Capítulo Once
M ateo se levantó por la vibración del teléfono en la mesa de noche.
Dormía bocabajo con la cabeza de Vicky recostada cerca de su hombro.
Abrió un ojo y se orientó con la luz de la mañana que se colaba por las cortinas.
Maldijo en su mente porque el whisky de ayer le dejó secuelas.
Agarró el aparato: Nico, el contacto de su hermano menor.
—Dime.
—¿Cómo vas con tu viaje al paraíso? ¿Muchos bikinis?
—¿Qué quieres? —Mateo tenía la voz ronca por el sueño interrumpido.
—Imagino que Boquita de Piñón te contó que lo de San Sebastián está detenido.
Mateo soltó un suspiro de hastío y se sentó en la orilla de la cama. Cuando sintió que Vicky se movía, se quedó quieto, la cubrió con la manta y salió de la habitación para no despertarla.
—No le digas así a Alfonsina —le dijo Mateo mientras ponía la cafetera.
—A ella le gusta.
—Ella te odia. Pero espero que no me hayas sacado de la cama para hablarme de tu idilio con mi asistente.
—Los permisos. El ayuntamiento no me da audiencia. Dicen que el local no cumple, pero nunca han ido a inspeccionar.
—Deja ver qué puedo hacer.
—¿Cuándo vuelves?
—En dos días. Se supone que el lunes ya esté en Ática.
—¿Y cómo te ha ido? Dicen las malas lenguas del chisme madrileño que te fuiste con una amante. Si serán… Si me preguntan a mí les digo que mi hermano no se ha tirado una tía distinta a Daniela desde que se hicieron novios.
Mateo no lo iba a sacar de su error.
—¿O te has tirado a alguien?
—Nico, ahora no es un buen momento. Me acabas de despertar.
—Bueno, pues cuando regreses me cuentas. Espero que en dos días consigas una tía porque estás insoportable.
—Vete a tomar por el culo.
—Te quiero, hermano. Mamá está preocupadísima por ti. Le dije que saliste por negocios, pero ya sabes cómo es. Llámala.
—Le escribo.
—Ciao.
Mateo colgó y se fue a la terraza a tomar un poco de café y a intentar no pensar ni contar el tiempo que quedaba, que ya de por sí eso era su mayor tortura.
V icky se despertó con el olor a café y la sensación de que algo había cambiado.
Después de lo del coche —después del mirador, las ventanas empañadas, el “soy tuya” que todavía le quemaba en la garganta— habían vuelto al hotel en silencio. Pero no al silencio tenso de antes. A uno diferente. Más suave. Como si hubieran llegado a una tregua sin necesidad de palabras.
Mateo la había llevado a su suite, no a la habitación de ella. Y ella no había protestado.
Habían dormido abrazados, con las piernas entrelazadas y su respiración en su cuello. Sin sexo. Solo eso: estar juntos.
Ahora la cama estaba vacía, pero el olor a café le decía que él no estaba lejos.
Se levantó, se puso una de sus camisetas y salió a la terraza.
Mateo estaba ahí, con una taza en la mano y el teléfono en la otra, mirando el mar. Llevaba unos shorts y una camiseta blanca que le marcaba los hombros. El sol de la mañana le daba en la cara, haciéndolo parecer más joven.
—Buenos días —dijo ella.
Él se giró y sonrió. Esa sonrisa que le hacía cosas en el estómago.
—Buenos días, dormilona.
—¿Qué hora es?
—Las nueve. Y tengo un plan. —Dejó el teléfono en la mesa y la miró con esa expresión de niño emocionado—. Ven aquí. —Le señaló su regazo. Vicky obedeció—. Un plan que requería hacer algunas llamadas.
—¿Qué tipo de plan?
—El tipo de plan que involucra un velero, una isla desierta lejos de todo.
Vicky parpadeó.
—¿Un velero?
—Sí.
—¿Tú sabes navegar?
