Lo que pasa en Santorini Capítulo Doce
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Capítulo Doce

L a última cena fue en el restaurante de la terraza del hotel. El mismo donde Mateo le había dicho “buenos días, dormilona” aquella primera mañana. El mismo donde Antonio y Marisol los habían confundido con recién casados. El mismo donde todo empezó a complicarse.

Había sido idea de Flor, por supuesto. ¿Quién más?

—¡Cena de despedida! —había anunciado esa mañana en el lobby, interceptándolos como si llevara horas para desatar la emboscada—. ¡Los cuatro! Bueno, los seis. ¡Marisol y Antonio también se van mañana! ¿No es triste? Ay, es re triste. Facu, amor, ¿no es triste?

—Es triste, amor.

—¡BUENO, entonces hay que celebrar! Una cena. Esta noche. En la terraza. Yo reservo. No acepto un no. —Miró a Vicky con esos ojos de cachorro que no admitían negativa—. Dale, amiga. Va a ser divino.

Y ahora estaban aquí. Los seis, alrededor de una mesa que el hotel había decorado con velas y buganvillas porque Elena, la recepcionista, se había encargado personalmente de “hacer esa última velada inolvidable para las parejas”.

Marisol y Antonio llegaron últimos. Ella con un vestido floreado y unos pendientes de coral que brillaban bajo las luces y él con una camisa de lino.

—¡Marisol! —Flor se levantó para abrazarla como si fueran amigas de toda la vida—. ¡Qué divina estás!

—Ay, hija, este vestido tiene veinte años. Pero Antonio dice que me queda como el primer día.

—Dije que te queda bien —corrigió Antonio—. No dije como el primer día.

Mateo se rio con disimulo y le sacó la silla a Marisol. Vicky lo observó. Llevaba toda la tarde así: atento, tierno, como si quisiera absorber cada minuto.

Pidieron de todo. Mezze, pulpo, cordero, pescado. Tres botellas de vino que desaparecieron demasiado rápido. Y la conversación fluyó como si llevaran años cenando juntos, no como si fueran seis extraños que se habían cruzado por casualidad en una isla griega.

—Entonces —dijo Flor, con una copa de vino en la mano y los ojos brillantes—, ¿cuánto tiempo llevan casados, Marisol? Porque yo quiero llegar a donde ustedes están. O sea, re enamorados después de tantísimos años. Es como, goals, ¿entendés?

—Cincuenta y dos años —dijo Antonio con orgullo—. Y todavía no me ha matado.

—Varias veces estuve cerca —dijo Marisol.

—¿Cuál es el secreto? —preguntó Flor—. En serio. Díganme. Porque mi mamá se divorció tres veces y yo no quiero eso para mí.

Marisol miró a Antonio. Él la miró a ella. Esa mirada de dos personas que ya no necesitan palabras.

—No hay secreto —dijo Marisol—. Solo terquedad. Y elegirlo cada mañana, aunque a veces te den ganas de tirarlo por la ventana.

—Yo la elijo a ella —dijo Antonio, tomándole la mano—. Todos los días. Incluso los días que me quiere tirar por la ventana.

—ESPECIALMENTE esos días —añadió Marisol.

Flor tenía los ojos húmedos.

—Facu, amor, ¿me vas a elegir todos los días?

—Todos los días, amor.

—¿Incluso cuando te hago comer ensalada?

—Incluso cuando me hacés comer ensalada.

Se besaron. El beso número mil de las vacaciones.

Mateo le apretó la mano a Vicky por debajo de la mesa, ella le correspondió.

La cena fue subiendo de tono con el vino. Facundo contó la historia de cómo Flor lo obligó a ayudarle con la decoración de la boda. Antonio confesó que en su noche de bodas se quedó dormido porque había bebido demasiado jerez y Marisol tuvo que despertarlo con un vaso de agua fría en la cara.

Vicky se reía de verdad. Con esa risa que le salía del fondo del pecho y que solo aparecía cuando estaba rodeada de gente buena y que amenazaba con provocar lágrimas de alegría. Mateo la miraba reír como quien mira una hoguera en invierno. Con hambre de calor.

No te vayas, decían sus ojos. No mañana. No nunca.

Ella fingió no verlo.

Al final de la cena, cuando los platos estaban vacíos y las botellas más vacías todavía, Flor sacó el teléfono.

—¡Foto! —anunció—. ¡Los seis! ¡Es obligatorio!

—Flor... —empezó Vicky.

—¡Sin excusas! Es nuestra última noche. Necesito un recuerdo.

Vicky miró a Mateo. Nada de fotos. Esa era la regla. La regla que ella misma había impuesto caminando por las calles de Fira después de la primera noche, cuando todavía creía que podía controlar esto.

Mateo le sostuvo la mirada. Y en sus ojos había una pregunta silenciosa.

¿Importa ya?

Vicky tragó hondo.

—Está bien —dijo—. Una foto.

La sonrisa de Flor podría haber iluminado todo Santorini.

Se apretujaron. Marisol y Antonio en el centro, como los patriarcas que eran. Flor y Facu a un lado, él con el brazo alrededor de ella. Vicky y Mateo al otro lado, su mano en su cintura, su cabeza ligeramente inclinada hacia él.

Flor estiró el brazo para la selfi.

—¡Digan Santorini!

—¡Santorini! —gritaron seis voces.

Flor revisó la foto.

—Divina. —Se la enseñó a Vicky—. Mirá, salimos todos re lindos. Especialmente Mateo. Tu marido es muy fotogénico, amiga.

Vicky miró la foto. Seis personas sonriendo en una terraza sobre el mar. El atardecer detrás. Las velas brillando. Y ella, apoyada contra el pecho de un hombre cuyo apellido no conocía, sonriendo como no había sonreído en años.

