Lo que pasa en Santorini Capítulo Doce #2
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Capítulo Doce #2

Porque si preguntaba, él le contestaría. Y si le contestaba, ella querría arreglarlo. Y algunas cosas no se arreglan en una isla griega a las cuatro de la mañana, por muy bonito que sea el mar.

Mateo le besó la frente. Largo. Como un punto final.

—Duerme —susurró.

Ninguno de los dos durmió hasta mucho tiempo después.

L a luz del amanecer la despertó.

Vicky abrió los ojos y lo primero que vio fue a Mateo, todavía dormido, con el pelo revuelto y la boca entreabierta. Se veía más joven así. Más vulnerable.

Podría quedarme aquí para siempre .

Pero su vuelo salía en cuatro horas. Y ya lo había pensado mejor, era preferible que este hermoso hombre no supiera su verdad: que era camarera en La Tinta cinco noches por semana sirviendo copas a muchos impresentables que le querían tocar el culo o las tetas, que ganaba un sueldo de mierda, que estuvo a punto de casarse con un narcotraficante de poca monta al que le robó diecisiete mil euros, que su lista de fracasos amorosos era una vergüenza, y que estaba de forma ilegal en España hacía casi tres años y que con toda seguridad cuando pusiera un pie en Madrid sería expulsada a su país por culpa de ese mismo hombre mezquino que a estas alturas la habría denunciado con inmigración.

Mejor que se quedara con la imagen que tenía de ella. No soportaría que la mirara de otra forma.

Se levantó despacio, intentando no despertarlo. Recogió su ropa del suelo y se vistió en silencio.

Él se movió en la cama.

—¿Vicky?

—Shh. —Se acercó y le besó los labios apenas con un roce—. Voy a mi habitación a recoger mis cosas.

—¿Qué hora es?

—Las siete.

—Joder. —Se frotó los ojos—. Dame veinte minutos. Me ducho y te paso a buscar. Te acompaño al aeropuerto.

—No tienes que...

—Quiero hacerlo. —La miró con esos ojos que la habían deshecho tantas veces—. Veinte minutos. No te vayas sin mí.

Vicky asintió.

—Veinte minutos. No me voy sin ti.

Salió de la suite y caminó hacia su habitación. El pasillo estaba vacío. El hotel todavía dormía.

M ateo estaba bajo la ducha cuando empezó a sonar el teléfono.

Lo dejó sonar. Una vez, dos. Que esperen. Tenía veinte minutos y pensaba usarlos en afeitarse, vestirse y bajar a buscar a la única mujer que en dos semanas había conseguido que se olvidara de que el mundo existía.

Pero el teléfono volvió a sonar. Y otra vez. Y a la cuarta, con esa insistencia que solo significa problemas, cerró el grifo, soltó un joder entre dientes y contestó goteando sobre el mármol.

—Más vale que sea importante.

—Mateo. —La voz de Alfonsina, tensa como una cuerda a punto de partirse—. Gonzalo está en la línea también.

Gonzalo Cifuentes, su abogado y amigo desde el colegio, el único que llevaba veinticinco años hablándole sin anestesia.

—Tenemos un problema —dijo Gonzalo—. Y de los gordos.

El agua le resbalaba por la espalda. Mateo se quedó muy quieto.

—Hay fotos tuyas. En Santorini. Con una mujer.

—…

—No se ve quién es —siguió Gonzalo—. Está de espaldas, en un ángulo muy malo, no hay manera de identificarla, pero se te ve a ti abrazándola y sonriente.

—¿Quién las tiene?

—La Mirilla. —Otra vez Alfonsina—. El programa de la competencia. Han llamado a Ática esta mañana para que se lo confirmemos. Quieren entrevistarte.

—Me cago en… —Mateo salió del baño con la toalla a la cintura, dejando un reguero de agua por la suite—. No confirmen nada. Nada, ¿me oyen?

—No es tan fácil. —Gonzalo, frío—. Escúchame bien, porque esto es serio. Si esa foto sale, y sale con la palabra amante debajo, Daniela tiene su titular. Y con Daniela viene su padre.

Mateo no necesitó que dijera el nombre. Don Ignacio. El hombre que presidía la Sala Primera de lo Civil del Tribunal Supremo y que, para hundirlo, no tendría que mover un dedo: le bastaba con existir. El nudo se le cerró en el estómago de golpe.

—Ya sabes de lo que es capaz ese hombre —dijo Gonzalo—. Si te pintan de chef que se larga a una isla griega a follar mientras su mujer sufre en Madrid, olvídate de negociar el divorcio en condiciones. Y la custodia compartida de Gisela…

—No lo voy a permitir.

—Te la pueden reducir. Un fin de semana de cada dos, vacaciones alternas. O peor, que le den todos los derechos a Daniela si la cosa va a peor y con tu suegro moviendo hilos. Eso es lo que está en juego, Mateo. No solo tu reputación. Tu hija.