—Vicky. —La miró como si lo hubiera ofendido—. Llevo navegando desde los doce años. Mi padre tenía un velero en Valencia. Pasábamos los veranos enteros en el mar.
—¿Los veranos enteros?
—Mis padres se divorciaron cuando cumplí doce. A él le tocaban los veranos. —Se encogió de hombros—. Y no tenía ni idea de qué hacer conmigo y con mi hermano menor tres meses seguidos, así que nos subía al barco y arrancaba. Casi siempre acabábamos aquí.
—¿Aquí? ¿En Santorini?
—Era su sitio.
Lo dijo en pasado y no lo arregló.
Otra pieza del rompecabezas. Otro detalle que ella no conocía.
¿Quién eres en realidad? , quiso preguntar.
Pero no lo hizo. Porque él tampoco había insistido sobre Alejandro. Sobre el dinero. Había decidido no arruinar lo que quedaba.
Y ella haría lo mismo.
—¿A dónde vamos? —preguntó en cambio.
—A Thirasía. Es una isla pequeña al oeste de Santorini. Casi no hay turistas. Solo un pueblo de pescadores y unas vistas increíbles. —Le dio un beso corto—. Vamos a pasar la noche en el velero. Anclados en una cala privada. Solo tú y yo.
Ella lo observó con dudas.
—¿Tienes algo mejor que hacer?
No. No tenía nada mejor que hacer. Solo dos días más de vacaciones y un vuelo de vuelta a una vida que no quería enfrentar.
—Supongo que no —dijo, fingiendo indiferencia.
—¿Supones? —Él arqueó una ceja—. ¿Eso es un sí?
—Es un “déjame tomarme un café primero y luego hablamos”.
—El café está listo. Y la respuesta es sí.
—¿Ahora decides por mí?
—Decido cuando sé que la respuesta correcta es obvia.
Vicky puso los ojos en blanco, pero estaba sonriendo. Porque él tenía razón. Porque la idea de una noche en un velero, solos, lejos del mundo, sonaba como el cielo.
—Está bien —dijo—. Vamos.
La sonrisa de Mateo se amplió.
—Ve a recoger tus cosas. Salimos en una hora.
E l puerto deportivo de Vlychada estaba en el sur de la isla, lejos de las zonas turísticas: un lugar tranquilo, de barcos de pescadores y algunos veleros de alquiler balanceándose en el agua azul.
Habían dejado el coche en el hotel y bajaban en una scooter alquilada.
Él conducía como hacía todo, con una calma exasperante; Vicky iba detrás, los brazos alrededor de su cintura y la mejilla apoyada en su espalda.
El camino era distinto al resto de Santorini.
Aquí no había casas blancas ni buganvillas, solo acantilados de roca volcánica que parecían esculpidos por gigantes, con formas imposibles que el viento y el mar habían tallado durante siglos.
Sin el cristal de una ventana de por medio, todo entraba a la vez: el sol, el olor a sal, el zumbido del motor, el aire caliente despeinándola.
—¡Esto parece otro planeta! —gritó ella, pegada a su oído para que la oyera por encima del motor.
Mateo giró apenas la cabeza, sin soltar el manillar.
—¡La playa de ahí abajo se llama Moon Beach! ¡Dicen que parece la superficie lunar! Podemos ir, si quieres. Cuando volvamos del velero.
Cuando volvamos. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo.
Llegaron al puerto y Mateo dejó la scooter cerca del muelle. El aire olía a sal y a pescado, y las gaviotas graznaban sobre sus cabezas.
Mateo la llevó hasta el final del muelle, donde un velero blanco de unos ocho metros los esperaba.
—Ese es el nuestro —dijo con orgullo.
—Es precioso.
Y lo era. Líneas elegantes, cubierta de madera pulida, velas enrolladas que esperaban el viento. Tenía un nombre pintado en el casco: Calypso .
—¿Calypso? —preguntó Vicky.
