Capítulo Trece
Bienvenida a la realidad, Victoria de los Ángeles .
Arrastró la maleta por la puerta de llegadas con los ojos hinchados de tanto llorar, la nariz roja y la pinta general de alguien a quien le ha pasado una locomotora por encima dos veces y luego ha dado marcha atrás para asegurarse.
Afuera, en la zona de recogido, un Volkswagen último modelo estaba aparcado en doble fila con las luces de emergencia puestas. Un guardia de seguridad privado se acercó al conductor con cara de pocos amigos.
—Oiga, no puede quedarse aquí.
Axel Sotomayor se bajó las gafas de pasta hasta la punta de la nariz y le dedicó al guardia una sonrisa que mezclaba encanto profesional con “no me toques los cojones”.
—Mire, le pido un minuto. Estoy recogiendo a una pasajera que viene de Grecia con el corazón roto y el rímel corrido. Si la dejo esperando es capaz de tirarse delante del autobús de Atocha. ¿Usted quiere cargar con eso? Porque yo no.
El guardia parpadeó, confundido entre la normativa y la lógica aplastante de aquel tío con camisa de lino y reloj caro.
—Un minuto —concedió.
—Dos. Lleva maleta grande.
Axel vio a Vicky antes de que ella lo viera a él. Y lo que vio le borró la sonrisa.
—Joder —murmuró—. Esto está peor de lo que esperaba.
Caminó hacia ella y se plantó delante, bloqueándole el paso. La miró de arriba abajo como quien inspecciona los daños después de un terremoto.
—Ese hombre acabó contigo, Vi. —Le quitó el asa de la maleta de la mano sin pedir permiso—. ¿Dónde dejaste a mi amiga, usurpadora?
Vicky intentó sonreír. Le salió una mueca que daba más pena que gracia.
—Te ves como la mierda —le soltó Axel.
Vicky no tenía fuerzas ni para insultarlo.
Axel no esperó respuesta. La abrazó. Fuerte, largo, de esos abrazos que no preguntan, sino que sostienen. Vicky se quedó rígida un momento y luego se le aflojó todo, como si le hubieran quitado un tornillo que la mantenía de pie.
—Venga —dijo él, apartándola con suavidad—. Al coche antes de que el vigilante me ponga una multa o salga en la prensa que el relaciones públicas del diputado pretende abusar del poder.
Le abrió la puerta del copiloto y cargó la maleta en el maletero. En el asiento trasero, un transportín de plástico emitió un maullido que sonaba a queja severa.
Vicky se giró y vio a Sardina mirándola desde detrás de los barrotes con esos ojos amarillos de gato naranja que siempre parecían juzgarte por tus decisiones de vida.
—Hola, gordo —susurró, metiendo los dedos por la rejilla.
Sardina le lamió un dedo. Uno solo. Breve. Como diciendo: “Vale, te perdono, pero estás en período de prueba”.
Se le llenaron los ojos de lágrimas otra vez.
Axel se acomodó tras el volante, se ajustó las gafas, arrancó y de inmediato tuvo que frenar porque un taxi se le cruzó como si poner la señal fuera una sugerencia decorativa.
—¡Tío, la señal! —le gritó por la ventanilla—. ¡Que lo inventaron por algo!
El Volkswagen se incorporó al tráfico de las seis de la tarde, que a esa hora era un infierno de coches, autobuses y madrileños con el claxon como extensión de su personalidad.
—¿Me puedes explicar qué te pasa? —preguntó Axel sin mirarla, atento al camino.
—Que quiero morirme.
—¿Tan mal te dejó ese hombre?
Vicky no respondió. Miraba por la ventanilla el paisaje gris de la M-40, los edificios, los carteles publicitarios, la mugre del asfalto. Dos semanas atrás estaba en una piscina infinita con vistas al Egeo. Ahora miraba un Carrefour y una gasolinera Repsol.
Axel se quedó en silencio un par de minutos. Conocía a esta mujer. Sabía que presionarla cuando estaba así era como intentar abrir una ostra con las uñas: imposible y doloroso. Lo mismo pasó cuando Mario le sacó las garras tras cuatro meses de su llegada a Madrid.
Pero también sabía que el silencio tenía un límite.
—Vi, he pensado y lo mejor es que no te quedes en mi piso —dijo con tono firme, pero sin dureza—. No por mí, que ya sabes que me encanta tenerte, sino por ese cretino de tu ex. Es peligroso. Si te ve, te puede hacer algo.
Vicky seguía mirando por la ventanilla. Su reflejo en el cristal le parecía el de una desconocida.
—Será un par de días, Axel. Tan pronto reúna dinero me iré a Puerto Rico.
—Estás demente si piensas que voy a dejar que te vayas.
—No tengo nada en Madrid.
Axel la miró incrédulo. Se ajustó las gafas con un gesto que en él era señal de que estaba a punto de perder la paciencia elegante que trataba de proyectar.
—Estoy yo, demonia, y eso debería ser suficiente. —Señaló el asiento trasero con el pulgar—. Y está tu gato.
Sardina maulló desde el transportín. Sonó ofendido.
—Me lo llevo.
—Te lo llevas. Claro. A Puerto Rico. En avión. Con doscientos euros. ¿Y qué haces, lo facturas como equipaje de mano o lo sientas en tu regazo? Porque déjame decirte que son nueve horas a través del Atlántico. ¿Crees que tu gato merece eso?
—Axel...
—Mira, Vicky —tomó aire—, vas a volver a tu país con el rabo entre las patas para que tus tías ganen. ¿Eso no es lo que siempre has buscado evitar?