La única foto. La única prueba de que esto existió.

—Pásamela —le dijo a Flor—. Por favor.

—¡Ya te la mando por WhatsApp! ¿Cuál es tu número?

Intercambiaron números. Y Vicky supo que esa foto iba a perseguirla mucho después de que Santorini fuera solo un recuerdo.

La cena terminó con abrazos.

Flor lloró, por supuesto.

—¡No quiero que se termine! —sollozó contra el hombro de Vicky—. ¡Son los mejores amigos que hice en mis vacaciones! Tienen que venir a Buenos Aires. ¡TIENEN QUE VENIR!

—Iremos —dijo Vicky, sabiendo que probablemente nunca iría.

—¡Prometémelo!

—Te lo prometo.

Facundo le dio la mano a Mateo y luego lo abrazó, porque los argentinos no saben despedirse sin abrazar.

—Cuídense, hermano —le dijo al oído—. Espero que podamos coincidir.

—Claro que sí —contestó Mateo.

Luego fue el turno de Marisol y Antonio.

Antonio le estrechó la mano a Mateo con firmeza.

—Tienes un tesoro de mujer —le dijo—. De esas quedan pocas.

Mateo tragó hondo.

—Gracias, Antonio. Lo sé.

Marisol abrazó a Vicky. La apretó fuerte, más fuerte de lo que esperaba. Y le susurró al oído, tan bajo que solo ella pudo oírlo:

—Nunca, nunca dudes del amor de tu marido. Se ve que te adora. Ojalá duren tanto como mi Antonio y yo.

Vicky sintió que algo se le rompía por dentro. Pero sonrió. Porque era lo que sabía hacer.

—Gracias, Marisol. Por todo.

—Cuídate. —Marisol le acarició la mejilla.

Se separaron. Los argentinos se fueron primero, Flor todavía llorando y mandando besos desde la puerta. Luego Marisol y Antonio, ella colgada de su brazo, él murmurando algo sobre “tantas despedidas innecesarias”.

Y entonces solo quedaron Mateo y Vicky. En la terraza vacía, con las velas consumiéndose y el mar negro brillando bajo las estrellas.

—Vamos arriba —dijo él.

No era una pregunta.

Ella no contestó. Solo le dio la mano.

L a suite estaba en penumbra. Solo la luz de la luna entrando por las ventanas, pintando rayas plateadas en las sábanas.

No encendieron las luces. No hizo falta.

Mateo la besó en la puerta. Despacio. Como si tuviera la vida entera por delante. Como si no hubiera un avión mañana, ni una vida en Madrid esperando, ni un reloj marcando las horas que les quedaban.

Le quitó el vestido sin prisa. Ella le desabrochó la camisa botón por botón, tocándole el pecho como la primera vez, como si necesitara memorizarlo con los dedos.

—Ven —dijo él, llevándola a la cama.

Se acostaron juntos. Desnudos. Piel contra piel. Sin urgencia.

Mateo la recorrió entera con la boca. Cada centímetro. El cuello, los hombros, el valle entre sus pechos, el lunar pequeño en la espalda baja que parecía una estrella. La besó como si estuviera despidiéndose de cada parte de ella por separado.

—Mateo —susurró ella cuando él bajó por su vientre.

—Shh. Déjame.

La tocó con los dedos primero. Lento. Sabiendo exactamente dónde y cómo porque llevaba días memorizándola. Ella se arqueó contra él, pero no gimió. No esta noche. Esta noche los sonidos eran otros: respiraciones entrecortadas, suspiros que se tragaban, nombres dichos tan bajo que apenas eran aire.

Cuando entró en ella, los dos cerraron los ojos.

Luego los abrieron. Al mismo tiempo.

Y se miraron. Se movieron juntos. El ritmo más lento que nunca. Profundo. Constante. Las manos entrelazadas sobre la almohada, los dedos apretados, sin soltar. Vicky sentía cada latido de él dentro de ella, cada respiración, cada temblor.

—No cierres los ojos —pidió él.

—No.

—Quiero verte.

—Estoy aquí.

—Quiero recordar esto.

—Yo también.

El orgasmo fue distinto a todos los anteriores.

No fue un estallido. Tampoco fue fuego. Fue una ola larga, profunda, que los recorrió a los dos al mismo tiempo, como una marea que sube despacio y lo cubre todo.

Mateo tembló dentro de ella y Vicky sintió las lágrimas de él caer en su cuello antes de darse cuenta de que también eran suyas.

Se abrazaron sin soltarse. Sin moverse. El corazón de él latiendo contra el pecho de ella como un reloj que no quería seguir avanzando.

No hablaron. ¿Qué podían decir que sus cuerpos no hubieran dicho ya?

Se quedaron despiertos. Las horas pasaron. Dos. Tres. Cuatro de la mañana, con el mar susurrando afuera y la luna moviéndose lenta por el cielo.

Vicky tenía la cabeza en su pecho, escuchando el ritmo de su corazón. Él le acariciaba el pelo con una mano que no dejaba de moverse, como si temiera que, si paraba, ella desaparecería.

—Vicky —murmuró él a las cuatro y algo, cuando el cielo empezaba a aclararse por el este.

Ella no respondió. Tenía los ojos cerrados. Fingía dormir.

Él lo sabía. Pero habló de todos modos.

—Ojalá pudiera quedarme aquí contigo.

Silencio. Solo su mano en su pelo. Solo su corazón bajo la oreja de ella.

—Pero no puedo. Y es la decisión más difícil de mi vida.

Vicky apretó los ojos con fuerza. Las lágrimas le quemaban debajo de los párpados. Pero no se movió. No abrió los ojos. No preguntó por qué.