—¿No conoces la historia? Era una ninfa griega que vivía en una isla perdida en medio del mar. Un día apareció un náufrago llamado Odiseo y ella se enamoró de él.
—¿Y él de ella?
—Probablemente. —Se encogió de hombros—. O al menos lo suficiente para quedarse siete años.
—¿Siete años? Eso no suena a una aventura de verano.
—El problema es que Odiseo tenía una esposa esperándolo en casa. Así que, por mucho que Calipso lo quisiera, nunca consiguió que se quedara para siempre.
Vicky hizo una mueca.
—Qué final tan horrible.
—Depende de a quién le preguntes. Algunos dicen que fue una historia de amor. Otros dicen que fue una tragedia.
Le tomó la mano
—Sube.
La ayudó a subir al velero y le enseñó el interior. Era pequeño pero acogedor: una cabina con cama doble, una cocina diminuta, un baño que apenas cabía una persona.
—No es un yate de lujo —dijo él—, pero tiene todo lo que necesitamos.
—Es perfecto.
Y lo decía en serio. No quería lujos. Quería esto: el mar, el viento, él.
Mateo preparó el velero con una eficiencia que delataba años de práctica. Revisó las cuerdas, izó las velas, encendió el motor para salir del puerto. Se movía con confianza, con naturalidad, como si el mar fuera su elemento natural.
Vicky lo observaba desde la cubierta, fascinada.
—¿Dónde aprendiste todo esto? —preguntó.
—Ya te lo dije. Mi padre. —Ajustó algo en el timón—. Teníamos un velero más pequeño, pero pasábamos semanas navegando. El Mediterráneo, las Baleares, una vez fuimos hasta Cerdeña.
—Suena increíble.
—Lo era. —Algo cruzó por su cara. Nostalgia, quizás. O tristeza—. Mi padre murió hace cinco años. Cáncer. Después de eso, dejé de navegar. Hasta ahora.
Vicky sintió algo apretarse en su pecho.
—Lo siento mucho.
La miró.
—Hoy es un buen día para volver al mar.
Salieron del puerto y las velas se llenaron de viento. El velero cobró vida, inclinándose ligeramente mientras cortaba el agua azul. Santorini se alejaba a sus espaldas, volviéndose más pequeña con cada minuto.
Vicky cerró los ojos y dejó que el sol le calentara la cara.
Esto , pensó. Esto es lo que necesitaba.
T hirasía apareció en el horizonte después de una hora de navegación.
Era una isla pequeña, árida, con acantilados que caían al mar y un puñado de casas blancas asomándose en la cima. Parecía una versión más salvaje y menos pulida de Santorini.
—Ahí —dijo Mateo, señalando una cala escondida entre dos formaciones rocosas—. Vamos a anclar ahí.
Maniobró el velero con precisión, encontrando el punto perfecto para dejar caer el ancla. Cuando el barco se detuvo, el silencio los envolvió.
Solo el sonido del agua contra el casco. Las gaviotas a lo lejos. El viento en las velas.
—Precioso —dijo Vicky.
—Espera a ver la cueva.
Señaló hacia la costa, donde una abertura oscura se asomaba entre las rocas.
—¿Una cueva marina?
—Sí. Se supone que es espectacular. El agua es completamente azul dentro. Como una piscina natural.
—¿Cómo sabes de ella?
—Por las leyendas que he escuchado. Dice que los locales la llaman “la cueva de los amantes”.
—Qué original.
—Dice que las parejas que nadan hasta ella se enamoran para siempre.
—Eso suena a trampa para turistas.
—Probablemente lo sea. —Se levantó y le tendió la mano—. ¿Vamos?
Nadaron juntos hacia la cueva, el agua era fría al principio, pero agradable una vez que el cuerpo se acostumbró. La entrada era estrecha, apenas lo suficiente para pasar, pero cuando llegaron al interior, Vicky contuvo el aliento.
