primera de lo Civil del Tribunal Supremo de España, lo esperaba en el salón.

Rubia, delgada, con esa belleza fría que lo había atraído hace quince años y que ahora le producía náuseas. Llevaba uno de sus vestidos caros y los labios pintados de rojo, como si estuviera lista para una sesión de fotos.

—Vaya —dijo ella, mirándolo de arriba abajo—. El hijo pródigo regresa.

—¿Dónde está Gisela?

—En casa de mi madre. No quería que viera a su padre llegar de revolcarse con putas.

Mateo apretó la mandíbula.

—¿Qué quieres, Daniela?

—¿Que qué quiero? —Se rio, pero no había humor en su risa—. Quiero saber con qué puta estuviste. Quiero saber cuánto dinero te gastaste en esas vacaciones. Quiero saber por qué mi marido desapareció dos semanas sin decir nada mientras yo me quedaba aquí cuidando de nuestra hija.

—Tu marido. —Mateo soltó una carcajada amarga—. Qué gracioso que uses esa palabra. ¿También la usabas cuando te follabas a José Luis?

El nombre quedó suspendido en el aire como una bomba.

Daniela palideció.

—Dos años, Daniela. —Mateo caminó hacia el dormitorio—. Dos putos años tirándote a mi primo en mi propia cara. En las cenas de Navidad. En los cumpleaños de Gisela. Mientras yo trabajaba para darte todo lo que querías.

—Mateo...

—No. —Se giró hacia ella—. No me vengas con excusas. No me vengas con lágrimas. Ya no funcionan conmigo.

Entró al dormitorio y sacó una maleta del armario. Empezó a meter ropa sin mirar lo que agarraba.

Daniela lo siguió.

—¿Qué haces?

—¿Tú qué crees? Me largo.

—No puedes irte.

—Mírame.

—Si te vas, me encargaré de dejarte sin nada.

— Ya hablaremos con los abogados sobre quién se queda con qué. —Cerró la maleta.

—¿Y Gisela? ¿Vas a abandonar a tu hija?

El golpe bajo. Siempre el mismo golpe bajo.

Mateo se detuvo.

—Jamás voy a abandonar a mi hija. —Su voz era hielo—. Pero no voy a seguir viviendo bajo el mismo techo que tú. Vendré a verla cuando quiera. Y si intentas impedirlo, te juro que...

—¿Qué? ¿Qué me vas a hacer? Te recuerdo que mi padre se encargará de destruirte.

Él la miró. Esta mujer con la que había compartido quince años de su vida. Esta mujer que lo había traicionado de la peor manera posible. Esta mujer que ahora lo miraba con desprecio, como si él fuera el villano de la historia.

—Me importa una mierda lo que hagas tú y tu padre —dijo.

Agarró la maleta y caminó hacia la puerta.

Daniela lo siguió, gritando.

—¿Cuánto gastaste en esas vacaciones, Mateo? ¿Eh? ¿Cuánto? Estás bronceado de tanto follarla en la playa. ¿Quién era? ¿Una de esas zorras que se abren de piernas por un bolso de marca?

Mateo siguió caminando.

—¡Contéstame!

Un marco de fotos voló por el aire y se estrelló contra la pared, a centímetros de su cabeza. Cristales por todas partes.

Mateo se detuvo. Se giró despacio.

Daniela tenía otro marco en la mano, lista para lanzarlo.

—No te atrevas —dijo él, y su voz sonaba peligrosa.

—¿O qué?

Caminó hacia ella. Rápido. Antes de que pudiera reaccionar, le agarró el brazo con fuerza. Con más fuerza de la que pretendía. La vio hacer una mueca de dolor y por un segundo —solo un segundo— sintió la tentación de apretar más.

No , n o eres así. No vas a ser así.

Disminuyó la presión, pero no la soltó.

—Escúchame bien —dijo, su cara a centímetros de la de ella—. Sí, estuve con una mujer. Una mujer que me chupó la polla como si fuera un regalo. Que me dejó comerle el coño hasta hacerla temblar. Una mujer que me hizo sentir hombre por primera vez en años.

Se le quebró la voz. Solo un segundo. Pero Daniela lo notó.

—¿Y sabes qué? Que fui tan gilipollas que la dejé ir.

La rabia volvió. Más fuerte que antes.

—Pero, aunque me tome la vida entera, la voy a encontrar. Te lo juro. Y cuando la encuentre, voy a ser feliz con ella así sea en el culo del mundo. Y me la voy a follar todos los putos días como un cavernícola. Mientras tú te pudres aquí sola.

La soltó con desprecio. Ella tropezó hacia atrás.

—Te voy a joder, Mateo. —Su voz temblaba de rabia—. Te voy a dejar sin nada. Sin los restaurantes. Sin el programa. Sin Gisela. Sin nada.

Mateo la miró un momento largo.

—Que te den, Daniela.

Y salió del apartamento sin mirar atrás.

P asaría esa noche en un hotel.

Y la siguiente. Y la otra.

No podía ir a casa de su madre porque ella no sabía nada y no estaba listo para contarle. No podía ir a casa de sus amigos porque tendría que explicar. No podía ir a ninguna parte.

Así que se quedó en una suite del Hotel Wellington, mirando el techo, pensando en una mujer de pelo rizado y sonrisa desafiante que con toda probabilidad lo odiaba en ese momento.

Vicky, pensó. ¿Dónde coño estarás? Ya te extraño.

Pero Madrid tenía tres millones de habitantes. Y Victoria era un nombre tan común como Juan.

La perdiste , le recordó la voz en su cabeza. Por cobarde. Por mentiroso. Por no decirle quién eras realmente. Por no enfrentar lo que vendría.

Tenía razón. La había perdido.

Y no sabía cómo encontrarla.

L a habitación era un rectángulo de tres por dos metros con una cama pequeña que había conocido tiempos mejores, una mesita de noche desvencijada, encima una lámpara que parecía heredada de la España de los setenta, y una ventana doble que daba al norte, al patio interior del bloque, desde donde subía un olor a guiso y el sonido permanente de un televisor encendido en algún piso de abajo.

(La vida tiene un sentido del humor de lo más cabrón . De una suite con pétalos a una cama de una plaza).

Matilda entró detrás de ella con la autoridad de un general inspeccionando el cuartel.

—El colchón es bueno —dijo, señalando la cama como si presentara una obra de arte—. Lo cambié hace cuatro años. Las sábanas están limpias, la toalla es la azul que está doblada ahí, y la manta está en el armario por si te entra frío, que estas paredes no aíslan ni un pensamiento.

—Gracias, Matil...

—Espera, que no he terminado. —Levantó un dedo—.

Reglas. La basura se baja todos los días antes de las nueve de la mañana, que el contenedor lo recogen temprano y no voy a tener bolsas apestando en mi cocina.

Hay agua caliente hasta las diez de la noche, después te duchas con agua fría y te aguantas porque no voy a gastar demás.

No se fuma dentro de la casa. No se trae hombres.

La tele de la sala se apaga a las once porque yo me levanto a las seis y necesito silencio para descansar.

Y la cocina se deja como se encuentra, que llevo cuarenta años en este piso y nunca ha habido una cucaracha. ¿Estamos?

—Estamos —dijo Vicky.

—Y el bicho ése... —señaló el transportín donde Sardina observaba la escena con la dignidad ofendida de un embajador en el exilio— se queda en tu cuarto. Si lo veo en el sofá, fuera. Si lo veo en mi cama, fuera. Si lo veo cerca de mis geranios, lo tiro por el balcón. ¿Ha quedado claro?

—Clarísimo.

—Bien.