Mateo se sentó en el borde de la cama deshecha. La cama donde, hacía menos de una hora, ella dormía con la cabeza apoyada en su pecho.

Gisela.

—Hay más —dijo Alfonsina, y bajó la voz como si pidiera perdón por adelantado—. Esta mañana nos avisaron de que ese mismo programa envió un paparazzi a Santorini. Y que ya saben en qué hotel estás.

Mateo se levantó. Empezó a caminar de un lado a otro de la suite, descalzo, mojado, con el teléfono pegado a la oreja.

—Pero ¿cómo lo saben?

—Da igual cómo. Lo saben —dijo Alfonsina.

—Es cuestión de horas que consiga una foto donde sí se vea con quién estás.

Una buena. Con cara. —Gonzalo otra vez—.

Y entonces ya no hablamos de un titular vago.

Tienes que salir de ahí. Ahora. Antes de que te hagan una foto que te destruya.

O esto se va a la mierda: el divorcio, el programa, la custodia. Te van a destrozar.

—¿Y adónde voy? El primer vuelo a Madrid no sale hasta el mediodía.

Y en cuanto lo dijo se le cerró la garganta.

Mediodía. Ese era el vuelo de ella. El vuelo al que había prometido llevarla hacía veinte minutos.

—Pues ese no —dijo Gonzalo—. Coge el primero que te saque de esa isla. Desde donde aterrices te busco yo la conexión.

—El fotógrafo…

—El fotógrafo va al hotel, Mateo. Sabe el hotel. No sabe cómo te vas, ni a qué hora, ni con qué compañía, y no puede estar en dos sitios a la vez. —Una pausa—. Lo único que tienes que hacer es no estar ahí cuando llegue.

Mateo se paró frente al ventanal. Abajo, el mar. En algún lugar de ese mismo hotel, Vicky estaba haciendo la maleta, mirando el reloj, esperándolo.

Veinte minutos. No te vayas sin mí.

—Necesito… —empezó—. Dame media hora. Hay algo que tengo que hacer antes.

—No tienes media hora. —Gonzalo, durísimo—. Tienes el tiempo justo de meter cuatro cosas en la maleta y salir de ahí. Cada minuto que sigues en ese hotel es un minuto que ese fotógrafo tiene para encontrarte. ¿Lo entiendes? No hay tiempo. ¡Sales ya o todo se va a la mierda!

Silencio.

—Mateo. —La voz de Alfonsina, suave—. Por favor, sal ya.

—Está bien. Joder.

Colgó.

Y por un instante —uno solo— estuvo a punto de hacerlo. De salir al pasillo en toalla, aporrear la puerta de su habitación y decirle ven conmigo sin explicarle nada y mandarlo todo a tomar por culo. A Daniela, al padre, a La Mirilla, al programa. Todo.

Dio un paso hacia la puerta, decidido a asumir el riesgo.

Gisela.

El nombre de su hija lo frenó en seco, como un puñetazo en el estómago. Su niña a la que Daniela quería convencer de que papá era el malo. Su hija que lo necesitaba, aunque no lo supiera, por la que tenía que pelear, costara lo que costara.

No podía regalarle a Daniela el titular que lo hundiría. No podía arriesgar a Gisela por una mujer a la que conocía hacía dos semanas y de la que no sabía… nada.

Metió la ropa a manotazos en la maleta. Y entonces vio el bloc.

Estaba en el escritorio, junto al teléfono. Papel del hotel, membrete azul en la esquina, un bolígrafo de plástico al lado. Mateo soltó la maleta a medio cerrar. Se sentó.

Escribió Vicky .

Se quedó mirando la palabra. No era su nombre. Era lo que ella le había dejado tener.

Victoria… ¿y qué más? Dos semanas durmiendo con la cabeza de esa mujer en el pecho y no sabía cómo se llamaba.

Debajo, la mano se le paró. ¿Me llamo Mateo Rey de Francisco? Para que lo buscara en el teléfono, sola, en la sala de embarque, y se encontrara con Daniela y con Gisela y con quince años de vida que él no le había contado.

¿Vuelvo? No sabía si volvía.

¿Lo siento? Eso no era una explicación.

Y al final, abajo del todo, su firma. Su nombre entero, de su puño, en ese hotel, la mañana en que venía un fotógrafo a buscarlo. Un papel así lo encontraba un botones y lo vendía en trescientos euros.

Llevaba quince años calculando lo que costaba cada cosa. Esta la calculó en tres segundos.

Arrancó la hoja. La dobló y se la metió en el bolsillo.

El bloc se quedó en el escritorio, en blanco.

Alfonsina cerraría la cuenta del hotel desde Madrid; él solo tenía que dejar la llave y desaparecer. Subió por el sendero hacia la carretera arrastrando la maleta, sin mirar atrás hacia el tercer piso, donde Vicky seguía esperándolo.

El coche de alquiler seguía aparcado donde lo había dejado. Se metió, arrancó y condujo hacia el sur sin poner música.