Lo que pasa en Santorini Capítulo Doce #3
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Capítulo Doce #3

Miró por el retrovisor las casas blancas que se quedaban atrás, colgadas del acantilado, y pensó en una mujer que en ese momento seguía esperándolo, convencida de que iría.

¿Qué has hecho?

Pero esta vez tenía respuesta. Había elegido a su hija. Había hecho lo único que podía hacer. Y le dolía igual. Le dolía como si le arrancaran algo por dentro, despacio, sin anestesia.

Se llevó la mano al pecho, donde todavía sentía el peso de la cabeza de ella, y apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.

Dejó las llaves en el mostrador de la agencia y no esperó el recibo. En el de la aerolínea preguntó por lo primero que saliera de la isla.

V icky hizo la maleta en su habitación casi sin pensar. Dobló la ropa, guardó los souvenirs que había comprado como regalos para Axel en agradecimiento por cuidar de Sardina, revisó las gavetas, el baño y debajo de la cama para asegurarse de que no se le quedara nada.

Todo listo.

Miró el reloj. Las siete y cuarenta.

Ya debería estar aquí , pensó.

Se sentó en la cama a esperar. Las siete y cuarenta y cinco. Las siete y cincuenta. Las ocho.

No va a venir , susurró una voz en su cabeza. Lo sabes, ¿verdad? No va a venir.

Las ocho y cinco. Las ocho y diez.

Llamó a la habitación. Nadie contestó.

A lo mejor ya está abajo , se dijo, agarrándose a la última astilla de esperanza. A lo mejor me espera en el lobby y por eso no coge el teléfono.

Agarró la maleta y bajó.

El lobby estaba casi vacío, excepto por un botones medio dormido. El mar entrando por los cristales, indiferente.

Mateo no estaba.

Se acercó a recepción, donde un joven la atendió con una sonrisa amable.

—Buenos días. Perdone, busco al señor... —y ahí se detuvo.

Porque no sabía cómo terminar la frase.

El señor... ¿qué?

Catorce días de reglas. Nada de nombres, nada de apellidos, nada de vidas reales. Las reglas las había puesto ella. Y ahora estaba delante de un recepcionista sin saber siquiera con qué apellido preguntar por el hombre con el que había pasado las dos semanas más felices de su vida.

—El caballero de la suite —dijo al fin, señalando vagamente hacia arriba—. El español. Alto.

El joven tecleó. Frunció el ceño. Y entonces puso la cara que ponen los que van a dar una noticia que preferirían no dar.

—¿El señor de la suite ejecutiva? Lo siento, señora. Hizo el check-out hace diez minutos.

El suelo desapareció.

No se quedó dormido. No se le hizo tarde. No hubo un malentendido.

Se fue.

Hizo la maleta, pagó la cuenta y se fue. Mientras ella, tres pisos más arriba, doblaba su ropa convencida de que él vendría.

Vicky sintió algo romperse en el pecho. Un crack silencioso, como hielo quebrándose bajo los pies.

Apretó los labios. No. No vas a llorar por un hombre. No otra vez.

—¿Me puede pedir un taxi al aeropuerto? —La voz le salió rara, pero le salió.

—Por supuesto, señora. —El chico pareció aliviado de tener algo que hacer—. Cinco minutos.

Cuando el taxi llegó Vicky agarró su maleta y caminó hacia la puerta erguida, entera, aunque por dentro estuviera destruida.

Y no miró atrás.

E l aeropuerto de Santorini era pequeño, casi provinciano comparado con los que Vicky conocía. Hizo el check-in en automático. Pasó seguridad sin ver a nadie. Compró un café que no se bebió.

Y todo el tiempo, una parte de ella seguía esperando.

Va a venir , pensaba mientras caminaba hacia la puerta de embarque. Va a aparecer corriendo, como en las películas. Va a decir mi nombre. Va a pedirme que lo intentemos.

Llegó a la puerta de embarque.

Esperó. Llamaron para el abordaje.

Todavía puede venir , pensó mientras entregaba su boarding pass. Todavía hay tiempo.

Caminó por la pasarela hacia el avión.

Puede aparecer en cualquier momento. Puede...

Se sentó en el asiento que daba hacia la ventanilla.

Miró por el cristal hacia la terminal.

Por favor , pensó. Por favor, ven.

La puerta del avión se cerró.

Nadie vino.

Vicky sintió algo dentro de ella colapsar. Como un edificio al que le quitan los cimientos. Silencioso, devastador, definitivo.

Y entonces la rabia llegó. Porque lo peor no era que él no hubiera venido. Lo peor era que no tenía forma de encontrarlo. No sabía su apellido, ni su número, ni dónde vivía, tampoco dónde trabajaba, nada.

Eso la enfurecía más que cualquier otra cosa. La impotencia. El silencio. No poder gritarle, insultarlo, escupirle todas las palabras que se merecía.

Cobarde de mierda.

El avión empezó a moverse hacia la pista. Y las lágrimas empezaron a caer.

Las dejó caer. Sin limpiárselas. Sin esconderse. ¿Qué importaba ya? Nadie la conocía.

Fui una idiota , pensó mientras el avión despegaba y Santorini se volvía cada vez más pequeño bajo las nubes.

Se secó las lágrimas con una servilleta de papel.

Ni siquiera me dio la oportunidad de decirle adiós.

La rabia empezó a mezclarse con la tristeza. Rabia contra él. Contra ella misma. Contra todo.

Nunca más , se prometió mientras el avión dejaba atrás el mar Egeo. Nunca más voy a dejar que un hombre me haga sentir así.

Pero incluso mientras lo pensaba, sabía que era mentira.

Porque una parte de ella —la parte estúpida, romántica, incurable— seguía mirando por la ventanilla.

Esperando.