Silencio.
Axel sabía que había dado en el clavo. Titi Carmen y titi Rosas con sus comentarios de “pobrecita Victoria, se fue a España y mira cómo le fue, yo lo dije desde el principio”.
Zulma, la madre, llamando a la familia entera para dejarle saber que la hija pródiga había vuelto.
Y Vicky volviendo derrotada, sin dinero, sin novio, sin nada que mostrar por tres años fuera de la isla excepto un acento contaminado y un gato gordo.
—Tengo un plan —dijo Axel con ese entusiasmo que ponía cuando estaba a punto de soltar algo descabellado—. Ya hablé con mi abuela Matilda. Me dijo que podía recibirte en su casa.
—Axel, no creo que...
—Vive en Pan Bendito.
Vicky sabía qué lugar era Pan Bendito. Todo el mundo en Madrid sabía qué lugar era Pan Bendito. Carabanchel profundo, barrio obrero, el tipo de lugar donde los taxistas te preguntan “¿seguro?” antes de llevarte y los repartidores de Glovo cobran una tarifa más alta por riesgo emocional.
—Allí Alejandro no puede buscarte —continuó Axel—. Estarás más segura que en mi piso. A ese tío no se le ocurre ni en sus mejores sueños buscar a nadie en Pan Bendito porque sabe que termina como colador.
Vicky pensó que sí, que Axel tenía razón, pero en sus planes no estaba ser un problema para una señora de más de ochenta años que ni la conocía.
—Ahora, te advierto —añadió Axel levantando un dedo—, tu gato mantenlo controlado porque Matilda no es muy paciente. La última vez que un vecino le tocó los geranios le tiró un martillo desde el balcón, del tercer piso y acertó. Gracias a Dios que el tío llevaba casco de moto y no le pasó nada.
—Jamás pensé que estaría en esta situación. —Vicky sollozó y se frotó los ojos con el dorso de la mano—. Puedo regresar a La Tinta.
—Pero ¿qué dices? —Axel casi se sale del carril—. Ahí es donde primero va a buscarte. No y no. Lo mejor es que pases un tiempo escondida en Pan Bendito.
—No voy a esconderme, Axel.
—No seas terca, es hasta que las cosas se calmen. —Le lanzó una mirada rápida—. Él insiste en que le devuelvas el dinero o hará que te deporten.
—Sería lo mejor. Viaje directo a Bayamón.
—Vicky, por Dios. —Axel golpeó el volante con la palma—. ¿Tan mal te dejó ese hombre que estás tan apestada?
—No quiero hablar de eso ahora.
—En algún momento tendrás que contarme. Con cuatro copas de vino y mucho pan para mojarlo en aceite. Que es como se cuentan las tragedias en esta vida.
Vicky casi sonrió. Casi. Y ese casi fue la primera señal de vida que Axel le vio desde que la recogió.
Llegaron a Pan Bendito cuando el sol de la tarde caía entre los edificios como si tuviera prisa por irse de allí también.
Axel aparcó frente a un bloque de pisos que había visto mejores décadas.
La fachada era un museo al aire libre de grafitis que iban desde lo artístico hasta lo que parecía que alguien le había dado un espray a un niño de cinco años y le había dicho: “exprésate”.
En los balcones colgaba la ropa tendida como banderas de un país que no figuraba en ningún mapa y, desde alguna ventana del segundo piso, un reguetón de Daddy Yankee sacudía los cristales con la convicción de que todo el barrio necesitaba darle gasolina a aquella chica.
Sardina emitió un maullido de protesta desde el transportín. Los bajos del reguetón le estaban violando los tímpanos.
Axel bajó del coche y abrió el maletero para sacar la maleta.
Vicky se quedó de pie junto al Volkswagen, mirando lo que el barrio le ofrecía: dos viejos en sillas de plástico en el portal de al lado que la evaluaban como si fuera la nueva concursante de un reality , una mujer tendiendo ropa en un primer piso mientras gritaba: “¡Paco, baja al perro que se ha meado en la alfombra otra vez!”, y, justo en la entrada del edificio de Matilda, dos tipos apoyados contra la pared con la postura universal de quien vende lo que no se anuncia en escaparates.
La miraron. Ella los miró.
—Esos serán tus guardaespaldas —dijo Axel, señalándolos con la barbilla mientras arrastraba la maleta—. Es mejor que los saludes.
Uno de ellos le hizo un gesto con la cabeza. El otro ni se inmutó, siguió mirando el móvil. Vicky les devolvió un asentimiento que pretendía decir: “vengo en son de paz y no soy policía. Al contrario, soy casi una fugitiva”.
(De Santorini a Pan Bendito. De piscinas infinitas a balcones con ropa interior a toda vista. La vida es una mierda, Vicky).
En eso sonó el teléfono de Axel. No el personal, sino el otro, el que el diputado Carrasco le tenía asignado.
Lo llevaba siempre enganchado al cinturón, como un sheriff con su pistola, porque Carrasco no entendía el concepto de “fuera de horario laboral” y le daba absolutamente igual si Axel estaba cenando, durmiendo o rescatando amigas boricuas.
Axel se colocó el auricular bluetooth en la oreja y atendió sin dejar de arrastrar la maleta.
—Sí, soy yo. ¿En qué le puedo ayudar?
Vicky sacó el transportín de Sardina del asiento trasero. El gato la miraba con la expresión de alguien que ha sido secuestrado y exige hablar con su abogado.