Mateo tenía razón. Era espectacular.
El agua dentro de la cueva brillaba con un azul luminiscente, como si la luz del sol se filtrara desde algún lugar secreto bajo las rocas. Las paredes estaban cubiertas de musgo y conchas, y el eco de sus voces rebotaba en la piedra.
—Wow. No me imaginaba que fuera así —dijo Vicky.
—¿Verdad?
—Esto es... increíble.
Se quedaron flotando juntos en el centro de la cueva, mirando alrededor, absorbiendo la belleza del lugar.
—¿Sabes qué? —dijo Mateo.
—¿Qué?
—Si la leyenda es cierta, ahora estamos enamorados para siempre.
Vicky sintió algo apretarse en su pecho. Quiso decir algo. Quiso bromear, quitarle peso, hacer un chiste sobre leyendas tontas para turistas.
Pero no lo hizo. Porque tal vez, solo tal vez, la leyenda ya era cierta.
Nadaron de vuelta al velero y pasaron el resto de la mañana explorando la costa. Mateo navegaba, ella leía tumbada en la cubierta, y de vez en cuando él la llamaba para mostrarle algo: un banco de peces, una formación rocosa interesante, un grupo de delfines que pasó nadando a lo lejos.
Luego navegaron alrededor de la isla, explorando calas escondidas, nadando en aguas cristalinas, tumbándose al sol sin hacer nada.
En algún momento de la tarde, mientras flotaban en una cala particularmente hermosa, Vicky sintió que él la miraba.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada. Solo... me gusta mirarte.
—Eso ya lo sé. Me miras las tetas constantemente.
—No solo las tetas. —Se acercó nadando—. Me gusta mirarte cuando no sabes que te miro. Cuando estás pensando. Cuando te ríes. Cuando comes algo que te gusta y cierras los ojos. Quiero grabarte en mi memoria para no olvidarte.
Se besaron en el agua, sabor a sal en los labios, cuerpos flotando juntos. Y Vicky pensó que, si pudiera congelar un momento para siempre, sería este.
Pero no podía. Los momentos no se congelan.
E sa noche comieron en la cubierta. Habían bebido más de la cuenta y Vicky se sentía alegre, ligera, la lengua un poco enredada. A medianoche bajaron a la cabina. Mateo la ayudaba para que no tropezara.
La ayudó a quitarse el vestido. Pero en lugar de empezar algo, como ella esperaba, la acostó en la cama y se tumbó a su lado.
—¿No vas a aprovechar que estoy alegre? —preguntó ella.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque mañana volvemos al hotel. —Su voz se había vuelto seria—. Y quiero pasar esta noche así. Contigo. Sin más.
Mañana volvemos.
—Mateo.
—¿Mmm?
—No quiero que esto termine.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. El vino, quizás. O la oscuridad. O la sensación de que se les acababa el tiempo.
Él se quedó muy quieto.
—¿Qué quieres decir?
—No lo sé. —Se giró para mirarlo. Ya las lágrimas asomando, aunque batallaba—. Solo sé que no quiero que termine. Pero también sé que tiene que terminar. Y no sé qué hacer con eso.
Silencio. El velero se mecía suavemente. Las estrellas brillaban a través de la claraboya.
—Yo tampoco quiero que termine —admitió él.
—¿Qué vamos a hacer?
—No lo sé. —Le acarició la cara en la oscuridad—. Pero esta noche no tenemos que decidirlo. Esta noche solo tenemos que estar aquí.
—¿Y mañana?
—Mañana pensamos en mañana.
No era una respuesta. Pero era todo lo que tenían.
Vicky se acurrucó contra su pecho y cerró los ojos.
Y esa noche, en la cabina del velero, con el mar meciéndolos y las estrellas brillando arriba, ambos durmieron abrazados.
Sin respuestas, sin soluciones. Solo ellos dos, en medio del mar, negándose a pensar en lo que vendría después.